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Smartphones y redes sociales, un enfoque crítico

Lunes.27 de mayo de 2019 108 visitas Sin comentarios
Ekintza Zuzena. #TITRE

Escribo de parte de un grupo (el col·lectiu contra el domini tecnológic “les hienes”) que tuvo una vida efímera. Empezamos juntándonos miembros de una misma asamblea universitaria para tratar el vasto tema de la tecnología. Veíamos a todo el mundo (también a nuestros compañeros) enganchados al teléfono móvil o a Internet. Compartíamos un rechazo y cierto desazón en la experiencia cotidiana de hablar con alguien y que éste estuviera constantemente mirando la pantalla de su smartphone. Al principio, constatamos como el tema nos afectaba profundamente y bromeamos sobre llamarnos Plataforma de Afectados por la Tecnología, parodiando a la PAH.

Viendo que la cuestión de la tecnología era tan grande, decidimos acercarnos a ella por esa parte que más nos tocaba diariamente: la sociabilidad. Nuestras formas de relacionarnos están cambiando muy deprisa. Hemos sido testigos en muy pocos años de una rápida penetración de los smartphones e Internet en la vida social. Nosotros creemos que los movimientos sociales anticapitalistas deberían haberse tomado un tiempo de reflexión antes de asimilarlos ciegamente, intentando comprender que dinámicas colectivas generan. No pretendemos negar su poder de difusión ni su realidad para así marginarnos aún más, tan solo queremos suscitar un debate que ha brillado por su ausencia.

Antes que nada, para analizar estas transformaciones, me gustaría que el texto partiera de una breve anotación sobre la propia materialidad de los smartphones. Muy a menudo, las discusiones sobre si la red es libre (y democrática) pasan por alto la naturaleza física de estos dispositivos en un afán de presentar Internet y toda tecnología como neutral y carente de ideología. Pero la realidad es otra, y en este caso sangrienta y brutal. Los condensadores de los teléfonos móviles están hechos de coltán, un mineral escaso en el planeta por el cual se libran guerras desde 1998. Solo entre 1998 y 2003 se contabilizaron unos 7 millones de muertos [1]. Además, la propia extracción del coltán genera también millares de muertos y enfermos puesto que los trabajadores se ven expuestos a la radioactividad de otros minerales que se encuentran bajo tierra junto al coltán. Detrás de estos conflictos bélicos está el financiamiento del FMI y de diversas empresas fantasmas de las cuales se benefician los productores de móviles [2].

Esta materia prima es transportada a fábricas chinas del sudeste asiático como la gigante Foxconn, que ensambla aparatos para Apple, entre otras marcas. Esta compañía, en la cual trabajan 1,2 millones de personas, es conocida por su trato inhumano hacia sus trabajadores: jornadas laborales de más de 10 horas, 6 días a la semana, horas extra impagadas, salarios de miseria... Bajo estas condiciones, en la planta industrial de Foxconn se han suicidado decenas de personas. A raíz de esto, la empresa decidió colocar unas redes para los trabajadores que se tiraban por la ventana, así como establecer un contrato laboral por el cual los empleados se comprometían a no suicidarse.

Hace dos años, uno de estos trabajadores decidió terminar con su vida. Era Xu Lizhi, un joven obrero de 24 años. Su caso apareció en algunos medios debido a su juventud y a que, en su escaso tiempo libre, se dedicaba a escribir poesía. Cito aquí parte de un poema suyo:

Taller, línea de ensamblaje, máquina, tarjeta de fichar, horas extra, salario,..
Ellos me han entrenado para volverme dócil
No sé gritar o rebelarme
Cómo quejarme o denunciar
Solo cómo sufrir silenciosamente el agotamiento.

(...)

Renuncio a faltar, renuncio a enfermar, renuncio a las faltas por asuntos personales.
Renuncio a llegar tarde, renuncio a irme temprano.
Por la línea de ensamblaje me mantengo firme como el hierro y mis manos vuelan.

¿Cuántos días, cuántas noches
habré estado - así - dormido de pie? [3]

Y de la fábrica a la tienda nos encontramos en los escaparates esos móviles brillantes y relucientes en sus cajas de colores, completamente desconectados de las consecuencias sociales de su proceso de producción. Ni más ni menos que como cualquier otra mercadería que nos vendan.

Curiosamente, este ciclo de vida del teléfono termina, otra vez, en el continente africano. Ahí van a parar todos esos móviles estropeados o deshechados [4]. En este sentido hay que hacer hincapié en su deliberada producción defectuosa para que tengan una fecha de caducidad. Se trata de la obsolescencia programada, aunque también hay que considerar la obsolescencia social, es decir, el hecho de que un móvil se considere pasado de moda y se cambie por otro con mejores prestaciones. En este punto hay que señalar la incesante presión que ejerce la publicidad para que compremos algo y, al cabo de poco, renovemos el producto.

Otro aspecto del que hablábamos en las charlas son las consecuencias ecológicas de la telefonía e Internet. Por ejemplo, hay enormes cifras sobre el gasto energético de las antenas repetidoras, los cables kilométricos que cruzan los océanos o la refrigeración de los centros de procesamiento de datos. También hay abundante documentación sobre los efectos que provocan en la salud las ondas del móvil y las redes wifi. Son otras formas interesantes de abordar la nocividad de Internet y los smartphones pero no las trataré en este texto puesto que, como he dicho, ya hay suficiente información al respecto [5].

El tema que realmente generaba debate en las charlas que hicimos con el colectivo era la parte referida a las consecuencias sociales del uso de Internet y los smartphones. También era el apartado que considerábamos más atractivo porque era el que notábamos más presente y nos hacía reflexionar sobre nuestra cotidianidad.

He aquí el quid de la cuestión. ¿Cómo nos afecta ese cambio de paradigma relacional?

Primero de todo, para decir simple y llanamente nuestra tesis, nosotras pensamos que el smartphone aísla y aliena al individuo, a la vez que fomenta el individualismo. Con esto no queremos decir que el ser humano fuese autónomo antes de la llegada de éste, más bien queremos señalar que el smartphone refuerza notablemente la estrategia capitalista de separar las personas y romper las comunidades humanas, o lo que quede de ellas.

Analizamos primero el smartphone como pantalla y, para entender que sucedía entre esta y nosotros, miramos hacia atrás para poder contextualizar mejor de dónde provenía. De esta forma, inscribimos al smartphone en una evolución histórica de la pantalla que, muy a grosso a modo, la resumimos así:
El primer espectáculo de masas de la era industrial fue el cine. El cine es, tradicionalmente, un espectáculo colectivo, es decir, vemos la pantalla acompañados de más gente que, a menudo, no conocemos. Luego, entre los 60 y los 70 aproximadamente, en distintos países europeos se instauró la televisión en casi cada hogar. La pantalla entró en un ámbito doméstico y familiar, es decir, con menos gente y de confianza. Después, con los ordenadores e Internet, el consumo se volvió plenamente individual y desde casa, pero ya no desde el salón. Y así hasta llegar al Smartphone o teléfono inteligente, donde la pantalla se libera de sus ataduras para que la llevemos siempre encima.

Ver en perspectiva este periplo de la pantalla nos da algunas ideas. Hoy en día, fruto y continuación de ese transcurso histórico, las pantallas se multiplican a nuestro alrededor sumergiéndonos de lleno en la realidad virtual. Llevando un miniordenador en el bolsillo, esta segunda realidad es cada vez más inmersiva. La meta final de este proceso podría terminar en las Google Glass o en las gafas de realidad aumentada, ya promocionadas en la última edición del Mobile World Congress. En este sentido, también cabría destacar el furor generado por la aplicación Pokemon Go, de la que hablaremos más adelante.

Se podría haber ido aún más atrás para hablar de la relación filosófica entre el ser humano y la imagen, e incluso encontraríamos aportaciones interesantes en la caverna platónica o en la querella iconoclasta de los siglos VIII y IX, pero decidimos acotar un poco más el terreno. A quién sí utilizamos para nuestra crítica fue a Debord (La sociedad del espectáculo, 1967) para referirnos a la pantalla como eso que nos pone siempre en una condición de espectador, el cual es siempre un sujeto pasivo: la imagen aparece ante nosotros sin capacidad de poderla contestar, revelando así su carácter autoritario y unidireccional. En esta línea, el autor francés nos dice: “El espectáculo se presenta como una enorme positividad indiscutible e inaccesible. No dice más que lo que aparece es bueno, lo que es bueno aparece". La actitud que exige por principio es esta aceptación pasiva que ya ha obtenido de hecho por su forma de aparecer sin réplica, por su monopolio de la apariencia.” [6]

Esta inmersión en lo visual, este retraimiento en uno mismo que permite la pantalla portátil del smartphone es la que desconecta al individuo y lo fija temporalmente en otra realidad. Cuando decíamos que el smartphone aísla al individuo, a menudo pensábamos en ese silencioso vagón de metro en el que todas las personas van mirando su móvil, en un estado de semi-ausencia, separadas de su entorno físico.

Para entender la función del móvil en nuestra sociedad hundimos las raíces en las pulsiones más elementales del individuo. Todo ser humano tiene unas necesidades básicas: de comida, de casa, afectivas... En los ambientes que vivimos, especialmente en esas ciudades cada vez menos habitables, impersonales y con un creciente número de espacios privatizados, observamos que el móvil viene a suplir una carencia social de afectos y de comunicación. Un déficit que se hace más manifiesto en estas grandes urbes donde pasamos largas horas en esos no-lugares que son los transportes públicos [7]. Hoy en día, con la crisis se ha ido acentuando una tendencia hacia la precarización donde ya nada es estable: un día trabajamos aquí y otro allí, nos hemos mudado del barrio en que crecimos, los amigos de siempre también y nos vamos dispersando todos... a falta de espacio público o de comunidad por culpa de esa movilidad constante a la que estamos sometidas, el móvil se hace necesario para reconectar todas esas partes fragmentadas de la vida, para no quedarse demasiado solo y ser un infeliz. Los anuncios se adaptan a todo ese ambiente y te dicen “la vida es móvil”, “consúltalo estés donde estés”, “cuéntaselo a todos tus amigos”, “connecting people”... la publicidad, auténtico combustible del capitalismo, juega con nuestros sentimientos diciéndonos “Nunca estarás sola”, y claro, en este mundo monótono y asfixiante, ¿quién podría seguir viviendo sin la compañía o el afecto de las otras? Este sistema propone parches para los problemas que él mismo crea. Si este mundo rendido a la competición, la prisa y el trabajo ha sacrificado las relaciones humanas por el camino, es este mismo mundo el que te ofrecerá el móvil o Internet como remedio a esa enfermedad que ha generado [8]. Pero esa solución no es perfecta, pues no cura el dolor de la distancia, ni mejora las relaciones entre las personas, únicamente las hace pasar por otro canal.

La comunicación crea un indicio de comunidad. Entre la televisión y el smartphone hemos pasado (y estamos) por una época que, con sus más y sus menos, carece de conciencia de clase o de religión, de esos grandes relatos que aunaban la comunidad [9]. Compartir fotos, chatear constantemente con amigos y, en general, participar del mundo online hace sentir al individuo formar parte de un todo. La simulación tecnológica provoca artificialmente una sensación de congregación [10]. Parece cumplir con las características de ese espacio público cada vez más muerto que deviene en espacio virtual. Sin embargo, nosotros vemos la “comunidad virtual” como un oxímoron, ya que esta comunidad no junta a las personas para cantar al unísono, si no que, por lo contrario, Internet tan solo incita a publicitar nuestro aislamiento, creyendo que de la suma de aislamientos surgirá la comunidad [11]. La red solo une electrónicamente a los individuos, puesto que realmente cada uno de ellos está solo, en su cuarto o concentrado en su smartphone, separado del mundo. Volviendo a Debord: “El espectáculo no es más que el lenguaje común de esta separación. Lo que liga a los espectadores no es sino un vínculo irreversible con el mismo centro que sostiene su separación. El espectáculo reúne lo separado, pero lo reúne en tanto que separado.” [12]

Constatamos con el grupo que esta comunicación constante que facilitan las nuevas tecnologías muchas veces se vuelve en coacción. Pensamos que controlamos el móvil pero a menudo es él el que nos controla a nosotros, ya que cuando suena tenemos la obligación de mirarlo. En este sentido es sabido del alto número de parejas que han finalizado sus relaciones por el tema del doble tick del WhatsApp (¡Has visto el mensaje y no me has contestado!). Un estudio de 2013 afirmaba que 28 millones de parejas de todo el mundo habían terminado por culpa de esta aplicación [13]. Asimismo, en lo que atañe al móvil en relación al mundo laboral tendríamos al dispositivo jugando aquí también el rol de controlador: el jefe te puede vigilar más y mejor. En muchos casos, la instauración del móvil ha significado para el trabajador el hecho de llevarse el trabajo a casa y así extender la jornada laboral más allá del horario marcado sin que la parte restante sea remunerada. En cuanto al control en el trabajo, ya han habido diversas sentencias judiciales sobre despidos improcedentes en pleitos sobre vigilancia de redes sociales de los superiores a los trabajadores[VALERO MOLDES, FABIÁN. (2013), La actividad en las redes sociales como causa de despido.]]. También tenemos otras expresiones del mismo asunto en fenómenos como el cyberbullying o el ciberacoso, los cuales están en el orden del día. En definitiva, lo que vemos en común en todos estos casos es que Internet no libera al individuo, sino que lo ata aún más a lo mismo que ya estaba atado antes: al trabajo, al jefe controlador, al novio machito que vigila, al matón del patio... La dominación se hace extensible más allá de las barreras físicas de la presencia. Se perfecciona incluso.

Otro ejemplo que salió en uno de los debates, este quizá más trivial pero que sin embargo nos pareció ilustrativo, es la anticuada concepción de que no se debía llamar por teléfono a la hora de comer. Antes era de mala educación, ahora, en cambio, no contestar es quedar mal. De alguna forma, tanto en la vida laboral como en el resto de la vida, se nos dice que siempre tenemos que estar conectados, permanentemente en alerta.

Cada día que pasa se detectan más cambios en los comportamientos y las actitudes de las personas. Hechos que pueden parecer banalidades o nostalgias de cariz costumbrista, para nosotros indican el camino que tomamos de ahora para el futuro. Fijémonos también en la diana predilecta de toda publicidad, la juventud. En estos días que corren, para los adolescentes es un imperativo estar en las redes sociales (Facebook, Twitter, Whatsapp, Snapchat, Instagram...) y ser activo en ellas para no quedarse al margen de nada. La psicología afirma que en la pubertad y la adultez temprana es cuando se empieza a desarrollar la pertenencia al grupo y las redes, tal como he dicho, ofrecen una manera de amplificar la sensación de conexión con otras personas. En relación a esto, algunos investigadores han propuesto una nueva patología llamada FoMO (fear of missing out) que se puede traducir como “miedo a perderse algo”. Este fenómeno explica bastante bien la presión que siente algunos chavales por estar “dentro” del grupo, por no quedar marginados y ser objeto de burlas. Otra patología relacionada que nos puede resultar familiar es el denominado ringxiety (de ring y ansxiety, ansia), en el cual sentimos vibrar el móvil y nos parece oírlo, cuando éste en realidad no está sonando.

¿Y por qué tanta adicción? ¿Por qué en todos lados gente mirando el móvil?

Cuando uno está en Internet, tanto desde el ordenador como desde el teléfono inteligente, uno experimenta cierta sensación de confort y comodidad. Uno navega velozmente por la interfaz controlando cada detalle, mostrando lo que quiere mostrar, configurando hasta las más pequeñas cosas. El mundo digital aparece como un refugio del mundo real. Si la realidad para uno es desordenada, caótica, decepcionante y, en general, se tiene poca capacidad de decisión ella, el revés de la pantalla, la otra realidad, es gestionable, accesible, previsible y se le puede dar la forma que uno quiera. En un mundo masificado en el que unos estamos a merced de otros (o muchos lo estamos a merced de pocos) se nos permite ser minidioses en lo que atañe a nuestro mundo virtual, nuestro refugio-huida electrónica.

Lo que no controlamos son las consecuencias personales de cada uno en este giro colectivo hacia lo digital. La lógica del navegante de Internet es la dispersión y la multitarea. En la web se perciben constantemente estímulos de colores y formas que nos quieren llamar la atención para que pulsemos ahí. La gamificación pretende mostrar toda operación como un juego. De un sitio se va a otro y un clic alimenta otro clic, los ojos vuelan en diferentes direcciones. Por estas razones, Internet dificulta la capacidad de concentrarse en una sola cosa y, por lo tanto, tiende a sintetizar todo cada vez más, haciendo la lectura de más de 6 líneas algo inaceptable. Un ejemplo claro es Twitter.

Todo esto nos hace más dispersos e impacientes, necesitamos estímulos cada vez más inmediatos y todo es sujeto de cambio en cualquier momento. Lo sólido parece desvanecerse: cuando quedas con alguien, nunca sabes si el otro va a venir hasta que no lo confirma a última hora por Whatsapp. Se ha generado una nueva subjetividad. Y esta nueva subjetividad, como las anteriores, está condicionada por los instrumentos (los aparatos) que la burguesía (el capital) ha puesto sobre la mesa.

La circulación libre por Internet ha escondido la imposición obligatoria de su uso para relacionarnos. Si ya en los adultos y la gente mayor ha habido la necesidad de adaptarse y así generar nuevas dependencias, en los niños y los jóvenes hablamos de un crecimiento completamente condicionado por las redes sociales y los smartphones que van a empobrecer y degradar los conceptos de amistad o intimidad, reduciendo estos a la cantidad de mensajes y me gustas o al espectáculo que puede llegar a hacerse uno de su propia vida.

“Si al principio el móvil se asociaba al businessman, poco a poco se ha convertido en la herramienta imprescindible del ser humano liberal. Corresponde así a muchas de sus “cualidades” emblemáticas: individual, consumidor, moderno, flexible, eficiente, móvil, en comunicación permanente, etc. La difusión masiva y sin cuestionar del móvil ha participado de la propagación de estos valores, modificando en profundidad las relaciones sociales.” [14] En cuanto a objeto necesario y paradigmático de nuestra era, en cuanto mercadería que vincula las demás mercaderías, el smartphone se ha erigido como símbolo máximo de esta nueva etapa capitalista, así como lo fue anteriormente el automóvil.

Por otro lado y cambiando un poco de tema, ¿cómo es toda esa comunicación telemática entre smartphones y ordenadores? Evidentemente un diálogo cara a cara es mucho más rico en particularidades que no una conversación de WhatsApp. Hay que considerar que aproximadamente un 80% de nuestra comunicación es no verbal. El filtro tecnológico elimina las diferencias para crear un lenguaje único y computable. En la red, las palabras se vuelven mensajes y las emociones quedan reducidas a emoticonos. De ahí esa ansia en llenar las frases con ellos y descubrir nuevos constantemente [15].

En este tipo de relaciones virtuales también tiene un gran protagonismo la imagen, sobre todo la de uno mismo. Hemos denominado este fenómeno como “cultura del postureo”. Facebook, el ejemplo más claro, transmite una positividad absoluta: hay me gusta, pero no hay "no me gusta”; hay amigos, pero no hay "enemigos”. La gente enseña lo maravillosa y alucinante que es su vida, como mercaderías autopromocionándose. Se muestran hipócritas, como si fuesen los actores de sus propias vidas. Es todo un universo virtual creciente que entendemos como una forma de evasión a una vida efectivamente miserable y aburrida.

“La Jovencita es optimista, radiante, positiva, alegre, entusiasta,
en otros términos, sufre”

“La Jovencita no se ama a sí misma, lo que “ama” es su imagen” [16]

Además, gran parte de esta comunicación es espiable. Damos nuestros datos a “los amos de Internet” (Google, Apple, Facebook, Amazon) para que realicen estudios de mercado a partir de la perfilación de nuestras identidades digitales. Mediante el mecanismo perverso de la gratuidad aceptamos los TOS (terms of service, “términos de servicio”) y facilitamos nuestra información a terceros, sin ser capaces de ver que si no hay producto que vender, el producto somos nosotros mismos. De nosotros sacan sus ingentes beneficios estas empresas que no venden nada físico.

En este sentido, el Big Data hace referencia a los grandes almacenes de información que, a partir del tratamiento de esos datos cedidos voluntariamente, permiten a las compañías conocer mejor a sus clientes, clasificar la población en grupos o segmentos dependiendo de diferentes variables (clusters) y, mejor aún, predecir las reacciones de los usuarios. El procesado de información que ejecuta el Big Data responde a una mezcla entre marketing y seguimiento policial, pero extendido al conjunto de la población. Cabe decir que sus intereses son mayoritariamente comerciales [17].

El Big Data es una fuente económica en plena expansión. Empresas como Google o Facebook, a pesar de no “producir” nada, atesoran unos ingresos altísimos que las equiparan a las más grandes multinacionales. La venta de datos personales es un sector relativamente nuevo, aparecido con la popularización de Internet. Hasta ese momento, la comunicación entre las personas no era una actividad de la cual se pudieran extraer tantos beneficios. ¿Qué quiero decir con todo esto?

El capitalismo aspira a monetizar (capitalizar) toda actividad humana. Su funcionamiento y la explicación de su expansión es la subsunción, es decir, absorber hacia el mercado aspectos previamente no capitalistas, subsumir actividades que no se rigen bajo la ley del valor, mercantilizar todas las facetas de la vida. El capital es valor valorizándose constantemente. Los parones y las caídas de ese proceso han producido crisis. Crisis que se han superado abriendo nuevos mercados, descubriendo nuevos sectores, dicho en otras palabras, poniendo el capital otra vez en movimiento. De la depresión del 29 se salió con la industria de la guerra arrasando con millones de vidas en la Segunda Guerra Mundial. De la crisis del petróleo del 73 se salió privatizando a ritmo neoliberal y convirtiendo el dinero en activos financieros para que pudiera seguir circulando pese a ser ficticio. Hoy en día, también en crisis (permanente), vemos un enorme campo a experimentar en el Big Data y la realidad virtual. Las ganancias de Facebook o Google así lo certifican. El fenómeno Pokémon Go también nos lo demuestra: la realidad aumentada crea una capa que encubre el espacio público para privatizarlo [18].

En conclusión y ya finalizando, para sintetizar este cambio de paradigma en las relaciones, me acojo a una reflexión que aparece en el último libro del comité invisible.

"Esta catástrofe es en primer lugar existencial, afectiva, metafísica. (…) No ha sido a la ligera que [el hombre occidental] ha puesto tantas barreras entre él y el mundo. Arrojado sin tregua de la euforia al estupor y del estupor a la euforia, hace el intento de remediar su ausencia en el mundo con toda una acumulación de especializaciones, de prótesis, de relaciones, con todo un montón de chatarra tecnológica al fin y al cabo decepcionante. De manera cada vez más visible, él es ese existencialista superequipado que solo para cuando lo ha ingeniado todo, recreado todo, al no poder padecer una realidad que, por todas partes, lo supera. (…) La vida está efectivamente, afectivamente, ausente para él, pues la vida le repugna; en el fondo, le da nauseas. Es de todo aquello que lo real contiene de inestable, de irreductible, de palpable, de corporal, de pesado, de calor y de fatiga, de lo que ha logrado protegerse arrojándolo al plano ideal, visual, distante, digitalizado, sin fricción ni lágrimas, sin muerte ni olor, de Internet.

(…) No es el mundo el que está perdido, somos nosotros los que hemos perdido el mundo y lo perdemos incesantemente; no es él el que pronto se acabará, somos nosotros los que estamos acabados, amputados, atrincherados, somos nosotros los que rechazamos de manera alucinatoria el contacto vital con lo real. La crisis no es económica, ecológica o política, la crisis es antes que nada de la presencia."
[19]

No nos gusta la vida que vivimos (¿a quién le gusta verdaderamente?) y por lo tanto huimos de esa realidad a base de drogas, series y fiestas al fin y al cabo deprimentes. Interponemos entre nosotros y el mundo un smartphone, una pantalla, una barrera, que tape un poco. Sentimos que estamos solos y que todo da asco, pero entonces miramos al móvil y vemos que tenemos un mensaje y pensamos: “bueno, al menos alguien piensa en mí”. Es una permanente huida hacia adelante, hacia el abismo.
***

Como alternativa, nosotros como grupo suplíamos esa comunicación vía móvil e Internet por encontrarnos diariamente en el local de estudiantes. Nuestra propuesta, un poco vaga y difusa, es recuperar los espacios públicos y colectivos: hacer vida en ellos, encontrarnos afectivamente en los ateneos, en las plazas, en el barrio, en las asambleas, en el sindicato... Que esto, en el fondo, no es más que la antigua historia de la clase obrera, la cual se juntaba en estos sitios para conspirar y compartir emocionalmente sus miserias. Se trata de recuperar la cultura local enfrente de la cultura capitalista o la cultura del espectáculo. Recuperar la historia de los barrios combativos, tratar de hacer habitables nuestras vidas, atacar aquello que las degrada y las mata.

Joan Liébana Tardío
(capitaludd@nodo50.org)


[1] Con esta cifra situamos el genocidio del Congo en el segundo puesto de las guerras con más víctimas fatales justo por detrás de la Segunda Guerra Mundial. Asimismo, bajo la escalofriante cifra de 7 millones, tampoco querríamos olvidar el alto número de mujeres violadas, torturas, migraciones forzadas, desforestación, mutilaciones o el uso de niños soldado.

[2] El tema de la guerra en el Congo está suficientemente documentado y por lo tanto no será el principal interés del texto profundizar en este aspecto. Des de aquí recomendamos la lectura del capítulo “El ejemplo del col-tán” dentro Cuadernos de negación, nº8 Crítica a la razón capitalista, DE ALTU-BE, RAMIRO (2004) El imperialismo continúa, la fiebre del coltan., y DE ALTUBE, RAMIRO (2011)La fiebre del coltan, genocidio en la República Democrática del Congo.

[3] Recomiendo enardecidamente sus poemas. En esta web se puede encontrar algunos más.

[4] ¿Dónde van los móviles que ya no queremos? (2012) Expansión (diario).

[5] Este artículo da algunas cifras sobre esta cuestión Vivimos rodeados de radiaciones electromagnéticas, Moai: boletín sobre control tecnológico, biológico y social.

[6] DEBORD, GUY (2002). La sociedad del espectáculo. Valencia, España, Pre-Textos.

[7] Considerábamos como otros no-lugares Internet (la red): el espacio virtual, ese espacio que no es espacio. Bajo esa idea de no-lugar también nos venía a la cabeza ese tipo de plazas hechas por urbanistas de nuevo cuño, en las cuáles predomina el diseño más que las necesidades humanas. Esas plazas que tienen el suelo duro, que parecen más hechas para el tránsito de las personas y los coches que no para el encuentro, que permiten una gran visibilidad para detectar rápidamente las conductas incívicas, que a menudo los bancos están dispuestos de formas extrañas en las que la gente no pueda hablar entre ella.

[8] Capítulo “Más aislado” dentro de Quema tu móvil, (fanzine).

[9] Exceptuamos aquí la comunidad musulmana que sí mantiene en gran medida su religiosidad.

[10] IPPOLITA (GRUPO). (2016). Ídolos: ¿la Red es libre y democrática? ¡falso! Madrid, Enclave de Libros.

[11] La xarxa... (poema) (2010).

[12] DEBORD, GUY (2002). La sociedad del espectáculo. Valencia, España, Pre-Textos.

[13] La culpa no es del doble ‘check’: el verdadero papel de WhatsApp en las rupturas de pareja, (2015) El diario (diario).

[14] Quema tu móvil, (fanzine)

[15] Por fin la paella valenciana tendrá su emoji en WhatsApp, (2016), 20 minutos (diario).

[16] TIQQUN (GRUPO). (2012). Primeros materiales para una teoría de la Jovencita ; seguido de "Hombres-máquina: modo de empleo". (Madrid), Acuarela.

[17] El procesado de datos con fines mercadotécnicos es ampliamente superior al uso de estos datos para fines políticos, es decir, para la investigación y la vigilancia de los individuos. A propósito de esta vigilancia virtual, destaca el programa estadounidense PRISM, un dispositivo secreto de control masivo de Internet y de las tele-comunicaciones que fue desarrollado por la Agencia Nacional de Seguridad (NSA). El impacto global del pro-grama fue denunciado en junio de 2013 por el revelador Edward Snowden. Prism cuenta con la colaboración de Microsoft (comprendiendo también Skype), Google (y Youtube), Facebook, Yahoo!, Apple, AOL i Paltalk. Fue curioso como fue ferozmente reprochado el gobierno de Obama por esta iniciativa, pero en cambio apenas fueron criticadas estas corporaciones multinacionales que sin su contribución el programa PRISM no hubiera funcionado.

[18] El fenomen Pokémon, (2016) Solidaridad Obrera (diario)]. Este juego, del cual Google también participa, ha marcado récords de beneficios (Nintendo ha duplicado su valor en bolsa) además de dar lugar a situaciones dantescas como la de la niña estadounidense que fue atropellada por un coche mientras capturaba Pokemon y que luego criticó la aplicación, acusándola de ser la causante de su accidente[Esta chica sufre un atropello cuando cazaba pokémon y dice que la culpa la tiene el juego, (2016) La Vanguardia.

[19] COMITÉ INVISIBLE (FRANCIA). (2015). A nuestros amigos. Logroño, Pepitas de Calabaza.

Fuente: https://www.nodo50.org/ekintza/spip...

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