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Puerto Rico: La paradoja de la vulnerabilidad

Lunes.21 de mayo de 2018 184 visitas Sin comentarios
Kaosenlared. #TITRE

Por Manuel Valdés Pizzini

En la comunidad científica (de todas las persuasiones) y en los círculos de la administración gubernamental local, regional y global compartimos el consenso de que los sectores pobres son más vulnerables a los efectos del cambio climático y a los eventos naturales –atmosféricos, oceánicos y tectónicos—que provocan dislocamientos en la vida económica y social.

Culturalmente hemos construido una narrativa de cómo el huracán María arrancó hojas, ramas, árboles y rodales para exponer ante la vista atónita de la clases medias y alta la pobreza que circunda a las urbanizaciones cerradas. Es allí donde muchos nos percatamos de la destrucción causada por el huracán al ver los techos desguazados por el viento.

La atención la hemos puesto sobre los sectores de clases pobres, ya que suelen habitar viviendas precarias y ubicar sus casas en zonas de alta peligrosidad ante los fenómenos de las lluvias, las inundaciones, los deslizamientos de terrenos, la marea ciclónica y las marejadas. La proximidad de esas comunidades a ríos, quebradas, humedales, zonas de altas pendientes o al pié de montañas cuya base ha sido alterada para construir carreteras y casas los ha marcado con estigma de la vulnerabilidad. Es decir, son propensos a ser afectados dramáticamente por los eventos naturales y las consecuencias de la convivencia en países donde el desarrollo urbano que los circunda ha alterado los ecosistemas, el paisaje y las cuencas hidrográficas poniéndoles en medio de la devastación. En una escala global, las organizaciones internacionales apuntan a esa dirección como se lee en las primeras páginas del Informe de las Naciones Unidas sobre la Inequidad y el Cambio Climático. 1

La mirada a ese proceso y a lo que observamos hoy debe hacerse en la larga duración que sugería el historiador Fernando Braudel. Debemos considerar que las condiciones de los asentamientos a finales del siglo XX y en este que va en curso son parte de un luengo proceso que apunta a los avatares del Antropoceno, noción que calibra la acción humana desde hace 11,700 años y que ha ido alterando las condiciones de los ecosistemas y la vida humana sobre este planeta aguatierra con formas de producción y de uso de los recursos que aumentan la huella ecológica, el carbono en la atmósfera y en los océanos y acelera el deterioro de los hábitats. Desde entonces los humanos andamos por el planeta alterándolo y transformándolo.

La arqueología mundial ha documentado esos procesos aun para sociedades de recolectores y cazadores (foragers, para ser preciso). Estas sociedades alteraron los bosques costeros y los hicieron amenos a la recolección de ciertas especies vegetales y los modificaron para que fueran atractivos a ciertos animales y poder hacerles encerronas y cazarles. De igual manera, transformaron los hábitats de humedales y los ecosistemas marinos, por medio de sus artes de pesca y la extracción masiva de peces e invertebrados, actividad que es evidente en los concheros del planeta. En Puerto Rico el proceso ha sido similar y antes de que se diera la confluencia entre europeos y amerindios en estas coordenadas.

La arqueóloga puertorriqueña Isabel Rivera Collazo ha investigado y escrito extensamente sobre ese proceso y ha resumido la obra de colegas sobre el tema.

Rivera-Collazo ha concluido que las sociedades aborígenes actuaron sobre los bosques del territorio, alterando el paisaje y provocando la creación de ecosistemas construidos por los humanos. El entorno boricua fue transformado por los foragers (los llamados arcaicos, que trajeron plantas de cultivo) y por las sociedades agroalfareras con sus prácticas agrícolas, la arboricultura, la quema de los bosques, el movimiento de asentamientos, la extracción de material rocoso, la alteración del sistema de cavernas y su uso simbólico, la extracción minera incipiente, la extracción de plantas como el marunguey (Jaime Pagán Jiménez), el corte de maderas, el consumo de proteína animal y grasas con peces, invertebrados, manatíes y tortugas marinas, el corte de mangle para los asentamientos costeros y la construcción de bateyes y de plazas por todo el archipiélago, incluyendo la Isla de Mona (José Oliver, Reniel Rodríguez). Las prácticas pesqueras y agrícolas transformaron también a los estuarios, como lo ha demostrado arqueológicamente Isabel Rivera-Collazo con su análisis del estuario del río de Manatí.

La ocupación europea del territorio continuó con ese proceso, tal vez de una manera más agresiva y avasalladora, debido a la diferencia en la magnitud de las fuerzas productivas y de los intereses extractivos (en el principio) y agro-comerciales con los que rediseñaron el mosaico botánico y agrícola del archipiélago y enfatizaron a ciertas especies para la exportación, como lo fue el tabaco. Hay que releer con detenimiento los estudios sobre la extracción minera del principio de la “colonización” (Jalil Sued-Badillo), los primeros asentamientos y la actividad agrícola (Francisco Moscoso) y el proceso sistemático de introducción de especies y el corte de maderas y la transformación de los bosques (Domínguez Cristóbal). Nuestra vocación comercial y las prácticas agrícolas en los montes (la roza y quema) de nuestra gente nos llevó a reestructurar el paisaje ecológico del campo boricua en los siglos XVII y XVIII.

El siglo XIX fue crucial. La agricultura comenzó a devastar de manera sistemática los bosques costeros, para convertirlos en piezas de caña y pastos para el ganado. Juan A. Giusti Cordero, Juan R. González Mendoza y Lizzette Cabrera Salcedo han documentado—en gran medida—ese proceso de transfiguración del paisaje y los ecosistemas que estuvo relacionado–directa e indirectamente—con procesos globales y locales de sequías (Picó) y la falta de agua que llevó a los hacendados a ingeniar sistemas de irrigación en la bajura y en la altura como queda evidenciado en los trabajos de Rosa Plá, Marisol Ramos y Cabrera Salcedo. El cafetal no estuvo exento de esos procesos y la agricultura campesina, la ampliación del cafetal y la inserción de ese producto en los mercados internacionales aceleró procesos de deterioro de los bosques de la altura, como lo sugieren los trabajos de Buitrago, Picó, y Domínguez Cristóbal, entre otros. La alteración de esos entornos produjo la sedimentación de las cuencas hidrográficas que a su vez lanzaban (y lanzarán en los próximos cien años) toneladas de sedimento al mar deteriorando a los arrecifes de coral y a las praderas de hierbas marinas.

El Reino del Azúcar en el siglo XX, como le ha llamado César Ayala, continuó—esta vez de manera agresiva—con la deforestación de los llanos costeros. Ese proceso, que coincidió con la expansión urbana en la costa, tomó el rumbo de rellenar manglares y humedales para la agricultura y para expandir el espacio urbanizable. El estudio reciente de Rubén Nazario (Paisaje y poder) se asoma a ese devenir que transformó los ecosistemas costeros.

En la altura, el colapso de la industria cafetalera en el siglo XX, por razones de política pública, de mercados y por el impacto de los huracanes San Ciprián y San Felipe II (Luis Pumarada O’Neill, Stuart Schwartz) llevó a los hacendados a convertirlas en zonas de corte de maderas (el tabonuco y otros árboles grandes) y aserraderos. Los llevó también a vender sus propiedades para la industria cañera y para aumentar el acervo de bosques protegidos bajo el Servicio Forestal.

Los trabajadores del cafetal y sus familias, el campesinado sin tierras, se movieron a la costa en búsqueda de oportunidades en las vibrantes economías urbanas que se alimentaban de la bonanza cañera, de la producción cigarrera y la manufactura de ropa. Empujados por una diversidad de factores fueron a vivir a pequeñas urbes sin la capacidad de absorberlos. Entonces se produjo un movimiento masivo de personas a las únicas zonas donde era posible ubicarse de manera ilegal sin interferir con la producción cañera: las playas, los manglares y los intersticios de los estuarios, en bienes de dominio público. El novelista José Pérez Losada en su novela El manglar (1909) narró con un realismo visceral la proliferación de “tugurios hechos con los desperdicios de la ciudad”, de “casuchas fabricadas á retazos sobre la tierra encharcada” ocupando “marismas infectas.” Por todo el archipiélago –y esto amerita mirarlo y documentarlo con más ahínco—los pobres ocuparon la zona marítimo terrestre y los manglares. La ocupación de los manglares de Puerta de Tierra ha sido el objeto de un análisis profundo por parte de Arturo Bird Carmona, con la descripción de sectores como Sal Si Puedes, Hoyo Frío, Gandulito y Venecia, entre otros a principios del siglo XX.

Por esa ruta se lanzaron los pobres a ocupar la costa y los manglares en el Caño Martín Peña, la Laguna San José y la Bahía de San Juan, al norte (Puerta de Tierra), en el este (Buenos Aires, Fanguito) y al Sur (Cataño, Toa Baja) y en la Laguna del Condado. Por todo el archipiélago se reprodujo el fenómeno, en algunos sitios con fuerza y en otros de manera pausada. Mayagüez, Ponce, Aguadilla son ejemplos de diversas estrategias de ocupación. Los sectores acomodados—por llamarles de alguna manera—se ubicaron en posiciones visualmente estratégicas para mirar el mar y la bahía, como lo es el sector de Miramar estudiado por Enrique Vivoni. En el Condado empezaron a ocupar lugares importantes y comunidades tradicionales, como Bayola fueron desplazadas para ubicar allí hospitales y el sector conocido hoy como Ocean Park, justo donde estaba la laguna costera Machuchal, que conectaba hidrológicamente con la Laguna de Cangrejos (el lado este de la San José) y una enorme ciénaga poblada de placeres, es decir, zonas de aguas llanas rodeadas de mangle u otra vegetación de humedales. La historia de Cangrejos hay que verla desde esa perspectiva, que se asoma en la obra de Aníbal Sepúlveda y Jorge Carbonell.

La ocupación de los manglares y los estuarios se convirtió en objeto de la política pública del gobierno y la formulación de la Ley de Tierras en la década de 1940 atendió el asunto declarando a los manglares como insalubres y focos de enfermedad y pobreza. Para reubicar a esas familias de los arrabales y para proveer vivienda a los trabajadores rurales sin tierra se diseñó primeramente el sistema de las parcelas. Es posible que las primeras parcelas estuvieran ubicadas en la costa (Polé Ojea y Elizabeth en Cabo Rojo y La Parguera en Lajas). Luego el estado diseñó con mayor agresividad la vivienda pública por medio de caseríos y su evolución en apartamentos y residenciales públicos, proceso estudiado por Helen I. Safa y Rafael L. Ramírez, entre otros.

A partir de la década de 1960 ocurre el fenómeno de que los sectores de clase media y clase media alta comenzaron a ocupar la zona marítimo terrestre, los manglares y los bienes de dominio público. En ese proceso van a compartir espacios, lugares y experiencias con las familias de las parcelas y en algunos lugares con los rescatadores de tierras. En varios casos, esos sectores se convirtieron en rescatadores, según apunta Juan Llanes Santos en su importante trabajo sobre las invasiones de terrenos en Puerto Rico.2

El auge de la construcción, a partir de los setenta provocó que las tierras agrícolas en los llanos costeros fueran desarrolladas en proyectos de viviendas y condominios que reclamaron la costa y las playas como parte de la oferta inmobiliaria. Esa competencia por un lugar privilegiado y estratégico para disfrutar el mar provocó la congestión y desparrame de viviendas y condominios cada vez más cerca de la playa y hasta en la zona marítimo terrestre.

La Universidad de Puerto Rico, a través del Programa Sea Grant y del Departamento de Ciencias Marinas (CIMA) han levantado la voz de alerta sobre la peligrosidad de esa tendencia, que aumenta la vulnerabilidad de los pobres y convierte—paradójicamente—en vulnerables a los sectores de clase media y alta que construyen y adquieren propiedades en esa zona.

Aurelio Mercado Irizarry, oceanógrafo físico, estudioso de las inundaciones, el aumento en el nivel del mar –a raíz del cambio climático—y el impacto de la ola ciclónica y los maremotos ha dado la voz de alerta sobre esos procesos y el impacto de los fenómenos naturales sobre el espacio construido en la costa. Representa así a un cuadro de científicos, colegas y funcionarios que dan todos los días la lucha para detener esas prácticas que suponen un salto al vacío. Para Mercado la Isla del Encanto se ha convertido en la Isla de los cantos: una isla despedazada por los huracanes y las marejadas que han golpeado a los asentamientos y viviendas vulnerables de la costa y de la altura.

El historiador de la costa y el mar John R. Gillis ha señalado en su provocador libro The Human Shore: Seacoasts in History, que las costas han tenido, en una escala global, una segunda historia: la ocupación del litoral por los sectores de clase media y alta sin una historia ni vínculo cultural (los landlubbers) con ese entorno y que están allí por medio del proceso de “elitización” (gentrification) o desplazamiento social costero. Ese proceso, documentado por varias colegas como Rima Brusi, ha provocado que la costa, ese lugar asediado por el aumento en el nivel del mar y expuesto a la energía de las marejadas y olas ciclónicas, se haya convertido en el espacio de la vulnerabilidad para los pobres, las clases medias y altas y hasta para el gobierno que no ha parado mientes en construir infraestructura crítica en esas zonas.

Mercado, evocado en las redes sociales de manera constante antes y después del huracán María como la voz que nos alertó sobre la catástrofe, ha documentado las posibilidades y el impacto del incremento en el nivel del mar en nuestro país. Esto lo ha hecho por medio del análisis de diversos bancos de datos, cálculos de probabilidades (datos del US Army Corps of Engineers), mapas de inundaciones e informes técnicos para el planeta y el continente de Las Américas. Los datos apuntan a que la costa del país registrará un aumento en el nivel del mar entre 6 y 10 pulgadas en el año 2030 y entre 14 y 34 pulgadas en el año 2060, según una de las proyecciones. Según Mercado, “Puerto Rico está experimentando un proceso acelerado de aumento en el nivel del mar desde el 2000”. Los modelos y mapas de inundación por el alza en el nivel del mar producidos por la Administración Nacional de los Océanos y la Atmósfera, NOAA, sugieren un escenario crítico de un aumento de 1.8 metros para el año 2100, o sea 3.5 pies. (( Otros informes (Sweet et al 2017) sugieren que en una escala global puede llegar a cerca de 3 metros en el 2100 y que para el Caribe puede ser mayor. En términos de la larga duración del Antropoceno, eso representa una ínfima fracción de tiempo. En otras palabras: ese proceso está a la vuelta de la esquina.

Esas proyecciones tienen un alto nivel de incertidumbre pues hay una matriz de cosas que no se sabe ni cómo reaccionará el planeta aguatierra. La comunidad científica trabaja para tener escenarios intermedios (años 2030, 2050, etc.) que permitan planificar a mediano plazo.

Los mapas de aumento en el nivel del mar y las proyecciones de su impacto presentan un escenario catastrófico para el Área Metropolitana y su impacto pueden extrapolarse sin dificultad al resto de la Isla, con las variaciones esperadas debido a la configuración de las costas. Una mirada al imaginario de las proyecciones para San Juan y Mayagüez dan una idea (y es sólo eso) de la manera en la que quedarán impactadas esas áreas. (Aquí usamos los mapas producidos por Ciudadanos del Karso, http://cdk-pr.org/mapas.html.) Hay que pensar que ese proceso lento, incierto en su precisión, paso a paso, ola a ola, centímetro a centímetro afectará la vida de todas y todos y que la infraestructura crítica del país (carreteras, plantas de tratamiento de aguas, puentes, entre otros) quedará bajo las aguas. Las propiedades de los sectores pobres, de las comunidades de las clases más desventajadas estarán amenazadas. No las menciono por nombre aquí, pero al ver los mapas podrán enumerarlas en sus mentes. Pero de igual manera, el desarrollo de viviendas y condominios de los sectores de clase media y alta también estarán amenazados, o mejor dicho, inundados por este proceso.

No es que un día despertaremos y notaremos cómo el océano nos tragó. Es que ya nos despertamos y vimos como la ola ciclónica y las marejadas han comenzado a comerse el litoral, a destrozar la infraestructura de acceso a las playas, a destruir las casas de los asentamientos costeros tradicionales, las casas de las parcelas, pero también de los condominios y casas de playas. Ruperto Chaparro (director del Programa Sea Grant), en 80grados, lo ha planteado con precisión: “En las costas de todo Puerto Rico podemos observar que se han cometido graves errores y se han tomado decisiones incorrectas en lo relacionado a los deslindes de la zona marítimo terrestre (separación de propiedad privada de los bienes de dominio público).” En ese artículo, que es una joya, Chaparro describe cómo en el municipio de Rincón todos los sectores de clase fueron afectados por el embate de María y pondera sobre las posibilidades de revertir ese proceso.

Llevo más de treinta años compartiendo ideas y aprendiendo de Mercado y Chaparro, en nuestro entorno académico y en el trabajo de campo en el litoral. Nos unen el sentido de urgencia y cierta impotencia ante una acción política y un desarrollo que no han respetado el entorno. En el fondo sabemos que es tarde y que compartimos la certeza del título del libro de Jeff Goodell: el agua va a venir. No obstante, me parece que es importante señalar que es parte de un proceso en la larga duración histórica y que amerita, en términos de investigación, una mirada profunda en el tiempo para entenderlo y calibrarlo. Este escrito—con sus luces y sombras—es un esbozo en esa dirección, desde la perspectiva de la ocupación de la costa.

Agradecimiento:

Este trabajo forma parte de una investigación en curso subvencionada por el Programa de Colegio Sea Grant de la UPR: Facing the sea: documenting the history of coastal interactions in Puerto Rico, Sea Grant, Minibus Research Project. En este escrito menciono los nombres de las y los colegas que han escrito sobre los procesos discutidos, pero paso a incluir un número reducido de referencias.

Notas

1. “In the past 20 years, 4.2 billion people have been affected by weather-related disasters, including a significant loss of lives. Developing countries are the most affected by climate change impacts. Low-income countries suffered the greatest losses, including economic costs estimated at 5 percent of GDP.”

“Sadly, the people at greater risk from climate hazards are the poor, the vulnerable and the marginalized who, in many cases, have been excluded from socioeconomic progress,” noted United Nations Secretary-General Ban Ki-moon in the report. “We have no time to waste—and a great deal to gain—when it comes to addressing the socioeconomic inequalities that deepen poverty and leave people behind.”

2. “Las invasiones de 1968 en las áreas de Cabo Rojo, Guánica y Lajas tenían características muy distintas a las que hemos comentado. Éstas no fueron realizadas por familias necesitadas en busca de un predio donde construir sus hogares…Todo lo contrario: las invasiones de tierras en estas áreas fueron realizadas por familias pudientes que buscaban un lugar donde construir, fácil y baratamente, sus casas veraniegas (Llanes Santos 2001:70)”.

3. Aurelio Mercado ha utilizado varias fuentes y modelos en su análisis del Local Relative Sea Level (LRSL): US Army Corp of Engineers Sea Level Rise Calculator y NOAA (estos tienen un límite de 1.8 metros, pero pueden ser más). El grupo Puerto Rico Climate Change Council (http://pr-ccc.org) es una entidad que agrupa a científicos, ciudadanos y oficiales gubernamentales en la tarea de entender y estudiar estos procesos, y buscar la información más precisa sobre este proceso. Aquí usamos las imágenes producidas por Ciudadanos del Karso (http://cdk-pr.org/mapas.html) y las que ha utilizado Mercado en su informe para tener una idea del posible impacto del aumento en el nivel del mar sobre sectores de diversa composición social. Sin duda, los sectores pobres se verán afectados en mayor grado, pero este es un proceso que abarcará a todos los sectores sociales ubicados en las zonas de mayor propensión a las inundaciones.

Referencias mínimas

Gillis, John R. 2012. The Human Shore: Seacoasts in History. Chicago: The University of Chicago Press.

Goodell, Jeff. 2017. The Water Will Come: Rising Seas, Sinking Cities, and the Remaking of the Civilized World. New York: Little, Brown and Company.

Llanes-Santos, Juan. 2001. Desafiando al poder: Las invasiones de terrenos en Puerto Rico. Río Piedras: Ediciones Huracán.

Mercado, Aurelio. 2017. Sea Level Around Puerto Rico: A Projection. Report submitted to the

Puerto Rico Climate Change Council (PRCCC). https://coastalhazardspr.wordpress.com

Puerto Rico Climate Change Council (PRCCC). 2013. Puerto Rico’s State of the Climate 2010-2013: Assessing Puerto Rico’s Social-Ecological Vulnerabilities in a Challenging Climate. Puerto Rico Coastal Zone Management Program. Department of Natural and Environmental Resources , NOAA Office of Ocean and Coastal Resource Management, San Juan: Puerto Rico.

Rivera-Collazo, Isabel C. 2015. Por el camino verde: Long-term tropical socioecosystem dynamics and the Anthropocene as seen from Puerto Rico. The Holocene, London. Vol. 25, Issue 10, (Oct 2015): 1604-1611.

Rivera-Collazo, Isabel C., Cristina Rodríguez-Franco & José Julián Garay-Vázquez. 2017. A Deep-Time Socioecosystem Framework to Understand Social Vulnerability on a Tropical Island. Environmental Archaeology, The Journal of Human Paleoecology. DOI: 10.1080/14614103.2017.1342397

http://dx.doi.org/10.1080/14614103....

Sweet, William V., Robert E. Kopp, Christopher P. Weaver y Jayantha Obeysekera. 2017. Global and Regional Sea Level Rise Scenarios for the United States. NOAA Technical Report NOS CO-OPS 083.

https://tidesandcurrents.noaa.gov/p...

Valdés-Pizzini, Manuel. 2006. Historical Contentions: The Environmental Movement in the Coastal Zone in Puerto Rico. 2006. En Beyond Sand and Sand: The Environmental Movement in Latin American, Sherrie Baver & Barbara Lynch, editoras. New Brunswick: Rutgers University Press.
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“In the past 20 years, 4.2 billion people have been affected by weather-related disasters, including a significant loss of lives. Developing countries are the most affected by climate change impacts. Low-income countries suffered the greatest losses, including economic costs estimated at 5 percent of GDP.”“Sadly, the people at greater risk from climate hazards are the poor, the vulnerable and the marginalized who, in many cases, have been excluded from socioeconomic progress,” noted United Nations Secretary-General Ban Ki-moon in the report. “We have no time to waste—and a great deal to gain—when it comes to addressing the socioeconomic inequalities that deepen poverty and leave people behind.” [↩]
“Las invasiones de 1968 en las áreas de Cabo Rojo, Guánica y Lajas tenían características muy distintas a las que hemos comentado. Éstas no fueron realizadas por familias necesitadas en busca de un predio donde construir sus hogares…Todo lo contrario: las invasiones de tierras en estas áreas fueron realizadas por familias pudientes que buscaban un lugar donde construir, fácil y baratamente, sus casas veraniegas (Llanes Santos 2001:70)”. [↩]

Fuente: http://kaosenlared.net/puerto-rico-...