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¿Votar o no votar? ¿Es útil la vía electoral para cambiar la sociedad?

Jueves.23 de junio de 2016 936 visitas - 2 comentario(s)
Pablo San José Alonso. #TITRE

Esta es mi aportación a la mesa redonda “¿Votar o no votar? ¿Es útil la vía electoral para cambiar la sociedad?", celebrada en el Centre Sociocultural El Margalló de Elx el 14 de mayo de 2016. En ella estaban anunciados como ponentes: Rafael Gallardo, de Esquerra Unida Elx (que fue sustituido por una compañera, aunque luego participó desde el público); Anabel Mateu, de Podemos Elx; José Parreño, de CNT-Elx y yo mismo representando la opinión del Grup Antimilitarista Tortuga.

El texto que sigue, que preparé para el evento, refleja más o menos mi aportación oral si bien luego lo he repasado dándole un poco de redacción, añadiendo algún detalle y manteniendo alguna que otra idea que no dio tiempo a expresar.

PRESENTACIÓN

Pido disculpas de antemano por si alguna de las cosas que voy a decir levanta suspicacias entre mis compañeros de mesa o entre el público. No pretendo personalizar ni ser ofensivo pero creo necesario hablar claro y sin paños calientes de una cuestión de tanta trascendencia.
Para abordar las dos preguntas que dan título a la mesa redonda voy a ir diciendo algunas cosas que considero que NO es el sistema político que nos gobierna.

NO ES DEMOCRACIA

La democracia supone gobierno del pueblo (demos: pueblo; cracia: gobierno). El pueblo, la gente, las personas... Es obvio que en el sistema político actual la gente no puede deliberar y ni mucho menos decidir sobre las decisiones que se toman, incluso sobre las que le afectan. Usar la palabra “democracia” para definir esto es una mentira intencionada. Un chiste de mal gusto. Quienes crearon este modelo en los albores de nuestra edad contemporánea (la declaración de independencia de los EEUU y su constitución) no usaban esa palabra. Al contrario, decían que la democracia era algo peligroso y a evitar. En su lugar usaban el término “gobierno de representantes”.

NO ES UNA CONQUISTA POPULAR

Había ya algunos precedentes en monarquías del antiguo régimen que habían visto útil crear alguna que otra cámara de representantes para que el tirano pareciera menos tirano. Pero es la burguesía liberal del siglo XIX quien pone en marcha este modelo de gobierno y lo universaliza poco a poco. Las clases dominantes, las detentadoras de la riqueza, para quienes este sistema político era el más óptimo para gestionar su nuevo “estado nacional”. Este sistema de gobierno es, pues, una creación e instauración del propio capitalismo en pro de sus intereses.

NO ES UN GOBIERNO “REPRESENTATIVO”

La representación supone un diálogo entre representante y representados y una fidelidad permanente de aquél a la voluntad de éstos. En política eso se llama “mandato imperativo”: la persona que representa ha de atenerse a lo decidido previamente por el conjunto de sus representados y ha de convocarlos a deliberar y decidir cada vez que se presente una cuestión nueva. Éstos a su vez pueden cesarlo cuando quieran. Esto no solo no ocurre así en nuestro sistema sino que la constitución española en su artículo 67, 2 dice textualmente: “Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo”. Creo que la idea queda clara. Dado que no es un gobierno ni popular ni representativo, quizá el término más adecuado sería el de “aristocracia”.

...pero NO ES UNA ARISTOCRACIA

Basándonos en la definición de Platón, según la cual la “aristocracia es el gobierno de los mejores”, podemos inferir que nuestro sistema electoral, ya que no es ni popular ni representativo, tal vez sea la búsqueda de un gobierno de las personas más capacitadas. Nada más lejos de la verdad. El observador menos perspicaz podrá darse cuenta de que con frecuencia llegar a los puestos de salida que dan acceso al poder desde cada formación política es una suerte de competencia o carrera que suelen ganar las personas más ambiciosas, las que tienen menos escrúpulos éticos y las que son más acomodaticias y acríticas con sus propias estructuras de poder internas (“el que se mueve no sale en la foto, que decía Alfonso Guerra”). Aquí estoy incurriendo en una generalización. Habrá sus excepciones, claro. Pero por lo que a mi me viene pareciendo, no han de ser muchas.

(Algunas de las ideas expuestas hasta aquí las tomo de este vídeo: http://www.grupotortuga.com/Que-es-... )

NO ES UN EJERCICIO DE LIBERTAD

Porque vivimos permanentemente bombardeados por los discursos del poder, los cuales salen en prensa y televisión a todas horas, llegando a las últimas tertulias de bar y sobremesa cada día. No es que la gente sea tonta sino que el poder es tremendamente insistente y eficaz a la hora de implantar su pensamiento en la sociedad. Por ello las personas acaban votando mayoritariamente a quienes salen en la tele. Podíamos hacer un experimento y que los electores votaran en los próximos comicios como si de una cata de vinos a ciegas se tratara: “Programa número uno: si ganamos haremos tales cosas; programa número dos: idem”. Sin saber de qué partido se trata. ¿Estaría asegurado el éxito de los de siempre? Al final igual ganaba las elecciones el Partido Comunista de los Pueblos de España. Ejemplo: Podemos ha empezado a ser masivamente apoyado en las urnas cuando su líder ha empezado a salir abundantemente en algunas de las principales televisiones y radios. Algunos actuales miembros destacados de Podemos antes se presentaban con otro partido, Izquierda Anticapitalista. Eran los mismos y decían cosas similares pero no les votaba prácticamente nadie. ¿Cual es la diferencia? La televisión. ¿Y a quien pertenecen los medios de comunicación? A las clases populares me temo que no; más bien al capital. Creo que la cosa está clara. El discurso político de los medios de comunicación propiedad del capital tiene una lógica, y en este caso la motivación apunta a un interés de renovación de los rostros del inocuo e irreal binomio electoral “izquierda-derecha”, que venían estando desgastados y dificultando que la gran mentira siguiera siendo creída a pies juntillas.

Un inciso. Decía García Calvo hace ya unas décadas: “...el ideal democrático consiste en la creencia, sin resquicio, en esa falsedad, es decir, la creencia en el individuo, en que cada uno sabe lo que vota, cada uno sabe lo que compra, cada uno sabe lo que quiere, cada uno sabe a dónde va con su auto. (…) ...jamás ninguna forma de Estado, ni la Banca, va a tener el menor resquemor de intranquilidad respecto a una votación: se sabe que el resultado de la votación va a ser el resultado de la suma de voluntades individuales, y que éste va a ser el que se esperaba y el que Ellos quieren. Está claro. Éste es el Régimen, el último truco del Poder que padecemos. Es importante fijarse en eso. Está fundado en la creencia del cada uno, en que cada uno sabe dónde va, como la usan aún para la venta de autos, mientras no se les ocurre otra manera de esplotar al personal, todavía utilizando el slogan que yo conocí cuando era niño: la ventaja del auto era que podías ir a donde querías, pararte donde quisieras, hacer con el auto lo que quisieras; siguen manejándolo. Luego, pues el resultado es lo que Ellos apetecían: atasco: claro, cada uno al sitio que quiere y a la hora que quiere: el resultado, todos al mismo sitio a la misma hora, pero cada uno por su cuenta.”

ENTONCES, ¿VOTAR O NO VOTAR?

Después de lo dicho antes, la conclusión cae por su peso, creo: no votar. Ya que, según se viene argumentando, las elecciones son un gran montaje para que el sistema continúe su camino seguro y legitimado, lo coherente es no colaborar con ello. Desde Tortuga llevamos varios comicios proponiendo la “abstención activa”. La idea es que en lugar de votar se pueden hacer cosas mucho más útiles para la posible transformación social. Pero es que hoy día yo creo que el simple hecho de no votar, de no colaborar con esa mentira, ya es algo “activo”, mientras que lo “pasivo” es votar, seguir la inercia, seguir girando estáticamente en la rueda de ratón creyendo que se avanza hacia algún sitio. Hoy, en lugar de justificar mi no votar hablando de “abstención activa”, prefiero decir que me parece perfecto quien ese día simplemente se va a la playa o aprovecha para ir a regar los tomates. ¿Y si no votas, qué? La eterna pregunta. Se me ocurren muchas respuestas. Podría hacer una larga enumeración de alternativas. Pero lo primero que quisiera responder es que la responsabilidad de buscar la alternativa no es tanto nuestra (que también) como la de quienes con su papeleta electoral están colaborando con el sistema, reforzando su carácter antidemocrático.

Y, ¿ES O NO EL PARLAMENTARISMO UNA VÍA ÚTIL PARA EL CAMBIO SOCIAL?

De hecho es una vía útil más bien para la perpetuación del status quo. Que yo sepa, ninguna sociedad más allá del capitalismo, a pesar de intentarse, se logró nunca mediante la vía electoral y sí, en cambio, algunos sistemas fascistas.

AUNQUE NO ASPIREMOS A UN CAMBIO RADICAL (O NO LO VEAMOS POSIBLE), ¿ES AL MENOS EL PARLAMENTARISMO UNA HERRAMIENTA PARA MEJORAR LO EXISTENTE HOY Y AHORA?

Al final, en este debate, la postura de quienes -desde la izquierda- apuestan por el voto suele quedar reducida a un único argumento: “aunque esto no sea una democracia, contribuir con mi voto a que ganen unos u otros puede ayudar en sus circunstancias cotidianas a muchas personas concretas”. Opino que ni tan siquiera tal cosa sucede así en la práctica.

La alternancia de rostros en los escaños parlamentarios y en las butacas gubernamentales, habitualmente entre las opciones conservadoras o liberales y las progresistas o socialistas, en todo Occidente, no propicia más que pequeños cambios, casi estéticos o referenciales, gestos para la galería, para sus televidentes, podríamos decir, sin rozar nunca lo estructural.

Cuando suceden cambios de mayor entidad, básicamente se dan, por una parte, entre tener cotas más o menos amplias de libertades y derechos, o de autoritarismo, visto en negativo, y por la otra en que la institución estatal sea más o menos redistributiva (tener más o menos servicios en manos del estado, mayor o menor cota de estado de bienestar). Pero los partidos politicos gobernantes, con respecto a esta cuestión, no suelen ser especialmente fieles a sus programas sino que, más bien, se suelen adaptar a la coyuntura que encuentran. Nunca hay grandes oscilaciones en ninguno de los dos temas (libertades, redistribución), pero por lo general, gobierne quien gobierne abrirá más la mano (y el grifo) en época de vacas gordas y la cerrará cuando lleguen las vacas flacas, las crisis.

En el caso español, si nos fijamos, del 75 a la actualidad, exceptuando la reciente ley mordaza del PP, los principales endurecimientos del código penal y recortes de libertades se dieron bajo gobiernos socialdemócratas. También algunos tijeretazos importantes al estado de bienestar. Recordemos la reconversión industrial de los años 80 o el último cambio constitucional para beneficiar a los bancos. Zapatero ya había hecho una reforma laboral antes del PP. Y no olvidemos que, paradójicamente a lo que debería propiciar “en teoría” un sistema parlamentario frente a una dictadura, había muchas más empresas y servicios estatales en el franquismo que ahora. De la misma forma, la mayoría de prestaciones sociales estatales actuales tienen su origen en el tardofranquismo. Otorgarlas, como las elecciones, es algo que en su día le vino bien al capital (paz social y desarrollo de un mercado interno) y que no procedió de ninguna lucha popular ni de la implantación del programa de partido alguno.

Atendiendo a estas cuestiones comprobamos el escaso margen que los gobernantes mediáticos (porque son actores de televisión más que otra cosa, igual que los tertulianos) tienen para aplicar sus tibios programas en caso de que desearan hacerlo. Porque hemos olvidado nombrar un tercer factor; obviamente el pueblo ni pincha ni corta a la hora de decidir, pero el capital -diseñador y dueño del sistema político- sí. Es muy importante no perder de vista esta cuestión.

No es la primera ni será la última vez que un partido con una imagen radicalmente renovadora que amenazaba con socavar los cimientos de su sociedad, presionado por los propios poderes económicos y mediáticos que de una u otra manera le han aupado al poder, acaba gobernando básicamente como lo haría cualquier otro partido convencional. Véase el caso griego. Al contrario, muchos partidos “de derecha” cuando han encontrado las arcas del estado bien provistas, no han desaprovechado la ocasión de recabar votos aumentando el gasto social.

Con lo cual concluimos que el electoralismo tiene una utilidad mínima, nula incluso, a la hora de obtener esos pequeños beneficios que se invocan para sectores y personas concretas. Más vale, en todo caso y si es esa la apuesta política en lugar de una transformación social de mayor calado, luchar por ellos en la calle, contra el poder, adopte el rostro que adopte en cada momento.


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