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Las mujeres que visitan las prisiones

Lunes.20 de marzo de 2017 99 visitas Sin comentarios
Nexos. #TITRE

Catalina Pérez Correa

El 8 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Mujer, se conmemora la lucha de las mujeres por la igualdad. Este año, se ha convocado a una huelga para que las mujeres dejen de realizar las labores que realizan, muchas de ellas labores de cuidado del otro. Este 8 de marzo es un buen momento para visibilizar a un grupo de mujeres que pocos saben que existen pero que realizan una labor de cuidado fundamental pero pocas veces reconocido. Se trata de las mujeres que visitan y mantienen (económicamente) a las personas encarceladas en nuestro país. ¿Quiénes son? ¿A quiénes cuidan? ¿Qué implica para ellas esta responsabilidad de cuidado? ¿Qué pasaría con los internos del país si ellas dejaran de asistir dos veces a la semana a llevar comida, agua y otros bienes a los centros?

En 2014, realizamos un estudio en los Centros de Readaptación Social de la Ciudad de México y el Estado de Morelos para conocer a las personas que visitan los reclusorios. (Un recuento de ese estudio se publicó en la páginas de Nexos: acá). Queríamos saber quiénes son las personas que visitan las cárceles, a quién visitan y cómo ha cambiado su vida a raíz de tener a un familiar en prisión. Encontramos que si bien quienes están en las cárceles son principalmente hombres (95% de la población interna en los reclusorios del país son varones), quienes visitan las cárceles son, en su gran mayoría, mujeres (80% de las personas que encuestamos eran mujeres). Se trata de las madres, hijas, esposas, hermanas de los hombres y mujeres que están en prisión.

Las mujeres que visitan las prisiones son quienes mantienen los lazos sociales con las personas encarceladas (indispensable para lograr una efectiva reinserción social). Pero también son las que proveen los insumos que estas personas necesitan para vivir. Aquello que el Estado no le da a los internos en los Centros de Readaptación Social: agua, comida, medicinas, jabón, ropa, cobijas, zapatos, lo proveen estas mujeres. (El día del levantamiento de la encuesta, 94% de las personas dijo llevar cosas para ingresar al penal para su familiar/amigo.) Pero además de pagar por estos bienes es frecuente que tengan que pagar (a los custodios o a otros internos) por ingresar esas cosas a los Centros, como también para asegurar que familiares en prisión no sean golpeados, para que tengan una cama donde dormir o para que los mantengan en (o cambien a) los módulos donde pueden recibir visitas y trabajar. Deben pagar también a los abogados que prometen sacar a sus familiares de prisión y los costosos trámites que las más de las veces no sirven de más que para empobrecerlas más. Además, deben también trabajar para mantener a sus hijos y otros dependientes de las que se han convertido en las principales responsables.

Para subsanar estos costos (implícitos en el encarcelamiento de sus parejas, hijos, hermanos o padres), esta mujeres deben buscar trabajos y dejar a otras el cuidado de sus hijos. La encuesta incluso reveló que muchas necesitan mantener dos trabajos para solventar sus nuevas responsabilidades económicas. Sin embargo, como se trata de mujeres con baja escolaridad y sin experiencia laboral, el principal trabajo que encuentran es el empleo doméstico. Así, a raíz del encarcelamiento de su familiar, terminan cuidando a los hijos, o las casas, de otros, en detrimento de los propios. En otras palabras, las deficiencias, e ilegalidades, del sistemas —que a nadie le interesa corregir o que algunos incluso aplauden por considerarlas parte de la retribución que merecen los infractores (o presuntos infractores)— empujan a miles de mujeres a trabajar en el cuidado ajeno, un trabajo que nuestra sociedad insiste en mantener en la informalidad.

La carga de mantener y visitar a una persona en prisión, conlleva además costos sociales y familiares. Las personas encuestadas reportaron que a raíz del encarcelamiento dejaron de frecuentar amigos (51.6%), que dejaron de frecuentar vecinos (40.6 %), no poder llevar a sus hijos/nietos a la escuela ( 29.4%) e incluso, no poder cuidarlos (39.2%). Todo su tiempo se va en ir y venir del Centro de Readaptación o en trabajar para hacer las visitas. Además, 68.9% de las mujeres reportó haber desarrollado un problema de salud a raíz del encarcelamiento de su familiar. En suma, en el contexto penitenciario no sólo no se toma en cuenta quién cuida del otro, sino que se le castiga por hacerlo.

Es improbable que estas mujeres dejen de realizar las labores de cuidado de sus familiares en prisión. Pero el paro del 8 de marzo debe servir para traer a la luz las estructuras sociales que por una parte exigen el cuidado de otro pero por otra facilitan su menosprecio. En el caso del sistema penal, el 8 de marzo debe servir para visualizar a las mujeres que injustamente cargan el peso de las carencias del sistema penitenciario y al Estado indecente que incumple con esta obligación. Debe también ayudar a ver que permitir las ofensivas carencias de nuestro sistema implica permitir la marginación y empobrecimiento de cientos de miles de mujeres.

Catalina Pérez Correa
Profesora-investigadora del CIDE.

Fuente: http://www.nexos.com.mx/?p=31734

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