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Sudán del Sur: Independencia, fronteras, petróleo y más guerras

Sábado.11 de enero de 2014 171 visitas Sin comentarios
La población de Sudán del Sur padece dos guerras desde hace un par de años #TITRE

Los últimos enfrentamientos han causado más de un millar de muertos y al menos 200.000 desplazados internos.

Las delegaciones de ambas partes han comenzado este martes sus conversaciones de paz para intentar acordar un alto el fuego.

GuinGuinBali - Javier Aisa Gómez de Segura

La población de Sudán del Sur padece dos guerras desde hace un par de años. La guerra más actual ha estallado en diciembre, poco antes de acabar el año 2013, aunque se trata de una lucha recurrente en la historia de esta región. La primera en el tiempo hunde sus raíces en los conflictos bélicos entre el Norte y el Sur, que consiguió la independencia en julio de 2011. 

En este proceso de separación quedaron pendientes algunas cuestiones: el trazado de fronteras en las regiones de Abyei y del Nilo Blanco y Azul y en los recursos petrolíferos. Sudán del Sur posee el 75% de las reservas de petróleo (5 millones de barriles) de todo Sudán. El Norte dispone de los oleoductos, las refinerías, las infraestructuras y Port Sudan, lugar de embarque por el que se puede exportar esta riqueza energética. El acuerdo debería ser imprescindible, pero las ambiciones de poder de los dirigentes (Omar al Bashir y Salva Kiir) de ambos países y de sus aparatos burocráticos y militares impiden la paz.

Última guerra en Sudán del Sur

Tras el último estallido, el presidente Salva Kiir acusa a su exvicepresidente, Riek Machar, de intento de golpe de Estado. Machar aspira a presentarse a las elecciones presidenciales de 2015 y, por tanto, denuncia la deriva dictatorial de Kiir, que hace unos meses despidió del Gobierno de Unidad Nacional a Machar y sus partidarios. Las delegaciones de ambas partes han comenzado este martes sus conversaciones de paz en Addis Abeba, la capital de Etiopía, para intentar acordar un alto el fuego que ponga fin a tres semanas de enfrentamientos que han causado más de un millar de muertos y al menos  200.000 desplazados internos.

Esta escalada de la violencia reúne muchas de las características de los conflictos en África. Entre los actores sobresalen autoridades estatales, señores de la guerra y líderes de etnias y clanes, que aprovechan rivalidades mutuas y procedencias de tierras y culturas diferentes (no siempre enfrentadas) para obtener todo el poder central en solitario. El enfrentamiento está servido si el Estado es incapaz de integrar la multietnicidad de África y una etnia, clan o grupo de solidaridad logran instalarse en el Gobierno, la Administración y el Ejército mediante la exclusión de los otros.

El 98% de sus 8,5 millones de habitantes votaron a favor de la independencia de Sudán del Sur. No obstante, en gran medida los sentimientos de pertenencia a un grupo étnico priman sobre la identidad nacional. Los Nuer (2 millones) se reconocen más en el linaje y se oponen al dominio Dinka (3 millones). Los jefes de los clanes, al frente de siete milicias rebeldes, exigen su parte del poder en la administración central de Juba. El robo de ganado, las rivalidades entre campesinos y pastores y la ocupación de tierras provocan numerosos conflictos que se saldan con una violencia constante: más de 3.000 muertos y 40.000 personas desplazadas, sobre todo en la provincia de Jonglei, sólo en 2012.

La milicias Nuer de Machar luchan contra el dominio Dinka de Kiir. Los Azande, Ciluks y Murle también viven segregados y sin posibilidades de decisión en el nuevo Estado, cuyo aparato administrativo únicamente impone, fracciona y margina.

Por otro lado, después de la independencia, ninguna autoridad se ha preocupado de confiscar el millón de armas ligeras en manos de los contendientes en las guerras de la zona, en las que decenas de traficantes han realizado buenos negocios.

El 95% de los ingresos de Sudán del Sur proceden de las  exportaciones del petróleo, cuya producción alcanza los 380.000 barriles al día, con un valor de casi 7.000 millones de dólares al año. El Banco de Desarrollo de China ha ofrecido préstamos por un importe de 1 a 2.000 millones de dólares para estabilizar la explotación de los hidrocarburos y de otros minerales que encierran esas tierras y construir las infraestructuras de fábricas, ferrocarriles y carreteras, ahora inexistentes. 

Las principales batallas se sitúan en los estados petrolíferos de Unidad y del Alto Nilo y limitan la extracción de petróleo, lo que provoca gran malestar en Sudán del Norte. Para sobrevivir, el régimen de Jartum necesita este recurso energético, cuyo comercio quedó fijado de nuevo en el pacto de septiembre de 2012. El estancamiento de la producción podría ser utilizado para una intervención militar del Norte en esa zona.

Ruptura política

Los liderazgos autoritarios, los partidos únicos, las fronteras artificiales, derivadas de la colonización, el empobrecimiento y el militarismo son causas habituales –por sólo citar algunas– de las tensiones violentas en África. Todas ellas sumadas obstaculizan el desarrollo del parlamentarismo, la separación de poderes, las libertades políticas, normas constitucionales precisas y aplicables y el asociacionismo civil.

En Sudán del Sur, Kiir y Machar acordaron el control del país por el Movimiento para la Liberación del Pueblo de Sudán y un régimen con un fuerte presidencialismo, sin apenas opción para grupos políticos diferentes y mucho menos si son opositores.

Sin embargo, los problemas ha surgido en el seno mismo del partido por el reparto de escaños y puestos en la administración. Salva Kiir –populista, imponente, avasallador– ha cerrado en poco tiempo dos periódicos: The Citizen y The Destiny. Machar –elocuente, educado, oscuro– conspiró contra el líder carismático de Sudán del Sur, John Garang, y estuvo implicado en una masacre contra los Dinka a finales de los 90, época en la que todos luchaban unidos contra la dictadura de Sudán del Norte.

Ataques en una frontera imprecisa

En el conflicto entre Sudán del Norte y del Sur, la tregua saltó en pedazos varias veces en 2012, también con ataques aéreos contra Bentiu, en el interior de Sudán del Sur, además de otros choques en Heglig, límite de Abyei, frontera entre los dos Sudán.

Cinco intentos de negociación, amparados por la Unión Africana, han fracasado por los intereses contrapuestos de sus líderes respectivos: en el norte, el musulmán Omar al Bashir, imputado por el Tribunal Penal Internacional por los crímenes en Darfur. Al sur, Salva Kiir, cristiano, partidario acérrimo de la división de Sudán y nuevo dirigente autoritario, ganador absoluto de unas elecciones sin oposición. La población civil pone las víctimas: 2.000 muertos y decenas de miles de personas desplazadas en la primavera del año pasado.

Intereses enfrentados

Los gobiernos de ambos Estados han demostrado su incapacidad para resolver las causas de su enfrentamiento: el reparto del petróleo, la delimitación de las fronteras y los derechos de ciudadanía de cada una de sus poblaciones y de los territorios en disputa.

Perdido el control de los yacimientos de petróleo, el régimen de Al Bashir impuso un peaje de 34 dólares el barril en vez de los 15 dólares pactados. Era una forma de recuperar fondos y, al mismo tiempo, asfixiar al Gobierno de Juba, en el sur. El conjunto de Sudán era el tercer país africano que exportaba más petróleo. El 60%, a China, que juega a todas las cartas: ha mantenido buenas relaciones con el norte y propone al sur invertir en un oleoducto que uniría Juba con Lamu, en Kenia.

La mayoría del oro negro se encuentra en las tierras fronterizas en litigio: Abyei, Kordofan del Sur y el Nilo Azul. Sus habitantes se consideran sureños y exigen su integración, si fuera preciso, con las armas. En contrapartida, el Gobierno de Sudán del Sur concede menos derechos a las etnias arabófonas de esos enclaves que a la población Dinka, una de las etnias más importantes del sur. El Tribunal de la Haya dejó sin fijar el 20 % de la frontera entre ambos países y muchos clanes dedicados al pastoreo nómada temen que se les impida trasladar sus rebaños de un lado a otro, como hacían antes con libertad, y abrevar en los pozos de agua. En definitiva, son demarcaciones que crean conflictos de tránsito, control del espacio y de los recursos.

También se producen problemas de ciudadanía. Precisamente, el Gobierno de Jartum, capital del Sudán unido, proclamaba su capacidad de integración y convivencia mutua, más allá de clanes y lugares de procedencia. Sin embargo, ha dictado leyes que retiraban la nacionalidad a los sudistas y les obligaba a disponer de un permiso de trabajo y de residencia, cuando en su día tenían la doble nacionalidad. La población desplazada genera aún más tensión: cerca de 350.000 personas procedentes del sur, pero que vivían en el norte, han llegado al nuevo Estado. Sin tierras, ni trabajo, ni casa. Otras 700.000 esperan.

Un Estado frágil e incierto

¿Es viable un Estado en el Sur sin infraestructuras de transporte, electricidad, telefónicas, educativas y sanitarias; con sólo 100 kilómetros de carretera y una tasa de analfabetismo que llega al 73% de la población (un 92%, mujeres); cuya media de ingresos diarios para el 55% de la gente no alcanza un dólar, y en medio de una gran inseguridad alimentaria? La consolidación de Sudán del Sur como Estado es mucho menor con estas disputas políticas; el nulo interés en complementar las diversidades étnicas y la ineficacia de las instituciones internacionales.

La ONU y la Unidad Africana desean ampliar las fuerzas militares destacadas allí, pero sin mandato suficiente para interponerse entre los contendientes, proceder al desarme o crear pasillos humanitarios. En estas condiciones, Sudán del Sur sirve para poco más que China National Petroleum y Vivacell, destacado operador de telefonía móvil, entre otras empresas, haga fortunas mayores junto a las autoridades corruptas de un territorio sin ley.

De esta manera, vale la pena recordar a John Garang, líder carismático de Sudán del Sur que defendió la idea de un Sudán federal unido, laico, democrático, africano e independiente de intereses extranjeros. Con esta opinión, Garang, pretendía evitar guerras de fronteras y conflictos interétnicos, además de solucionar los problemas económicos de todo el país. Recién nombrado vicepresidente de Sudán tras la firma de la paz, murió el 31 de julio de 2005 en un extraño y sospechoso accidente de helicóptero en Uganda. Muchos poderes propios y ajenos estaban interesados en su desaparición. Nunca se aclaró este trágico suceso.

Artículo original publicado en  www.africaesimprescindible.org

El Diario

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