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Sentirse diferentes para ser todos iguales

Sábado.19 de diciembre de 2015 277 visitas Sin comentarios
6ª entrega del libro de Pablo San José: "El opio del pueblo: Crítica al modelo de ocio y fiesta en nuestra sociedad". #TITRE

Decíamos arriba que la autoafirmación es característica de la adolescencia. Se obtiene de dos formas. Por individualización reactiva: necesidad de originalidad, independencia, de distinguirse, de ser uno mismo... Y por identificación con un grupo diferenciado: mis amigos, mi estilo musical, mi equipo de fútbol. El industrialismo capitalista, apoyándose en los avances de la psicología y de la sociología, tuvo el mérito de descubrir el filón de ganancias que atesoraba este momento del proceso evolutivo de los seres humanos. Así, se esmeró en que dicha adolescencia -feliz ocasión de negocio- durase lo más posible en cada individuo. Ya se explicó arriba en virtud de qué mecanismos. Y para convertir las necesidades de ser uno mismo, así como las de formar parte de un grupo, en dinero contante y sonante, inventó las modas.

No es que antes todo el mundo se vistiese igual y tuviese los mismos gustos. Cada cultura, cada sociedad, tenía sus propios elementos estéticos comunes, bastante en relación con la forma de vida, los materiales y con el clima de cada sitio. Dichos elementos iban evolucionando de forma más o menos espontánea, pero siempre poco a poco. Por decir, había a quien el traje y los zapatos de los domingos le duraban toda la vida, y si había que reemplazarlos era por desgaste, no por tener que adaptarse a nuevos gustos. El tipo constructivo de casa permaneció invariable durante siglos en la mayoría de los lugares. En muchas de esas sociedades sí es verdad que había élites aristocráticas, cuyos individuos, liberados de la carga del trabajo y del resto de responsabilidades, adelantándose a nuestros días, habían devenido adolescentes perpetuos que ensayaban diversas formas de distinción estética para entretener y adornar sus ortopédicas vidas. En eso no hay grandes diferencias de fondo entre un Petronio, una Madame de Pompadour y un, por ejemplo, Cristiano Ronaldo. En todo caso, eran minorías muy pequeñas.

No es hasta la segunda mitad del siglo XX cuando la moda irrumpe con fuerza en las sociedades occidentales y se populariza. Lo que se ha dado en llamar "sociedad de consumo", muy de la mano de la "sociedad del espectáculo" desembarcó a partir de este momento, con su publicidad cuidadosamente elaborada e insistente, en los cuartos de estar de hasta la menos pudiente clase obrera. Su principal vía de acceso fue, primero la radio, y después la televisión. Ambos son objetos junto a los que hemos nacido y nos hemos criado. Nos cuesta imaginar que alguien pudiera haber vivido antes sin ellos. Para sorpresa de algunos de mayor edad, hoy parecen caminar hacia su obsolescencia en virtud del vertiginoso avance de las aplicaciones comunicativas de la informática.

Gracias a todos estos inventos, actualmente los mensajes de la publicidad son omnipresentes, y se hacen en buena parte indistinguibles de lo que podría ser algún tipo de criterio propio que alguien pudiera tener. Las aplicaciones prácticas de la cuestión son pavorosas. Véanse, por ejemplo, los comicios parlamentarios en cualquier país occidental. Cómo unas pocas opciones partidistas, las que a la postre, y no por casualidad, acaban siendo las más votadas, son publicitadas, martilleadas sin descanso en detrimento de las restantes, en los informativos y tertulias de la mayoría de medios de comunicación. Todos los días del año, sin excepción.

Las modas, como se sabe, son exigentes. Reclaman una continua adaptación a sus más pequeños cambios y novedades. Adaptación que cada vez sucede a ritmo más vertiginoso. Estar "a la moda" supone adquirir los objetos que a uno le identifican con ella. Hablamos de ropa y complementos, de música, cine y otros objetos culturales de consumo, mobiliario, vehículos, aparatos multimedia y recursos informáticos, vacaciones, tipos de comida etc. Mención aparte merece la fascinación que produce el poseer esos mismos objetos cuando son de determinadas marcas. Incluso se dan modas, no menos onerosas por lo común, consistentes en desmarcarse de la propia moda. Por ejemplo la de consumir productos ecológicos "de marca"; sean alimentos, terapias y remedios "alternativos", publicaciones, colchones, ropas, aparatos "energizantes" diversos, sofisticadas bicicletas y casas bioclimáticas, entre otros. Muchos de esos artículos de marca o de moda suelen crearse con caducidad predeterminada por las multinacionales que los distribuyen, a fin de que el negocio sea mayor. Y no hablo tanto de su deterioro material, que también, como de lo rápidamente que quedan superados por la nueva exigencia estética de la, cada vez, más corta temporada. Como bien se sabe, la primavera en El Corte Inglés apenas durará esa misma primavera, siendo inservible para la próxima, así como para el resto de estaciones. ¡Por Dios!, que alguien me diga qué hago con los zapatos que compré para la última boda, y que solo usé ese día.

¿Y por qué esa necesidad de adherirse a la moda? Pues porque así la persona: a) Se siente parte importante de un grupo diferenciado que imagina socialmente valorado (quienes que van a la última, la gente "in", "fashion"...). b) Porque adornar el propio cuerpo, y llenar la propia vida, con esos objetos que se ofrecen y comercializan como más o menos "exclusivos", es una forma de diferenciarse como individuo y sentirse "especial".

¿Y cual es por antonomasia el lugar cotidiano de encuentro con el resto del grupo que está a la última, en el cual exhibir la propia exlusividad? Sencillo: los locales de ocio nocturno. Esos sitios a los que todo el mundo acude con sus mejores galas para tratar de deslumbrar. Por descontado, solo se acudirá a los establecimientos que asimismo cumplan y compartan los estándares estéticos de la moda. Los pubs "de moda".

Pero claro -dirá alguna persona lectora de estos párrafos- se está hablando de "los pijos", de esa mayoría de gente, en general poco crítica, que se mueve más bien en rebaño según lo que está y va dejando de estar de moda. Personas con una cierta capacidad adquisitiva que les permite cumplir con las exigencias económicas de un paradigma estético tan cambiante, y de una relación social tan esclava de la ostentación. Y además les gusta una música horrible que es cien por cien "comercial".

Pues bien, habéis de saber, alternativos, hiphoperos, góticos y emos, rockeros viejos, punks de los costrosos y de los ingleses, modernos, mariguaneros con y sin rastas, "radikales" -ojo a las comillas-, electrónicos, osos, hippies, moteros, rocieros y por supuesto los fieles seguidores del metal, que el sistema es listo y ya hace mucho que pensó en todos nosotros. Cuando os resulte lastimoso ver a algún "pijo" adaptándose a la moda dominante y gastando dinero en hacerlo, recordad la frase bíblica de, "veis la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio". ¿O hace falta recordar en qué consisten las respectivas uniformidades: vestimentas, peinados, adornos, músicas, aparatos, objetos de culto, viajes, drogas, locales, formatos de ocio..., y darse cuenta de que también están estereotipadas, y por supuesto comercializadas? Incluso el atuendo más desaliñado que pueden llegar a lucir algunos "alternativos", no deja de ser una cuidada forma de vestirse que distingue reactivamente, por oposición, como cualquier otra, y que a su vez sirve para incluir a esa persona en el colectivo o tribu urbana pretendida. El sistema se adapta a todas las necesidades psicosociales. A todas. Y si se da algún tipo de evolución social, de inmediato se genera una nueva moda. Las grandes empresas multinacionales emplean gente dedicada en exclusiva a investigar los nuevos gustos: ropa, bebida, coches, comida, lugares... para luego informar a las empresas respectivas. Se les denomina "buscadores de tendencias". El caso es vender y tener a todo el mundo distraído y contento, feliz de pertenecer a su grupo respectivo y de sentirse diferente y superior al resto. En eso la moda no se diferencia nada de, por ejemplo, los patrioterismos y los forofismos.


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