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Los orígenes de la moneda, del crédito y del capitalismo

Miércoles.2 de mayo de 2018 92 visitas Sin comentarios
Tierra y Libertad. #TITRE

Puede parecer increíble, exagerado o afición por la paradoja o lo sensacional; pero es justo recordar que el capitalismo es mucho más antiguo que la acuñación de moneda. Economistas, historiadores y arqueólogos están de acuerdo en que la moneda surgió en la cuenca mediterránea a finales del siglo VII antes de nuestra Era, según Heródoto, por obra de los lidios, que habrían creado las primeras monedas con una aleación de oro y plata. Seguramente la moneda surgió cuando algunos de los más importantes imperios de la antigüedad llevaban muertos y sepultados desde hacía mucho tiempo. Anteriormente, para los intercambios y la determinación de los bienes y de los seres humanos, se hacía referencia a objetos de cuenta de los tipos más variados: ganado, cereales, armas, accesorios, esclavos e incluso mujeres, dado el carácter mucho más machista de épocas pasadas respecto a la actualidad. Se han descubierto contratos comerciales y también financieros, redactados en caracteres cuneiformes, asimilados a ciertos productos derivados que se creían prerrogativa de la edad contemporánea o, al menos, del capitalismo moderno. Obviamente, las características del capitalismo de la época eran muy diferentes de las posteriores si se quiere afirmar algún principio del tipo “nada nuevo bajo el sol” o reducir las cosas a la fórmula “todo es igual a todo”.

Pretendemos remarcar que las actividades productivas, financieras y comerciales se sitúan en la noche de los tiempos, y que su reglamentación, gestión y registros son como poco parejos al nacimiento de la escritura, por no decir que están en su origen.

Por otro lado, parece que las exigencias de medida, registro y regulación de las actividades agrícolas y, en general, productivas y mercantiles, tendrían que considerarse también como las fuentes primigenias de las matemáticas, la geometría y la astronomía en la Edad Antigua.

El tipo y la calidad de las producciones de la Edad del Cobre, del Bronce y del Neolítico, y la existencia de edificios y monumentos megalíticos en épocas en las que se creía que se vivía exclusivamente de la caza y la recolección, obligan a pensar que ya por entonces se produciría actividad de tipo financiero y comercial.

Ya en el Neolítico hay quien ha emprendido largos y peligrosos viajes para conseguir obsidiana, utilizada para la producción de objetos que han encontrado después los arqueólogos. Lo mismo sirve, con mayor razón, en épocas sucesivas, para materias primas como el cobre y el estaño, necesarios para la producción de objetos y armas en cobre y bronce, y después en hierro. Obviamente, la capacidad de elaboración y combinación de los metales requería un nivel de conocimiento, y la posesión de tecnología adecuada a la complejidad y dificultad de esos procesos productivos.

La obtención de las materias primas comportaba, entre otras cosas, un nivel evolucionado de intercambios, que se extendían desde las Columnas de Hércules hasta las Islas Británicas, y a las costas bálticas, para conseguir el estaño y el ámbar, y hasta la Arabia Feliz y el Extremo Oriente para el incienso y la seda.

El desarrollo de tales tráficos implicaba el conocimiento de varios pueblos interesados, y de sus culturas y reglas comerciales, además de la posesión de medios de cambio aptos para servir de contrapartida y, sobre todo, crédito, es decir, confianza recíproca entre las partes para garantizar una razonable probabilidad, si no seguridad, en el resultado positivos de las operaciones de intercambio. De hecho, la reseña de los elementos necesarios en la antigüedad lleva a la inevitable deducción de que incluso entonces existía una especie de globalización ante litteram de las actividades productivas, financieras y mercantiles. Durante la mayor parte de su duración, esta economía carecía de moneda acuñada e incluso de papel moneda, al menos en el sentido estricto y moderno del término. Todo esto no es fruto de opiniones, sino de los datos comprobados de historiadores y arqueólogos. La diferencia más relevante entre el capitalismo moderno y contemporáneo y el de la Antigüedad y Edad Media, parece derivarse sobre todo del hecho de que en los sistemas socioeconómicos recientes y actuales, las clases financieras detentan el poder económico y político ellas mismas, aunque la mayor parte de las veces con numerosas e importante excepciones, no ejerciéndolo directamente los hombres de negocios, banqueros o financieros. En el pasado remoto, por el contrario, y hasta época reciente, esas clases desempeñaban un papel muy importante pero por lo general subordinado a concesiones, caprichos o dictados de los soberanos y jefes religiosos.

También existieron en la antigüedad las burbujas y las crisis, incluso la inflación y la pérdida de valor de la riqueza, que no siempre se podían medir en términos de moneda y de precios absolutos que en realidad eran relativos, pero sí en términos de miseria, injusticia y sufrimiento.

Es oportuno subrayar que durante mucho tiempo desde su introducción, la moneda acuñada tuvo un papel secundario. Incluso durante largos periodos desapareció casi por completo y, al final, en época relativamente reciente y en pueblos y territorios en notable desarrollo, apenas existía.

En todo momento, en ausencia de la moneda se ha encontrado siempre un bien que por sus características resultaba idóneo para servir en los intercambios, medida y reserva de valores.

En las diferentes épocas, han servido a ese objetivo mercancías como la sal, la pimienta, las conchas, además de la plata, el oro, el cobre, el hierro. Por no hablar del tabaco, las cabezas de ganado o el whisky, además del papel moneda y los depósitos bancarios.

En un libro de 1987, Galbraith recordaba que “en la experiencia americana, entre todos estos géneros, el tabaco ha tenido hasta ahora el mayor éxito. Fue usado en las colonias del Sur como dinero durante alrededor de un siglo y medio, lo que supera considerablemente a los periodos de preponderancia del oro, la plata o el papel moneda y los depósitos bancarios de los tiempos modernos”. Incluso sigue siendo la tendencia más reciente en el sentido del drástico ajuste, si no de la progresiva desaparición del uso de las monedas acuñadas y del papel moneda.

Mientras la utilización del dinero en sentido estricto ha tenido altibajos en las diferentes épocas, o ha estado totalmente ausente, la economía, el comercio y la actividad financiera –al menos en la civilización occidental desde sus más remotos orígenes– no han podido prescindir de ninguna forma de crédito que funcionase como medio de intercambio y de finanza, a la vez que de estímulo y catalizador de las actividades productivas.

Crédito, precios y teoría cuantitativa de la moneda

Las expectativas acerca del futuro de la demanda y, por ello, de lo facturado y de los beneficios, determinan la cifra del crédito que el mundo de los negocios y las finanzas está dispuesto a conceder y utilizar. De las perspectivas de las ventas futuras dependen la cantidad y calidad de bienes y servicios a producir y a ofrecer en el mercado. Determinan contextualmente la cifra del nuevo crédito que será necesario crear u obtener, y que, con el ya existente y el dinero en sentido estricto en circulación disponible para los intercambios, constituirá la contrapartida de la oferta de bienes y servicios.

El producto de la cantidad de bienes y servicios intercambiados por los precios relativos es similar al producto de los medios crediticios y monetarios existente para el número de intercambios en que son utilizados, o sea por su velocidad de circulación. Los medios crediticios y la moneda que quedan sin utilizar tienen velocidad de circulación cero y, obviamente, es cero también su producto por la misma razón.

Los economistas clásicos y neoclásicos han llamado ecuación de cambio a la igualdad entre los dos productos, aunque en realidad se trata de una identidad.

La cantidad de mercancía y su valor monetario, o mejor dicho el valor en precio y el contravalor en dinero, son dos caras de la misma realidad que, para el simple operador se hacen evidentes en dos momentos distintos.

Cantidad de mercancía, precio y medios monetarios participantes en el intercambio son todo medidas determinadas por las expectativas de beneficio y, por ello, del volumen de inversiones y de crédito creado en la actividad productiva y financiera realizada para obtener beneficios. En la llamada ecuación del cambio no hay incógnitas ni se puede decir que uno de los términos de la igualdad determine el otro, o sea que la cantidad de moneda determine el nivel de precios o que, a la viceversa, sean los precios los que determinen el complejo monto de la moneda en circulación. En la concepción clásica de la teoría cuantitativa, se razona como si las cantidades de mercancía y los relativos precios se determinaran en dos tiempos sucesivos, o sea como si la ecuación del cambio MV = PQ, fuera equilibrada por las variaciones de precios, sucesivamente a la llegada de las mercancías al mercado. Hay que decir que tal punto de vista no puede infravalorarse, ya que no carece de razones y verosimilitud, aparte de que se sustenta en pruebas históricas relevantes.

De hecho, si partimos de la visión del operador estrechamente sujeto a las leyes de la libre competencia, que lleva sus productos al mercado sin tener idea del precio que deberá aceptar y que le será impuesto por la ley de la oferta y la demanda, no se puede llegar a otra conclusión. Tales eran las condiciones en las que tenían que operar las empresas en los tiempos en que la teoría cuantitativa de la moneda fue formulada, si no por primera vez, si de la manera más orgánica y completa.

Al mismo tiempo, esa teoría se basa en la experiencia de hechos históricos en que efectivamente el nivel de precios fue fuertemente influido en el sentido del aumento del flujo de grandes cantidades de metales preciosos utilizados para la acuñación de moneda, derivado de la depredación de los pueblos del Nuevo Mundo.

Si situaciones históricas precisas y transitorias, o las diferentes modalidades de acción de los operadores se consideran el móvil y condiciones necesarias para la existencia, renovación y perduración de las acciones de producción e intercambios, se llegará a conclusiones muy diferentes.

En efecto, producción y venta no se realizan ni reproducen sino de forma efímera y episódica, sin un recargo sobre los costes de los factores productivos que garanticen un volumen de negocios y un nivel de beneficios considerado satisfactorio, y una acumulación de crédito suficiente para la financiación de las actividades productivas, comerciales y financieras necesarias para la consecución de esos objetivos.

La imposibilidad de satisfacer tales condiciones coincide con la condena a más o menos breve plazo a la expulsión del mercado, o a la marginación. En el análisis económico es fuente de errores basarse en fenómenos transitorios que desparecerán de la evolución histórica en poco tiempo, y no en datos permanentes referidos a movimientos, factores e instrumentos centrales de las actividades de negocio, o sea, el beneficio, el crédito y la inversión.

En cuanto a las anomalías, como un flujo extraordinario de mercancía moneda por la que no se ha pagado un precio por ser fruto de actividad depredadora, o la creación desbocada de medios pecuniarios por parte de la autoridad gubernativa o monetaria, distribuidos sin la adecuada contrapartida, son sin duda causa de aumentos incluso galopantes del nivel de precios, pero no pertenecen a la fisiología sino a la patología de los fenómenos económicos, y no pueden racionalmente entrar en una consideración de los caracteres generales y permanentes de un sistema económico.

Los partidarios de la moderna teoría cuantitativa de la moneda, cuyos orígenes pueden señalarse con poco margen de error entre los precursores, en la primera mitad del siglo XVII, conciben la dinámica del mercado como si la cantidad de moneda circulante y los precios fueran fijados en dos tiempos sucesivos y no contextualmente. La concepción de que tales ideas procedían se remontaba a la noche de los tiempos mercantiles. En su primera formulación, preveía que la cantidad de moneda en circulación debía adecuarse siempre a las exigencias del comercio. En caso de insuficiencia de moneda, al Gobierno competía aumentarla deshaciéndose de parte del Tesoro acuñado con metales preciosos. En el caso opuesto, la cantidad excesiva de moneda circulante, se debía proceder a su recogida y sucesiva fundición. Se trataba en cualquier caso de una concepción liberal, pues se consideraba que era la oferta de moneda la que se debería adaptar a las exigencias del comercio y a la propensión al gasto.

De acuerdo con esta teoría, corresponde a las fuerzas del mercado determinar la cantidad de moneda en circulación, y a las autoridades monetarias adecuar la oferta de moneda. En una sucesiva y definitiva formulación, obra sobre todo de Thomas Mun y de David Hume, quedó definitivamente anulada, por lo que no se hablaba más de adecuación de oferta de moneda a las exigencias de los negocios, sino que se consideraban las variaciones en los precios como efecto de las variaciones de moneda en circulación.

En el siglo XIX, los opositores a la teoría cuantitativa de la moneda se reafirmarán en su primera reformulación, retomando las ideas de Dudley North y las expresadas posteriormente por James Steuart.

Francesco Mancini

Publicado en el Periódico Anarquista Tierra y Libertad, Marzo de 2018