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¿Era necesario matar a Gadafi?

Sábado.9 de agosto de 2014 757 visitas Sin comentarios
Los responsables de abrir la caja de truenos en Libia #TITRE

La eliminación de Muamar Gadafi, el 20 de octubre de 2011, significó el fin de su régimen despótico, pero no del caos en Libia. Los daños colaterales de los ataques aéreos occidentales afectan hoy a todos los países del Sahara. Para evitar semejante desastre, la Unión Africana había propuesto una solución política antes de que se produjera la intervención extranjera. Tenemos el testimonio de uno de los actores significados, Jean Ping – exministro de Relaciones Exteriores de Gabón y expresidente de la Comisión de la Unión Africana. (Le Monde Diplomatique, agosto 2014) [1]

En 2011, en un lapso de dieciséis días, dos incursiones militares extrajeras de envergadura tuvieron lugar en el espacio soberano de África, sin que la Unión Africana, considerada insignificante, fuera consultada. Entre el 4 y el 7 de abril, las tropas francesas intervenían en Costa de Marfil. Unos días antes, a partir del 19 de marzo, fuerzas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), principalmente francesas y británicas, habían comenzado a bombardear Libia. Para el ex presidente surafricano Thabo Mbeki, estos acontencimientos reflejaron “la impotencia de la Unión Africana para hacer valer los derechos de los pueblos africanos ante la comunidad internacional”. Sin embargo, hecho ignorado por los medios de comunicación, en estos dos conflictos, la organización cuya Comisión presidí entre 2008 y 2013 había planteado soluciones pacíficas concretas, que los occidentales y sus aliados descartaron sin dar explicaciones.

A comienzos de 2011, todo había cambiado en el Norte de África. El 14 de enero, el presidente tunecino Zine El Abidine Ben Ali se daba a la fuga. Tomada por sorpresa, Europa no intervenía. El 10 de febrero, en Egipto, Hosni Mubarak dimitía. El 12 de febrero, las protestas se extendían a la vecina Libia. Para los occidentales, este último levantamiento fue una excelente oportunidad: les permitió representar fácilmente el papel de héroes humanitarios y hacer que se olvidase su apoyo a los demás regímenes dictatoriales. Con la aprobación de la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el 17 de marzo, pensaban que habían obtenido luz verde para iniciar una danza macabra en torno al dirigente libio Muamar el Gadafi.

Entre los protagonistas de este conflicto figuraba en primer lugar el Consejo de Transición Nacional (CTN) y sus revolucionarios heteróclitos, que tenían como único objetivo común deshacerse del tirano. Para lograrlo, les era indispensable un apoyo exterior.
En segundo lugar, intervenían la coalición internacional y su brazo armado, la OTAN, que interrumpieron, cual justicieros, en esta nueva batalla del desierto. Pretendían reaccionar ferozmente a las maniobras de Gadafi y, al igual que con Saddam Hussein, eliminarlo definitivamente. Pero, para deshacerse de un solo hombre y detener una masacre de civiles, ¿hacía falta librar una guerra punitiva de esta dimensión y perpetrar otra masacre de civiles inocentes? Se jugaba con fuego, y ya podía preverse el caos que, al igual que con Somalia, Iraq, Afganistán y otros lugares, se generaría.

El bando occidental contaba naturalmente con el hermano mayor estadounidense, la “nación indispensable”, según la expresión de la ex secretaria de Estado Madeleine Albright. Sin embargo, en ese momento Barack Obama daba a conocer su nueva doctrina de giro hacia el Asia – Pacífico. Estados Unidos, sumidos en sus problemas internos surgidos de la crisis económica y financiera, sentía la necesidad de replegarse en cierta medida sobre sí mismo. Había decidido pues ejercer, a partir de entonces, su liderazgo mundial “desde atrás”. Abandonando las tradiciones de su diplomacia, Francia, en cambio, se puso al frente de la coalición internacional antigadafista. Dirigió las hostilidades “desde el frente”, y por mandato internacional.
Pero, ¿quién gobernaría la Libia post-Gadafi? ¿Quién sabría apaciguar las tensiones interregionales, intertribales e interreligiosas que surgirían ineluctablemente de la terrible confrontación futura? ¿Cómo evitar el caos interno y la desestabilización externa, especialmente en el Sahel? Éstas eran las preguntas esenciales que nos hacíamos en el seno de la Unión Africana.

La Resolución 1973 se limitaba a exigir un alto el fuego y prohibir todos los vuelos en el espacio aéreo libio para proteger a los civiles; excluía el despliegue de un ejército de ocupación. Sin utilizar su derecho a veto, Rusia y China, a falta de respuestas sobre los medios contemplados para aplicar esta resolución, habían optado prudentemente por la abstención (al igual que Alemania, Brasil y la India). La intervención militar, a través de las fuerzas especiales en el terreno, la ayuda a los rebeldes o los ataques aéreos contra las tropas y los centros de mando, constituyó pues para estas dos potencias una afrenta y una desviación del procedimiento. Nunca se había planteado deshacerse de Gadafi o imponer un cambio de régimen.

Las maniobras occidentales, consideradas ilegales e inmorales por muchos, suscitaron numerosas reacciones internacionales, como aquella, particularmente mordaz, de Mbeki: “Pensábamos que habíamos acabado definitivamente con quinientos años de esclavitud, imperialismo, colonialismo y neocolonialismo… Ahora bien, las potencias occidentales se arrogaron de forma unilateral y sin pudor el derecho de decidir sobre el futuro de Libia”. Este “arrebato” mostraba un sentimiento de humillación ampliamente compartido.

Para nosotros, sin duda alguna, el fantasma de la guerra civil, la división, la somalización, el terrorismo y el narcotráfico sobrevolaban Libia. ¿Por qué éramos entonces los únicos que lo veíamos? ¿Iban a luchar allí por la defensa de la democracia, por el control del petróleo, en función de sórdidas razones electoralistas –Sarkozy ya estaba en campaña para su reelección al año siguiente-, o incluso por todo eso a la vez? ¿No había, en esa instancia, otros caminos posibles que no fuesen los bombardeos masivos?

La Unión Africana estaba convencida de que los había. Por eso optó por una respuesta más política que militar y concentró sus esfuerzos en una hoja de ruta, adoptada el diez de marzo de 2011. Este documento contenía esencialmente tres puntos: el “cese inmediato de hostilidades” seguido de un diálogo con vistas a una “transición consensuada” –es decir, excluyendo el mantenimiento en el poder de Gadafi-, con el objetivo final de instaurar un “sistema democrático”. Occidente quería eliminar a un hombre; la Unión Africana pretendía cambiar un sistema.

Los bombardeos de la OTAN comenzaron el veinte de marzo, el mismo día que nos disponíamos a viajar a Trípoli y después a Bengasi –principal feudo rebelde- para intentar poner en práctica esta hoja de ruta. El Comité de Jefes de Estado enviado por la Unión para persuadir a ambas partes del conflicto libio de aceptar los términos de una solución política se reunía en Mauritania el 19 de marzo; en plena deliberación, Ban Ki-moon me llamó urgentemente por teléfono para disuadirme, en nombre de dirigentes árabes, europeos y norteamericanos, de viajar a Libia, invocando la proximidad de los bombardeos. Un escenario similar se presentó en Costa de Marfil, demostrando que, para algunas potencias, ninguna autoridad es superior a la suya.

Pero el 10 de abril los representantes de la Unión Africana viajaron a Libia para reunirse con Gadafi. Al día siguiente, en Bengasi, nuestros automóviles fueron rodeados al salir del aeropuerto, y fuimos abucheados hasta llegar al hotel donde debían llevarse a cabo las negociaciones. “Bernard-Henri Lévy está sin duda detrás de esto, en alguna parte, tal vez aquí, en este hotel”, pensé. Mustafa Abdul Jalil, presidente del CTN y su equipo iniciaron las discusiones bajo la presión constante de una multitud de manifestantes agresivos que gritaron hasta que nos fuimos. Resultado: Gadafi aceptó nuestra propuesta, pero la respuesta del CTN fue negativa. Los pirómanos acababan de ganarles a los bomberos, y el enfrentamiento a la negociación.

En retrospectiva, puede observarse que la Unión Africana fue la única organización internacional que propuso una salida política. Sin duda porque África había vivido experiencias similares y conservaba estigmas indelebles. Cabe recordar el drama que vive desde hace más de veinte años Somalia, abandonada por todos, tras la desastrosa operación militar estadounidense. O el caos iraquí y la destrucción actual de ese estado.

Libia: el Afganistán cercano a los europeos.

En Libia, tal y como lo habíamos previsto, el sueño europeo también resultó desastroso. Los aparatos de Estado implosionaron en beneficio de los señores de la guerra, los clanes mafiosos y los terroristas islámicos especuladores; el saqueo de los stocks de armas convirtió este país en un gigantesco arsenal a cielo abierto; las redes de inmigración clandestina se multiplicaron. Libia se convirtió, retomando la expresión de un ex jefe de los servicios secretos franceses, en “el Afganistán cercano a los europeos”.

Se lo habíamos advertido al mundo entero: esta bomba terminaría estallando en las manos de sus artilleros, que ignoraban la historia que estaban escribiendo. La propuesta africana que nadie quería escuchar apuntaba a que Gadafi abandonase lo que le quedaba de poder con el fin de evitarle a su pueblo las desgracias de una intervención extranjera. Nos pusimos a buscar posibles lugares para su exilio. Turquía lo rechazó. Venezuela se había ofrecido, pero era demasiado delicado. Los partidarios de Gadafi rechazaron la propuesta de Egipto…

Bernard-Henri Lèvy

Bernard-Henri Lévy

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La diplomacia sigue siendo el arma principal de nuestra Unión. Nuestra lógica es la de la paz preventiva y no, como ha sucedido muy a menudo en Occidente, la de la guerra preventiva, carente de toda legitimidad. ¿Por qué no nos dieron la posibilidad de poner en marcha nuestro plan, que Gadafi había aceptado finalmente? Curiosamente, hoy ya no se escucha mucho a Bernard-Henry Lévy, el filósofo hiperactivista y belicista francés, referirse a la situación de Libia; se ha reorientado hacia otros frentes.

La Liga Árabe se había alineado con la posición occidental; Qatar fue el más belicista. En cuanto al propio Gadafi, tuvo una reacción proveniente de otros tiempos: la represión, sólo la represión. Este curioso personaje parecía sin embargo en la cima de su gloria, manteniendo las mejores relaciones con los poderosos de este mundo. Pero todos sus sueños grandiosos se derrumbaron como un castillo de naipes.

El veinte de octubre, la aviación francesa interceptó el convoy del jefe libio. Escapando a pie, Gadafi fue identificado, golpeado ferozmente por un grupo de insurgentes y finalmente asesinado. Se descubrió que la “guerra humanitaria”, con el ropaje de la “responsabilidad de proteger” –adoptada por Naciones Unidas en 2005- escondía una política de potencia clásica tendiente a derrocar un régimen y asesinar a un jefe de Estado extranjero.

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[1’Le monde diplomatique’ no suele difundir sus artículos en abierto por razones muy razonables; me permito una excepción publicando un amplio extracto de este artículo por su interés en el contexto de Tortuga y pensado que, de hecho, hago publicidad de una revista que da a conocer hechos como éstos.