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La trampa de las vacaciones: ¿A qué estás dispuesto por ser "libre" durante un mes?

Jueves.31 de agosto de 2017 248 visitas - 1 comentario(s)
Durante once meses al año tragamos con nuestras obligaciones esperando que lleguen las ansiadas vacaciones. Y, una vez es verano, nos damos cuenta de lo que nos hemos perdido. #TITRE

Tribuna

Héctor G. Barnés

Malas noticias. Faltan apenas dos semanas para que los periódicos empiecen a llenarse con breves guías sobre la depresión postvacacional y sus consiguientes trucos para superarla. Pero ¿por qué sufrimos tanto cuando nos reincorporamos al trabajo? Venga, vale, es obvio: porque estamos mejor en la playa con una cerveza en la mano que sentados frente al escritorio durante al menos ocho horas al día. Pero este duro retorno a lo rutinario quizá tenga un matiz más existencial: “¿Es esto de verdad mi vida? ¿Va a ser así siempre?”

Se trata, quizá, del gran momento epifánico del año. Durante un breve periodo de tiempo hemos acariciado aquello que puede llegar a dar de sí la vida, y de repente, se nos arrebata. Es decir, una existencia en la que uno puede pasar más tiempo con sus seres queridos que con sus compañeros de trabajo, en la que decide sus propios horarios –comer a las cinco de la tarde, acostarse a las tres de la mañana, levantarse a las mil– y puede ensanchar el alma leyendo, escuchando música, contando historias o tumbándose a la bartola, que también es tremendamente edificante.

¿Acaso hay una expresión peor que “recargar las pilas”? ¿Somos robots que tenemos que desconectar durante dos semanas para rendir más?

El drama que se encuentra en este retorno al trabajo no se debe a que se acabe “lo bueno”, como reza la frase hecha, sino que las vacaciones, tal y como están planteadas, no son más que el gemelo amable del trabajo, que es quien articula y determina todos los aspectos de nuestra vida, incluido el descanso. Las vacaciones no son más que un paréntesis obligado en esa existencia de estrés, agobios y horarios infernales que ocupa once de los doce meses del año. Al fin y al cabo, tal y como las conocemos, emergen en la sociedad industrializada, la que comienza a considerar al ciudadano, ante todo, como trabajador.

¿Hay acaso una expresión más terrible que “recargar las pilas en verano”? ¿Qué somos? ¿Robots que necesitan un par de semanas para reponerse y así poder rendir más? ¿Es que acaso las vacaciones son tan solo una pequeña concesión para, a cambio, apretarnos las tuercas –por seguir con la metáfora– el resto del año? Es también el síntoma de que entendemos la realidad que nos rodea en términos laborales. El periodo estival se convierte, así, en una pretemporada del siguiente año, una breve tregua para “desconectar” –ejem– en la que algunos, de repente, se dan cuenta de que quizá la vida no tendría por qué ser así y recuerdan que en la Biblia, el trabajo no era dignificante, sino un castigo.

Vivir para el verano

Hace no tanto tiempo, las vacaciones tenían un componente mucho más ritualizado que en la actualidad. Algo que se debía a las limitaciones económicas de la mayoría de familias y al escaso desarrollo del turismo, claro, pero también a que el trabajo jugaba un papel menos esencial en la vida del individuo: apenas unas décadas antes, era relativamente normal pasar un mes entero en el apartamento de la playa o en el pueblo, con la familia. La continuidad con nuestra vida cotidiana era mucho mayor, y lo que hacíamos en el verano no distaba tanto de lo que hacíamos el resto del año, quizá porque aún no habíamos comenzado a percibir las vacaciones como el único momento que tenemos para ser nosotros mismos.

Esa es la trampa en la que hemos caído o, mejor dicho, a la que nos han hecho saltar. Es cada vez más habitual escuchar a personas que lamentan que, durante once meses al año, no son ellos mismos, sino simplemente una suma de obligaciones. El anhelo se cuela entre sus palabras: “si tuviese tiempo...” O leería todos esos libros que tengo acumulados, o visitaría a mis familiares lejanos, o llamaría a mis viejos amigos, o me apuntaría al gimnasio, o saldría a pasear, o llevaría a cabo tantos planes de vida que se acumulan hasta que la realidad se impone. Así vista, nuestra existencia mientras trabajamos parece estar en suspenso, esperando que las vacaciones lleguen.

Nuestra forma de enfrentarnos a ellas, por lo tanto, está tremendamente condicionada por su condición redentora. Las vacaciones serán más fastuosas cuanto más cansados, estresados o frustrados nos hayamos sentido durante el resto del año. Es la paradoja de la ambición: trabajar mucho para cobrar aún más y así poder disfrutar de unas mejores vacaciones que nos hagan olvidar lo mucho que trabajamos. En dicho contexto, tenemos que sacar el máximo partido a cada segundo y estrujar al máximo cada euro, lo cual tiene una consecuencia muy previsible: que si no lo hacemos, nos sentiremos tristes, frustrados o incluso engañados.

Al fin y al cabo, hemos pasado el resto del año esperando ese momento, así que cuando llega, lo lógico es que nos sintamos estresados. El reloj se pone en marcha y comenzamos a ejecutar ese plan perfecto que llevamos meses pergeñando, en el que a cada hora le corresponde una actividad, los viajes se suceden y los momentos de descanso están completamente delimitados. Una discutible libertad, en todo caso, en cuanto se pliega a restricciones autoimpuestas, pero restricciones al fin y al cabo. Hay quien decide aceptar dos trabajos o realizar inacabables horas extra para disfrutar de unas mejores vacaciones; de alguna manera es una expresión viciada de la ética del trabajo protestante, solo que, en lugar de ser la austeridad la que nos abre las puertas del cielo, es el esfuerzo el que nos abre las puertas de los paraísos terrenales.

Viaja, disfruta, descansa: es tu obligación

Esto crea sus exigencias, aunque no seamos conscientes de ellas. Nuestros abuelos, por lo general, no contemplaban la posibilidad de visitar el extranjero. No querían porque no podían, pero cuando pudieron, muchos de ellos no quisieron. Hoy es casi un crimen poder viajar y no hacerlo: no es que parezca que se haya convertido en un derecho, como las vacaciones, sino que se da por supuesto que, de igual forma que hay que trabajar mucho y bien y ser obediente, debemos ahorrar para irnos lejos y, ya saben, disfrutar de las Experiencias™ y conocer Otras Culturas™. Podemos ser especiales, al menos durante tres semanas.

Pongamos que conocemos a alguien que dispone de un mes de vacaciones. Sabemos que goza de un buen sueldo y que tiene dinero ahorrado. Sus amigos ya han decidido sus destinos y le han invitado a ir con ellos. También sus familiares. Tiene inquietudes culturales. Y, sin embargo, decide pasar el mes de vacaciones en su casa, montando maquetas, releyendo la última saga de fantasía heroica o tirado en el sofá. Una de dos: o nos preocuparíamos por él, porque nos parecería que está mal de la cabeza, o le echaríamos la bronca. Hemos interiorizado que el verano es para viajar, hacer cosas y estar liado. Tan liado como el resto del año, pero de otra manera.

El drama empieza cuando volvemos a la oficina y nos damos cuenta de que nada ha cambiado. No somos ni más felices, ni más cultos, ni más inteligentes. Que nos quiten lo bailao: obviamente, habremos disfrutado en mayor o menos medida las vacaciones, pero algo nos sigue faltando y, de repente, comenzamos a sospechar que nunca encontraremos un equilibrio perfecto entre el ocio y el trabajo, entre las obligaciones y los placeres. Nunca leeremos esas novelas que tenemos pendientes, ni veremos a esos amigos a los que le hemos dicho eso de “a ver cuándo tomamos algo”. Vivimos en una permanente situación de excepcionalidad, tanto en vacaciones como el resto del año.

A medida que pasan los años, uno tiene la sensación de que estos dos ámbitos, el del trabajo y el del descanso, se han convertido en dos caras de la misma moneda llevadas hasta el extremo. Es una de las características de la sociedad de consumo (trabajar más para comprar más y sentirse mejor), pero que afecta directamente a dos de nuestros bienes más preciados, el tiempo y la identidad. En un mundo utópico, seríamos nosotros mismos –o alguien muy parecido– todos los meses del año, trabajásemos o descansásemos. Pero hemos terminando escindiéndonos entre el fatigado esclavo que sueña con su libertad y el histérico veraneante ávido de experiencias y placeres que no repara en gastos. En algún lugar desconocido entre uno y otro, se encuentra nuestro verdadero yo.

El Confidencial

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  • El tema del mes de vacaciones para aquellos que tienen un trabajo fijo. Tomo un megahit, todo un temazo para los tertulianoicos, todo un tema para conversar unos segundos en una ridícula cháchara de ascensorianosis: ¡¡¡ahí es "ná"!!!

    Bueno, y "pa" qué entrar ya en el temazo de las pagas extras, que no es más que entregar una parte del sueldo robado vilmente al trabajador, para que así (quien sea tan ignorante) se crea que el "empresaurio" le da algo, etc., etc., etc.

    En fin.

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