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Vox: Estrategia de contención

Sábado.30 de noviembre de 2019 289 visitas Sin comentarios
Al encuentro de quien busca. #TITRE

La descomposición y desprestigio de los discursos políticos en nuestras sociedades durante los últimos años han generado en mucha gente una muy cierta conciencia crítica, un despunte de lucidez, una inquietud que ya no se deja(ba) embaucar por los hipnotizadores, por las viejas siglas de la política. Mucha gente ha experimentado como realidad inmediata un engaño profundo y una decepción por las promesas prometeicas de los diferentes discursos. La teoría política está enfrentada con la realidad vital de muchas personas. La escasa adecuación del teoricismo simbólico y dialéctico de los discursos políticos con la realidad del mundo ha originado una crisis de representatividad: ha resaltado la calidad puramente fantástica de la ciencia política, ha engrosado los marcos antes difuminados que insertan estos discursos en el estricto ámbito de la ficción.

Rasgar el velo que envolvía al espectador con la función, la realidad con la teoría; romper ese silencio cómplice, encender las luces de la habitación, provoca la constatación más trágica de la modernidad, el final del hechizo. Mediante estrategias muy diversas hemos sido embaucados para creer en el supermercado ideológico, se nos ha dicho que la virtud política consistía en reflexionar y documentarse sobre qué papeleta, de entre un surtido de tres o cuatro colores, era dado elegir. Pero nuestra propia estancia en el mundo, nuestra experiencia, nos desengaña, nos hace incómodos en nuestra butaca. Cada vez más gente entiende en sus propias carnes, sin que ésto sea un nuevo color político, la calidad artificial, tramposa y embustera de la politiquería, de toda ella.

El parlamentarismo viene arrastrando esta crisis orgánica de representatividad desde hace décadas. La abstención crece cada nuevos comicios, pero sobre todo, el pensamiento político languidece. Los discursos ya no significan nada, no dicen nada, son pura fraseología vaciada de contenido sólo vertida con intención de enfrentar a la otra facción. Izquierda y derecha no conforman ya ningún debate político, tan sólo son categorías que se utilizan como disyuntiva para generar la sensación de enfrentamiento. Lo importante es la escenografía, el combate, desdecir al otro mientras aquél me desdice a mí. Esta dialéctica impone una necesidad de mutua dependencia. Las viejas fórmulas ya han sido ensayadas, han evidenciado su fiasco y, a falta de nuevas ideas, ideas originales de raíz, izquierda y derecha se definen como polaridad enfrentada más que como proposiciones originales. Están definidas en negativo, en el combate al contrario y, por tanto, se necesitan mutuamente.

Esta realidad, observable por cualquiera, somete al parlamentarismo, ya de por sí limitado y tramposo, a una situación de radicalidad encendida. El turnismo político en la actualidad deviene en un movimiento pendular más acusado. La polarización de los no-discursos responde a esta representación en el Parlamento con tintes de batalla final. Sólo un nuevo pico acusado de tensión política hace a los rezagados que aún están sentados viendo el teatrillo político permanecer atentos y vociferar por su elenco predilecto. Mientras la sala se vacía, los huérfanos de afecto, los más ingenuos, aquéllos que se autoengañan, los de floja voluntad; todos ellos, los del morbo escénico, los atormentados, los interesados que de ello cobran, los cómodos en sus butacas; mientras el buen público abandona, ellos siguen sentados. Las dinámicas colectivas de ilusión de pertenencia, la disolución individual en el grupo, la irreflexión y las bajas pasiones se acentúan para los que se quedan, mientras que quienes se van abandonan el barco aquejados de un desengaño que sufren a título individual.

Podemos, Cs, Vox: estrategias de contención

Para encauzar a los descontentos, para contener a los nuevos indómitos y hacer de contrafuerte del templo democrático en ruinas, el Parlamento agrega nuevas realidades, inventa y crea partidos que casualmente responden a pulsiones sociales del momento. En nuestra corta historia reciente de turnismo polítco, ha habido dos momentos clave de confección a medida del traje del emperador: la creación y promoción visceral de Podemos, y la creación y promocion visceral de Vox. Ciudadanos es ese tercer eje sobre el que pivota la imantación política en la actualidad, quizás el más nefasto en el sentido de lo acomodaticio, la banalidad, la pereza mental y la falsa modestia.

Podemos fue el primer producto lanzado con ánimo de revertir la disuasión que las mentiras políticas habían generado. Podemos perpetuó la duración del hechizo parlamentario gracias a su neolenguaje buenista y su simulacro asambleario; fue el gran secuestro de la juventud, un gran golpe al pensamiento creativo y libre de la calle. La herida aún sana en muchos a quienes ha dejado huérfanos de confianza. Para otros, esa herida fatal ha devenido en ansias de revancha. El odio acumulado hacia los renombres del partido es quizás el mayor capital del que se valen los nuevos estafadores para erigir su fortaleza. El desprestigio de la izquierda es incólume, imparable y Podemos capitaliza su mayor expresión, pues su credibilidad fue levantada sobre el antiguo cementerio de la izquierda. Esta doble derrota de la izquierda moderada y radical es una realidad compartida en todo Occidente. Desde hace décadas la izquierda era un cadáver político en avanzado estado de putrefacción, pero a su naufragio intelectual se ha sumado su desprestigio en la calle. Son precisamente estos abusos, los delirios de esta izquierda moribunda y enloquecida los que han prendido de nuevo la mecha del descontento civil.

Para frenar la estampida de descrédito y la huída de las instituciones ha aparecido Vox. De la misma forma que hizo la izquierda vanguardista con Podemos, la derecha se ha lavado la cara para formularse como creativa, original y necesaria. El cementerio sobre el que levanta Vox bandera es un doble erial; por un lado, está la vergüenza de la derecha tradicional, que ha replicado sin pudor las memeces izquierdistas, y por otro está el propio estercolero de la izquierda. En la práctica, Vox se formula como solución institucional, como nueva papeleta, una argucia ya desgastada quizás en su escenificación final. Vox es el rechazo político mayúsculo, es la renuncia a la horizontalidad, al encuentro popular y al estudio, reflexión y acción sobre el presente alejados de la maquinaria estatal. Vox es un nuevo flanco de contención, que ya capitaliza cantidad de buenas voluntades que, en su ausencia, podrían estar poniéndose en común para tejer redes de encuentro, apoyo, reflexión y acción sobre nuestras vidas. Vox es volver a delegar, volver a confiar y volver a entregar el destino político a políticos de profesión. Vox es volver a reafirmar el parlamentarismo, es confiar en el Estado. Al igual que hizo Podemos, Vox, sus dirigentes, se han apoderado de discursos de descontento que se estaban dando de forma genuina a nivel popular. Han instrumentalizado el rechazo civil al feminismo y a la sustitución cultural en marcha, a la vez que intentan reafirmar la identidad española con arreglo a un patriotismo tribal, que no es más que un nacionalismo de mayor diámetro (del mismo signo que el nacionalismo regional que afirman combatir). Quienes hoy confían de buena fe en Vox, quienes se han dejado hipnotizar por el poder de la publicidad política, son la imagen especular del 15M que terminó votando a Podemos, y la caída anunciada del prestigio de Vox, por todas las inconsistencias que contiene y en tanto van encabezados a incumplir sistematicamente lo que ahora vociferan, igual que hiciera Podemos; su caída, dejará muchos huérfanos y enfurecidos

Hay algo mas. Mientras Vox se alimenta ahora mismo del fiasco de Podemos y el descrédito del progresismo, la izquierda necesita del ascenso y obra de Vox y de la nueva derecha para renacer. Es por ello que desde que Vox ha sido termómetro social, ha recabado voto y trozo del pastel, la estrategia mediática del progresismo ha pasado del silencio sobre su existencia o el insulto sobre su programa a la moderación en los discursos. La izquierda sobrevive en un estado tan raquítico de existencia que sólo un desprestigio ajeno puede devolverle atención. Este juego propio del politiqueo más infame debería hacer desistir al que por castigo ahora elige a Vox. El voto por Vox es poner a Vox contra las cuerdas, es hacerles responsables de cumplir, ante lo que la izquierda, por fin, se frota las manos. La única forma de abandonar un juego tan sucio y no ser instrumento de operaciones de manipulación masiva es desconfiar del Parlamento. El ritual del voto sólo sirve, además de para poner políticos-funcionarios y quitar otros, además de para hacer cambios insignificantes, nimios; además de para hacer a los discursos caer y renacer con más fuerza; el voto sirve, además, para mantener una hemiplejia mental indecente, una parálisis, un culto y una gran mentira, la mentira de la libertad política en el Parlamento.

Aexei Leitzie

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