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Rebaño digital y redes sociales

Lunes.6 de febrero de 2012 534 visitas Sin comentarios
Selección de interesantes artículos en nodo50. #TITRE

Rebaño digital y redes sociales - I

"Confundimos lo masivo con lo libre. Lo gratuito con lo comunitario" (Antonio Baños)

Iniciamos en Nodo50 una serie de recopilaciones de textos relacionados con lo que está sucediendo en las redes sociales corporativas (Facebook, Twitter), que algunos autores caracterizan como la expresión de una mentalidad y comportamiento muy poco reflexivo en la red, como si en las redes sociales hubiera un verdadero rebaño digital. Al final, internet va a resultar ser un negocio tan local y doméstico como los puestos de castañas y boniatos. La red está deslizándose rápidamente hacia el dogma de aquella primera globalización de los 90, que defendía la libertad para mercancías y el control para las personas e ideas. Twitter se ha sumado a ese diseño y ha anunciado que deja de ser un servicio global para convertirse en una empresa franquiciada. Es decir, que acatará las leyes sobre libertad de expresión de cada estado de la misma manera que Mc Donalds se adapta a los gustos locales sirviendo gazpacho. Como suele pasar cada vez que se justifica la censura, se amparan en el Holocausto y las leyes antinazis. Bien jugado. Al fin y al cabo, esa fue siempre la misión de la corrección política, hacernos tragar la censura y encima creernos que era por motivos progresistas y enrollados.

Con ésta noticia, más la catástrofe del ACTA, los sueños de libertad en la red se alejan a buen paso. Y se rompe la infantil mitología que sostenía que las redes sociales eran los kalashnikovs de una nueva revuelta alegremente twitteada y refrescantemente facebucante. Hace un año Goldman Sachs ya metió 500 millones de dólares en la subversiva e insurgente Facebook. Es decir que, por utilizar la terminología moderna, los del 1% ganan pasta cada vez que el 99% se queja de ellos a través de la red social. El otro día, Al Walid bin Talal se hizo un “ocuppy Twitter” al invertir 230 millones de dólares en la empresa. El compañero Talal es un jeque saudí que fue acusado de violar a una joven española en su yate en, seguramente, un infundio analógico.

El uso político de esas redes comerciales forma parte también de un espejismo. La revuelta verde de Irán o la primavera árabe no eran en absoluto movimientos antioccidentales pero ¿Alguien se imagina una revuelta antiamericana en Pakistán jaleada a través de facebook? ¿O una red de twitts yihadistas en Iowa? Twitter es facha. Pero lo es de buen rollo, sin acritud. Es facha porque es una empresa más del ultracapitalismo global interesada en la expansión eterna y en el beneficio infinito. Guay, es legítimo. La gran confusión se deriva seguramente de que conla LOGSEno se enseña marxismo como es debido, y lo de la propiedad de los medios de producción se tiende a resaltar poco al valorar un canal. Eso y que en el libro de texto de Educación para la ciudadanía, José Antonio Marina no machacó lo suficiente la idea de hegemonía en el sentido gramsciano, y por eso confundimos lo masivo con lo libre. Lo gratuito con lo comunitario.

Twitter es facha


En 2006, el artista e ingeniero informático Jaron Lanier (NY, 1960) publicó un ensayo incisivo, rompedor y muy controvertido sobre "el maoísmo digital”, acerca de los aspectos negativos del colectivismo digital y la consagración de "la sabiduría del rebaño” por los entusiastas de la Web 2.0. En él, Lanier sostenía que el diseño (o ratificación) por un comité no suele tener como resultado el mejor producto, que los nuevos valores y actitudes colectivistas -encarnados por todo, desde Wikipedia hasta Operación Triunfo, pasando por las búsquedas de Google- disminuyen la importancia y la singularidad de la voz individual, y que la "mentalidad de colmena” puede desembocar fácilmente en la ley de la calle. Ahora Lanier amplía esta tesis todavía más, analizando las repercusiones que “el totalitarismo cibernético” tiene para nuestra sociedad en general. Aunque alguna de sus sugerencias para abordar estos problemas se adentran en un pantano técnico que el lector lego en la materia tendrá dificultad para seguir, la mayor parte del libro es lúcido, poderoso y persuasivo. Es una lectura imprescindible para cualquiera al que le interese cómo la red y la tecnología que utilizamos a diario están remodelando la cultura y el mercado.

Jaron Lanier, un pionero en el desarrollo de la realidad virtual y un veterano de Silicon Valley, no tiene nada de ludita antitecnológico, como han insinuado algunos de sus detractores. Es alguien que conoce bien el mundo digital y quiere defender "un nuevo humanismo digital”. Y es que, según él, corremos el riesgo de que las decisiones de los ingenieros informáticos determinen el comportamiento de los usuarios y queden “congeladas por un proceso conocido como enganche”. Esto es, del mismo modo que las decisiones sobre las dimensiones de las vías del tren determinaron el tamaño y la velocidad de los trenes durante décadas, las decisiones que se toman actualmente sobre el diseño de programas podrían tener como resultado "normas definitorias e incambiables” durante muchas generaciones.

Las decisiones tomadas en los años de formación de las redes informáticas, por ejemplo, promovían el anonimato digital, y a lo largo de los años, sostiene Lanier, a medida que millones de personas empezaron a usar la Red, el anonimato ha dado alas al lado oscuro de la naturaleza humana. Han prosperado los ataques maliciosos y anónimos contra individuos e instituciones, y lo que Lanier denomina una “cultura del sadismo” se ha vuelto dominante. En algunos países, el anonimato y el comportamiento de rebaño han tenido como consecuencia verdaderas cazas de brujas. “En 2007”, relata, “una serie de mensajes de La letra escarlata en China incitaron a las multitudes de internet a dar caza a los acusados de adulterio. En 2008, la atención se centró en los que simpatizan con el Tibet”.

Lanier señala sensatamente que la "sabiduría del rebaño” es un instrumento que debería utilizarse de manera selectiva, en vez de ser glorificado por sí mismo. Sobre Wikipedia escribe que “es estupendo que ahora disfrutemos de la cooperación en la cultura popular”, pero añade que los valores y actitudes del sitio ratifican la noción de que la aportación individual -incluso la de un experto- es prescindible, y “la idea de que el colectivo está más cerca de la verdad”. Se queja de que Wikipedia suprime las voces individuales, e igualmente afirma que el rígido formato de Facebook convierte a los individuos en “identidades de respuestas múltiples”.

Al igual que Andrew Keen en The Cult of the Amateur [El culto del Aficionado], Lanier es elocuente respecto a cómo la propiedad intelectual se ve amenazada por la economía del contenido gratis en Internet, la dinámica de rebaño y la popularidad de los sitios de agregación. “Una impenetrable sordera impera en Silicon Valley en lo referente a la idea de la autoría”, escribe, recordando la predicción que hizo en 2006 el director de Wired, Kevin Kelly, de que el escaneado masivo de libros crearía un día una biblioteca universal en la que ningún libro sería una isla; a efectos prácticos, un texto monumental que puede buscarse y remezclarse en la Red.

“Podría empezar a suceder en la próxima década, o así”, escribe Lanier. “Google y otras empresas están escaneando libros de todas las bibliotecas en la nube como parte de un enorme Proyecto Manhattan de digitalización cultural. Lo que ocurra a continuación será crucial. Si se accede a los libros en la nube a través de interfaces de usuario que fomenten mezclas de fragmentos que oscurezcan el contexto y la autoría de cada uno de ellos, no habrá más que un solo libro. Esto es lo que ya sucede con gran parte del contenido; a menudo, no se sabe de dónde procede una cita de una noticia, quién escribió un comentario, o quién grabó un video”.

Aunque esta evolución pueda parecer buena para los consumidores -¡tantas cosas gratis!- hace que a la gente le resulte difícil discernir la fuente, el punto de vista y el grado de tergiversación de un determinado fragmento con el que tropiezan en la Red. Además, anima a los productores de contenidos, en palabras de Lanier, “a tratar los frutos de sus intelectos e imaginaciones como fragmentos para dárselos a la mente-colmena sin recibir dinero a cambio”.

Unos cuantos afortunados, señala, pueden beneficiarse de la configuración del nuevo sistema, reinventando sus vidas en narrativas “de mercadotecnia todavía novedosa”. Es el caso, por ejemplo, de Diablo Cody, “que trabajó como artista de striptease, capaz de escribir un blog y llamar la atención lo suficiente como para obtener un contrato para escribir un libro, y encima tener la oportunidad de que conviertan su guión en una película (en este caso, la muy aclamada Juno). Sin embargo, teme que “la inmensa mayoría de periodistas, músicos, artistas y cineastas se arriesguen a que su carrera caiga en el olvido por culpa de nuestro fracasado idealismo digital”.

Paradójicamente, los mismos medios de comunicación antiguos que están siendo destruidos por la Red dan pie a una cantidad sorprendente de charlas digitales. "Los comentarios sobre programas de televisión, películas importantes, estrenos musicales comerciales y videojuegos deben de originar casi el mismo tráfico de bits que el porno”, comenta Jaron Lanier. “Eso no es malo, desde luego, pero si la Red está matando a los viejos medios de comunicación, nos enfrentamos a una situación en la que la cultura se está comiendo de hecho su provisión de semillas”.

En otros pasajes de este provocador libro, que seguramente levantará polémica, va aún más lejos e insinúa que “un malestar nostálgico se ha apoderado de la cultura popular”, que “la cultura de Internet está dominada por mezclas triviales de la cultura que existía antes del comienzo de las mezclas, y por las respuestas de los aficionados a los cada vez más escasos destacamentos de los medios de comunicación centralizados”. La cultura digital, prosigue, “es una cultura de reacción sin acción” y las reflexiones de que “estamos entrando en un periodo de calma transitorio antes de una tormenta creativa” no son más que eso, reflexiones. “La triste verdad”, concluye, “es que no estamos viviendo una calma pasajera antes de la tormenta. En lugar de eso, hemos caído en una somnolencia persistente, y he llegado a creer que sólo nos libraremos de ella cuando matemos a la colmena”.

Contra el rebaño digital


Rebaño digital y redes sociales - II

Hoy fragmentos de dos textos más y link a sus fuentes originales "La cultura libre está dividida entre la libre difusión, que es lo que yo defiendo y creo que defienden todos los sectores afines a la izquierda, y la del libre comercio, que es otra manera de ver la libertad para que todo el mundo pueda mercadear con ella" (Nacho Vegas) "Pero, si el enfado y las exigencias son “lícitos” ¿por qué no dejan Twitter y se van a identi.ca? ¿por qué no dejan Facebook u otras redes que ya “censuran” en China y se buscan alternativas que sí existen? ¿cómo es que los que más se quejan suelen estar en todas las empresas a las que critican? (Google+, Facebook, Twitter)" (Ricardo Galli)

Entre las novedades de esta nueva etapa que se inicia con la creación del sello Marxophone, presenta la edición de sus discos bajo una licencia Creative Commons que permite la libre distribución sin ánimo de lucro. Justo, durante su visita a Bogotá, ocurre el apagón de Wikipedia en contra de las diferentes leyes antipiratería, apoyado también en las amenazas respectivas de Facebook, Google o Yahoo, avivando aún más un debate que los usuarios no tienen muy claro a la hora de tomar partido. Al respecto me dirá: “Creo que la cultura debe ser libre, pero cuando digo libre debe ser de libre difusión, es decir sin un pago previo, pero la licencia que utilizo tiene una restricción del ánimo de lucro. A mí no me gustan las opiniones a favor del copy left, que son las más airadas, son las de la derecha liberal que les encanta que todo esté libre de derechos porque así puede utilizarlo el más listo de la clase para coger y hacer dinero con ello. Me parece que es muy peligroso, creo que hay que evitar que un montón de gente se lucre con contenidos sujetos a derechos de autor, que es una conquista que se puede proteger como cualquier derecho conquistado, y eso no entra en conflicto con ofrecer tus discos. La cultura libre está dividida entre la libre difusión, que es lo que yo defiendo y creo que defienden todos los sectores afines a la izquierda, y la del libre comercio, que es otra manera de ver la libertad para que todo el mundo pueda mercadear con ella”.

Las andanzas de Nacho Vegas en Bogotá


No hay ningún medio online en España que respete a rajatabla la libertad de expresión en los comentarios en su sitio. Todos moderan y “censuran” comentarios que les pueden generar problemas, sin excepciones. Muchos de esos medios borraron comentarios de criticas a Ramoncín en cuanto vieron la oreja al lobo. Sin embargo, periodistas de esos mismos medios, están exigiendo a Twitter que llegue al punto de no acatar leyes de otros países para defender la “libertad de expresión”. La justificación que me dieron algunos: no es lo mismo, Twitter es una plataforma, es una herramienta fundamental, etc. Pero sí es lo mismo, porque se trata de que están exigiendo a otras empresas que hagan mucho más de lo que sus propias empresas son incapaces de hacer en un contexto menos complejo. Es más, ninguno de ellos criticará la política de su empresa de eliminar comentarios que ni siquiera son ilegales, o de hacer caso al primer burofax que les llega (que ni siquiera es orden del juez). Es una enorme contradicción, una impostura.

Hay otros casos, bloggers que también hacen lo mismo, o que nunca han tenido que enfrentarse a abogados y denuncias para defender la libertad de expresión de terceros, pero que ahora hacen pedagogía de esa libertad de expresión, exigiendo a una empresa privada (y extranjera, que le da servicios gratis) que sea muy estricta y valiente, al punto de no acatar las leyes de algunos países. No sólo no se dan cuenta que eso implica poner en peligro a la empresa, a los propios empleados que tenga en ese país. Para rematar, a cualquier que opine diferente, responderán esos gurús” que se rinden a la censura por motivos de negocio. Es fácil hablar desde la seguridad de no tener que correr riesgos, ni asumir responsabilidades, que nadie pida explicación de los comentarios que eliminas, o la política de tu empresa. Enorme impostura.

Aunque Twitter en ningún momento habló de que se vaya a instalar en China (yo creo que lo tendrá que hacer), y de que ya está bloqueado en China desde 2009 (con la pérdida de usuarios y oportunidad que se deriva de ello), que los chinos ya están “censurados” globalmente y que no pueden tuitear, ni nosotros leer nada de lo que ellos desean escribir, fue la excusa usada: Twitter hace esto para ir a China, porque es un mercado importante, el dinero antes que los derechos. En otras palabras, se le exige a una empresa privada que sea activista en este aspecto. Aunque es exagerado exigir eso a otros, parecería razonable, si no fuese porque los mismos que lo hacen comentan en Twiter que compran en DealExtreme, o justifican que Apple fabrique en China -en pésimas condiciones laborales- porque las hacen todas las demás. Peor aún, exigen a Twitter lo que somos incapaces de exigir a nuestro propio gobierno (o al menos votar en consecuencia), tenemos una gran dependencia de China, en temas de intercambio comercial y financiero. Otra gran impostura.

En los últimos meses hemos vivido “campañas” en las redes para reclamar que eliminen tuits y cuentas que promovían la anorexia, o cuentas que tenían enlaces a sitios de pedófilos y/o pederasta. Se pedía límites a la libertad de expresión, aunque fuesen perfectamente legales en el país sede de Twitter o Facebook. Hemos visto campañas de boicot para que en La Noria no se emitan entrevistas a determinadas personas, aunque esos reportajes son perfectamente legales en nuestro país, y el entrevistado tiene el mismo derecho que nosotros a emitir su opinión en cualquier programa de TV (gratis o pagado). Es decir, reclamamos límites a la libertad de expresión más allá de lo que dictan las leyes.

Hemos visto campañas para exigir que las librerías retiren de la venta un libro perfectamente legal (y moñas). Es una exigencia aún mayor, ya no se pedía “dejar de leer”, o “no comprar el libro”, se pedía directamente eliminarlo del mercado. Yo critiqué esa campaña, muchos me respondieron que era “lícito”, pero el hecho es que se estaba exigiendo una enorme restricción a la libertad de expresión (también me acusaron de defender la homofobia). He leído a algunas de esas personas exigiendo a Twitter que no deben eliminar ningún tweet, bajo ningún concepto.

Pues, algunas de esas personas que hacen campañas para limitar la libertad de expresión (por los motivios que sean), ahora afirman que la libertad de expresión no tiene límites, y que nadie debería intentar ponerlos. Es tan grande la impostura que me daban ganas de… (perdonadme la frivolidad, creo que es la mejor expresión de lo que sentía al ver afirmaciones como esas).

Quizás sean comprensibles y a mi me falta empatía para comprender esas grandes contradicciones entre las acciones propias y lo que se exige a los demás. Puede ser. Pero, si el enfado y las exigencias son “lícitos” ¿por qué no dejan Twitter y se van a identi.ca? ¿por qué no dejan Facebook u otras redes que ya “censuran” en China y se buscan alternativas que sí existen? ¿cómo es que los que más se quejan suelen estar en todas las empresas a las que critican? (Google+, Facebook, Twitter). ¡Ah! es que perdemos seguidores y/o contactos con amigos! O sea ¿estás dejando de lado tus principios tan claros sólo por la comodidad? ¿y criticas que esas empresas que te dan el servicio gratis lo hagan por el negocio?. Otra gran impostura.

Si se toman cada una de estas contradicciones por separado, sería normal, todos las tenemos. Pero si las sumas a todas, es absolutamente de locos, se tiene un discurso público buenrollista completamente contradictorio con las acciones individuales. Ojo, no me refiero a actividades privadas (que me las suda, y no sé cuáles son, ni quiero saberlo), me refiero a opiniones y actividades públicas y publicadas, como hacer campañas para que se censure lo que consideran inmoral, por ejemplo.

Si se hubiese analizado con tranquilidad el tema, el anuncio de Twitter tiene una importancia que pasó casi desapercibida, nos estaba señalando -quizás involuntariamente- la dificultad de ser una plataforma internacional, y el acatamiento de leyes con diversos niveles de “censura” (o con límites a la libertad de expresión muy diferentes). Podría haber servido para reflexionar con tranquilidad sobre ello, y sobre nuestros propias diferencias personales y culturales de cuáles son los límites razonables a la libertad de expresión. Pero no, se usó para disparar contra Twitter, y luego para aquellos que no compartían la opinión apocalíptica (y contradictoria) de esa mayoría. Algún día, quizás, se pueda empezar a hablar con tranquilidad sobre estos temas complejos sin caer en tantas contradicciones, ni en el maniqueismo ese gurú que apoya la censura porque tiene una opinión diferente (quizás porque tiene el culo pelado de defender la libertad de expresión de los usuarios de su empresa). O mejor aún, quizás algún día actuemos en las redes de la misma forma que queremos que esas empresas actúen.

La libertad de expresión, y las imposturas


Rebaño digital y redes sociales y III

Cerramos la trilogía, pronto la "precuela"

"La animadversión hacia el entramado de industria y entidades de gestión es tal que un movimiento como el “copyleft”, absolutamente riguroso y escrupuloso en lo concerniente a licencias de software, se ciega y adopta formalmente una bochornosa doble moral respecto a contenidos audiovisuales se refiere". (DGA)

"Uno puede preguntarse: «Si bloggeo, twitteo y wikeo todo el tiempo, ¿cómo afecta a eso que soy?» o «Si la mente colmena es mi público, ¿quién soy yo?». Nosotros, los inventores de tecnologías digitales somos como comediantes de stand up o neurocirujanos en el sentido de que nuestro trabajo se hace eco de profundas cuestiones filosóficas; por desgracia, últimamente hemos demostrado ser malos filósofos" (Jaron Lanier)

(Las y los compañeros de Diagonal han tenido la amabilidad de dejar publicar este texto de DGA antes de que salga en su web. Por supuesto, ya es accesible en su edición impresa)

Cuando te pillaban leyendo una revista con gente desnuda, una salida solía ser el argumentar que en realidad la estabas consultando por sus artículos, recordemos que autores Ernest Hemingway, Norman Mailer o Woody Allen escribieron para Playboy. La cara que ponía el progenitor de turno al escuchar esa excusa era idéntica a la que se me pone ahora a mí, cuando leo como desde ámbitos de izquierdas o activistas se intenta relacionar Megaupload con la libertad de expresión o la cultura libre. En torno a MU el ruido que se ha generado es ensordedecor, y desde el principio se ha perdido el foco.

Megaupload es una empresa con sede en Hong Kong, cuyo modelo de negocio residía en proporcionar todo tipo de contenidos digitales, para los cuales ni las personas que los habían creado ni las empresas implicadas en su comercialización daban jamás su consentimiento para ello. Que hubiese gente que utilizase MU para transferir ficheros o para colgar materiales con licencias libres es anecdótico. MU se utilizaba para acceder a películas y series de manera gratuita o pagando una tarifa premium, para descargar más y más rápido. La industria sabrá por qué no impulsa plataformas que hicieran la competencia a este tipo de sitios de descargas, ya que es probable que un porcentaje de las personas que pagan por esas tarifas premium puede que lo hagan también por acceder a contenidos “legítimos”, si el precio fuera razonable.

Pero aquí salvo excepciones para casi nadie la preocupación es el futuro de la industria. Quien pone el grito en el cielo por el cierre de MU es una alianza de lo más peculiar: evidentemente, las y los respetables e indignados usuarios que pagaban (o no) por un servicio que al que ya no pueden acceder. Y además también ámbitos y personas relacionadas con la cultura libre. La animadversión hacia el entramado de industria y entidades de gestión es tal que un movimiento como el “copyleft”, absolutamente riguroso y escrupuloso en lo concerniente a licencias de software, se ciega y adopta formalmente una bochornosa doble moral respecto a contenidos audiovisuales se refiere.

Mucha gente parece haber olvidado algo absolutamente elemental, en lo que ya se hacía hincapié al convertirse en productos de consumo masivo los programas de Microsoft: los Windows y los clásicos Office sin licencia no fomentan el software libre, fomentan el todo gratis, exactamente como lo hacen ahora empresas como Megaupload con contenidos diferentes al software.

Jaron Lanier alerta en su libro “El rebaño digital” de lo que provocadoramente etiqueta como “totalitarismo cibernético”: una mentalidad y actitud de rebaño en lo que a contenidos digitales se refiere. Parece que ya no existe el término medio, como también reflejaba Isaac Rosa recientemente en Público (“ni como internauta me siento seguro con el FBI apatrullando la Red; ni como creador me gustan los listos que se montan el negocio con el trabajo ajeno”), hay un diálogo de sordos entre el todo gratis y los excesos de industria de entidades de gestión por otro.

En vez de hablar de MU, podríamos debatir sobre cosas más productivas. Ahora las entidades de gestión recaudan por obras libres quiera o no quiera el autor. El canon digital se ha “nacionalizado” y ahora es aún más indiscriminado que antes, ya que se pagará vía presupuestos generales del estado. No hay entidades de gestión o formas análogas a sindicatos para defender a autores que quieran superar modelos obsoletos de propiedad intelectual. ¿Nos salimos del rebaño y encaramos todos estos temas, por favor?

MU: el sonido del rebaño


El lenguaje es el espejo del alma; la manera en que un hombre habla, así es él. Publio Sirio

Los fragmentos no son personas

En torno al arranque del siglo xxi algo empezó a salir mal en la revolución digital. La red se vio inundada de diseños intrascendentes llamados a veces web 2.0. Esta ideología promueve la libertad radical en la superficie de la red, pero, irónicamente, esa libertad va más dirigida a las máquinas que a las personas. No obstante, a veces se alude a ella como «cultura abierta».

Los comentarios anónimos en blogs, los vídeos de bromas insustanciales y los popurrís intrascendentes pueden parecer triviales e inofensivos, pero, en conjunto, esa forma de comunicación fragmentaria e impersonal ha degradado la interacción interpersonal.

Ahora la comunicación suele experimentarse como un fenómeno sobrehumano que se eleva por encima de los individuos. Una nueva generación ha llegado a la mayoría de edad con una expectativa limitada de lo que una persona puede ser y de aquello en lo que cada persona puede llegar a convertirse.

Lo más importante de una tecnología es cómo cambia a las personas Cuando trabajo con gadgets digitales experimentales, como las nuevas versiones de realidad virtual, en un entorno de laboratorio, eso siempre me recuerda cómo los pequeños cambios en los detalles de un diseño digital pueden tener efectos profundos e imprevistos en la experiencia de los humanos que interactúan con él. El más mínimo cambio en algo tan trivial en apariencia como la facilidad de uso de un botón a veces puede alterar por completo las pautas de comportamiento.

Por ejemplo, el investigador de la Universidad de Stanford Jeremy Bailenson ha demostrado que el hecho de cambiar la altura del avatar de una persona en una realidad virtual inmersiva transforma su autoestima y la percepción social de uno mismo. La tecnología es una extensión de nosotros mismos y, al igual que los avatares del laboratorio de Jeremy, nuestras identidades pueden ser alteradas por los caprichos de los gadgets. Es imposible trabajar con tecnología de la información sin involucrarse al mismo tiempo con la ingeniería social. Uno puede preguntarse: «Si bloggeo, twitteo y wikeo todo el tiempo, ¿cómo afecta a eso que soy?» o «Si la mente colmena es mi público, ¿quién soy yo?». Nosotros, los inventores de tecnologías digitales somos como comediantes de stand up o neurocirujanos en el sentido de que nuestro trabajo se hace eco de profundas cuestiones filosóficas; por desgracia, últimamente hemos demostrado ser malos filósofos. Cuando los desarrolladores de tecnologías digitales diseñan un programa que te pide que interactúes con un ordenador como si fuera una persona, lo que están haciendo al mismo tiempo es pedirte que aceptes en lo más recóndito de tu cerebro que tú también podrías ser concebido como un programa. Cuando diseñan un servicio de internet editado por una masa anónima enorme, están dando a entender que una masa arbitraria de humanos es un organismo con un punto de vista legítimo.

Distintos diseños estimulan distintos potenciales de la naturaleza humana. Nuestros esfuerzos no deberían estar dirigidos a lograr que la mentalidad de rebaño sea lo más eficiente posible. En cambio, sí deberíamos tratar de inspirar el fenómeno de la inteligencia individual. «¿Qué es una persona?» Si supiera la respuesta, podría programar una persona artificial en un ordenador. Pero no puedo. Una persona no es una fórmula fácil, sino una aventura, un misterio, un salto hacia la fe.

Optimismo

Sería duro para cualquiera, y ni qué decir para un tecnólogo, levantarse cada mañana sin fe en que el futuro puede ser mejor que el pasado. En los años ochenta, cuando internet solo estaba al alcance de un pequeño número de pioneros, solía enfrentarme con personas que tenían miedo de que esas tecnologías extrañas en las que yo estaba trabajando, como la realidad virtual, desataran los demonios de la naturaleza humana. Por ejemplo, ¿la gente se volvería adicta a la realidad virtual como si se tratara de una droga? ¿Se quedarían atrapados en ella, incapaces de volver al mundo físico donde vivimos el resto de las personas? Algunas de esas preguntas eran tontas y otras, clarividentes.

Cómo influye la política en la tecnología de la información En aquel entonces yo formaba parte de una alegre banda de idealistas. Si en los años ochenta hubieras quedado para comer conmigo y con John Perry Barlow, que se convertiría en cofundador de la fundación Electronic Frontier, o con Kevin Kelly, que terminaría siendo el editor fundador de la revista Wired, nos habrías escuchado dando vueltas en torno a todas esas ideas. Los ideales son importantes en el mundo de la tecnología, pero el mecanismo a través del cual influyen en los acontecimientos es distinto que en el resto de las esferas de la vida. Los tecnólogos no usamos la persuasión para influir sobre los demás; o al menos no lo hacemos demasiado bien. Entre nosotros hay unos pocos comunicadores de nivel (como Steve Jobs), pero la mayoría no somos especialmente persuasivos.

Nosotros desarrollamos extensiones de tu existencia, como ojos y oídos a distancia (webcams y teléfonos móviles) y una memoria ampliada (el mundo de datos que se pueden consultar en la red). Esos elementos se convierten en las estructuras mediante las que te conectas con el mundo y con otras personas. Esas estructuras, a su vez, pueden cambiar tu concepción de ti mismo y del mundo. Jugueteamos con tu fi losofía manipulando tu experiencia cognitiva directamente, no de forma indirecta a través de la discusión. Basta con un pequeño grupo de ingenieros para crear una tecnología que moldee el futuro de la experiencia humana a velocidad increíble. Por lo tanto, antes de que se diseñen esas manipulaciones directas, desarrolladores y usuarios deberían mantener una discusión crucial acerca de cómo construir una relación humana con la tecnología. Este libro trata de esas discusiones. El diseño de la red tal como la conocemos hoy día no era inevitable. A principios de los noventa había decenas de intentos creíbles en pos de un diseño capaz de presentar la información digital en red de una manera más popular. Compañías como General Magic y Xanadu diseñaron proyectos alternativos con cualidades fundamentalmente distintas que no llegaron a buen puerto.

Una sola persona, Tim Berners-Lee, vino a crear el diseño particular de la red tal como la conocemos hoy. Tal como fue presentado, el diseño de la red era minimalista, en el sentido de que presumía lo menos posible sobre cómo sería una página web. Además, era abierto, pues la arquitectura no daba preferencia a ninguna página por encima de otra, y todas las páginas eran accesibles a todos. También hacía hincapié en la responsabilidad, ya que solo el propietario de un sitio web era capaz de garantizar que su sitio estuviera disponible.

La motivación inicial de Berners-Lee era dar servicio a una comunidad de físicos, no a todo el mundo. Aun así, los primeros usuarios adoptaron el diseño de la red en un ambiente muy infl uido por discusiones de tono idealista. En el período anterior al nacimiento de la red, las ideas en juego eran radicalmente optimistas y adquirieron fuerza en la comunidad, y luego en el mundo en general.

Puesto que al crear tecnologías de la información inventamos muchas cosas de la nada, ¿cómo decidimos cuáles son mejores? La libertad radical que hallamos en los sistemas digitales plantea un reto moral desconcertante. Lo inventamos todo, entonces, ¿qué es lo que vamos a inventar? Por desgracia, ese dilema -el de tener tanta libertad- es ilusorio.

A medida que un programa aumenta en tamaño y complejidad, el software puede convertirse en una maraña cruel. Cuando intervienen otros programadores, puede resultar un laberinto. Si uno es lo bastante listo, puede crear un programa pequeño desde cero, pero se requiere mucho esfuerzo (y algo más que un poco de suerte) para modificar con éxito un programa grande, sobre todo si otros programas dependen de él. Incluso los mejores equipos de expertos en desarrollo de software se topan periódicamente con montones de disyuntivas y problemas de diseño.

Es encantador desarrollar programas pequeños en soledad, pero el proceso de mantener un software a gran escala siempre resulta deprimente. Por eso, la tecnología digital sume a la psique del programador en una especie de esquizofrenia. Se produce una confusión constante entre los ordenadores reales y los ordenadores ideales.

A los tecnólogos les gustaría que todos los programas se comportaran como un nuevo programa pequeño y divertido, y están dispuestos a utilizar cualquier estrategia psicológica a su alcance para evitar pensar en los ordenadores de forma realista.

El carácter precario de los programas informáticos en desarrollo puede hacer que algunos diseños digitales queden congelados por un proceso conocido como lock in, o anclaje. Esto ocurre cuando se diseñan muchos programas de software para que trabajen con uno ya existente. Modifi car de forma signifi cativa un software cuando muchos otros programas dependen de él es el proceso más difícil de llevar a cabo. Por eso casi nunca se hace.

Adelantamos las primeras páginas de Contra el rebaño digital (Debate, 2011), el libro-manifiesto de Jaron Lanier que ataca las que denuncia como tendencias inhumanas y totalitarias de la web 2.0 y la cultura abierta

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