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Si España respeta tanto a las personas Down, ¿por qué están desapareciendo?

Domingo.16 de abril de 2017 133 visitas Sin comentarios
Inquietante perspectiva. #TITRE

Por Juan Bosco Martín Algarra / lainformacion.com

Con todo respeto a las personas con síndrome de Down, a mí no me gustaría tenerlo ni ser padre de una de ellas. Decir esto no debe ser entendido como una ofensa ni como una desconsideración. Ni aunque lo diga abiertamente este martes que se celebra su día.

Hoy es aún necesario expresar con palabras lo que la sociedad confirma con los hechos, los datos y la simple observación del entorno. Cada vez nacen menos personas con síndrome de Down. ¿Por qué se creen que ocurre eso? O dicho de otro modo: ¿en qué creen que terminan los embarazos diagnosticados con estas características? ¿En parto natural o en aborto provocado?

Por si hay dudas, lo aclaro: acaban en aborto provocado, y esto no cambia este 21 de marzo, por mucho que hoy abunden las noticias positivas y la imagen más favorable sobre este tema. La inmensa mayoría de las parejas que se han quedado embarazadas de un Down prefiere no tener ningún hijo a tenerlo con esta característica. Parece a la sociedad española acoge con enorme cariño a los niños Down en las vallas publicitarias o en los carteles de las fundaciones... pero no en carne y hueso ni las paredes del propio hogar.

Los datos lo confirman: están desapareciendo

¿Duro? Lo es, pero esto nos dicen los datos sobre la incidencia del síndrome en España que ofrezco a continuación y que extraigo de la Fundación Iberoamericana Down 21.

Entre los años 1976 y 1980 -cuando no estaba permitido el aborto en España- nacían 15 niños Down por cada 10.000 nacimientos. Este número bajó hasta los 5,51 por 10.000 en el período 2011-2012, ya vigente la última ley.

A partir de entonces, la tendencia descendente se mantiene. He aquí el número de nacimientos de bebés con síndrome de Down en España entre
2012 y 2015:

2012: 306

2013: 304

2014: 286

2015: 269

La verdad cruda: los Down no son igualmente capaces

Es tanto más necesario recordar que el síndrome de Down comporta una serie de carencias importantes cuanto más se propala la falsa imagen de que estas personas son igualmente capaces que el resto. Falso. No son igualmente capaces. Son capaces de muchas cosas, por supuesto. Pueden desarrollar una vida más o menos normal, aunque su esperanza de vida es mucho menor que el resto. Pueden trabajar. Pueden aportar a la sociedad. Pueden desempeñar con eficacia determinados empleos, ganar dinero y en algunos casos, alcanzar una relativa independencia personal. Pueden ser felices y hacer muy felices a los demás.

Pero seamos claros: tienen más posibilidades de sufrir enfermedades, sobre todo de corazón. Presentan un retraso intelectual y su presencia no pasa desapercibida en ningún entorno social, puesto que sus rasgos físicos son inconfundibles. Suelen necesitar más asistencia que el resto para aprender y vivir.

Acabo de exponer varias verdades incontrovertibles, que explican en parte por qué muy pocos se atreven en España a alumbrar un hijo con síndrome de Down. Pero también, y por encima de cualquier otra consideración, he enfocado este asunto deliberadamente mal. Muy mal. Patéticamente mal.

¿Cuál es el drama real?

Lo más importante de una persona Down o no Down no reside en la limitación de sus condiciones intelectuales o físicas. Ni tampoco en su simpatía, su ternura o la capacidad de generar “buen rollo” en los centros de trabajo, como efectivamente ocurre.

En una sociedad que se precia de llamarse humana, las discapacidades de un determinado colectivo deben importar mucho menos que el peligro evidente de que dicho colectivo se extinga por el simple hecho de poseer dichas discapacidades. Ahí reside el gran drama. Es exactamente lo que está ocurriendo silenciosa pero inexorablemente: los niños ‘Down’ están desapareciendo. Lo más sarcástico es que lo hacen entre cantos almibarados y aplausos cuasi celestiales hacia todos ellos.

Se supone que la humana es una especie que no se rige -o no se debe regir- por la ley de la selva. En una sociedad humana cabemos todos, los fuertes y los débiles, los más listos y los menos listos.

La existencia del colectivo Down o de otro colectivo con dificultades coloca a la sociedad en la tesitura de tomar decisiones acerca de su debilidad. ¿Ayudamos a integrarlos o no? ¿Admitimos y facilitamos que haya entre nosotros tantos Down como determina la naturaleza o los limitamos con leyes que, de facto, conducen a su completa desaparición?

¿Compensamos o no las dificultades que van aparejadas a su crecimiento con todo tipo de ayudas materiales y económicas a sus familias, que son las que cargan con la parte más pesada de su educación?

¿Valoramos la oportunidad que nos brindan los Down de ayudar, de compartir, de servir… de todas esas acciones que nos hacen más humanos, verdaderamente humanos? ¿Somos conscientes de que cualquiera de nosotros -o un hijo, padre, madre amigo- se puede volver discapacitado en cualquier momento, por un atropello o un accidente inesperado, y que sólo esa mera posibilidad ya nos obliga a ser solidarios?

Algo más que un calendario o unas moneditas

Porque de esto se trata, de ser efectivamente humanos y efectivamente solidarios, que es algo más que comprar un calendario o dar unas moneditas o aplaudirles cuando se celebra su día.

Yo no quiero ser Down, repito. Ni tener un hijo Down. Entiendo que nadie lo desee. Pero cuando la situación llega, cuando una familia, unos amigos, una empresa o una sociedad acoge a una persona débil, he de pensar que ni esa familia ni esa sociedad ni esos amigos se debilitan. Todo lo contrario: se fortalecen y nos fortalecen a todos.

Basta de engaños. La desaparición progresiva de las personas con síndrome de Down es un drama social, una muestra clara de que la Humanidad se está debilitando. Y lo hace de la peor manera, en silencio y mostrando caritas alegres de los principales perjudicados.

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