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Veinte años de la agresión de la OTAN a Yugoslavia

Lunes.25 de marzo de 2019 63 visitas Sin comentarios
El Salto. #TITRE

La campaña de bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia comenzó un 24 de marzo, hace 20 años. Se extendieron durante 78 días y causó al menos 1.200 muertos. Se arrojaron 9.160 toneladas de bombas. Entre 10 y 45 de aquellas toneladas contenían uranio empobrecido. Pero el mayor daño fue a largo plazo: cambió para siempre las reglas de juego de un nuevo mundo donde EE UU ya no tenía contrapeso.

Àngel Ferrero

“Un grupo de aviones enemigos se acerca a Belgrado. Pedimos a todos los ciudadanos que apaguen las luces. Después de haber apagado las luces, les rogamos que desconecten la electricidad. Atención, un grupo de aviones enemigos en dirección Belgrado. Ciudadanos, permaneced en los refugios y esperad a las recomendaciones del centro de información. Fin del comunicado”. El mensaje, escribe Jutta Ditfurth, “no es de 1941, cuando Alemania atacó a Yugoslavia y la destruyó, sino de 1999: 54 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, Alemania participaba por primera vez en una guerra”.

La campaña de bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia comenzó tal día como hoy hace 20 años. Belgrado, Priština, Novi Sad y Podgorica fueron los primeros objetivos. La operación —en la que además de militares se bombardearon objetivos civiles, como los estudios de la Radio Televisión Serbia, en los que murieron 16 personas— se extendió durante 78 días y causó al menos 1.200 muertos. Se arrojaron 9.160 toneladas de bombas. Entre 10 y 45 de aquellas toneladas contenían uranio empobrecido, cuyos efectos sobre el medio ambiente y la salud de quienes se vieron expuestos son difíciles de evaluar.

El origen declarado de aquella operación sin precedentes era evitar una limpieza étnica en la provincia de Kosovo y Metohija, para la que las autoridades militares yugoslavas supuestamente habían diseñado en un plan llamado ‘herradura’, tras un incidente poco claro que acabó pasando a la historia como ‘la masacre de Račak’.

La existencia de este plan, sin embargo, ha sido repetidamente cuestionada —también la autoría de la propia ‘masacre de Račak’—, como tantos otros argumentos presentados por los Estados de la OTAN para justificar su intervención y recogidos en un documental de la televisión alemana WDR del año 2000 titulado, significativamente Comenzó con una mentira (Es begann mit einer Lüge).

De acuerdo con el relato de la Alianza Atlántica, la negativa del Gobierno yugoslavo a firmar los acuerdos de Rambouillet no dejó otra opción que la intervención, ya que Slobodan Milošević “no entendía otro lenguaje que el de la fuerza”. Hoy sabemos que aquellos acuerdos probablemente estuvieron redactados para ser rechazados por las autoridades yugoslavas, ya que exigían, por ejemplo, la presencia de un contingente de 30.000 soldados de la OTAN en su territorio a los que Belgrado debía garantizar el permiso de tránsito y plena inmunidad. “Fue una provocación, una excusa para comenzar el bombardeo […] fue un documento que nunca tendría que haberse presentado en aquella forma”, declaró años después Henry Kissinger en The Daily Telegraph.

Además de la historia reciente de Yugoslavia, caracterizada por una política internacional autónoma —fue fundadora del Movimiento de países no-alineados— y un modelo económico alternativo al capitalismo existente, “con la guerra, la OTAN siguió también el plan de marginar a Rusia de la competición mundial y enviar a China una señal de advertencia”, explica Ditfurth en Krieg, Atom, Armut. Was sie reden, was sie tun (Rotbuch, 2011), su libro sobre Los Verdes. “Se trataba entonces, y sigue tratándose hoy”, continuaba, “de las diferentes rutas hacia Asia Central, de las rutas hacia las materias primas, también a través de los Balcanes”.

El objetivo, precisaba la autora, “son los ingentes recursos naturales en forma de oro, uranio y hasta 30.000 toneladas de petróleo que se encuentran entre Turquía, el centinela de la OTAN en Oriente Próximo, y China y los territorios en torno al mar Caspio”. “También la guerra contra Yugoslavia puede interpretarse como una medida para complementar la nueva tenaza de la OTAN que se extiende desde los estados bálticos en el norte por Polonia, la República checa y Hungría hasta Grecia y Turquía”, escribía Elmar Altvater. De este modo, seguía, “se rodea a Rusia, creando al mismo tiempo un puente desde Europa occidental a Oriente Próximo y Medio”.

Altvater recordaba que en la antigua Yugoslavia “se instalaron importantes bases militares estadounidenses decisivas para la estrategia mundial de dominio imperialista de las regiones petrolíferas de Asia Central hasta África, pasando por Oriente Medio y Próximo”. Una de esas bases es, como es notorio, Camp Bondsteel en Kosovo, capaz de alojar a 7.000 soldados estadounidenses. Más recientemente, Croacia fue utilizada por la CIA como base para crear un puente aéreo para el transporte de armas procedentes de Arabia Saudí, Jordania y Qatar a los islamistas que luchaban contra el gobierno sirio.

Aquel bombardeo no tuvo solamente importantes consecuencias para la región, sino que los efectos políticos de su onda expansiva se dejan notar hasta el día de hoy. No es ninguna exageración afirmar que, cuando el 23 de marzo el entonces secretario general de la OTAN, el español Javier Solana, dio instrucciones al general estadounidense Wesley Clark para iniciar la operación contra Yugoslavia, el mundo cambió por completo.

El fin del viejo orden mundial

En efecto, aquel día de marzo EE UU y sus aliados dinamitaron los cimientos de la arquitectura mundial de posguerra. La OTAN llevó a cabo el bombardeo sin contar con una autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, por lo que puede considerarse, en arreglo a la Carta de las Naciones Unidas, como una agresión contra un Estado soberano. En este sentido, cabe recordar que la sentencia del Tribunal de Nuremberg contra la cúpula del nazismo del 30 de septiembre de 1946, que sirvió de base para el derecho internacional posterior, afirma que “iniciar una guerra de agresión, en consecuencia, no sólo es un crimen internacional, sino que es el crimen internacional supremo, que se diferencia de los otros crímenes de guerra en que contiene, en sí mismo, el mal acumulado de todos ellos”.

Tres años después encontramos la sentencia de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) sobre el canal de Corfú que enfrentó a Reino Unido con la República Popular de Albania después de que, tras registrarse varios incidentes entre buques de la Royal Navy y la marina albanesa, los británicos llevasen a cabo una operación en aguas territoriales albanesas para dragar minas sin autorización de Tirana. En su sentencia, los magistrados del CIJ rechazaron la línea de defensa británica al considerar “el supuesto derecho de intervención exclusivamente como manifestación de una política de fuerza como las que en el pasado han dado pie a los más graves abusos y, en consecuencia, no puede, cualesquiera sean los defectos actuales en la organización internacional, encontrar lugar en la legislación internacional”.

Según la CIJ, “la intervención es acaso aún menos admisible en la forma particular que asumiría aquí, pues, por la naturaleza de los hechos, quedaría reservada a los estados más poderosos y conduciría fácilmente a la perversión de la justicia internacional misma. El representante de Reino Unido, en su documento de respuesta, ha clasificado la Operación Retail como un método de autoprotección o autodefensa. La Corte no puede aceptar tampoco esta defensa”. La sentencia de la CIJ de 1949 sirvió de base para el juicio que enfrentó a Nicaragua contra EE UU en 1986 tanto por el apoyo estadounidense a la Contra como por haber colocado minas en sus aguas territoriales y haber violado su espacio aéreo.

Lógicamente, la reputación de la ONU quedó gravemente afectada como resultado de aquella acción y pasó a ser vista por muchos como un organismo del que se podía prescindir. En los discursos de los sectores más reaccionarios del Partido Republicano —copiados rápidamente por el resto de la derecha mundial— fue presentada como una organización burocrática, demasiado lenta, ineficaz e incluso comunistizante por sus metas universalistas. ¿Cómo se llegó a esta situación? La respuesta podría resumirse en el antiguo concepto griego de hibris, con el que se describe un comportamiento que mezcla la arrogancia y un exceso de confianza en sí mismo, que lleva a quien lo afecta a desafiar las normas sociales y los dioses, conduciendo en última instancia a su propia desgracia.

La desintegración de la Unión Soviética en 1991, y del orden mundial en gran medida bipolar que existió entre 1948 y 1991, y del sistema de equilibrios que le era propio, convirtió a los Estados Unidos en potencia hegemónica, en solitario y aparentemente sin contrincantes en el horizonte. El ministro de Exteriores francés Hubert Vedrine llegó a calificarla célebremente de “hiperpotencia”. La conciencia de no poseer rivales inmediatos a sus intereses llevó a las elites estadounidenses a adoptar posiciones cada vez más agresivas en política exterior.

En el caso de la operación de la OTAN contra Yugoslavia en 1999, la embajada china fue bombardeada causando la muerte de tres periodistas en su interior, supuestamente por error, según la versión estadounidense, de la que Beijing siempre ha desconfiado. Según una investigación conjunta de los diarios Politiken y The Observer, el bombardeo fue intencionado, ya que los militares estadounidenses sospechaban que la embajada facilitó su sistema de comunicaciones al paramilitar serbio Željko Ražnatović —más conocido como Arkan—, cuyo cuartel general se encontraba en el Hotel Yugoslavia, a 500 metros de la legación.

Rusia, que aún se recuperaba de la crisis financiera de 1998, durante la cual se vio obligada a recurrir a la ayuda financiera internacional, no pudo jugar obviamente el papel que Yugoslavia esperaba de ella. Tras la resolución 1.244 del Consejo de Seguridad de la ONU que establecía la retirada del ejército yugoslavo y el despliegue de una fuerza internacional en Kosovo, Moscú envió un contingente al aeropuerto de Priština.

El comandante de la OTAN al cargo de la operación, el general Wesley Clark, ordenó al mando sobre el terreno, el general británico Mike Jackson, que impidiese su llegada y recuperase el aeropuerto por la fuerza si era necesario. Jackson se negó a cumplir las órdenes de Clark afirmando que no estaba dispuesto a “comenzar la Tercera Guerra Mundial”. EE UU presionó además a Hungría para que denegase a Rusia los permisos necesarios para sobrevolar el país y transportar tropas. La clase política rusa tomó buena nota de todo ello.

Tras recibir una llamada del vicepresidente estadounidense Al Gore informándole de que la OTAN había iniciado el bombardeo sobre Yugoslavia, el entonces primer ministro ruso, Yevgueni Primakov —cuya defensa como ministro de Exteriores del multilateralismo y búsqueda de alianzas con China fue continuada por sus sucesores—, ordenó célebremente al avión en que viajaba hacia Washington en visita oficial dar media vuelta cuando se encontraba ya sobre la isla de Terranova.

Avances en la “gestión de la percepción”

¿Puede una guerra ser justa? Esta pregunta ha ocupado a estadistas, filósofos y hasta teólogos desde tiempos inmemoriales. Salvo en casos muy contados, como las guerras revolucionarias o las guerras de liberación, cuando los Estados recurren a la fuerza armada lo hacen por motivos poco altruistas, como el control o la apropiación directa de recursos naturales y rutas de transporte, o con fines de expansión territorial.

Como obviamente la población de ningún país aceptará jamás ir a la guerra y acarrear durante años sus consecuencias económicas y sociales bajo semejantes premisas, los gobiernos han de elaborar discursos que justifiquen sus aventuras militares y, como la historia ha demostrado en sobradas ocasiones, no dudan a menudo en recurrir a fabricaciones. Es ahí donde entra la propaganda, o, por utilizar un término más actual, la gestión de la percepción.

“No es nuestro trabajo comprobar la veracidad de las informaciones. Ni siquiera estamos preparados para ello. Nuestra tarea es difundir informaciones de utilidad lo más rápido posible y hacerlas llegar a los grupos de interés más pertinentes… Somos profesionales. Teníamos una tarea y la hicimos”. Quien así hablaba es James Harff, exdirector de la agencia de publicidad y relaciones públicas Ruder Finn Global Public Affair, en una entrevista con el segundo canal de la televisión francesa emitida en abril de 1993. Ruder Finn fue contratada en los 90 para decantar a la opinión pública internacional contra “los serbios” y a favor de Croacia, Bosnia y la oposición albano-kosovar. Con éxito, cabe añadir.

Si el bombardeo de Yugoslavia en 1999 constituía una agresión de acuerdo con el derecho internacional, puesto que Serbia no había atacado a otro Estado ni existía una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que amparase la intervención, ¿cómo se podía convencer al público occidental que lo apoyase? Primero se desplazó el lenguaje. Milošević fue despojado en los medios de comunicación de su título de presidente de la República Federal de Yugoslavia para convertirse en “líder serbio”, un término con connotaciones étnicas claramente despectivas. De igual modo, su gobierno se convirtió en “régimen”, otro término negativamente connotado. Después, el bombardeo se convirtió en una “intervención humanitaria” con el fin de evitar la comisión de un genocidio e, incluso, según la prensa alemana, de “un segundo Auschwitz”.

En el proceso, se banalizó el nazismo y se ofendió a la población de Yugoslavia (de acuerdo con un estudio yugoslavo de 1964, 346.740 serbios y 16.276 montenegrinos perdieron la vida en la Segunda Guerra Mundial). La oposición al bombardeo de la OTAN fue dividida y amedrantada, calificándola de “apoyo a Milošević” e incluso de “alianza rojiparda”. “En vez de plantearse preguntas, se pusieron a aullar con los lobos”, lamentaba por la época el alemán Klaus Hartmann. La táctica, desde luego, no era nueva —como recordaba Seumas Milne en 2003, ya el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser fue calificado de “nuevo Hitler”—, pero como quiera que la movilización psicológica de la “buena guerra” —y con frecuencia, y en paralelo a ésta, de la Segunda República española y su fatídico destino— se había demostrado tan efectiva, fue utilizada de nuevo contra figuras tan dispares como el presidente iraquí Saddam Hussein o el presidente sirio Bashar al-Assad.

La campaña logró, en definitiva, crear la sensación de que una masacre en Kosovo era inminente, por lo que la única manera de detenerla era recurriendo al uso de la fuerza. Una OTAN cuya existencia era cuestionada tras la desaparición del bloque socialista se vio, de repente, imbuida de una nueva misión moral. Todo ello pocos años después después de que Turquía —país miembro de la OTAN— lanzase una gran operación militar contra el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) que terminó con la destrucción de 3.000 municipios y provocó dos millones de refugiados.

A partir del análisis del caso yugoslavo, Jean Bricmont escribió Imperialismo humanitario, todo un libro dedicado a analizar la instrumentalización de los derechos humanos para “vender” una guerra. En él recuerda que los imperialistas británicos ya describían en el siglo XIX sus intervenciones como “cruzadas morales” para sacar a otros países de su atraso civilizatorio y que hasta “el rey Leopoldo II de Bélgica justificó su conquista del Congo presentándola como una lucha contra los traficantes árabes de esclavos”. “El trato que sus tropas dispensaron a los nativos congoleños difícilmente podría definirse como respetuosa de los derechos humanos”, apostilla Bricmont.

La caja de Pandora

“Critiqué entonces duramente las violaciones del derecho internacional y les advertí que con Kosovo abrían ustedes una caja de Pandora, porque si esto se permite en Kosovo, entonces deben permitirlo también en otros lugares. Me insultaron, no me tomaron en serio, y ello porque creían ser los vencedores en la guerra fría y las viejas normas ya no les eran aplicables”. Así se expresaba hace unos años en un debate en el Bundestag el que fuera portavoz de La Izquierda en el parlamento alemán, Gregor Gysi. El año era 2014 y el asunto a debatir, la crisis en la península de Crimea.

En su discurso, Gysi denunció el doble rasero de los Estados Unidos y la Unión Europea tras el reconocimiento de la declaración unilateral de independencia de Kosovo en 2008 que aún hoy divide a la comunidad internacional: “Los vascos se preguntan por qué no pueden llevar a cabo un referendo para decidir si quieren pertenecer a España o no. Los catalanes se preguntan por qué no pueden llevar a cabo un referendo para decidir si quieren pertenecer a España o no. Y también se lo preguntan los habitantes de Crimea. […] En el fondo, lo que hoy aquí se dirime es lo siguiente: cuando los que vulneran el derecho internacional acusan a Rusia, que vulnera el derecho internacional, de vulnerar el derecho internacional, no suena especialmente efectivo ni creíble. Ésa es la cuestión que aquí se trata hoy”.

Los motivos alegados por Rusia en 2014 para la incorporación de Crimea a su territorio —menos controvertidos, por cierto, de lo que la prensa occidental ha presentado todos estos años, a juicio del jurista alemán Reinhard Merkel, que publicó en su día un análisis para el Frankfurter Allgemeine Zeitung— son un ejemplo. Pero ¿qué impide razonablemente, pongamos por caso, que China recurra a los mismos argumentos jurídicos y estrategias políticas con las islas Spratyl o incluso Taiwán? ¿O a cualquier otro estado que dispute un territorio con otro?

En efecto, EE UU, como quedó dicho, fue colocando a lo largo de las últimas dos décadas varias cargas de dinamita en los cimientos de la arquitectura global de posguerra. Muchas de aquellas cargas han estallado ya irremediablemente. Hoy vivimos en ese mundo, mucho más peligroso si cabe que el de la Guerra Fría, ya que no hay dos bloques (tres si contamos al Movimiento de países no-alineados), sino varias potencias que ambicionan el control de unos recursos naturales y energéticos cada vez más escasos, sin que haya normas internacionales fijas y reconocidas que limiten y regulen su comportamiento.

La superpotencia que lideraba uno de aquellos bloques, la URSS, era además un contrapeso ideológico, que, imperfecto como se quiera, hoy ya no existe. “Betrand Russell dijo que hablar de las responsabilidades de la Primera Guerra Mundial era como discutir las responsabildiades de un accidente de coche en un país sin normas de tráfico”, escribe en su libro Bricmont, para quien “la toma de conciencia de que la legislación internacional debe ser respetada y que los conflictos entre estados deberían poder ser controlados por una instancia internacional, es en sí misma un progreso enorme en la historia humana, comparable a la abolición del poder de la monarquía y de la aristocracia, la abolición de la esclavitud, el desarrollo de la libertad de expresión, el reconocimiento de los derechos sindicales y los de las mujeres, o el concepto de seguridad social”.

En esa discusión sin normas de la que hablaba Russell antes o después se acaba imponiendo quien tiene el garrote más grande. Por ahora ese es EE UU, y de ahí, obviamente, su interés por destruir esas normas que lo sujetan. La defensa de las organizaciones multilaterales, y su necesaria reforma, así como de los canales diplomáticos para la prevención, mediación y resolución de conflictos es crucial, puesto que son el único terreno donde pueden defenderse las pequeñas naciones que no poseen un poderoso ejército.

Blowback

Las acciones unilaterales de EE UU no solo generan precedentes que pueden volverse en su contra —el conocido blowback que popularizó en su libro homónimo Chalmers Johnson—, sino también desconfianza. El economista estadounidense Michael Hudson lo ha expuesto de manera clara en un artículo reciente para Counterpunch. “Los neocon a quienes Trump ha nombrado están consiguiendo lo que parecía impensable no hace mucho: acercar a China y Rusia, la gran pesadilla de Henry Kissinger y Zbigniew Brzezinsk” y “también están empujando a Alemania y otros países europeas a la órbita eurasiática, la pesadilla del ’Heartland’ de Halford Mackinder hace un siglo”, valora Hudson.

“La raíz de todo ello es evidente”, continúa, “tras el crescendo de pretensiones y engaños en Iraq, Libia y Siria, junto con nuestra absolución del régimen sin ley de Arabia Saudí, los líderes políticos extranjeros están dándose cuenta de lo que las encuestas sobre la opinión pública mundial informaban mucho antes de que los Iraq / Iran-Contra Boys centrasen su atención en las mayores reservas mundiales de petróleo en Venezuela: los EE UU son la mayor amenaza a la paz en el planeta”.

“He aquí la primera contradicción legal en la diplomacia global estadounidense: los EE UU siempre se han resistido a permitir a cualquier otro país tener una voz en las políticas nacionales de EE UU, su legislación o diplomacia: eso es lo que hace que América sea ‘la nación excepcional’”, afirma Hudson en su artículo. Durante 70 años, “sus diplomáticos han pretendido que su juicio superior promovía un mundo pacífico (como aseguraba hacer el Imperio romano), que permitía a otros países participar en su prosperidad y estándares de vida crecientes”, todo ello mientras “presentaba su nacionalismo como protector de la globalización e internacionalismo, todo lo cual no es más que un eufemismo para lo que realmente era una toma de decisiones unilateral de EE UU”.

En su texto, el economista desgrana la voluntad de Washington por vaciar de contenido organismos internacionales como la ONU, ignorando olímpicamente sus advertencias, y amenazar a otros como la Corte Penal Internacional (CPI) —por un informe sobre los posibles crímenes de guerra cometidos por soldados estadounidenses en Afganistán—, así como por dominar el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial para controlar los principales flujos económicos en beneficio propio.

Un aspecto que trata Hudson en el que resulta interesante detenerse es el económico. EE UU instaló al shah en Irán “después de patrocinar un golpe de Estado en 1953 contra Mohammed Mosaddegh cuando intentó nacionalizar Anglo-Iranian Oil (la actual British Petroleum) o al menos que pagase más impuestos”, relata. “Después de que el shah fuese depuesto, el régimen de Jomeini preguntó a su agente, el banco Chase Manhattan, que utilizase sus depósitos para pagar a sus tenedores de bonos”, pero éste “rechazó hacerlo por orden del gobierno estadounidense”.

“Los tribunales estadounidenses”, sigue, “declararon a Irán en suspensión de pagos y congelaron todos sus activos en EE UU y en cualquier otro lugar del mundo donde pudieron hacerlo”. Este paso “reveló que las finanzas internacionales eran un brazo del Departamento de Estado estadounidense y el Pentágono”. Pero “eso ocurrió hace una generación, y solo recientemente otros países comenzaron a sentirse incómodos con el hecho de tener que dejar sus reservas de oro en EE UU, donde pueden ser requisadas a voluntad para castigar a cualquier país que pueda actuar de un modo que la diplomacia estadounidense encuentre ofensivo”. De este modo, concluye, “Alemania finalmente reunió el coraje para solicitar que parte de su oro fuese repatriado a Alemania”.

“El mundo de la diplomacia está siendo puesto cabeza abajo: un mundo donde no hay ya siquiera la pretensión de que quizá nos adheriremos a las normas internacionales, y no hablemos ya de leyes o tratados”, lamenta Michael Hudson, que remarca que “por la conjunción de estos movimientos estadounidenses en tantos frentes, contra Venezuela, Irán y Europa (por no mencionar China y las amenazas comerciales y medidas contra Huawei), parece que este será un año de fractura global”.

Se dice mucho que un mundo muere y otro nace. Pero conviene recordarlo: no hay más partos sin dolor que en los que se administra sedación. Sangre siempre la hay en cualquiera de los casos.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/balca...

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