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Los abusos sexuales del ejército rojo en la toma de Berlín: Guerra y posguerra

Martes.26 de julio de 2016 314 visitas - 3 comentario(s)
Tempora Magazine. #TITRE

En el ocaso de la Segunda Guerra Mundial, entre finales del año 1944 y comienzos de 1945, el avance del ejército soviético hacia Berlín fue prácticamente imparable. Una vez invadido el territorio alemán, a través de la región de Prusia oriental, se produjo uno de los fenómenos de violación masiva más graves de los que se tengan constancia. Si bien es cierto que se desconocen las cifras exactas de las víctimas y quizás nunca se tenga una recopilación clara de los daños, se estima que más de 1,9 millones de mujeres fueron violadas por militares soviéticos, dejando a su paso más de 300.000 embarazos conocidos. Entre estas víctimas no se encontrarían únicamente mujeres alemanas, aunque éstas fueran las más afectadas, sino también polacas, eslovacas, ucranianas, húngaras y austriacas.

La propaganda del odio

Durante los años de conflicto con el régimen nacionalsocialista alemán, la Unión Soviética desplegó todos sus medios para infundir sobre sus tropas un intenso sentimiento de enemistad cara el pueblo alemán. La propaganda soviética desdibujó en aquéllos años la significación de términos como “fascista”, “alemán” o “enemigo” hasta convertirlos en una percepción única e inseparable, configurándose el odio en clave del funcionamiento de los soldados en la batalla.

Desde el comienzo, el régimen totalitario de Stalin había inculcado un sentimiento de culpabilidad en las tropas al permitirse la invasión de la patria. La pérdida de seres queridos y la visión de la miseria que había dejado el paso de la Wehrmacht por el territorio soviético fomentaron la animadversión de los soldados. Resulta necesario apuntar en este punto, que el ejército nacionalsocialista llevó a cabo numerosas violaciones en el frente oriental, y que a diferencia de la línea occidental apenas se sancionaban tales crímenes. Esta distinción se debió principalmente a la idea de inferioridad racial de los pueblos eslavos. Muchas otras mujeres fueron llevadas a campos de trabajo, sufriendo condiciones de auténtica esclavitud. Sin obviar que durante los últimos años de la guerra llegaban cruentas noticias al frente sobre la existencia de campos de concentración y exterminio que el III Reich había constituido a raíz de la “solución final”.

Aunque sin duda alguna, uno de los impulsos más decisivos para el desencadenamiento de la destrucción en tierras alemanas, fue la contradicción que los soldados soviéticos encontraron en la propia propaganda stalinista, cuyas alabanzas al régimen comunista entraron en directo choque cultural al encontrarse una Alemania de un nivel de vida inesperado, muy superior al de la Unión Soviética de los años cuarenta, aún tras años de conflicto. Los rusos no podían comprender cómo Alemania pudo invadir su tierra constando la suya de tal riqueza, aunque las autoridades soviéticas se apresuraran a atribuir su bienestar al robo y expolio en la URSS. Esto generaría en los soldados una mezcla de “envidia, admiración e ira”, trayendo consigo un impulso destructivo prácticamente irracional de bienes muebles, cultivos e infraestructuras alemanas, impulso del que desde luego no se librarían las mujeres.

La venganza como justificación del crimen

Durante este proceso de avance, se produjeron las primeras y más cruentas violaciones en Prusia oriental al toparse con los bienes del enemigo, incluyéndose entre éstos sus mujeres. Este odio iría disminuyendo a medida que las tropas se acercaban a la capital. Se entendió que la brutalidad con la que el ejército soviético atacó a las mujeres alemanas se debía al afán de venganza, como si legítimamente les correspondiera el turno de sufrir, pagando por los daños que los soldados nacionalsocialistas habían perpetrado en el suelo conquistado.

Los oficiales al mando de las tropas soviéticas eran plenamente conscientes del daño que estaba creando su ejército sobre la población civil, en extremadamente pocos episodios los criminales fueron ajusticiados o penalizados. Las intervenciones resultaban aún más complejas si tenemos en cuenta que los soldados se encontraba en la mayoría de casos sumidos en la ebriedad y además armados. En otros casos, los superiores llegaron a participar en las violaciones masivas.

La venganza sobre los alemanes a través de sus mujeres no dejaba de ser una mera justificación. El grado de violencia sexual se extendió como vimos, más allá de la población alemana, llegando incluso a abusar de judías supervivientes del régimen nacionalsocialista y de trabajadoras forzosas, independientemente de su nacionalidad, origen o ideología. De la misma forma, los soviéticos no hicieron distinción de edades, violando por igual a menores como mujeres ancianas, que superaban los ochenta años.

Las noticias de las violaciones del frente oriental llegaron pronto a la población civil alemana, especialmente a través de la propaganda nacionalsocialista. Ante tales hechos, se desarrolló un temor prematuro en las mujeres, que se vieron obligadas a desarrollar toda una serie de estrategias para evitar el mal que se avecinaba. Las mujeres se encontraban a estas alturas de la guerra en una situación sumamente precaria, obligadas –como en tantos otros conflictos– a posibilitar la supervivencia de las personas dependientes, como pueden ser los más jóvenes y los mayores de la comunidad. Esto llevó a que no todas las víctimas fueran pasivas, buscando algunas de las mujeres la salvación del hambre y la miseria a través de la entrega a un soldado soviético. Hablamos de una minoría dentro de una generalizada violencia sexual, que fue usada en los años de posguerra como otra de las justificaciones de los crímenes soviéticos.

Volviendo a las estrategias femeninas frente a los soldados rusos, Satjukow evoca episodios donde madres se ofrecían a las tropas para al menos intentar sustituir y proteger a sus hijas. Otras, tomaban precauciones planificadas para evitar la violación, siendo a destacar el fingimiento de embarazos o la menstruación. Aquéllas tácticas tuvieron cierta efectividad sobre los soviéticos, menos resultantes fueron prácticas tales como disfrazarse de ancianas o evitar los sitios más concurridos de las ciudades, sobre todo una vez que se hiciera de noche.

Violación y posguerra

La capital del Reich alemán fue rendida a manos del poder soviético en mayo de 1945, y en apenas unos instantes el “violador” se convirtió en salvador del fascismo y liberador de Alemania. La toma de la mujer en la mentalidad militar más arcaica es considerada parte de la victoria, un derecho inalienable del vencedor. No resulta extraño, por tanto, ver cómo en Berlín prácticamente el 90% de las mujeres fue víctima de algún tipo de agresión sexual. Más inesperado si cabe, fue la perpetuación de la violencia sexual en las zonas ocupadas.

El número de violaciones sufrió un paulatino descenso entre finales de 1945 y principios del próximo año en la región berlinesa. En los territorios más alejados de la capital, estas agresiones formaron parte de la normalidad civil hasta los años cincuenta, momento en el cual las cifras volvieron a una cierta “regularidad criminal”. Podemos imaginar con facilidad el impacto mental de aquélla ocupación, dándose desde luego también casos de violencia sexual en las zonas de presencia americana, francesa y británica, pero fueron mucho menores al menos en número.

Atina Grossman registra más de mil peticiones de aborto médico voluntario solamente en uno de los distritos de salud de Berlín a raíz de la violación de soldados soviéticos, en la franja temporal del verano de 1945 al de 1946. Los abortos fueron de cierta forma normalizados por las instituciones médicas, pagados a precio público siempre y cuando fueran producto de una violación extranjera. Las descripciones de las mujeres muestran toda una imagen social prefigurada y contradictoria, sobre los soldados soviéticos. Se percibe en este momento la mezcla entre la percepción del ruso como liberador, con la visión propia del discurso racial de la Alemania nacionalsocialista, habiendo algunos historiadores puesto en relación el aborto médico con una supuesta continuación de la limpieza racial del régimen hitleriano, tratándose desde luego de una realidad mucho más compleja.

Aunque las mujeres hablaran de “mongoles” en sus testimonios –haciendo clara alusión a la etnia de algunos soldados soviéticos– predomina el lenguaje propio de la necesidad, de la incapacidad de portar un hijo extranjero en una situación socio-económica tan inestable. Se acercaba la vuelta de los maridos tras la reclusión en las prisiones de guerra, dando lugar a un incremento del temor a llevar los hijos del que fue enemigo durante años, y era ahora héroe.

No todas las mujeres decidieron o pudieron irrumpir sus embarazos, creando la presencia de los “hijos de la ocupación” fuertes conflictos sociales desde finales de los años cuarenta. Los hijos de los soldados soviéticos fueron estigmatizados bajo el nombre de Russenkinder (hijos de rusos), ampliándose de esta forma la señal de la deshonra de la madre violada no solo a su entorno familiar más cercano sino también a las generaciones futuras. Como resulta frecuente en las sociedades patriarcales, muchas mujeres fueron humilladas y culpabilizadas del crimen del que habían sido víctimas, como si hubieran sido incitadoras de la violación siguiendo los pretéritos esquemas mentales donde la mujer era pecadora por naturaleza. No fueron pocas las que se vieron abandonadas por sus maridos retornados, aumentando su vergüenza y ante todo, llevando al extremo su capacidad de supervivencia en un contexto de posguerra.

El estigma solo se vio acrecentado por la gran cantidad de daños físicos y mentales que ocasionaron las violaciones reiteradas. Muchas fueron las que acabaron con su vida tras sufrir el abuso, mientras otras veían cómo las enfermedades sexuales se expandían con rapidez a raíz de la agresión masiva. La capacidad reproductora de muchas mujeres se vio destruida por las sádicas técnicas de violación empleadas por algunos de los soldados de la ocupación. Parece lógico concebir que algunas de estas afecciones producidas por la violencia sexual no fueran siquiera tratadas, a raíz del intenso sentimiento de vergüenza y quiebra emocional que supone ser víctima de este crimen.

El silencio

En 1949 nace la República Democrática Alemana, uno de los principales focos de influencia y poder de la Unión Soviética en el occidente europeo. La dependencia del régimen comunista ruso favoreció desde un primer momento las relaciones diplomáticas entre ambos estados y consecuentemente, una división ideológica clara con la región ocupada por el resto de Aliados. Durante el mismo año, se establecería la República Federal Alemana, de corte capitalista, quedando segregada la población alemana durante la Guerra Fría hasta la caída del muro de Berlín, en 1989.

La República Democrática Alemana (RDA), en consonancia con sus intereses políticos, generó de forma acelerada una visión particular de la toma de Berlín por parte del ejército soviético. Siendo junto a la propagandística soviética, la responsable principal de la percepción heroica del Ejército Rojo. Junto a esta manipulada perspectiva nace un tabú sobre todos los crímenes que pudieran haber cometido los militares durante y tras la guerra. De esta forma, en la región oriental –que era la más afectada por la violencia sexual– se desestimó e incluso prohibió la voz de las víctimas femeninas en cualquier medio oficial o público. Se pasó a la eliminación de la experiencia femenina, con lo cual quedaba únicamente la interpretación masculina de los hechos, causando una fuerte represión emocional que generaría traumas a largo plazo.

Junto al tabú, el gobierno de la RDA legitimó los crímenes basándose en el presupuesto del deseo sexual masculino, del “daño colateral” e inevitable que producía cualquier guerra conocida. Si sumamos a esta postura

oficial, la interpretación que ofrecían los veteranos del ejército soviético, nos encontramos con una fuerte –y despiadada– banalización de los hechos. Tenemos testimonios de soldados que relatan con jocosidad episodios sobre las mujeres alemanas, arrojándose a sus brazos, que sin duda alguna tuvieron que tener una incidencia trágica sobre las víctimas y su entorno familiar. Pues éste era el único ámbito donde realmente se podía hablar con libertad sobre lo ocurrido, donde la mujer podía tener voz y hacer llegar sus emociones. A pesar de ello, en algunos contextos familiares las víctimas se encontraron con la burla, la tristeza y la amenaza.

La realidad de la violencia sexual no desapareció con el fin de la guerra, ya que la RDA albergaría en su seno el Grupo de Fuerzas Soviéticas hasta la misma reunificación. Su presencia era un foco de recuerdo constante para aquéllas mujeres que habían sido violadas durante los primeros años de ocupación, pero más intenso que la memoria era la reiteración de violaciones por parte de los representantes militares rusos, encontrando crímenes en fechas tan tardías como 1985.

En Alemania occidental podía esperarse una mayor dedicación a las víctimas ya que no primaba, en principio, la relación diplomática con el estado soviético. Pero observamos la misma tendencia al silencio y la falta de reconocimiento del daño cometido durante los años de la ocupación. El proceso de Vergangenheitsbewältigung –o superación del pasado– antepuso durante los primeros años de la posguerra la táctica del olvido. En la izquierda política predominaba un rechazo y temor ante la victimización del pueblo alemán, pues se estaba lidiando aún con el sentimiento de culpa que partía del Holocausto. Mientras, la derecha –ligada a los valores patriarcales y a la Iglesia católica– no tenía ningún interés en tratar libremente un tema como la violación.

No fue hasta la unificación alemana cuando este tema salió a la primera plana de los medios de comunicación y de los análisis historiográficos. Gracias a la obra rompedora y polémica de la feminista Helke Sander y su documental BeFreier und Befreite, publicada en 1992. En Alemania y entre intelectuales de todo el mundo, se abrió por primera vez un debate crítico sobre esta cuestión tan fundamental para la recuperación y el reconocimiento de las víctimas. Aún así, sigue habiendo un abismo en el conocimiento, escasean los testimonios de las mujeres violadas y se desconocen los perpetradores de los crímenes, pues aquéllos pocos veteranos soviéticos que aún permanecen con vida apenas admiten haber presenciado tales atrocidades, y mucho menos haber sido cómplices de las mismas.

El avance en las mejoras de las relaciones de género en Europa es patente, incluso dentro de las Fuerzas Armadas donde la población femenina tiene cada vez más representatividad, pero no podemos eludir que aún hoy existe un arcaico vínculo entre la masculinidad y el monopolio de la violencia en gran parte del mundo.

¿Cuántas mujeres sufren en la actualidad los mismos impedimentos sociales y políticos para hablar de forma clara sobre los crímenes de los que fueron víctimas, que las que vivieron la violencia de las tropas soviéticas? La violación sigue siendo parte sustancial de los contextos bélicos, tanto como los estigmas que sufre el género femenino tras los abusos. Algunos de los episodios son bien conocidos, mientras otros permanecen ocultos en la memoria individual y la represión, mas aún si la mujer no goza de ningún derecho asociado a la libertad de expresión. Conocer sus testimonios y evitar la obstinada reiteración de la Historia se convierten en objetivos complejos que la sociedad debería alcanzar a través de la difusión y enseñanza, al menos para que no permanezca la impunidad que caracterizó a tantos episodios de la crueldad humana.

Bibliografía

BEEVOR, A, “Berlín: La caída: 1945″, Crítica, Barcelona, 2002.

FRIEYRO, Beatriz, “Mujeres: objetivo militar”, en ROBLES M. (coord.), “Género, conflictos armados y seguridad: la asesoría de género en operaciones”, Editorial de la Universidad de Granada, Granada, 2012.

KOWALCZUK, I; WOLLE, S, “Roter Stern über Deutschland: sowjetische Truppen in der DDR”, Links Verlag, Berlin, 2010.

Satjukow, S, “Besatzer: “Die Russen” in Deutschland 1945-1994″, Vandenhoeck & Ruprecht, Göttingen, 2008.

Seifert, R, “Krieg und Vergewaltigung. Ansätze zu einer Analyse” en Sowie-Arbeitspapier, nº76, febrero 1993, Munich, 1993.

Redactora: Sandra Suárez García
Graduada en Historia por la Universidad de Santiago de Compostela. Máster en Docencia y Máster de Historia (EURAME) por la Universidad de Granada. Interés en historia medieval, la historia de las minorías y especialmente en estudios sobre la comunidad judía.

Fuente: http://www.temporamagazine.com/los-...

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  • Aplicar la corrección política y las teorías de moda de "genero" a este suceso histórico es una tontería. Para entender este fenómeno hay que tener en cuenta la realidad de esas personas en ese momento. Esas mujeres a las que, según denunciaron los genocidas de Hiroshima y Dresde, violaron las hordas bolcheviques, no eran seres angelicales. Muchas de ellas debían ser nazis convencidas y partidarias de las masacres militares y del exterminio sistemático de varios millones de mujeres y niños rusos. Esas masacres fueron llevadas a cabo por sus padres, hermanos y maridos. Hitler planeó la invasión de Rusia como una esclavización y posterior exterminio de las razas eslavas para sustituirlas por la raza aria, que necesitaba un espacio vital para expandirse (lebensraum). Eso no es ficción. Está escrito en Mein Kampf y todo el mundo pudo leerlo antes de que Hitler llegase a gobernar Alemania. Si estamos aquí es SOLO para perpetuar nuestros genes en las generaciones futuras. Ese es el único sentido de la vida. Más de la mitad de los soldados muertos en la segunda guerra mundial fueron rusos. Después de vivir 5 años del horror de una guerra racial de exterminio, con un porcentaje de bajas exorbitante, es totalmente natural que los soldados rusos se sintiesen con derecho a utilizar a las hembras arias para perpetuar sus genes. No lo justifico, como tampoco justifico las bombas atómicas ni los campos de exterminio. Lo que digo es que es una idiotez aislar este hecho de todas las salvajadas que se estaban cometiendo en esos tiempos y darle un enfoque "feminista" al asunto.

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  • "Interés en historia medieval, la historia de las minorías y especialmente en estudios sobre la comunidad judía."

    Creo que esto lo dice todo. La autora forma parte del think tank anglo-sionista que está imponiendo el rollito de "la discriminación positiva de las minorías" a nivel mundial. Ingeniería social del nuevo orden mundial y revisionismo histórico contra Rusia.

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