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Como lobo entre corderos. Mujer y antibelicismo

Martes.16 de abril de 2019 57 visitas Sin comentarios
El Salto. #TITRE

El Ayuntamiento de Montijo ha organizado un acto de homenaje a los soldados montijanos que participaron en las Guerras de Cuba, Filipinas y Puerto Rico, entre 1895 y 1898. El acto en sí pierde su virtud de verdadera honra a quienes fueran carne de cañón y paludismo cuando se convierte en un acto castrense.

Chema Álvarez Rodríguez

Según se ve o se percibe, hay en el PSOE de algunos pueblos no solo un convencido afán de memoricidio, sino también un anhelo patriotero –más que patriótico- que huele a pan de munición en tiempo electoral y a corneta de cuartel, patente en actos a celebrar como el convocado por el alcalde del Ayuntamiento de Montijo en este pueblo para mañana, 29 de marzo, consistente en un "Homenaje a los soldados montijanos que participaron en las Guerras de Cuba, Filipinas y Puerto Rico, entre 1895 y 1898".

El acto en sí, que no tendría nada de peculiar y sería encomiable si fuera un acto civil, pierde su virtud de verdadera honra a quienes fueran carne de cañón y paludismo allende las últimas colonias cuando se convierte en un acto castrense, militar a la más pura usanza guerrera, viril por más señas, presidido por un general de ferralla en pecho, fajín cruzado y sable al cinto, participado por un regimiento que hace los honores al son de marchas militares y al que asiste la clase política (no sé si acudirá también el señor obispo) y demás gente de boato y postín del pueblo, ellos con traje de chaqueta y corbata, ellas de punta en blanco, como marca el protocolo y la ocasión, que además la pintan calva y caqui porque estamos en tiempos de elecciones y actos como este, en el que se rinde devoción a la patria bajo manu militari y se agita la bandera, quedan muy bien entre la ciudadanía, a falta de otros en los que se pueda inaugurar cualquier cosa que dé sustanciosos votos.

Mujeres del Distrito Centro de la Agrupación femenina Flor de Mayo, 1933. En el centro, Amalia Caviá. Foto: Biblioteca Valenciana Digital

Nada que ver este PSOE con aquel que se opuso en 1898 a la guerra de Cuba, con la consigna de “¡O todos o ninguno!”, en clara oposición al discriminatorio sistema de la redención en metálico del servicio militar, que permitía librarse del mismo al que pudiera pagar 1.500 pesetas

Nada que ver este PSOE con aquel que se opuso en 1898 a la guerra de Cuba, con la consigna de “¡O todos o ninguno!”, en clara oposición al discriminatorio sistema de la redención en metálico del servicio militar, que permitía librarse del mismo al que pudiera pagar 1.500 pesetas de las de entonces, y que se convirtió en la primera campaña no obrerista del partido liderado por Pablo Iglesias Posse. Ciento un años después, quienes dicen llamarse socialistas sin tener ni pajolera idea de lo que eso significa, invitan al lobo a festejar la carnicería que en su día hizo con las ovejas.

Porque aquello de Cuba y Filipinas que ahora el alcalde de Montijo y demás cuadrilla cuartelera dicen honrar bajo salva de fusil, fue un matadero donde iban a morir los pobres desgraciados que no tenían donde caerse muertos a mayor gloria de políticos y militares de los que ni tan siquiera habían oído hablar, prolegómeno de lo que tenemos hoy día, en su gran mayoría ignorantes de la historia de este país al que venden, cuando menos te lo esperas, por un plato de lentejas, cuando no por un puñado de votos. Basta con leer las crónicas de la época para percatarse de la hostilidad con que fueron recibidos los repatriados que sobrevivieron a tales aventuras coloniales, culpados del desastre por los mismos políticos que les enviaron al corazón de las tinieblas por ser “poco bravos”.

Ya lo dijo Blasco Ibáñez en un artículo premonitorio, publicado en 1895 bajo el título ¿A quién aprovecha la guerra de Cuba?:
“Aprovecha a los bolsistas sin conciencia, que, partidarios fanáticos de la baja, esperan con ansiedad un cataclismo nacional y hacen votos para que nuestros soldados perezcan en espantosa derrota y sean macheteados a miles para poder ellos pescar millones en el pánico que tales hecatombes producen en la Bolsa”. Por este y otros artículos al uso, Blasco Ibáñez fue condenado a dos años de prisión.

Atormentados por lo que habían vivido, a su regreso los supervivientes fueron abocados a la marginalidad, la delincuencia y al olvido, como relata Pío Baroja en su novela Mala hierba y Manuel Ciges Aparicio, testigo de todo aquello, en unas memorias publicadas en el semanario de entonces Vida Nueva. Referencias como esta y otras muy esclarecedoras se pueden encontrar en el libro La España salvaje, recién editado por la editorial La Felguera, por cuya muestra en su escaparate fue amenazada hace poco la librería La Integral de Madrid.

Extremadura también pagó su cuota de sangre con miles de extremeños muertos en la manigua bajo el filo del machete, el paludismo y la disentería. Encontramos referencias en Tropas extremeñas en la crisis colonial. La guerra de Cuba (1895-1898) , artículo publicado por Julián Cháves Palacios en el primer número de La Revista de Estudios Extremeños en 1998. En este artículo se habla de la crisis de subsistencia que sufrieron las tierras extremeñas de aquella primavera de 1898, “agravada por la evolución negativa de un conflicto armado en el exterior que requería cada vez más dinero para sufragar los cuantiosos gastos militares, y que Extremadura, pese a sus especiales circunstancias, trató de paliar, colaborando en la suscripción que se abrió, en un ámbito nacional, para el sostenimiento de la guerra”.

Postal de la paz del Comité Femenino Pacifista de Cataluña.

Fruto de ese saqueo generalizado a beneficio de quienes hacían la guerra sin oler la pólvora, se dieron los motines de subsistencia de Badajoz de mayo de 1898 de los que nos habla Martin Baumeister en su libro Campesinos sin tierra. Supervivencia y resistencia en Extremadura (1880-1923), cuando las masas populares salieron a la calle a protestar por la subida o escasez del pan, en revueltas encabezadas en buena parte por las mujeres. Las acciones iban desde el bloqueo a las exportaciones de los cereales hasta el asalto de graneros y tahonas, sin olvidar lo que Beumeister llama las “taxations populaires”, acciones contra la especulación en las que se “secuestraban” los alimentos y luego se vendían entre la población a un precio justo, devolviendo el producto de la venta a los propietarios originales. Guareña, Villar del Rey, Olivenza, Llerena, Alburquerque… fueron algunos de los pueblos por cuyas calles desfilaron masas de desheredados, pero sobre todo de desheredadas.

Las mujeres, organizadas políticamente, constituyeron el primer grupo social antimilitarista del que tenemos constancia. Se oponían a la guerra, a cualquier guerra, a la Guerra como concepto, independientemente de las partes enfrentadas, tal y como se revela en Mujeres que se opusieron a la Primera Guerra Mundial, libro editado por "Mujeres de negro contra la guerra" en la editorial y librería libertaria La Malatesta (2018).

Ahí se nos habla de la noticia recogida en la revista Redención (conocida como la revista mensual feminista, fundada por las hermanas Ana y Amalia Carvia en Valencia en septiembre de 1915) acerca de la celebración en Valencia en 1899 de una "Asamblea femenina por la paz" con el objetivo de adherirse a la Conferencia de paz de La Haya. Poco antes, en 1896, se organizó la "Conferencia de Mujeres de Berlín", que contó con la participación de mujeres como la pacifista Anita Augsberg y su pareja, Lida Gustava Heymann. Feministas y pacifistas, abogarían de forma activa por el boicot a la guerra, propusieron formas políticas para acabar con el capitalismo e idearon un matriarcado para una futura sociedad. En 1923, viéndolas venir, pidieron la expulsión de Hitler de Alemania. El nazismo las persiguió, confiscó sus propiedades y destruyó sus escritos. Ambas murieron en Zurich, con pocos meses de diferencia, en 1943. Están enterradas en el cementerio de Fluntern.

Ana Muiña hace un recuento, también, en Rebeldes periféricas del siglo XIX (editado por La linterna sorda) de todas estas mujeres que contribuyeron a crear el movimiento pacifista. Recuerda la lucha antimilitarista de las mujeres riojanas, calificándola como “una de las primeras experiencias europeas modeladas como movimiento social”. Desde 1885, las mujeres españolas hacían plantes en las zonas de embarque de los quintos reclutados, protagonizaban sentadas en las vías de las estaciones de ferrocarril de Madrid y de Barcelona, agarradas a sus niños y niñas, para impedir que marcharan los trenes, paralizando de este modo los convoyes. Rosario de Acuña, Blanca de los Ríos, Emilia Serrano, Soledad Gustavo, María Fontcubierta, Alba Ferrer, Soledad Villafranca (compañera de Ferrer i Guardia), Francisca Concha (compañera de Anselmo Lorenzo) y sus hijas Mariana y Flora, Julia Ibarra, Carmen de Burgos, Teresa Nogués, Concepción Arenal, Teresa Claramunt, Antonia Trigo, Antonia Maymón, Concha Ortiz, Natividad Rufo… y muchas otras mujeres se significaron política y activamente contra todas las guerras, desde las de la Independencia a las de Marruecos, sufriendo multas, persecución y prisión por ello. Sus nombres, a veces, son difíciles de encontrar en la historiografía oficial, como los de Doñeva de Campos o Teresa Escoriarza, corresponsal en las guerras de África, de quien se dice que dio el primer discurso feminista de la radio española, en mayo de 1924, en Radio Ibérica (Ni ofelias ni amazonas, sino seres completos: aproximación a Teresa de Escoriarza, de Marta Palenque en la revista Arbor del CSIC).

Llamativo fue también el Comité Femenino Pacifista de Catalunya (CFPC), organización antimilitarista creada en 1915 en Barcelona al que pertenecieron Carmen Karr, Dolores Monserdá de Maciá, Julia Suñer, María Grau de Haussmann, Antonia Ferreras, Carmen de Lasarte, Teresa Portolés, Mercedes Padrós… Este Comité tuvo un fuerte sentimiento internacionalista, y entre sus objetivos estaba el de unir a todas las mujeres del mundo contra la guerra. En uno de sus manifiestos se decía: “Que no se diga que nos quedamos calladas, que no pedimos el fin de la tragedia, como si no existís en tota Espanya una sola dòna amant de la Pau”.

Aquellas mujeres organizaron en noviembre de 1915 un concurso de dibujo para elaborar la Postal de la Pau, en el que participaron numerosos artistas y que después se editó y sirvió para mandarla a los gobernantes europeos pidiendo el fin de la guerra.

Aunque sé que es como predicar en el desierto de una sociedad que anda todavía alimentando odios entre lazos y banderas, trapos de colores al fin y al cabo, y que entiende la paz bajo la premisa de la preparación para la guerra y no para la defensa de una vida digna de vivir, sirva al menos este texto de desagravio de quienes murieron y penaron por la gloria y beneficio de otros (los de siempre), y ciérrese con la estrofa de aquella copla popular de principios del siglo XX con la que se les despedía a estos pobres desgraciados antes de embarcar camino del matadero:

“¡Pobrecitas madres, cuánto llorarán, al ver que sus hijos ya no volverán!”.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/antim...

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