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Selfies, posados y barricadas

Miércoles.23 de octubre de 2019 194 visitas Sin comentarios
El posado con una barricada de fondo convierte a la barricada en un teatro, en un lugar de recreo, en un lugar de estatus, en una realidad paralela. #TITRE

Tania López García

Entre las imágenes de las manifestaciones en contra de la sentencia del Procès, estos días hemos podido vislumbrar algunas otras que chocan más incluso que los incendios y las cargas: hemos podido ver a jóvenes y a influencers hacerse selfies, posando frente a los incendios y las barricadas.

Estas imágenes contrastan con las cargas de los antidisturbios, los atropellos, los golpes injustificados en las calles. Parecían formar parte de un mundo al margen de la protesta o de las decisiones de los gobiernos.

Eran (y son) imágenes distópicas, sacadas de la fantasía de un presente no nuestro, un presente que aparece como un gran teatro. Sin embargo, son imágenes del presente. Aquí, las imágenes representativas van más allá de la realidad, y se instauran como una realidad propia, que se justifica a sí misma.

Citando a Debord: “Allí donde la realidad se transforma en simples imágenes, las imágenes se transforman en simple realidad”. Y, sin embargo, estas imágenes ya no pertenecen al régimen antiguo, porque, como bien apunta Jose Luis Brea, “las imágenes electrónicas poseen la cualidad de las imágenes mentales”. Su volatilidad, su fluidez.

Cuando lo vi se me vinieron a la cabeza aquellas imágenes que tuve que analizar sobre la guerra de Siria, sobre las tácticas del Daesh. Aquellas tácticas imitaban la realidad y la sobrepasaban, jugaban con la representación de la realidad, las ejecuciones eran grabadas y presentadas como películas y en esa estrategia seducían a los posibles mercenarios para que se unieran a sus fuerzas.

Lo que prometían, en efecto, era la realidad de un videojuego. Una realidad elegible. Su manipulación era tal que a menudo se necesitaban fuentes para distinguir la realidad de la ficción —como ocurre en el documental de los Cascos Blancos presente en Netflix— las cámaras eran situadas como en una gran superproducción.

Esa forma de jugar con la realidad y con el simulacro de los terroristas, sin embargo, no es comparable desde el punto logístico ni desde las ideas —ya que las imágenes del Daesh eran utilizadas para y por el horror— con aquellas personas que van por la calle y les apetece hacerse una foto —es decir, les apetece reintegrarse en la realidad en la que están viviendo—, pero sí es similar en el intento de crear un relato, una realidad alternativa.

El selfie es una realidad representativa desde la que nos pensamos, por lo que colocarnos en el lugar de la protesta en el lenguaje de la imagen equivale a formar parte de ella de alguna manera, a reapropiárnosla. No es ya el medio, sino la representación misma de la realidad. Pero, al mismo tiempo, el selfie posado en este contexto presenta un elemento de distanciamiento con la imagen del fondo y sus violencias, con la barricada, con el incendio, funcionando de manera similar a como lo hace la ironía en el lenguaje de los memes.

Cuando una realidad es tan amplia —tenemos tantos datos pero ninguno al mismo tiempo— nos es imposible asirla verdaderamente, y la disociación se presenta como un elemento defensivo. Y ese elemento defensivo se presenta en forma de imagen —el lenguaje universal de nuestro tiempo—, es decir, de presentación de la realidad.

La realidad del fondo queda apartada para que podamos incluirnos en ella de alguna manera, introduciéndonos en el lenguaje de la imagen como escapatoria, como fantasía, incluso como un intento de reintegrarnos en la propia realidad. Una distancia segura, un lugar en el que estamos pero sin estar. O el clásico “yo estuve aquí”. Esos selfies carecen de frivolidad como nos recuerda el historiador André Gunthert.

El concepto del selfie no anula la imagen y tampoco anula la lucha, pero el del posado frente a una barricada debe ser repensado. Ninguna imagen puede ser inocente o puede ser disidencia cuando está atravesada por el contexto de las multinacionales y de las redes sociales manejadas por grandes empresas.

Aquello que, en principio, es una liberación del yo, una manera más de poder autoexplorarnos y conocernos y presentarnos en esta realidad panóptica se convierte en una regla básica dentro del contexto en el que vivimos. Sin esa representación nuestra, sin ese selfie que es ya un lenguaje propio de la imagen, nuestra comunicación con los demás queda coja.

Puesto que el selfie posado también es un elemento político y está regido de facto por las ideas y las herramientas dadas desde las grandes empresas que son las redes sociales donde la mayoría de los selfies van a parar, el selfie que no es tal —que implica a terceras personas, que es un posado, que no es una imagen pobre que va a borrarse en Snapchat en unos minutos— refleja estas ideas y por lo tanto el posado con una barricada de fondo cae en el riesgo de presentar la barricada en un teatro, en un lugar de recreo, en un lugar de estatus, en una realidad paralela.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/redes...

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