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‘Senderos de Gloria’, la obra maestra de Kubrick para reclamar el fin de las guerras

Miércoles.19 de diciembre de 2018 97 visitas Sin comentarios
El Asombrario. #TITRE

Antonio Bazaga

En esta semana de fastos y celebraciones del centenario del fin de la Primera Guerra Mundial, no podemos dejar de recomendar la que probablemente sea la mejor película no solo sobre esa contienda, sino sobre el horror de la guerra en general. Un alegato pacifista, tan visceral y crítico como honesto e impactante, sobre el absurdo y el horror de la guerra, y los inhumanos límites de la jerarquía militar. Estamos hablando de ‘Senderos de Gloria’ (1957), del maestro Stanley Kubrick, que rodó con solo 28 años.

“El 11 del 11 a las 11”. Cuántas veces habrán oído esta semana la frase repleta de números 1 ahora que se conmemora el centenario del fin de La Gran Guerra, la que llamamos Primera –otro uno– de las dos enormes, desastrosas, mundiales. Final que concluyó con el calamitoso Tratado de Versalles, el tratado de paz firmado el 28 de junio de 1919 que plantó las abusivas bases, gérmenes, de la Segunda de las desdichadas Guerras.

Seguramente también habrán leído u oído nombrar estos días el titulo de un filme de 1957 titulado Senderos de Gloria (Paths of Glory), de Stanley Kubrick.

Pues bien, aun a riesgo de resultarles machaconamente pesado, no puedo perder esta oportunidad para recomendarles –quizás por enésima vez en esta semana– que no dejen pasar este título y que inviertan un espacio de su tiempo para visionar la que seguramente es la mayor y mejor película de la historia del cine sobre el alcance del valor ­–presupuesto– y el pacifismo. Un alegato antimilitarista, tan visceral y crítico como honesto e impactante, que abunda de forma magistral y sin respiro, en el absurdo y el horror de la guerra, en el de la inclemente e ilógica frontera de la jerarquía militar.

Basada en un histórico hecho, denigrante e irracional, que tuvo lugar realmente en el frente durante la Batalla de Verdún, Stanley Kubrick, Calder Willingham y Jim Thompson escriben para la gran pantalla la adaptación de la novela homónima de Humphrey Cobb, basada en sus propias experiencias y cuyo título, dicen, escogió tras leer este maravilloso poema de Thomas Gray (1716 / 1771):

“No permitáis que la ambición se burle del esfuerzo útil de ellos / De sus sencillas alegrías y oscuro destino / Ni que la grandeza escuche, con desdeñosa sonrisa / los cortos y sencillos hechos de los pobres. / El alarde de la heráldica, la pompa del poder y todo el esplendor, toda la abundancia que da, / espera igual que lo hace la hora inevitable. / Los senderos de la gloria no conducen sino a la tumba”.

El argumento cuenta la historia de un regimiento francés que recibe la orden de tomar una colina infranqueable dominada por el Ejército alemán, tomada por Broulard, un general ambicioso que ve la oportunidad de medrar (Adolphe Menjou) auspiciada por un general en jefe, Mireau (George MacReady, el inolvidable villano de Gilda) y dirigida por el Coronel Dax, contrario a dicha actuación (Kirk Douglas). Tras una intentona descabellada, sangrienta e imposible, y al fracasar dicho intento, el general Broulard, montando en cólera e incapaz de soportar su perdida oportunidad de trepar en el alto escalafón militar, ordena al coronel Dax que elija al azar tres hombres de cada batallón para someterlos a un consejo de guerra, siendo condenados a fusilamiento por cobardía y desobediencia y así dar ejemplo a sus compañeros, todo ello tras el burdo ejercicio, casi teatral, de un juicio en el que Dax intentará salvar a esos tres pobres hombres.

Un juicio inhumano, absurdo, repleto de posiciones y ánimos contrarios a la idea fundamental del derecho humano y a cualquiera de los principios básicos sobre la libertad o la presunción de inocencia. Contrario a cualquier acepción de ese Honor del que acusadores y cómplices se llenan la boca.

Tanto que contar, escudriñar y sentir en esta enorme película que necesita de una tesis doctoral (de las de verdad) para encontrar sin dejar nada fuera de cada uno de los recovecos instalados en su forma y en su fondo. Juzguen ustedes, sino, tan solo el primer y clarificador diálogo entre el trepa general Broulard y el consciente coronel Dax:

C.- ¿Conoce usted el estado de mis hombres?

G.- Sí, naturalmente tendrán que morir algunos, muchos posiblemente…

C.- ¿Ha calculado el porcentaje de bajas?

G.- Sí, digamos que un 5% morirá en el primer envite, un cálculo muy generoso, otro 10% morirá en tierra de nadie y un 20% en las alambradas. Nos queda el 65% y con lo peor ya hecho. Pongamos que caiga otro 25% en la cumbre de la colina, aún continuaríamos con una fuerza más que suficiente para defenderla.

C.- ¿Está diciendo que más de la mitad de mis hombres ha de morir?

G.- Sí, es un precio terrible, coronel, pero tendremos la Colina.

C.- ¿La tendremos, señor?

G.- ¡Yo dependo de usted! ¡Toda Francia depende de usted!

C.- No soy un toro, general, no me ponga la bandera de Francia delante para que envista.

G.- ¡No compare la bandera de Francia con un capote de torero!

C.- No he querido ser irrespetuoso con nuestra bandera, señor.

G.- Quizás esté anticuada la idea de patriotismo, pero donde hay un patriota hay un hombre honrado…

C.- No todos opinan así, el doctor Johnson decía algo muy distinto del patriotismo.

G.- ¿Y se puede saber lo que decía?… ¿Quién era ese hombre?

C.- Samuel Johnson, señor.

G.- ¿Y qué tenía que decir ese tipo sobre el patriotismo?

C.- Dijo que era el último refugio de los canallas.

Ahí queda el alegato en forma cinematográfica de crítica firme. De una obra por supuesto vapuleada por los poderosos intereses de la época. Prohibida o ignorada en gran parte de Europa. Estrenada por vez primera en Francia en 1972 y en España en 1986 (¡casi 30 años después!). Retirada en Bélgica. En fin…

Se lo ruego, no se pierdan saborear cualquiera de estos días sus magníficas escenas, esas de las trincheras y el ataque a la colina, tan perfectamente rodadas que pasarán la angustia de creer que se encuentran en ellas. Escenas que podrían pasar por ser alguna de las más crudas de la historia del cine.

La terrible oscuridad y asco de las trincheras –aquellas inhumanas letrinas– frente al hermoso y límpido castillo, de inmensos salones. Aquél en el cual los altos cargos militares dan las órdenes frente a una taza de té. La indiferencia absoluta de aquellos mandos hacia la vida de hombres y hombres, enterrados, atenazados por el significativo alcance del Valor que deben tener tan solo para el beneficio de otros.

La burda parodia de la justicia militar, de la muerte en nombre de los principios más elevados, de la bandera y la patria, pero con el objetivo más infame, el de incrementar la ambición del otro; nada que no suceda fuera del Ejército, por otra parte.

Esa lacra aparentemente imposible de desterrar después de tantos siglos, la división de la sociedad en clases sociales superiores y poderosas e inferiores y desvalidas. La emocionalmente dolorosa deshumanización.

Y todo esto y más, contado por un joven de entonces 28 años. ¿Alguien se atreve a no llamar Maestro a Kubrick? Yo no.

Véanla y comprenderán, mejor que nunca, la durísima frase del Coronel Dax en boca del gran Kirk: “Hay situaciones en que me avergüenzo de pertenecer a la raza humana. No puedo creer que el impulso más noble del hombre, la compasión al prójimo, sea cuestionado”.

Ojalá no volviera a repetirse.

Fuente: https://elasombrario.com/senderos-d...

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