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Ibn Arabi, el genio sufí que mostró a Dante los caminos del infierno y el paraíso

Lunes.22 de julio de 2019 440 visitas Sin comentarios
El maestro místico, nacido en la Murcia andalusí del medievo, es una de las cimas de la cultura española tristemente ignorada. #TITRE

HÉCTOR J. PORTO
Redacción / La Voz

Se ha cansado de reivindicar a Ibn Arabi, sin demasiado éxito, el filósofo barcelonés afincado en Nueva York Eduardo Subirats, que lleva décadas situándolo como pensador clave en la historia de la cultura española y figura sin la que no se entendería la obra de Santa Teresa o de San Juan de la Cruz. Ya el profesor e insigne arabista Miguel Asín Palacios (1871-1919) hablaba, a comienzos del pasado siglo, de la importante influencia que los escritos del poeta, teólogo y místico sufí Ibn Arabi (Murcia, 1165-Damasco, 1240) dejaron en la Comedia de Dante, y en particular en su concepción del infierno y del paraíso, una teoría que el popular semiólogo italiano Umberto Eco festejó con profusión tiempo después. Y, sin embargo, el gran pensador de Al-Andalus sigue siendo un desconocido, lo que resulta especialmente penoso en España. De poco sirvió el esfuerzo de algunos entusiastas por difundir el legado de Ibn Arabi aprovechando la celebración en el 2015 del 800.º aniversario de su nacimiento.

Estas carencias hacen más necesario el trabajo de divulgación que el profesor Juan Antonio Pacheco acaba de publicar sobre el gran referente de la tradición sufí, Ibn Arabi. El Maestro Sublime, que edita el sello cordobés Almuzara y que en su título hace alusión a uno de los nombres que adornaron a uno de los mayores exégetas del Corán. Pacheco trata de exponer «lo que Ibn Arabi dijo de su experiencia espiritual y la cosmovisión resultante de ella», además de relacionarla con postulados filosóficos ajenos y más cercanos al lector.

Autor prolijo, la producción de Ibn Arabi se estima en al menos 856 obras, de las que han llegado hasta los días actuales más de medio centenar, y alguna de ellas, como la más emblemática, Las revelaciones de la Meca, alcanza las tres mil páginas. Aunque no es la cantidad el aspecto más relevante de su trabajo, que brilla por su calidad y el amplísimo alcance de su pensamiento, no exclusivamente dirigido al ámbito musulmán sino que está alentado por una aspiración de carácter universal. Su raíz aristotélica fundamenta esa generosidad de miras que no se detiene en los límites de lo racional (como su contemporáneo Averroes): se liberará de sus cadenas por la vía de la espiritualidad. Su obra insufló una nueva vida al sufismo, corriente mística y ascética del islamismo que invita a profundizar en el propio yo como senda para alcanzar el conocimiento de lo divino y la comunión con Dios, y que corrobora la cercanía entre creador y criatura.

Un niño prodigioso

Ya siendo un niño destacó por su brillantez, mente preclara, profundidad de comprensión y sabiduría. Tenía el don de la escritura y mostraba una inusitada capacidad para la prospección interior y la experiencia espiritual, con frecuentes visiones que le revelaron el camino que había de seguir. La familia dejó Murcia (entonces un reino musulmán independiente) y se trasladó a Sevilla, capital del imperio almohade y gran centro cultural en la Edad Media. Y su padre, advertido del potencial del hijo, hizo que recibiera una educación especialmente cuidada. Incluso lo llevó a Córdoba para visitar a Averroes, que cayó rendido en su fascinación ante el talento sobrenatural del joven, como relata el escritor y autor sufí Tosun Bayrak, que habla de que el prestigioso filósofo y matemático, orgulloso de su saber, no fue capaz de comprender la verdadera grandeza y el valor de su huésped.

Para construir, perfeccionar y enriquecer su sistema de pensamiento, Ibn Arabi, en demostración de cosmopolitismo y audacia, se entregó al viaje, en pos de los maestros ocultos, para ensanchar su conocimiento. Ya fallecidos sus padres, dejó Sevilla para emprender un peregrinaje que ya no tendría vuelta atrás porque jamás regresó a España: norte de África (Marruecos, Argelia, Túnez y Egipto), Oriente Medio, visitó la ciudad santa de la Meca, Medina, Siria, Irak, Turquía... Recorrió el mundo árabe. Ya mayor se afincó en Damasco, donde está su sepulcro. Se calcula que su periplo superó los 90.000 kilómetros.

Su mensaje de tolerancia y de integración sigue siendo hoy absolutamente moderno: «Velad por no veros atados a una creencia única que niegue las demás -exhorta Ibn Arabi-, pues os veréis privados de un bien inmenso. Dios es demasiado grande para estar encerrado en un credo que excluya a los demás». Una visión que desdice el tópico del extremismo musulmán.

«No te limites a la forma que ha adoptado tu creencia, ábrete a todas las posibles manifestaciones en que Dios se te dé a conocer a través de la inspiración». El pensamiento flexible y visionario de Ibn Arabi permite que el lector se acerque a su sabiduría desde cualquier credo, lo que choca frontalmente con la idea superficial de extremismo de la cultura islámica que se ha impuesto en los últimos tiempos tras las acciones de terrorismo y violencia de los grupos más radicales.

La experiencia de Ibn Arabi, reseña Pacheco en el prólogo de su ensayo sobre el Maestro Sublime, «trasciende los límites estrictos del sufismo sobrepasando los límites de toda creencia y permitiéndole afirmar que su corazón posibilita el acogimiento de todas las formas, desde la del monasterio para los monjes, un templo para los ídolos o las páginas de la Torá, hasta las mismas hojas del Corán». Este convencimiento de que el alma puede trascender los hechos, la realidad, para alcanzar la eterna certeza de las formas imperecederas, ratifica el entroncamiento de su pensamiento con el neoplatonismo occidental. Como también lo hace el valor que concede al amor, como motor del cosmos y morada de la divinidad, una verdad a la que solo accede el hombre si antes ha purificado sus sentidos.

La Voz de Galicia

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