Administración Enlaces Contacto Sobre Tortuga

No votamos, proponemos una transformación

Miércoles.9 de diciembre de 2015 576 visitas - 2 comentario(s)
Grup Antimilitarista Tortuga #TITRE

¿Sabía usted que en cinco de las once elecciones generales que se han celebrado desde 1977 en el estado español ha habido más abstencionistas que votantes del partido ganador? ¿Y si le decimos que en una de esas cinco citas electorales un partido consiguió la mayoría absoluta? Los datos están a su alcance.

No pensamos que la calidad de las ideas o de las opciones políticas se pueda medir según el número de adhesiones que éstas arrastren. Pero, ¿qué importa en unas elecciones si no es eso?

Bien sabrá quien nos siga que desde el Grup Antimilitarista Tortuga llevamos años promoviendo la abstención electoral. Si, como un partido político, aspiráramos a alcanzar alguna cuota de poder, deberíamos aprovechar tales estadísticas para lanzar mensajes entusiastas que simplificaran la realidad. Sabemos que estos datos no muestran nada más que la falta de apego al sistema por parte de una porción importante de la población de este estado y que ello no responde a un único motivo. Resultaría ridículo pensar otra cosa.

La abstención activa ha de ser consciente

Desde algunos ámbitos, acostumbrados como están a ofrecer dircursos que anteponen el interés a la verdad, nos dirán que el abstencionista es un pasota. ¡Pues claro que hay abstencionistas pasotas! ¡Y votantes! Y esto daría para hablar durante un rato.

Alejadas de la indiferencia y la comodidad, algunas personas deciden consciente y responsablemente no votar. Muchas de ellas consideran que el actual sistema político no es democrático, pues en él la capacidad de decidir de la gente de a pie es nula. Nada participamos en la elaboración y aprobación de las leyes y mucho —¡qué remedio!— en su cumplimiento.

Algunas personas también argumentarán que la simple existencia del capitalismo niega la de la democracia, pues la desigualdad económica es indisoluble de la desigualdad política.

Sobre estos asuntos y otros similares se ha razonado y debatido en diferentes documentos de nuestro grupo. Y en los de otros muchos colectivos, por supuesto.
Esta actitud crítica y razonada conduce al rechazo a las instituciones parlamentarias. La práctica coherente desaconseja colaborar, sea de la forma que sea, con el entramado que hace posible la celebración de elecciones.

Apostamos por pedir que nos borren del censo electoral, por no votar y por negarnos a formar parte de las mesas; es decir, por distintas formas de objeción de conciencia al sistema electoral.

Como puede ver, esté más o menos de acuerdo con esta postura, los abstencionistas conscientes existen.

Lo importante no es no votar sino no ser gobernados

Ahora bien, sabemos que nuestra crítica al sistema actual debe ir unida a propuestas de cambio. No en vano, oímos con frecuencia ese comentario de: “si no votas, te desentiendes de lo que luego hagan quienes resulten elegidos”.
Y no es nuestro caso. Estamos tan interesados/as o más que quienes tienen fe en el sistema de elecciones en la mejora de nuestra sociedad. De hecho estamos comprometidas con su proceso de cambio. Y desde luego nos importa mucho lo que hacen y dejan de hacer quienes toman las decisiones en nuestro lugar, quienes nos gobiernan sin nuestro consentimiento.

Así pues, le damos la espalda al sistema parlamentario porque no deseamos ser súbditos de personas e intereses ajenos, porque deseamos coger las riendas de nuestras propias vidas.

Y una vez que comienza a andarse este camino se descubre que no es fácil. Sí, no te estamos diciendo, como los políticos: «Descansa en el sofá, que nosotros nos encargamos de todo»; te decimos: «Trabaja, esfuérzate, participa directamente en la vida de tu comunidad».

Quizá no te suene muy convincente, pero esto no es propaganda electoral: debemos ser sinceros. Ahora bien, este esfuerzo, este trabajo nos hace crecer, mejora nuestras relaciones sociales y es el camino que nos puede devolver el control sobre nuestras vidas. Y usted no se preocupe, que no promocionamos el sufrimiento, sólo el esfuerzo.

Responsabilizarnos de nuestra vida en la comunidad nos obliga a diferenciar nuestro deseo de nuestras posibilidades.
Ansiamos una sociedad sin desigualdades en la que todas las personas puedan desarrollarse libremente y participar en la resolución de los asuntos que les afectan. Es un buen horizonte hacia el que andar, pero mientras tanto deberemos limitarnos a dar pequeños pasos que no nos desvíen de ese camino. Y no son pocas las cosas que se pueden hacer, ¡eh!

El camino se hace paso a paso

El primer paso de nuestra propuesta es vencer el miedo a analizar los problemas políticos, sociales, económicos o medioambientales que se nos presenten. Hemos de evitar, por muy cómodo y tentador que sea, dejar nuestra responsabilidad de pensar en manos de los medios de comunicación. Nuestra libertad, paradojas de la vida, para desarrollarse nos obliga a ser responsables.

El segundo paso se relaciona con el anterior. Todo el mundo convive con otras personas; todo el mundo forma parte de algún grupo. Pues podemos empezar por alcanzar consensos en ellos para solucionar los problemas que se nos presenten. El consenso es un método de toma de decisiones que exige que cualquiera pueda expresarse y que todas las sensibilidades sean tenidas en cuenta. A diferencia de la votación, en la que hay ganadores e ignorados, el consenso exige llegar a acuerdos. Y no son pocos los colectivos en los que las decisiones se toman por consenso.

Otro paso importante, y bastante viable, es el de la progresiva desvinculación de las instituciones. Ellas, al servicio del estado, no son más que usurpadoras de nuestra libertad política. Imponen qué y para qué pagamos, qué leyes acatamos y cuál es el precio de nuestra desobediencia. Podemos optar por actuar al margen de ellas si contamos con el apoyo de algún colectivo o asociación. Podemos no aspirar a sus subvenciones y rechazarlas si llegan. Depender económicamente de la administración puede limitar nuestra libertad de actuación, si no cotidianamente, sí en algún momento de necesidad. Además, si optamos por generar nuestros propios recursos seremos más conscientes de nuestras capacidades y nuestra fuerza, y el destino de nuestro proyecto no dependerá de factores externos. De este modo ganamos en coherencia y control de la situación. En definitiva, apostamos, en lo económico, por la autogestión.

Nuestra desvinculación de la administración no tiene por qué detenerse aquí. Se argumenta frecuentemente que el estado nos proporciona servicios, entre otros, como educación o sanidad. Opinamos que no es así. Esos servicios son posibles gracias al trabajo de determinadas personas; el estado se limita, que no es poco, a decidir cómo deben organizarse, a quién deben ofrecer asistencia y a quién no. ¿No sería mejor que fuéramos las personas de a pie quienes decidiéramos estos asuntos?
No estamos proponiendo demoler colegios, ni te estamos recomendando no ir al hospital si enfermas. Un cambio profundo no se puede hacer en un día. Quién sabe si en un futuro las mismas instalaciones que controla ahora el estado pasarán a estar administradas por las personas, pero de momento podemos empezar por organizarnos para gestionar nosotros mismos la respuesta a nuestras necesidades donde nos sea posible.

Debemos entender qué necesidades cubrimos acudiendo al estado o a cualquier otra empresa capitalista y organizarnos para satisfacerlas. Puede sonar quimérico, pero en el estado español no son pocas las cooperativas asamblearias y autogestionadas en las que podemos participar para alimentarnos, vivir, vestirnos, curarnos o formarnos como personas. En ellas participar no es necesariamente sinónimo de gastar euros.
Las hay grandes y pequeñas, integrales y especializadas, fuertes y débiles; en definitiva, presentan una sana diversidad que, con aciertos y errores, nos muestra unas experiencias de las que aprender. Su desarrollo puede resultar sorprendente y en algunos casos es la viva prueba de que una organización puede crecer sin perder su carácter asambleario. Ahí está, sin ir más lejos, el ejemplo de la Cooperativa Integral Catalana.

Como puede ver, queda mucho por andar pero ya se ha empezado. Sólo hace falta un poco de valor y esfuerzo para seguir el camino.

¡Ah!, y no se olvide de que a título personal también puede dar sus pasitos. Quizá acudir al campo — que es acudir al encuentro de las materias primas que cubren nuestras necesidades— sea un buen comienzo. Es fácil y satisfactorio cultivar tu huertecito ecológico y romper, aunque sea un poco, tu dependencia del supermercado. ¿Quién sabe? Tal vez también sea un buen lugar donde iniciar la vida en comunidad.

Grup Antimilitarista Tortuga

Nota: los comentarios podrán ser eliminados según nuestros criterios de moderación.