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¡Pero no vengan a ayudar!

Sábado.24 de septiembre de 2016 99 visitas Sin comentarios
Pedro García Olivo presenta un texto de Iván Illich. #TITRE

Palabras intempestivas contra el misionerismo occidental, la raíz del “trabajo social”, el turismo solidario y otras sórdidas filantropías de los acomodados (Illich, 1968).

En ocasiones se convoca a los exponentes de la crítica radical para que pongan la sal o la pimienta en un plato precocinado. Puede pasar que ejerzan de “buenos demonios”, se contengan y hasta contribuyan a realzar el sabor del menú. Pero puede ocurrir también, que, por una revuelta de su ser escindido, un día desacaten las reglas del juego, se pasen a posta en el picante y hasta tiren del mantel arruinando la velada.
Eso hizo Iván Illich en la ocasión que referimos... Hablaba a “voluntarios” internacionalistas, a jóvenes norteamericanos que se disponían a saltar a México para “ayudar” a los campesinos pobres; y tomaba la palabra, como orador principal, en un foro diseñado para estimular esos afanes “bienintencionados”.

Pasándose en la pimienta, Illich desveló la infamia de todo misionerismo occidental, como el que funda el llamado “trabajo social”, la turbiedad del turismo solidario y la trastienda deplorable de la filantropía de los acomodados. Señaló la vocación altericida, “occidentalizadora” (“pedagogista”, diríamos nosotros), de tales proyectos “bienhechores”, de semejantes afanes de cooperación.

AL DIABLO CON LAS BUENAS INTENCIONES

Discurso de Iván Illich frente al CIASP (Conference on InterAmerican Student Projects), en Cuernavaca, Morelos, México

En las conversaciones sostenidas hoy, me impresionaron dos cosas que quiero comentarles antes de presentarles mi discurso preparado... Me impresionó que reconocieran que la motivación de los voluntarios estadounidenses en otros países proviene en su mayor parte de sentimientos y conceptos muy alienados. De igual manera, me impresionó lo que llamo "un paso hacia adelante" entre algunos de los quieren ser voluntarios: están abiertos a la idea de que lo único por lo que cabe ser voluntario en América Latina es por la deliberada ausencia de voluntad de poder, al modo de una presencia desinteresada en tanto receptores. Como tales esperamos que sean amados o adoptados, pero sin ninguna posibilidad de que ustedes devuelvan el regalo...

Me impresionó también la hipocresía de la mayoría de ustedes: la hipocresía de la atmósfera que domina aquí. Lo digo como un hermano que habla con sus hermanos y hermanas. Lo digo con mucha resistencia dentro de mí mismo, pero se debe decir. Su conocimiento, su estar abierto a las evaluaciones de los programas del pasado, los convierte en hipócritas, dado que la mayoría de ustedes ha decidido ya pasar el próximo verano en México. Cierran los ojos porque quieren seguir adelante y no lo podrían hacer si se fijaran en algunos detalles. Es posible que esta hipocresía sea inconsciente en bastantes de ustedes. Intelectualmente están preparados para reconocer que las motivaciones que pueden haber legitimado las acciones de voluntarios fuera de los Estados Unidos en el 63, no pueden ser invocadas para la misma acción en el 68.

Al comienzo de la década, para los estudiantes estadounidenses bien situados, las “vacaciones con misión’” entre mexicanos pobres era la cosa que había que hacer: la preocupación sentimental por la recien descubierta pobreza al sur de la frontera, combinada con una ceguera total frente a la pobreza mucho peor que se daba en casa, justificaba tales excursiones benevolentes. El conocimiento intelectual de las dificultades de una acción solidaria fructífera no había hecho mella en el espíritu de los Cuerpos de Paz Voluntarios, de estilo papal o de factura propia. Hoy en día, la existencia de organizaciones como la vuestra es una ofensa para México.

Quería hacer esta declaración para explicar por qué me siento mal en relación con ello y para despertar su consciencia acerca de que las buenas intenciones no tienen mucho que ver con lo que estamos discutiendo aquí.... Al infierno con las buenas intenciones. Esa es una declaración teológica. Con sus buenas intenciones no ayudarán a nadie. Según un dicho irlandés, “el camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones”.

La frustración que la participación en los programas CIASP puede significar para ustedes podría llevarlos a nuevos conocimientos: la constatación, por ejemplo, de que los mismos estadounidenses pueden recibir el regalo de la hospitalidad campesina sin la menor posibilidad de pagar por ella, o el conocimiento de que para algunos regalos ni siquiera cabe decir "gracias".

Ahora paso a mi disurso preparado...

Señoras y Señores, durante los últimos seis años me he hecho famoso por mi creciente oposición a la presencia de algún y de todos los “bienhechores” estadounidenses en Latinoamérica. Estoy seguro que saben de mis esfuerzos actuales para conseguir la retirada motu propio de todos los ejércitos de voluntarios estadounidenses de América Latina —misionarios, miembros de los Cuerpos de Paz y grupos como el de ustedes, una “división” organizada para la invasión benevolente de México.

Ustedes estaban conscientes de estas cosas cuando me invitaron, entre todos los participantes, a ser el orador prinicipal de su convención anual. Esto es asombroso... Solo me queda concluir que su invitación significa una de, al menos, tres cosas: Que algunos de entre ustedes pudieran haber llegado a la conclusión de que la CIASP debería o disolverse o bien retirar la promoción de ayuda para los mexicanos pobres de sus propósitos institucionales. Por ello me podrían haber invitado para ayudar a otros a alcanzar la misma decisión. También me podrían haber invitado para descubrir cómo tratar con las personas que piensan de la misma manera que yo —cómo discutir exitosamente con ellos. Ahora es cosa común que se invite a los portavoces del movimiento Black Power para que se dirijan a los Clubes de Leones. Siempre es necesario incluir una “paloma” en la discusión pública organizada a fin de aumentar la beligerancia de los EEUU... Finalmente, me podrían haber invitado con la esperanza de lograr estar de acuerdo con la mayor parte de lo que digo, y luego seguir adelante con buena fe en la empresa, trabajando a lo largo de este verano en los pueblos de México. Esta última posibilidad está abierta solamente para aquellos que no escuchan o que no pueden entenderme... No vine aquí para pelear. Estoy aquí para hablarles y, si es posible, convencerles. Y espero disuadirles de imponerse pretenciosamente sobre los mexicanos.

Estoy profundamente convencido de la buena voluntad del voluntario estadounidense. Sin embargo, su buena fe se puede explicar usualmente por una falta abismal de delicadeza intuitiva... Por definición, no pueden “ayudar” apareciendo, en última instancia, como vendedores del American Way of Life, el estilo de vida de la clase media, que se va de vacaciones; y esa es la única vida que realmente conocen. Un colectivo como este no pudo haberse desarrollado sin el apoyo de un sentimiento común: la convicción de que cualquier verdadero americano ha de compartir con sus compañeros más pobres los regalos que recibió de Dios. La idea de que cada uno de los americanos tiene algo que dar y de que siempre tiene permiso para darlo, por lo que puede y debe darlo, explica cómo se les ocurrió a estos estudiantes que estaba en sus manos contribuir al “desarrollo” de los campesinos mexicanos, pasando unos cuantos meses en sus poblados. Naturalmente, esta convicción sorprendente fue respaldada por los miembros de una orden misionera, que compartía la misma percepción con sus compañeros más pobres a no ser que abrigara otra idea, todavía más temible...

Ha llegado el momento de curar a ustedes de este mal. Ustedes y los valores que representan son el producto de una sociedad americana de productores y consumidores, con su dinámica de dos partidos, su sistema escolar universal y su flujo de carros de familia. Son, por último, conscientemente o inconscientemente, “vendedores” de entradas para un ballet despistador de ideas de democracia, de igualdad de oportunidades y de libre empresa entre personas que no tienen la posibilidad de beneficiarse de nada de eso.

Después del dinero y de las armas, el idealista estadounidense es el tercer bien de exportación más grande de los Estados Unidos. Este aparece en cualquier teatro del mundo: el maestro, el voluntario, el misionario, el organizador de la comunidad, el desarrollador económico y los vacacionistas solidarios. En lo teórico, estas personas definen su rol como “de servicio”. En la práctica, terminan frecuentemente aliviando el daño causado por el dinero y por las armas, o “seduciendo” a los nombrados “subdesarrollados” con los beneficios del mundo de la prosperidad y de los logros.

Tal vez para las gentes estadounidenses ha llegado la hora de llevar a casa la comprensión de que el tipo de vida que han elegido vivir no está lo suficientemente vivo como para merecer ser compartido. A ningún americano debería escapar la certeza de que los Estados Unidos están inmersos en una tremenda lucha por la supervivencia. Los Estados Unidos no pueden sobrevivir si el resto del mundo no ha sido persuadido de que aquí tenemos el Cielo en la tierra. La sobrevivencia de los Estados Unidos depende de que todos los así llamados “hombres libres” admitan la idea de que la clase media estadounidense “lo hizo”, lo logró... El tipo de vida de los estadounidenses se ha convertido en una religión que ha de ser aceptada por todos aquellos que no quieren morir bajo la espada —o por el napalm. En todo el planeta, los Estados Unidos luchan para proteger y acrecentar por lo menos a una minoría que consuma lo que la mayoría de los estadounidenses pueden de hecho pagarse. Este es el propósito de la Alianza para el Progreso (progreso de la clase media) que los Estados Unidos firmaron con América Latina hace algunos años. Sin embargo, esta alianza comercial a menudo debe ser defendida por las armas, para permitir a la minoría exitosa proteger sus adquisiciones y sus logros. Ahora bien, con las armas no basta para conseguir que la minoría se afiance en el gobierno. Las masas marginadas se vuelven agrestes a menos de que se les suministre un Credo, una creencia que justifique el estatus quo... Y esa es la tarea asignada al voluntario estadounidense —da igual que se presente como miembro de la CIASP o como trabajador del llamado “Programa de Pacificación” en Vietnam o en cualquier otra parte del mundo.

Para afirmar sus ideales de una democracia orientada hacia la adquisición y el logro, los Estados Unidos están involucrados actualmente en una lucha en tres frentes. Digo “tres” frentes puesto que son tres las grandes áreas del mundo que están desafiando la validez de un sistema político y social que hace aún más ricos a los ricos y que margina paulatinamente a los pobres. En Asia, los Estados Unidos están amenazados por un poder establecido: China. Los Estados Unidos se oponen a China también con tres armas: las diminutas élites asiáticas que no podrían tener mejor suerte que una asociación con los Estados Unidos; una inmensa máquina de guerra para obstruir a los chinos en su afán de “tomar el poder”, como se dice comúnmente en este país; y la reeducación forzada y permanente de las llamadas personas “pacificadas”. Aparentemente, las tres iniciativas están fracasando... En Chicago, por otra parte, los fondos para combatir la pobreza, las fuerzas policíacas y los predicadores parecen no progresar mucho con sus esfuerzos, constatando la falta de voluntad de la comunidad negra para esperar sin más su integración graciosa en el sistema. Finalmente, en América Latina, la Alianza para el Progreso ha tenido bastante éxito en lo que respecta al fortalecimiento de las personas a las que ya les iba muy bien de hecho —las diminutas élites de las clases medias—, y ha creado las condiciones ideales para la irrupción de las dictaduras militares. Anteriormente, los dictadores estaban al servicio de los dueños de las plantaciones, ahora protegen los nuevos complejos industriales...

Y, finalmente, ¡ustedes vienen a ayudar, vienen para ayudar a que el vencido acepte su destino en todo este proceso! Todo lo que harán en un poblado mexicano será crear desorden. En el mejor de los casos, pueden procurar convencer a las chicas mexicanas de que deberían casarse con un joven exitoso, rico, con un cosumidor compulsivo que padece una falta tan grave de respeto por la tradición, como cualquiera de ustedes. En el peor de los casos, con su afán de “desarrollo de la comunidad” crearán los suficientes problemas para que alguien muera acribillado, tiroteado por pistoleros, después de que ustedes, terminadas sus vacaciones, se apresuren a regresar a sus característicos barrios de clase media, donde sus amigos gustan de bromear a propósito de los “espaldas mojadas”.

Comienzan su tarea sin ningún entrenamiento. Sabido es que el Cuerpo de Paz gasta alrededor de $ 10.000 por cada miembro del Cuerpo para ayudarle a adaptarse a su nuevo ambiente y para protegerle del choque cultural. ¡Qué raro que nadie nunca pensara en gastar dinero para educar a los mexicanos pobres en relación con sus intenciones y para protegerlos del choque cultural de conocerles a ustedes!

De hecho, ni siquiera podrán “encontrarse” con esa mayoría a la que pretenden servir en América Latina —aunque hablaran su idioma, lo que la mayor parte de ustedes no es capaz de hacer. Podrán dialogar solamente con aquellos que ya se parecen a ustedes —imitaciones latinoamericanas de la clase media estadounidense. Para ustedes no hay manera de encontrarse realmente con los subprivilegiados, dado que no existe una base común para que se efectúe ese encuentro.

Permítanme explicar esta declaración y explicar también por qué la mayoría de los latinoamericanos con quienes ustedes podrían establecer una comunicación, estarían en desacuerdo conmigo. Supongan que este verano ustedes acudirían a un gueto estadounidense desde donde procurarían impulsar a los pobres de ahí a “ayudarse ellos mismos”. Pronto les escupirían o se reirían en sus caras. Personas ofendidas por sus pretenciones les golpearían. Otras gentes, entendiendo que es su propia mala consciencia la que los avienta a este gesto, sonreirían condescendientemente. Pronto se les aclarararía su irrelevancia entre los pobres, su estatus de estudiantes universitarios de clase media con una asignatura para el verano. Se les rechazaría contundentemente, sin importar si su piel es blanca, como son los rostros de la mayoría aquí presente; o morena, o negra, como en estas pocas excepciones de los que, de alguna manera, se han infiltrado aquí.

Los reportes sobre su trabajo en México, que me han enviado tan amablemente, sudan autocomplacencia. Sus informes sobre el verano pasado testimonian que ni siquiera han sido ustedes capaces de entender que su “buenhacer” en un poblado mexicano es aún menos relevante de lo que lo sería en un gueto estadounidense.

No solamente se abre un abismo entre lo que ustedes tienen y lo que los otros tienen, abismo aún más grande que aquel que existe entre ustedes y los pobres de su propio país: también hay una distancia incomparablemente mayor entre lo que sienten y lo que los mexicanos sienten. Esta diferencia es tan grande que en un poblado mexicano ustedes, en tanto americanos blancos (o culturalmente americanos blancos), se pueden imaginar en la misma situación que conocía un predicador blanco cuando, ofreciendo su vida, se dirigía a los esclavos negros en una plantación de Alabama.

El hecho de que vivan en chozas y que coman tortillas durante unas cuantas semanas solo hace un poco más pintoresco a su grupo “bienintencionado”. Las únicas personas con quienes pueden aspirar a establecer una comunicación real son, insisto, algunos miembros de la clase media. Y recuerden, por favor, que dije “algunos”, referiéndome a una diminuta élite en América Latina.

Ustedes proceden de un país tempranamente industrializado que ha logrado enrolar a la mayoría de sus ciudadanos en la clase media. En los Estados Unidos, el haber concluido el segundo año de estudios universitarios no supone ninguna distinción social. De hecho, la mayoría de los americanos ostenta ahora ese nivel de escolaridad. En ese país, cualquiera que no haya terminado la preparatoria es considerado como subprivilegiado. En América Latina, la situación es bastante diferente: el 75 % de la población abandona la escuela antes del sexto año. Consecuentemente, las personas con la preparatoria terminada constituyen una pequeña minoría. Luego, una minoría dentro de esta minoría continúa su educación y se inscribe en alguna universidad. Entre estas personas encontrarán a sus educativamente iguales. Al mismo tiempo, mientras la clase media aglutina a la mayoría social en los Estados Unidos, en México representa a una élite raquítica.

Hace siete años, su país inauguró y financió la llamada “Alianza para el Progreso”. Fue, en efecto, una “alianza para el progreso”, pero para el progreso de las élites de la clase media. Pues bien, entre los miembros de esta clase media encontrarán a las pocas personas dispuestas a compartir su tiempo con ustedes. Coincidentemente, se trata de esos “niños buenos” a quienes también les encantaría, para calmar sus consciencias agitadas, “hacer algo bonito por la promoción de los pobres indígenas”.

Naturalmente, cuando ustedes y sus contrapartes mexicanas se reúnan, se les contará que están realizando algo valioso, que se están “sacrificando” para ayudar a los otros. Y será el sacerdote extranjero el que confirmará especialmente la imagen que ustedes quieren guardar de sí mismos. Después de todo, la subsistencia de ese sacerdote y el sentido de su propósito dependen de su firme creencia en una misión de año completo, de la misma naturaleza que la misión de verano a que se consagran ustedes.

Existe el argumento de que algunos voluntarios regresan habiendo obtenido consciencia del daño que han provocado a los otros y que, de ese modo, se convierten en personas más maduras. Sin embargo, se menciona menos frecuentemente que la mayoría de ellos están ridículamente orgullosos de sus “sacrificios de verano’”. Posiblemente también hay algo de cierto en el argumento de que los hombres jóvenes deberían ser promiscuos por una época, para darse cuenta de que el amor sexual es más bello en una relación monógama. O que la mejor manera de liberarse del LSD es entregarse a él por un rato. O que el mejor modo de comprender que su ayuda en el gueto no es necesaria ni solicitada es ensayarla y fracasar... Pero no estoy de acuerdo con tales argumentos. El daño que los voluntarios causan involuntariamente es un precio demasiado alto para reconocer que, en primer lugar, no deberían haberse hecho voluntarios.

Si tienen el menor sentido de la responsabilidad, quédense en casa, por favor, con sus revueltas. Esperen a las siguientes elecciones: sabrán entonces lo que hacen, por qué lo hacen y cómo comunicarse con aquellos que los atienden. Y sabrán cuándo fallan... Si insisten en trabajar con los pobres, si esa es su vocación, entonces trabajen con los pobres aún capaces de decirles que se vayan al diablo. Es increíblemente injusto que ustedes se impongan en un poblado donde serán tan sordos y tan mudos, lingüísticamente hablando, que ni siquiera comprenderán lo que en verdad están haciendo y lo qué piensan las demás personas de ustedes. Y se hacen a ustedes mismos un daño profundo cuando presentan algo que quieren hacer, un objeto de su deseo personal, como “el bien”, “un sacrificio” o “la ayuda”.

Estoy aquí para sugerirles que renuncien voluntariamente a ejercer el poder que les asiste por ser norteamericanos. Estoy aquí para recomendarles que renuncien consciente, libre y humildemente al derecho legal que se les presta para imponer su “benevolencia” a México. Estoy aquí para desafiarlos a que admitan su ineptitud y su falta de capacidad para obrar “el bien” como proclaman. Estoy aquí para invitarles a usar su dinero, su estatus y su educación en viajes por América Latina. Vengan a ver, vengan a escalar nuestras montañas, disfruten de nuestras flores. Vengan a estudiar, si quieren. ¡Pero no vengan a ayudar! (20 de Abril del 1968).

Fuente: https://www.facebook.com/pgarciaoli...

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