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La basura —también— como herramienta de control social

Miércoles.8 de mayo de 2019 557 visitas - 3 comentario(s)
Pablo San José, Tortuga. #TITRE

Leo que el ayuntamiento de una ciudad del estado español (no es la primera que lo hace, ni tampoco será la última) se dispone a instalar en su municipio contenedores de basura inteligentes, los cuales solo podría abrir —y utilizar— cada usuario autorizado empleando una tarjeta personal. Del mismo modo se facilitarían a dicha persona una serie de etiquetas identificativas que debería colocar a cada bolsa de residuos antes de verterlos en su contenedor correspondiente. Así quedaría garantizada la vigilancia sobre quién vierte qué, y si lo hace o no en el recipiente correcto. Es de creer que, en buena lógica, la medida se complementaría con las correspondientes ordenanzas municipales sancionadoras de cualquier mal uso que fuese descubierto.

La vista preliminar de esta cuestión nos lleva a imaginar una moderna y eficiente gestión de los recursos en una ciudad europea, limpia y comprometida con el medio ambiente y el civismo. Sin duda, el anuncio de la medida será sinónimo de buena gestión por parte de los políticos impulsores de la misma (reportándoles un buen puñado de votos en algún futuro comicio), y será apreciada y aplaudida por una proporción mayoritaria de la ciudadanía partidaria de cuanta más regulación, vigilancia y capacidad sancionadora, mejor.

Un segundo vistazo a la iniciativa, sin embargo, presenta tonalidades algo más oscuras. Podríamos reflexionar, por ejemplo, sobre las posibilidades de negocio que la obligación que se impone a la ciudadanía de separar y clasificar su basura supone para las empresas de reciclaje, las cuales, así, aumentan su volumen de recuperación al tiempo que disminuyen sus costes de explotación. Se hace difícil imaginar que dicho aumento de beneficios acabe en las arcas «públicas» y no en las cuentas corrientes de sus propietarios. Pero mucho más importante y digno de reflexión me resulta la idea que algunos defienden de que, tras esta presión a la población para que haga una gestión «inteligente» y «ecológica» de sus residuos (amén de vigilada), se oculta la ausencia de una presión similar a los grandes fabricantes industriales de objetos de consumo doméstico para que reduzcan su ingente producción de sistemas de envasado de un solo uso (frecuentemente innecesarios), o para que dejen de favorecer publicitariamente el consumismo exacerbado, muy por encima de las necesidades reales de la gente. De esta manera el «reciclaje inteligente» (y obligatorio) vendría a constituir una suerte de lavado verde del productivismo industrial y el consumismo; instancias que nadie desea señalar lo más mínimo ya que sobre ellas descansa el fundamento económico de nuestra sociedad y, por ende, de nuestras propias vidas. Dicho de otro modo: tal como hay empresas que «compran» capacidad legal de emisiones contaminantes a la atmósfera, por ejemplo, plantando árboles, se pretende justificar el mantenimiento irrestricto de la actividad industrial y consumista, con la supuesta compensación que ofrecería un comportamiento más «ecológico» de las personas consumidoras en relación a sus residuos.

Podríamos llegar a decir que, en sentido estricto, una cosa no quita la otra (1). Que aunque se favorezca el negocio de los Enrique Ortiz y similares o no se presione con la misma intensidad a los fabricantes de objetos innecesarios, siempre será mejor que los consumidores últimos de esos objetos no agravemos aún más el problema gestionando deficientemente nuestra basura, con el impacto que ello tiene sobre la dimensión —y la composición— de los vertederos. Digamos que el chantaje moral, a priori, no tiene fácil solución.

Sin embargo hay otro aspecto, mucho más inquietante, me parece, a tener en cuenta en relación a este tema. Todo este asunto de las tarjetas, los teléfonos móviles, los gepeese..., como quien no quiere la cosa, está poniendo cada vez más información de nosotros mismos, incluso la más inmediata y cotidiana, en manos de los poderes políticos y económicos. Si gracias al teléfono «inteligente» que llevamos en el bolsillo, dicho poder sabe al detalle dónde estamos en cada momento, qué compra hemos hecho, qué búsqueda hemos realizado en google, quienes son nuestras «amistades», qué espectáculo hemos ido a ver, qué hemos comido en el restaurante... lo que nos faltaba era ser también «controlados» a través de nuestra propia basura. El uso de chip para acceder al contenedor y el etiquetado inteligente de nuestras bolsas de basura informa (2) de una manera aún más profunda e íntima de todos nuestros hábitos vitales: dónde estamos y dónde no, cuantos días pasamos en casa o fuera, si compartimos domicilio con muchas o pocas personas, qué cosas consumimos exactamente, cuales son nuestros hábitos alimentarios, nuestras enfermedades... Imaginad el poder que adquiere sobre la población quien conoce y centraliza semejante capital de datos.

Vivimos en una sociedad en la que perdemos a raudales sentido crítico y deseo de libertad personal. Nuestra privacidad es expropiada a todo ritmo y nuestro comportamiento, cada vez más, es inducido (y luego atentamente vigilado). Dejamos que todo ello ocurra, felices y contentos de poder disfrutar las aplicaciones cibernéticas que la tecnología capitalista ha puesto en nuestras manos. Ciegos, como en ese caso, a sus consecuencias negativas, y al incierto y distópico futuro al que apuntan.

Notas:

1-¿O tal vez sí? Hay quien sugiere que sería necesario un grave empeoramiendo del problema de los residuos para que, por fin, las autoridades políticas afrontaran radicalmente el problema en su causa y no en su consecuencia.

2-A quien se tome la molestia de procesar «inteligentemente» los desechos. Podemos imaginar posibles acciones de tipo policial, pero también, en el futuro, de obtención y venta de jugosos datos de mercado (tal como hace, por ejemplo, Facebook con otras de nuestras dimensiones vitales) por parte de las empresas que gestionan la basura. Cabe recordar también, hasta qué punto el negocio de la basura, aquí y en otros lugares, suele estar vinculado a intereses de tipo mafioso. Aunque, permítaseme decirlo, vista la forma de gestionar de quienes nos gobiernan «oficialmente», se hace difícil no ver una línea de continuidad entre ambas instancias.

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  • Totalmente de acuerdo, y aparte de la gestión y de todo el control del que hablas, no olvidemos que de paso con este tipo de contenedores con los que necesitas la targeta para abrirlos evitan que haya gente que pueda buscar en la basura y en algunos casos, aprovechar lo que otrxs ya no quieren, como ya sucede con los contenedores de muchos supermercados los cuales son cerrados con candados para que las personas no puedan acceder a los alimentos que ya no pueden vender pero serían aprovechables para su uso.

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  • Quien contamina paga

    15 de mayo 17:30, por Josep

    El objetivo de estos sistemas basados en chip es doble: (1) evitar que se usen los contenedores como vias de escape a la separacion de residuos, fundamental para poder reciclarlos, para lo que es imprescindible mantenerlso cerrados, y (2) poder llegar a aplicar el principio de que quien contamina paga, midiendo para ello cuanto contamina cada uno (cuantos residuos genera), para poder cobrarle en proporcion.
    Seria mucho mejor que, en lugar de contenedores usaran un sistema puerta a puerta, que es mucho mas eficiente.
    El contenedor no deja de ser una puerta de escape para permitir seguir contaminando a quienes quieren seguir alimentando incineradoras y vertederos que sufren los vecinos de otras poblaciones.
    ¿Que eso supone que el estado recoja informacion de cuanta basura producimos? Efectivamente, supone eso, pero es tan necesario como lo es medir cuanta agua, electricidad o gas consumimos.
    En lo unico en lo que estoy de acuerdo es en qeu hay qeu cambiar el modelo consumista actual, pero eso no justifica una oposicion al control sobre la basura que cada uno genera.

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    • Quien contamina paga

      16 de mayo 00:57, por Pablo

      Hola. Evidentemente tenemos pensamientos diferentes.
      Tú eres una persona preocupada por el futuro medioambiental del planeta en el que vivimos. Lo que me parece muy bien y comparto.
      Pero, a mi modo de ver, no eres lo suficientemente crítico con las causas de problema, que son estructurales y tienen que ver con un sistema económico depredador que se afirma sobre cuanto mayor consumo, mejor. Y un poder político que colabora con eso. En lugar de verlo así, adoptas la perspectiva de que somos las personas individuales, con nuestros comportamientos personales no suficientemente ecológicos, quienes causamos el problema. Y que por ello se hace necesaria la intervención del poder estatal, con sus leyes, sus chips, sus castigos y su vigilancia permanente sobre nosostros para que aquél que no gestiona suficientemente bien su basura "lo pague".
      Pierdes de vista la perspectiva de que robustecer a ese poder, con esta excusa o con otras, da alas a su acción destructiva en todo tipo de temas, incluidos los ecológicos.
      Lo dicho, perspectivas diferentes, aunque no dudo de tu buena intención. Saludos.

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