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Libia: "La guerra nunca ha estado tan cerca de Europa"

Miércoles.26 de febrero de 2020 267 visitas Sin comentarios
La Información. #TITRE

Seguramente muchos de ustedes pensarán que Libia, tras la discreta, eficiente, suave y rápida operación militar humanitaria de la OTAN (en la que participó España) para acabar con la "terrible dictadura" de Gadafi, necesariamente es hoy un paraíso de paz y democracia, en el que sus gentes viven felices, con abundancia y armonía. Pues no, desengáñense: Libia es un país destruído, económicamente arruinado (cuando era uno de los más prósperos de África) y en guerra y caos permanente. Por si no lo sabían, es lo que suele ocurrir cada vez que nuestros humanitarios y democráticos ejércitos ponen sus ojos sobre algún estado en el que hay algo que les interesa. No se crean lo que les cuentan en la tele. Tampoco al columnista que firma el artículo que viene a continuación, cuando evita abordar la responsabilidad europea como causante de la actual situación del país africano, o aboga por -todavía- más intervención militar en él. Nota de Tortuga.


Tabula Rasa

Diego Crescente
Analista político

Ojalá esta fuera una frase de un simple analista. Por desgracia es del Teniente General Claudio Graziano, Jefe del Comité Militar de la Unión Europea, y tiene toda la razón. Lo que se está viviendo estos días en Libia solo es imaginable en la peor de las pesadillas de los europeos.

Después de varios meses sin ninguna acción contundente, la Unión ha decidido subir un escalón diplomático en un conflicto que se desarrolla a escasos kilómetros de su frontera. Libia se ha convertido en nuestra Siria, en nuestro rincón de la vergüenza particular que, por cercano, nos corresponde afrontar con responsabilidad.

Tras su reunión del lunes pasado, los ministros de Asuntos Exteriores de la UE constataron el fracaso de las conferencias internacionales en las que se ha debatido la situación de la antigua colonia italiana. El cuestionado Acuerdo de Berlín, que se supone fue alcanzado por las partes en liza, y la Conferencia de Seguridad de Múnich han puesto de manifiesto la ineficacia de una diplomacia europea bilateral y la necesidad de apostar por una respuesta común de los 27 países miembros.

Y parece que estos fracasos han tenido efecto, puesto que los mismos ministros, liderados por el Alto Representante, Josep Borrell, lograron un acuerdo político para el comienzo de una nueva operación en el Mediterráneo que suceda a la ya extinta Operación Sofía. El objetivo principal de esta encomienda será aplicar el embargo de armas impuesto a Libia por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en su Resolución 2473 (2019), que amplia, hasta junio de 2020, la anterior Resolución 2292 (2016), por la que se autoriza la inspección en alta mar y frente a las costas de Libia a aquellos buques que tengan su origen y destino en este país y sobre los que existan motivos razonables para creer que transportan armas o material susceptible de empleo bélico.

A efectos prácticos, la futura misión europea tendrá como objetivo casi exclusivo el control del armamento que se tiene constancia que está llegando a mansalva a los puertos de Misurata, Benghasi y Trípoli, pero (y realmente es lo más importante) supondrá un punto de inflexión en la política de seguridad europea en el Mediterráneo, hasta ahora dedicada a luchar contra las redes de tráfico de personas y los flujos de migración irregular en el Mediterráneo Oriental.

No será una operación fácil. Los protocolos que rigen las resoluciones mencionadas imponen a los Estados, como condición previa a la inspección del buque, que procuren de buena fe la obtención del consentimiento del Estado que ostente el pabellón del barco, como requisito ineludible para la autorización por parte del Comité previsto en la Resolución 1970 (2011).

Hasta aquí la precaria regulación internacional que, como siempre, está muy alejada de lo que ocurre mar adentro. Los protocolos tienden a no responder a la realidad. Desde la finalización de la anterior misión de la UE -recordemos centrada en los flujos de migración irregular-, el envío de material militar a Libia se ha multiplicado, incluso con premeditación y alevosía, a través de la escolta descarada de fragatas turcas en el puerto de Misurata. A modo de ejemplo, en los últimos 4 días, tres cargueros con pabellón turco (Parpali, Recep Reis 1 y Mehmet Kahveci) han atracado en este puerto. A nadie se le escapará la tensión futura que puede llegar a producirse en el momento de la identificación de un barco, por parte de un navío militar de un Estado miembro de la Unión, a otro con bandera turca, que además esté escoltado por otro buque de guerra de la misma nacionalidad.

En cualquier caso, la acción naval europea servirá de contrapeso a la presencia marítima de Ankara, que patrulla sin ningún tipo de miramiento, desde Zuwarah a Tubruq, para apoyar al Gobierno de Unidad Nacional (GNA) en su lucha por sobrevivir en Trípoli. No hay que olvidar que, a día de hoy, es el Gobierno legítimo reconocido por Naciones Unidas. La situación, internacionalmente hablando, es complicada puesto que la otra facción, el Ejército Nacional Libio (ENL), dice responder ante la legítima Cámara de Representantes libia, además de controlar de facto la mayor parte del país.

La situación ha cambiado radicalmente en apenas en mes. El ojo de Ankara no se ha limitado únicamente al mar. El flujo de mercenarios -en el mejor de los casos- procedentes de Siria se ha incrementado brutalmente espoleados por el juego estratégico entre Rusia y Turquía con presencia sobre la zona y que apoyan respectivamente a los dos bandos enfrentados. El GNA incluso contrata directamente a estos mercenarios con un sueldo muy superior al que ganaban en este país, como muy bien explica Marta García Outón, de GIASP en “Turquía en el escenario libio y principales desafíos del conflicto”.

Todo esto nos ofrece un panorama que, desde el punto de vista geopolítico, es cuando menos difícil de gestionar. A los dos bandos que luchan encarnizadamente en Libia se unen dos grandes potencias regionales como Rusia y Turquía y una altísima presencia de grupos terroristas islámicos, entre ellos Al Qaeda en el Magreb Islámico y facciones afiliadas a ‘Daesh’ procedentes de Siria.

El envite europeo parece que ha entendido esta realidad y permitirá a los países que acudan al llamado político a utilizar medios aéreos, satélites y recursos marítimos que serán proyectados en la definición futura del teatro de operaciones. De ser cierto, Europa afrontaría por sí sola un mandato en una zona de altísimo riesgo que requerirá, además de las capacidades militares, un alto grado de resolución política tanto en Bruselas como en él o los Estados miembros que lideren la operación.

No descartemos, ni mucho menos, que España pueda presentarse voluntaria en concurso con otros países para dar cumplimiento a lo establecido. Los intereses de nuestro país en la región son muy importantes, como ha reflejado Elena Labrado en la revista Ejércitos bajo el título “El enemigo ausente: la posición de España en el conflicto libio”.

Europa siempre ha sido timorata. Los anhelos por dotarse de una política y de una industria europea común de Defensa siempre se han contrapuesto con una visión ‘soft’ de nuestra acción exterior. A diferencia de nuestra posición en otros rincones del mundo, el problema deviene cuando descubrimos que las ondas expansivas de las explosiones en Trípoli también se sienten en Roma, Paris, Berlín o Madrid.

Es aquí cuando la conciencia de la UE se revuelve y se da cuenta de la necesidad de que la acción diplomática deba tener necesariamente una visión ‘hard’. Cuando esto ocurre, no queda más remedio que recurrir a lo de siempre: la presencia armada sobre el terreno. Confiemos en que su único efecto sea el disuasorio, por el bien de la Unión y por el bien de todos.

Fuente: https://www.lainformacion.com/opini...

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