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Numax, nuestra universidad. Conversación con Joaquim Jordá.

Viernes.15 de septiembre de 2006 3716 visitas - 3 comentario(s)
Por MARINA GARCÉS, profesora en la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas #TITRE

MARINA GARCÉS

En 1979, Joaquim Jordá filmó un documental sobre la experiencia de autogestión que
llevaron a cabo los trabajadores de la fábrica de electrodomésticos Numax, como
respuesta al intento de cierre irregular por parte de los propietarios. El documental se
llevó a cabo por voluntad de la misma Asamblea de Trabajadores de Numax que, ya
casi al final de su existencia, decidió invertir las últimas 600.000 pesetas de la caja de
resistencia en registrar el proceso que entre todos habían protagonizado.
Ahora [este texto es del 2005], Joaquim Jordá ha rodado Veinte años no es nada, un documental que pretende
reconstruir la historia de los últimos veinticinco años de España a partir del recorrido
vital de las personas que protagonizaron la experiencia autogestionaria de la fábrica
Numax.

En 1979, la cámara de Joaquim Jordà recogió la experiencia del grupo de trabajadores
que colectivizó y autogestionó la fábrica Numax en Barcelona. Veinticinco años
después, la misma cámara asiste a su reencuentro. Entre sus años de lucha colectiva y la
dispersión de sus vidas actuales median los deseos “de una gente que luchó por dejar de
ser clase obrera sin renunciar a la experiencia vivida en la fábrica”. Jordà los captó
entonces, cuando hartos de competir y de autoexplotarse, los trabajadores de la fábrica
autogestionada decidieron traspasarla: no volver a trabajar para otro, realizar un trabajo
con sentido, irse al campo, seguir luchando... ¿Qué se hizo de aquellos anhelos? ¿Qué
ocurrió con esas vidas que en el espacio de la fábrica se habían politizado? Jordà
sintetiza: “Quizá no hicieron todo lo que querían, pero no hicieron nada que no
quisieran hacer”. Veinte años no es nada, la película que Jordà ha estrenado en
noviembre de 2005, es un homenaje a la dignidad anónima de la clase obrera que fue
derrotada.

Perdieron, pero no fracasaron. “No me interesaba contar la historia de un
fracaso. Me interesaba explicar que dentro de la mediocridad y del horror que han sido
los últimos veinticinco años, ellos habían sabido mantener una cosa: la idea de que no
podían caer en determinadas bajezas, no podían ser engañados, que eran responsables de
mantener una historia que habían vivido. Una historia ejemplar”.
Como no se cansan de repetir en Veinte años no es nada, Numax fue para ese grupo de
trabajadores su universidad. Conversando con Joaquim Jordà en su piso de Barcelona
una tarde de diciembre, acercándonos con él a la experiencia colectiva de estas dos
películas, descubrimos que Numax es también una universidad para nosotros. Por un
lado, porque nos muestra un proceso de politización radicalmente autónomo que no se
explica por el peso de la ideología sino por la capacidad de invención y de creación que
tienen unas vidas puestas en común. Por otro lado, porque nos sitúa en una historia que
es la nuestra: la historia acallada de la transición española, como una historia de
desencanto y de traición.
“Viví el mundo obrero en su capacidad de organización y de revuelta”, afirma Jordà
recordando la experiencia de Numax presenta.

“Para el movimiento obrero clásico,
Numax presenta era una película perdedora. Lo que para mí era una victoria, para ellos
era una derrota”. Esta victoria, como confirma la segunda película, es la de un
aprendizaje de vida al que no se puede renunciar. “En Numax, la idea fundamental era
la de grupo. Lo que aprendieron fue a mantener la cohesión a través de la asamblea. A
partir de esta experiencia de grupo, cada uno se enriqueció personalmente.
Paradójicamente, aprendieron a ser un individuo. Lejos de lo que se dice de que la lucha
obrera masifica y despersonaliza, en Numax se da otra experiencia. Unos tenían ya una
biografía, otros no. Pero todos viven un proceso personal a través de lo colectivo. Cada
uno sale de Numax con su propio título”. Su proceso político es un proceso de
dignificación junto al otro, en una lucha común. Lejos de las lógicas clásicas de la
adhesión al movimiento obrero, sus consignas y sus directrices, en Numax se descubre
la violencia del trabajo asalariado a través de la propia vida, cuando ésta se reconoce en
un problema común. Por eso, la crítica de los trabajadores de Numax no puede
detenerse en una crítica externa al capitalismo.

Se formula necesariamente como una
crítica al trabajo y a su régimen de dominación sobre la vida. “El concepto de segunda
explotación fue para mí un descubrimiento. Que otro me dé con el látigo, pase, pero que
sea yo mismo, no. Esto es lo que les hace salir de ahí. Además, se descubren haciendo
un trabajo que ni les interesa ni les importa. ¿Qué tiene que ver con ellos un ventilador o
un coce-huevos? ¿Y cómo venderlos a otros trabajadores si los hay mejores y más
baratos? Vendiendo electrodomésticos innecesarios, sienten que están engañando a sus
propios compañeros. Es lo que van aprendiendo a lo largo de estos dos años de
autogestión. Descubren que el trabajo no dignifica y que además están haciendo cosas
absurdas”. Sus vidas, arrancadas colectivamente de la sumisión y de las servidumbres
de supervivencia, quieren más. Un plus de sentido político y personal, individual y
colectivo. Es lo que se expresa en los deseos que cierran Numax presenta.

Promesas para unas vidas que han decidido poner fin, por sí mismas, a su conquista precaria, a su
viaje de la autogestión a la autoexplotación... para ir más allá.
Este espíritu colectivo, en el que la singularidad de cada uno se compone con la de los
demás, había encontrado en la fábrica sus coordenadas. “La fábrica es tener cuatro
paredes. Darse un espacio y un tiempo”. Veinticinco años después la fábrica ha
desaparecido y las vidas de los trabajadores de Numax, irreversiblemente marcadas, se
deslizan por el espacio reticular del nuevo capitalismo. Su dispersión biográfica es una
metáfora del aislamiento en el que se juega cada uno la vida en la sociedad-red. La
desaparición de la fábrica, como espacio de lucha política, y la posterior personalización
de nuestros recorridos laborales y vitales a través de la precariedad han borrado de
nuestra geografía política los espacios donde hacer experiencia de lo común. “Hoy
tenemos una suma de aventuras personales que se encuentran en un determinado
momento para hacer algo. Es un cambio fundamental”.

En Veinte años no es nada, los
obreros de Numax se han convertido en taxistas, maestras, artesanos, monjas, abogados,
cocineros, hippies de montaña, comerciales... Cada uno con su historia, cada uno con su
batalla personal. Sin embargo, todos guardan el secreto que comparten y que les hace
vivir con la cabeza alta: “un día luchamos”.
Entre todos ellos, una historia cautiva y monopoliza la mirada de Jordà: la de Juan y
Pepi, la pareja que junto a otros compañeros se convirtieron, durante los primeros años
de la transición, en atracadores. “Es la historia más consecuente. Es la historia que lleva
a la práctica lo que todos los demás han pensado. Habían organizado un enfrentamiento
colectivo con el capital que la transición les había hecho perder. Algunos la continuaron
individualmente a través de lo que entonces llamaban expropiaciones y ahora atracos”.

Estos atracadores sociales son los que llevan hasta el extremo y con toda literalidad la
crítica al trabajo que habían hecho juntos en Numax. Hasta el punto de que Juan,
gravemente enfermo, “tiene un sueño infantil: ser el héroe de la clase obrera, el que
mata al ministro del gobierno que los ha traicionado”. Como muestra Veinte años no es
nada
, Juan exige la presencia de Barrionuevo en su último atraco. Acabar con él y con
lo que representa es el punto álgido y desesperado de unas vidas rotas que “han llegado
a ver cosas que no pueden olvidar”.

¿Hay marcha atrás? Ésta es una de las preguntas que silenciosamente nos acompañan
viendo Veinte años no es nada. ¿Se puede volver a la normalidad cuando se han
cambiado de raíz las reglas del juego? ¿Se puede soportar el peso de la mediocridad, de
la competitividad, de la batalla en solitario por la supervivencia cuando se ha vivido la
potencia de la creatividad y de la inteligencia colectiva? Juan Manzanares señala un
camino, el del que sabe que solo puede seguir avanzando hasta caer abatido. Pepi y con
ella el resto de compañeros muestran, con sus vidas heridas, que puede haber una
dignidad en el anonimato. “No les pueden engañar”, dice Jordà.
No les pueden engañar porque ellos fueron parte protagonista de las luchas de la
transición y de sus sueños traicionados.

Veinte años no es nada es, entre otras muchas
cosas, una lectura de la transición, una mirada sobre la historia reciente de España que
no necesita de análisis externos ni de voces en off. La elocuencia de Jordà se concentra
en un puñado de vidas que hablan por sí mismas. No son su objeto de análisis, son un
sujeto de enunciación que sabe que “solo escucha quien te quiere escuchar”. Su
testimonio rompe el cuento de la transición: ésta no fue el resultado de una
reconciliación ni de un gesto realista. Los pactos que sellaron el cambio de régimen
fueron una nueva puerta cerrada, otra capa de cal sobre el último intento de innovación
social del movimiento obrero. El último intento, quizá. La última ola, la que del 68 al 77
sacudió las sociedades desarrolladas en busca de nuevos modos de organización social.

Frente al dirigismo comunista de otras luchas, la ola 68-77 tuvo un fuerte componente
autónomo, del que Numax es un claro exponente.
Jordà reivindica esa experiencia y vuelve a ella veinticinco años después a través de una
crónica de vida y de la escenificación de un reencuentro. Reivindicarla es arrancarla de
toda tentación nostálgica. “No sé qué nostalgia podría haber. Se mira al pasado como
punto de partida del lugar en el que estamos hoy”. Reivindicarla es conjurar, también, la
trampa edulcorante de la ingenuidad: “Ellos no fueron ingenuos. Fueron muy listos y
muy inteligentes. Lo que encontré rodando estas dos películas es la inteligencia
colectiva obrera”. Sin nostalgia y sin ingenuidad, la historia ejemplar de Numax y sus
protagonistas se vuelve intempestiva. Desencaja las coordenadas de la historia, de ese
pasado que ya fue, para lanzarnos insistentemente una pregunta: ¿cuándo y dónde se
podrían dar hoy estos procesos de politización que transforman lo social transformando
nuestra propia vida? ¿Cuándo y dónde podemos atacar colectivamente la miseria de
nuestras vidas puestas a trabajar?

Si ellos pudieron... Sin embargo, muchas cosas han
cambiado. “Hoy el trabajo es un bien deseado. Ha sido tan fuerte la reconversión de
estos años, que la figura del obrero se ha convertido en una situación soñada.
Seguramente llegará un momento en que esta figura ya no será deseada y entonces
habrá una situación radicalmente nueva, un nuevo rechazo al trabajo, esta vez total.
Pienso que tiene que producirse. Ojalá me la pudiera imaginar”.
Veinte años no es nada. No es nada cuando reaparece la pregunta por lo común en un
barrio, en la publicación de un software, en la reapropiación de una tierra o en una casa
okupada. No es nada cuando una historia ejemplar interpela nuestra normalidad y nos
muestra que bajo las vidas anónimas de quienes nos llevan en taxi, nos enseñan las
primeras letras o nos sirven un café, se esconde un pasado de lucha colectiva que es la
razón de ser de su vida actual.

No es nada cuando una experiencia pasada nos dice de
qué está hecho nuestro presente: qué materiales humanos - sueños, experiencias,
deseos, luchas, amistades - estamos pisando en nuestro trato cotidiano con la bajeza y la
estupidez de nuestro tiempo.
Decía Jordà que a los trabajadores de Numax no se les puede engañar. No se les puede
engañar porque Numax, su universidad, fue una escuela de dignidad. Al final de Veinte
años no es nada
, el hijo de uno de los protagonistas de la colectivización de Numax
rompe a llorar. Es sordomudo. “Es el que no habla. Sólo puede expresar”. Y en su llanto
se expresa todo: la emoción por lo vivido, la tristeza de la derrota, “el orgullo de tener
un padre y de que este padre tenga una historia”. Ese llanto contiene la desazón de quien
pensaba que estaba solo frente al mundo y descubre que no es así. Acercarse a Joaquim
Jordà exige estar dispuesto a hacer este descubrimiento. Y a asumir sus consecuencias
futuras.

  • > Numax, nuestra universidad. Conversación con Joaquim Jordá.

    15 de septiembre de 2006 11:08, por David

    Tanto que se habla ahora de "memoria histórica"... creo sinceramente que el visionado de las dos películas sobre Numax es imprescindible para comprender muchas cosas de nuestro pasado, presente y futuro. Vaya este texto en Tortuga como homenaje póstumo a Joaquim Jordá.

  • Numax, nuestra universidad. Conversación con Joaquim Jordá.

    7 de noviembre de 2006 16:03, por Rosa Povedano. Universidad de Barcelona

    Me choca de la lectura de estos comentarios observar que se dice de los artículos de Numax que eran poco eficientes, caros e incluso obsoletos. Desearía contactar con personal de la antigua fábrica que me pueda aportar información, fotografias o catálogos sobre los aparatos que Numax fabricaba.