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La violencia es el arma de los ricos

Viernes.14 de julio de 2017 81 visitas Sin comentarios
Correo Tortuga - Colectivo Nena. #TITRE

REFLEXIONES en torno a la NOVIOLENCIA.
APOYÁNDONOS EN JEAN-MARIE MULLER (1)

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LA VIOLENCIA ES EL ARMA DE LOS RICOS

Ante las situaciones de injusticia cuyo carácter intolerable nos afecta profundamente, no podemos dejar de desear intensamente el momento en que los oprimidos se levantarán para sacudir el yugo que pesa sobre ellos y reivindicar la justicia y la libertad. Por eso, cuando los oprimidos intentan recurrir a la violencia para hacer frente a sus opresores, ¿cómo no tomar su partido y desear cada día su victoria alegrándonos de los golpes mortales que asestan a sus adversarios? Sean cuales sean las violencias cometidas por una y otra parte, no podríamos pretender situarnos al margen de la lucha, rechazando a la vez a los poderosos y a los humildes, a los ricos y a los hambriento, a los opresores y a los oprimidos. Sin embargo, ¿no corre el riesgo nuestra solidaridad de no ser más que formal puesto que, sin correr ningún riesgo, animamos a quienes los corren y pagan su precio? ¿Estamos verdaderamente en nuestro lugar al animar a los demás a correr esos riesgos? Si la violencia a la cual los oprimidos recurren, a la desesperada, no debe llevarnos a renegar de nuestra solidad con su combate, ¿no nos obliga precisamente ella a preguntarnos si la violencia es verdaderamente para ellos “la solución”. “Sucede a menudo, observa Danilo Dolci, que admiramos las fuerzas revolucionaras violenta, no porque sean las únicas posibles o las mejor adaptadas a las circunstancias en las cuales operan, sino porque son las únicas que existen en el sitio donde actúan, las únicas que tienen la valentía de existir”.

Pero de hecho, ¿qué solución puede ofrecer la violencia a los oprimidos? Aquellos que no tienen ningún poder en la sociedad ¿pueden procurarse los medios para llevar adelante una lucha armada contra los que tienen todos los poderes? Si los oprimidos se sitúan en el terreno de la violencia para entablar la prueba de fuerza con sus opresores, ¿no corren el riesgo de ser siempre los más desprovistos. Siendo sus instrumentos de violencia siempre inferiores a los instrumentos de sus adversarios, ¿pueden esperar establecer una relación de fuerzas en su favor? Los que tienen el poder de oprimir, ¿no tendrán siempre el poder de reprimir? Y la violencia de los pobre, ¿no corre el riesgo entonces de volverse contra ellos mismos?

Por supuesto que las situaciones de los oprimidos son muy diversas, y sería preciso realizar un análisis ante cada situación, pero a nivel general parecería lógico enunciar la siguiente hipótesis: “la capacidad de violencia de los opresores es siempre desmesuradamente superior a la capacidad de violencia de los oprimidos”.

Si analizamos nuestra historia más remota o reciente lo podemos comprobar, desde la conquista de América hasta la guerra en Siria, así nos lo confirman, y en este sentido se expresa Engels: “La violencia no es un simple acto de voluntad, sino que exige para manifestarse condiciones previas, sumamente reales, es decir, instrumentos, el más perfecto de los cuales supera al menos perfecto, y que es menester además que dichos instrumentos se produzcan; lo que quiere decir que el productor de los más perfectos instrumentos de violencia, esto es, de las amas más perfeccionadas, triunfa sobre el productor de armas menos perfectas, en una palabra, la victoria de la fuerza descansa en el producción de armas, y como ésta, a su vez, se funda en la producción en general, la victoria de la fuerza se basa por tanto en la “potencia económica”, en la “situación económica”, en los medios materiales que tiene la fuerza a su disposición”. De aquí que tanto Engels como Marx, pusieran más atención a las posibilidades de la organización de los oprimidos que en su capacidad de recurrir a la violencia.

No podemos negar que los oprimidos en ciertos momentos hayan obtenido algún triunfo con la utilización de la violencia, incluso en el caso de que no hubiera más elección que entre la resignación o la violencia, más valía elegir la violencia, costase lo que costase, pero en última instancia el precio pagado por esos pequeños triunfos, resultaría demasiado caro. En este sentido se expresaba Gandhi: “Si fuese necesario escoger entre violencia y cobardía, yo aconsejaría la violencia”. Pero es evidente que lo que Gandhi quiso expresar fue su mayor simpatía por el violento que por el cobarde, y que nunca pensó en la posibilidad de que un noviolento se viera obligado a optar entre ambos términos condenables. Su pensamiento quizá está más claro en esta otra sentencia suya: “ Yo cultivo la valentía de morir sin matar. Pero deseo que quien no tenga esa valentía cultive el arte de matar y de dejarse matar antes que huir vergonzosamente del peligro”.

En su libro “A dónde vamos ¿caos o comunidad? Martin Luther King, subraya cuán imposible es concebir una victoria de los negros sobre los blancos mediante el recurso a la violencia: “Según están ahora las cosas, existe una realidad inexorable, y es que ninguno de los intentos del negro norteamericano para salir de la opresión mediante la violencia tendrá efectividad alguna. Que los valerosos esfuerzos de nuestros hermanos los insurreccionistas sirvan para recordarnos eternamente a todos nosotros que la revolución violenta está condenada desde el principio”. El desarrollo de los acontecimientos vinieron a confirmar las afirmaciones de M.L.K.

Por supuesto, no se puede permanecer insensible ante la revuelta de los negros que toman conciencia de su propia identidad rechazando la sociedad blanca en la que eran esclavos. Su reivindicación furiosa –por encima de todas las contradicciones que lleva consigo– no carecer de grandeza ni de nobleza. Pero cuando manifiestan la cólera, el odio y la violencia que alimentan contra el hombre blanco, el registro en el que se expresaban era más bien romántico que político.

Decir al oprimido que la vía para su liberación depende del poder que procede del cañón del fusil, cuando es el opresor quién posee todos los fusiles, es un error y políticamente insensato.

Hélder Cámara se expresa en el mismo sentido cuando afirma: “La violencia armada, no tiene grandes posibilidades (…) Los poderosos tienen las armas. Nosotros podemos hacer un esfuerzo para comprar algunas armas: ellos tendrán siempre muchas más, ¡armas más poderosas!. Por ello nosotros debemos utilizar otras armas (…) Os lo repito: si intentamos utilizar las mismas armas, es una lucha siempre desigual”.

Podríamos recordar cientos de casos de violencia revolucionaria en todos los continentes siendo las guerrillas latinoamericanas un buen ejemplo de ello, los movimientos revolucionarios en Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Bolivia, Perú, Colombia, etc, nos deben de hacer reflexionar, para que nuestro análisis político no nos lleve a una lucha en la que desde el principio partimos en desventaja. Los acuerdos de paz firmados a finales de 2016 entre la guerrilla de FARC y el Gobierno de Colombia, tras 52 años de enfrentamientos violentos, confirman nuestra tesis. La violencia es siempre el arma de los poderosos, por lo que los oprimidos deben de buscar otros métodos de liberación distintos a los de la violencia.

EL MOVIMIENTO DE RESISTENCIA NOVIOLENTO.

Cuando un movimiento de resistencia recurre a la violencia, no sólo tendrá en su contra la desventaja en relación a disponer de los instrumentos de guerra al mismo nivel que su adversario, sino que además, comenzará a ser estigmatizado como movimiento terrorista que atenta contra el orden público, pues no podemos olvidar que los ricos y poderosos que poseen los mejores y más perfectos instrumentos de muerte y destrucción, también son dueños de los canales de comunicación y de información más potentes. Esto les permitirá dar toda la publicidad que deseen a las violencias cometidas por sus oponentes y desacreditarlos definitivamente ante los ojos de la opinión pública.

Para que una acción tenga un impacto social que pueda ser determinante, hace falta que suscite la comprensión y la simpatía en el seno de la población. Hace falta que pueda crearse una cierta identificación entre la “mayoría silenciosa” y la “minoría activa”, de tal manera que el resistente se halle entre la población “como pez en el agua”. Por tanto, el resistente se enfrenta a varios retos: primero creer en la justificación de la causa, segundo que la causa sea creíble y tercero que la estrategia pueda ser creída. No son las minorías convencidas las que hacen historia, sino las minorías que saben convencer. Por ello la estrategia de la acción que busque un cambio económico y político debe permitir a capas cada vez más amplias de la población convencerse de lo bien fundamentado del objetivo perseguido y la necesidad de movilizarse para alcanzarlo. Es por ello que las “relaciones públicas” que el movimiento establece en el seno de la población son esenciales para su éxito. Al mismo tiempo que se cuida la moralidad también debe de cuidarse la psicología. Por ello, convendrá estudiar las reacciones de las diferentes capas de la población ante la acción del movimiento y esforzarse por reducir la oposición, bien con su colaboración activa, bien con su simpatía o bien con su neutralidad.

Gandhi señala que todo movimiento de resistencia noviolento, provoca en el adversario cinco reacciones diferentes, que corresponden a cinco fases sucesivas: la indiferencia, la burla, la injuria, la represión y la estima. Sin embargo entendemos que estas cinco fases observadas por Gandhi no se suceden una a otra de una manera rigurosa y no corresponden a cinco fases perfectamente delimitadas. Casi siempre, se manifiestan simultáneamente, aunque en proporciones diversas, del principio al fin del conflicto. Así mismo las podríamos resumir en cuatro actitudes fundamentales, las reacciones de la población ante una acción emprendida: adhesión espontánea, simpatía, neutralidad y oposición. La publicidad dada a la acción permite en primer lugar movilizar a los que ya estaban convencidos de la necesidad de actuar en este mismo sentido, pero que se habían quedado solos o no habían encontrado los medios para comprometerse. Otros, a causa de la disposición general de sus sentimientos, de sus ideas, sentirán y expresarán mas o menos abiertamente simpatía por el movimiento; sin embargo, la preocupación de preservar su tranquilidad familiar o su seguridad profesional les impulsarán, al menos en un primer momento, a no comprometerse en la acción. Muchos en cambio no tendrán opinión decidida sobre el sentido de la acción y se mantendrán en una actitud de neutralidad, aún siguiendo de más o menos cerca la evolución del conflicto. Finalmente, algunos se alinearán en el campo de los adversarios, más o menos decididos a actuar para oponerse a que su influencia aumente y a que sus objetivos sean alcanzados.

Si trasladamos estas cuatro fases al movimiento de Objeción Fiscal a los Gastos Militares en España, podemos observar, que al principio el movimiento alcanzó una adhesión importante, llegando en los primeros años a cifras estimadas de unos 10.000 objetores fiscales, eran personas que estaban convencidos de la inutilidad de los gastos militares, que rechazaban el militarismo y estaban decididos a actuar en este sentido, y esta campaña les daba la oportunidad. Sin embargo, un volumen importante de la población, compuesta por militantes de base de partidos y sindicatos de izquierdas, miembros de ONGs, militantes de los movimientos pacifistas, ecologistas, naturalistas, animalistas, etc, movimientos cristianos de base, católicos comprometidos, etc., sentían y expresaban simpatía por la campaña; pero la preocupación de mantener su acomodamiento, la tranquilidad familiar, la seguridad laboral o profesional, etc, les impulsaba en un primer momento a no comprometerse con ella. De aquí que la campaña no pudiera despegar y alcanzar un mayor número de objetores fiscales, por ejemplo, cuando el referéndum de la OTAN, momento ideal para que hubiera aumentado el rechazo al militarismo y a los gastos militares, o en las campañas del NO A LA GUERRA, etc. Entendemos que un tercer grupo de población menos voluminoso que el anterior, serían aquellos que no saben de qué va, que les resulta indiferente y que les da igual “8 que 80”. Por último un sector de la población también importante, formado por las cúpulas de los partidos, sindicatos, la jerarquía de la Iglesia, los nostálgicos de la mili, los trabajadores del sector militar, los que se han creído la máxima de “si quieres la paz prepara la guerra”, los medios de comunicación controlados por estos sectores, etc. Serán los que se unirán a los fabricantes y traficantes de armas, a los gobiernos que autorizan y ocultan esta actividad, a las empresas que comercian con la muerte y el dolor, a los políticos que se mueven con la máxima de que “el fin justifica los medios”, etc., y serán los que abiertamente se opongan a la campaña de Objeción Fiscal al Gasto Militar.

Por ello, y como decíamos más arriba, ante cualquier acto o campaña lo primero sería precisar a qué grupo social se pretende interpelar particularmente, y elegir los argumentos que hay que hacer valer en función de sus sentimientos y de sus intereses, algo que no se ha trabajado de una manera organizada y consciente. Un objetivo esencial de cualquier campaña o acción no es tanto la de expresar las propias opiniones u actuaciones, sino buscar adhesiones. Se trataría de llevar el debate ante la opinión pública y obligar de alguna manera a que cada cual se interrogue y tenga que hacer una elección. La campaña u acción, no debe ser el medio que utilizan los que participan en ella, para expresar su enfado o cólera, debe ser el medio para encontrarse con el público, conocerle y convencerle. Por tanto, las actitudes y el lenguaje deben de buscar siempre el acercamiento al interlocutor, con el fin de que este se sienta interpelado. Cualquier campaña no debe ser sólo un llamamiento a la razón, por lo que por su propia naturaleza y en primer lugar debe ser un llamamiento “a los sentimientos”. Debe esforzarse por suscitar en aquellos a los que se quiere interpelar unas disposiciones emocionales que permitan una trayectoria racional. Aquí la noviolencia ofrece manifiestamente mayores posibilidades de eficacia que la violencia. Por tanto, lo que en un principio nace como una campaña de Desobediencia Civil Noviolenta, pero sin tener en cuenta las características anteriores que debe tener cualquier campaña noviolenta, en muy poco tiempo pasa a ser una campaña de Desobediencia Civil Pacifista, dando mas prioridad a la campaña en sí, que al acercamiento a ese sector de la población que simpatiza pero que se encuentra acomodado, limitándose a llamamientos a la razón. Estos son algunos de los aspectos en los que, a nuestro entender, han fallado las campañas de Objeción Fiscal al Gasto Militar. Theodor Ebert en este aspecto dice: “en el transcurso de las acciones violentas, ocurre fácilmente que las reacciones emocionales impiden las soluciones racionales del conflicto. En las acciones noviolentas, el elemento emotivo sostiene generalmente al argumento racional”.

De forma general, los métodos noviolentos elegidos crean en la opinión pública una receptividad mucho mayor a los argumentos esgrimidos por el movimiento. En este sentido, su poder pedagógico y educativo respecto al público que mira y escucha es mucho mayor que el de los métodos violentos. Es el caso del movimiento de Insumisión.

Una manifestación violenta corres siempre el riesgo de no ser más que un monólogo ruidoso y confuso ante un público que permanece extraño a la acción que se desarrolla ante él pero sin él, la manifestación noviolenta puede llegar a ser un verdadero diálogo con un público que llega a ser partícipe en la acción.

Cuando los oprimidos recurren a la violencia para hacer valer sus derechos, despiertan en el adversario el instinto de solidaridad de especie que tienden a formar un bloque unido, incluso con aquellos adversarios moderados que en un primer momento estarían dispuestos a reconocer algunos de los argumentos de los oprimidos, viéndose empujados a alinearse con la línea dura del grupo. En esta situación, a los oprimidos les resultará muy difícil introducir la duda o la incertidumbre dentro del bloque que ha formado el adversario, y por tanto, no podrán llevar la lucha al terreno de la justicia en el cual los moderados podrían ser más receptivos a los argumentos de los oprimidos.

El uso de la violencia, alimenta un clima de miedo en el cual los grupos adversos parecen irreconciliables. Acordémonos de la guerra en los Balcanes. El miedo aumenta la desconfianza y la incomprensión que ya separaba a los grupos en conflicto, obstaculizando su comprensión y reconocimiento. El miedo, es un mal consejero. Es el miedo quien empujará casi siempre a cada uno de los grupos en conflicto a actos de violencia cuyas consecuencias podrían ser irreparables. De nuevo acordémonos de la guerra en los Balcanes.

Siempre que se quiera abordar un conflicto de manera noviolenta, lo primero que habría que eliminar es el miedo entre las partes del conflicto.

Primero serán los oprimidos los que deben de liberarse el miedo que les mantenían en una actitud de resignación y les impedían enfrentarse a sus opresores.

En segundo lugar hay que trabajar para liberar a los opresores del miedo que les encerraba en sus privilegios y les hacía rechazar el reconocimiento de los derechos de los oprimidos.

El respeto y la cortesía de la que dan prueba los resistentes en el seno mismo del conflicto, garantiza a sus adversarios que no se aprovecharán ni de los derechos que les serán reconocidos ni del poder al cual accedan, para vengarse. Acordémonos de la actitud de Mandela en Sudáfrica. En este aspecto, MLK afirmaba: “Sólo mediante un acercamiento noviolento, se mitigan los temores de la comunidad blanca. Una minoría blanca dominada por el sentido de la culpabilidad vive en el temor de que si los negros alcanzan el poder alguna vez, actuarán sin miramientos ni piedad para vengarse de las injusticias y brutalidades de los años pasados. Sucede lo mismo que con un padre que maltrata a su hijo. Un día el padre levanta la mano para pegar a su hijo y descubre que éste es ahora tan alto como él. El padre se siente temeroso de pronto y teme que su hijo emplee su nueva fuerza física para hacer pagar al padre todos los golpes del pasado”.

El recurso a la violencia por aquellos que pretenden promover el cambio en el seno de la sociedad provoca un proceso de marginalización en relación al conjunto de la población que va completamente en contra del objetivo perseguido. Con la violencia se produce un fenómeno de rechazo por parte del cuerpo social que no puede reconocer a los protagonistas de la violencia como una parte de sí mismos. Acordémonos, por ejemplo, de los secuestros de ETA, guerrillas latinoamericanas u otros grupos que han practicado la violencia.

De esta manera el recurso a la violencia, por parte de los oprimidos, dará argumentos a los opresores para recurrir a medios de represión, con el argumento de “restablecer el orden”, (por ejemplo, situación actual del Gobierno de Turquía), incluso regímenes totalitarios, lo justificarán haciendo creer que ante la violencia tiene que prevalecer el estado de derecho. Incluso en sistemas llamados “democráticos” como el español, la violencia practicada por grupos islamistas radicales, justificó la llamada “Ley mordaza” del partido Popular, que no busca sólo luchar contra los islamistas, si no amordazar a toda la población que presumiblemente podía levantarse contra las políticas “austericidas” impuestas por la UE, y al mismo tiempo proteger a las tramas mafiosas que se organizan dentro del Partido Popular.
El recurso a la violencia de los oprimidos, a veces, parece ser bien recibido por los opresores que encuentra en la violencia de los opositores su argumento perfecto para el ejercicio de la represión, volvamos a Turquía con el autogolpe de Estado del actual Gobierno, esto sirvió para que Erdogan ejerciera la represión contra toda la oposición, medios de comunicación, maestros, militares, etc., o en España, que después de la desaparición de ETA, hay más gente acusada de enaltecimiento del terrorismo que durante la plena actividad de la misma.

Todos los gobiernos condenan el uso de la violencia argumentando que ésta es el mal absoluto, destructor del orden y de la libertad, y cargan con esta condena indistintamente a todos aquellos que recurren a ella, sean cuales sean sus motivaciones y sus objetivos. Por eso es por lo que la acción violenta está abocada al fracaso, la practique quien la practique. Por una parte, serán rechazados por la gran mayoría social y, por otra parte, deberán hacer frente a una represión que no les dejará ninguna posibilidad de eficacia, represión que sufrirán tanto los que practican la violencia como los que no la practican, dando argumentos a los represores para justificar su violencia, llegando a llamar a sus excesos “daños colaterales”.

Una resistencia noviolenta se caracteriza por el respeto a los que no participan en la resistencia e incluso con los que colaboran con el adversario, de esta manera se elimina el miedo a posibles revanchas, venganzas y ajustes de cuentas, (acordémonos de nuevo de Sudáfrica) que tanto se da en los vencedores que practican la violencia dejando heridas que tardarán años en cicatrizar, el ejemplo más directo lo tenemos en España con la represión del franquismo después de alzarse con la victoria. El movimiento de resistencia noviolento, siempre tendrá respeto al adversario, rehusará la violencia y se mantendrá inflexible ante la injusticia que practica del adversario.

La resistencia noviolenta debe ser elegido libre, consciente y voluntariamente, sin que ello deba de excluir a quienes en un primer momento no lo vean claro y por tanto no estén dispuestos a solidarizarse con los resistente. Gandhi se enfrentó duramente contra quienes dentro de su partido, querían expulsar de la comunidad a los que no participaban en el movimiento de no-cooperación. Gandhi, a este respecto, decía en Young India, en 1921: “Mientras dure la resistencia, habrá que continuar interpelándoles e invitándoles a unirse al movimiento en el que deben ser acogidos sin segundas intenciones, incluso si se deciden en la última fase de la lucha. Habrá entonces que aceptar que participen en una victoria por la cual no han luchado. Pues la lucha se ha realizado también para ellos, y sin ellos la victoria no estaría acabada”.


(1) La estrategia de la acción no-violenta. J.M. Muller. Hogar del libro, Barcelona, 1980

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