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Menos batucadas y más dolçaina i tabalet

Sábado.2 de enero de 2016 254 visitas Sin comentarios
7ª entrega del libro de Pablo San José: "El opio del pueblo: Crítica al modelo de ocio y fiesta en nuestra sociedad". #TITRE

Menos batucadas y más dolçaina i tabalet (1)

No hay que ser un experto en historia para darse cuenta de que nuestro modelo de fiesta nocturna no es tradicional. De hecho es la importación, sin aduanas ni aranceles, de una forma de divertirse y socializarse que procede del mundo anglosajón y que está reelaborada casi en todo por los intereses del industrialismo capitalista. Y llegó antesdeayer, podríamos decir. El referente cultural que late en él, como digo, es anglosajón, más estadounidense que británico, como Halloween, Santa Claus o el comer pizza y hamburguesas (por cierto, dos productos alimentarios que, no por casualidad, son bien fáciles de encontrar a altas horas de la madrugada en una noche de fiesta). Pero su diseño final no tiene patria, a no ser la del dinero.

Dan ganas de echarse a llorar cuando se constata el casi absoluto desinterés por la música tradicional que sienten las generaciones que hoy "salen de fiesta". Tanto los clientes convencionales de la noche como los "alternativos". En su lugar han colocado nuevos estilos eléctricos, todos importados. En muchos casos sus temas ni siquiera están interpretados en castellano (ya ni hablamos del resto de lenguas peninsulares), sino en inglés, lo que hace que la mayoría de la audiencia no llegue a apreciar cabalmente las letras de las canciones. Es un dato más para entender cómo la fiesta contemporánea ha sido, en general, vaciada de determinados contenidos (los identitarios y los reflexivos, por ejemplo), en favor de otros (sobre todo los hedonistas y consumistas, como veremos).

Estas generaciones que han hecho del salir cada fin de semana parte principal de sus vidas, ni aprecian ni tienen interés en conocer la cultura musical que se dio hasta no hace tanto. Ello es más lamentable si cabe cuando estamos hablando de un patrimonio de gran valor, y muy antiguo en algunos casos. Ni jotas, ni pasodobles, coplas, habaneras, bandas, rondallas, música coral, canciones infantiles, cante jondo... Bueno, éste último un poco sí, si se interpreta -reelaborado- en algún pub de moda, de "flamenquito".

Los magníficos bailes típicos de las generaciones anteriores, alguna aún viva, en el olvido. Los instrumentos musicales que producían esa música de calidad, siempre en directo y sin electricidad, en los museos etnológicos. Música que mayormente no tenía autores, que era del pueblo y que se aprendía para cantar en grupo y bailar -no para escuchar de forma pasiva-, que narraba y musicaba las historias épicas como las cotidinas. Hoy es sustituída en todos los casos por la reproducción exclusiva y excluyente de los iconos del pop, del rock y del resto de derivaciones musicales. Músicas diseñadas y desarrolladas industrialmente, implantadas en cada lugar a base de campañas de mercadotecnia y destinadas a que sus autores, intérpretes y comercializadores acumulen todo el dinero posible; músicas sin alma popular que, por lo común, vienen a ser consumidas, generando un formidable negocio, por mera adhesión estética y tribal al estilo. A veces incluso con fanatismo.

Y no pretendo afirmar que en la actualidad no sea posible, y no se dé, la creación de nuevas músicas que tengan calidad y que proporcionen placer a quien las recibe. Músicas que estén fuera de circuitos comerciales, que de alguna forma, en algún caso, conecten con la identidad de una determinada colectividad. No afirmo que se haya de cumplir en este tema lo de "cualquier tiempo pasado fue mejor" porque, por suerte, el genio creador y artístico de la humanidad no ha quedado detenido en el tiempo. Pero lo que sí parece claro es que la conversión de la música y la fiesta en pura mercancía ha dejado en nuestras sociedades muy poco espacio para la creación y disfrute fuera de sus circuitos comerciales. Y cuando tal cosa sucede, el acceso a esa música alternativa suele quedar reducido a un círculo pequeño de personas. Ni se crea desde las necesidades de expresarse de un pueblo, ni es disfrutada por una colectividad amplia. Es otra cosa.

La, en su día, ultramoderna invasión del rock and roll fue dando paso en décadas posteriores a todos sus derivados (pop, disco, punk, tecno, metal...). Estilos musicales que, una vez dejan de ser novedosos y se generalizan, pierden su gancho de fascinación por lo nuevo y deben ser sustituídos, en un bucle sin fin, por nuevos gustos. Estilos, subestilos, fusiones, grupos... Los hay para el gran público y los hay para quienes desean distinguirse. Igual ocurre con el consumo de productos cinematográficos. Más allá del gusto de la mayoria, siempre hay una vanguardia, o una retaguardia, culta, a veces incluso snob. De ahí aficiones minoritarias pero "exclusivas" por el blues, el jazz, el rap, el new age o la música "de vanguardia". Incluso la música "retro".

En las últimas décadas, formas culturales de reacción (sin romper con el patrón consumista, por supuesto) como el colorido multiculturalismo, tan del gusto de algunas tribus urbanas y movimientos sociales progres, han llenado la noche y a veces las calles, de enclaves de música alternativa, étnica, colaborativa... Cunden las llamadas Jam Session, y hoy por hoy, por ejemplo, no hay feria medieval o de artesanía en la que no suenen agotadores sonidos de tambores. Ha terminado por ser más representativa de una fiesta popular cualquiera una agrupación de percusión brasileña de imitación, que la ancestral colla de dolçaina i tabalet. Trasládese el ejemplo a cualquier lugar peninsular y a su respectivo acompañamiento musical tradicional.

¿Y esto porqué pasa? Pues es largo de explicar, pero se puede decir que tiene mucho que ver con la influencia determinante sobre el mundo occidental de la potencia política, económica y cultural de los últimos años: Estados Unidos de Norteamérica. Tal como ocurría en tiempos del imperio romano, las colonias recibimos la cultura de la metrópoli. En este caso, su paradigma cultural de diversión que, como venimos diciendo, es indisociable de los intereses lucrativos capitalistas. Con su tipo de música, de cine y de fiestas recibimos también sus respectivas "reacciones" integradas, es decir, esos estilos culturales minoritarios, rebeldes y distinguidos mediante los cuales el sistema consigue una pingüe recaudación de beneficios procedentes -paradójicamente- de sus elementos más inconformistas.

Tal como ocurrió a lo largo de la Historia, parece ser que quien tiene el dinero, los portaaviones y los misiles es quien también dicta los patrones de la cultura; qué le tiene que gustar y no a la gente en cada sitio. Así podemos imaginar que, quizá, de aquí a una o dos décadas, la música (con sus respectivas reacciones) que sonará en nuestros pubs tendrá procedencia asiática -ya está empezando a pasar-, y que el Año Nuevo Chino acabará siendo una celebración más en nuestro calendario festivo. Así somos.


Nota

1.-En el País Valencià, una variante del instrumento que en castellano se denomina dulzaina, se conoce como dolçaina o xirimita, y se acompaña de un tambor llamado tabalet. La colla es la agrupación musical, que puede llegar a ser de entre veinte y treinta músicos. Además de realizar pasacalles, y acompañar en fiestas populares, realizan conciertos con un variado repertorio


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