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Sin riesgo de ofensa no hay libertad de expresión

Sábado.10 de marzo de 2018 114 visitas Sin comentarios
José Carlos Rodríguez, en Disidentia. #TITRE

La lucha contra la corrección política es la eterna lucha por la defensa de la libertad de expresión. En ocasiones, incluso señalar humildemente la realidad con el dedo puede convertirse en un delito de lesa corrección. En otras, los dictados de lo que se considera correcto nos conmina a asumir las mentiras más ridículas. Pero todo ello no quiere decir que cualquier cosas que se oponga a la corrección política sea razonable o moral.

Comienzo con esta salvedad para referirme al caso del periodista Eulogio López. Él publicó en YouTube un vídeo en el que decía “no nos engañemos”, para desmentir de inmediato su propósito y afirmar: “homosexualidad, es decir, sodomía, y pedofilia y pederastia son dos ramas del mismo tronco”. López quiso reforzar su posición con una afirmación más imprecisa de lo que él hubiese deseado: “el noventa y tantos por ciento de los casos de pedofilia son homosexuales, de práctica sodomita, hombre; no neguemos la evidencia”.

Más allá o, cabe decir, más acá de la relación que él establece entre homosexualidad y pederastia, lo que exhalan las palabras de López es una aversión hacia la homosexualidad, y un intento de vincularla con crímenes execrables como es la manipulación sexual de los menores.

Corona su afirmación con ese gatillazo estadístico del “noventa y tantos por ciento”, sin entender que, aunque respondiese a la realidad y los “tantos” respondiesen a las fluctuaciones normales del comportamiento humano, esa incidencia de más del 90 por ciento no sería suficiente para tintar con esos crímenes la homosexualidad. Pues un porcentaje abrumador de los hombres, homosexuales o no, rechaza de plano ese trato con menores.

Es más, vamos a bajar a la aritmética política de bar de Eulogio López y digamos, por ejemplo, que el noventa y tantos por ciento de las violaciones las cometen varones heterosexuales. Si acudimos con nuestro descubrimiento de carajillo al propio Eulogio y lo observamos como varón y heterosexual, ¿quiere esto decir que él, y tantos como él, son unos violadores en potencia?

El periodista ha pronunciado unas palabras aviesas, que sólo demuestran una animadversión tanto por los homosexuales como por la lógica ¡y la estadística! Y he de confesar que nunca he llegado a entender tanta rabia por quienes, simplemente, llevan una vida sexual distinta a la suya. En fin, que es un comportamiento legítimo, y que a él, como a muchos otros, ni le roza. ¿Por qué ese rechazo? La verdad es que ni los amigos que comparten esa inquina me lo han sabido explicar.

La sección 23ª de la Audiencia Nacional ha condenado al periodista con una pena de seis meses de cárcel por esas opiniones. Vamos a las razones expuestas en el fallo. “Resulta indudable que las palabras que utiliza tienen la consideración de gravemente ofensivas” para los homosexuales. La elipsis del verbo “ser”, guadiana de su clase, me parece ofensiva para la gramática por innecesaria y torpe en esta frase, pero esa es otra cuestión. Sigue: “La dosis de menosprecio y descrédito que encierran estas palabras es sencillamente brutal; intolerable para una sociedad basada en el respeto a la dignidad y la libertad de las personas”. Y detengámonos aquí antes de acumular más agravios.

La intención de Eulogio es “indudable”, pero su defensa añade a la intolerancia el pecado de la cobardía, y lo niega. Me llama la atención la gradación del menosprecio y del descrédito. Resulta que los de Eulogio, en este caso, son “brutales”; afirmación muy razonable en el bar de las estadísticas de Eulogio. No está claro cómo calificarán otros menosprecios, otros descréditos.

Pero, cabe preguntarse: ¿Somos “una sociedad basada en el respeto a la dignidad y la libertad de las personas”? O, más bien, ¿cómo sería una sociedad así? Puede verse como una sociedad en la que cualquier ofensa esté penada con la cárcel, como en el caso de Eulogio. Pero como la ofensa es subjetiva, los más susceptibles, o los que mejor hayan organizado su capacidad de ofenderse, podrán prohibir cualquier mención que se haga de ellos. El respeto se convertirá, como está ocurriendo, en la tea con la que los intolerantes quieren quemar a los demás. Y tendrán más protagonismos los más intolerantes con las críticas de los demás.

O puede verse como una sociedad en la que todo el mundo tiene el derecho a ser como desee, y a expresar las opiniones que quiera. Y eso incluye, por supuesto, el derecho de ofender a los demás. Es decir, puede verse como una sociedad plenamente libre.

Eso no quiere decir que las opiniones no queden sin respuesta. Pero son una materia que no sale del ámbito moral, y la respuesta debe de estar en el mismo ámbito. Penar con prisión una opinión es injusto por mucha inquina que tenga.

El caso de Valtònic, por ejemplo. El rapero José Miguel Arenas se ha mostrado tal cual es, ha desnudado su alma como se dice en estas ocasiones, y lo que se ve es un odio infinito y una sed de sangre sincera, e insatisfecha. No tiene reparo en señalar sus víctimas deseadas, con nombres y apellidos. Ni sus fantasías sobre sus muertes: “le arrancaré la arteria y todo lo que haga falta”, “debería morir en la cámara de gas”, “le prenderemos fuego”, “por mí habría muerto ya de una bomba”. También pide que se restituyan los métodos terroristas, e invoca, como a sus ídolos, a la ETA y al GRAPO.

Arenas ha sido condenado a tres años de prisión. En su caso se puede argüir que está más cerca del delito, pues son llamamientos al atentado contra personas específicas. Pero yo creo que tampoco es materia penal. Por un lado, si alguien cumpliese los sueños de Valtònic, sólo sería responsabilidad del autor material, porque todos tenemos la libertad, en última instancia, de rechazar todas las llamadas a actuar contra otro. Y por otro lado, sólo la violencia física es punible con medidas violentas, como la privación de libertad.

La libertad no es patrimonio de los justos. También es de quienes tienen opiniones indeseables, que empecen el entendimiento o la convivencia. Al defenderles a ellos, nos estamos defendiendo de quienes quieren robar la libertad al ciudadano común.

Por José Carlos Rodríguez

Fuente: Disidentia.com

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