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La narcosis colectiva

Sábado.30 de enero de 2016 231 visitas - 1 comentario(s)
9ª entrega del libro de Pablo San José: "El opio del pueblo: Crítica al modelo de ocio y fiesta en nuestra sociedad". #TITRE

Quise ahogar mis penas en el licor, pero las condenadas aprendieron a nadar.

Frida Khalo

Tema proceloso éste, el del consumo de psicofármacos. Porque no es incierto que las drogas nos han acompañado, como a otras, en nuestro decurso como sociedad. Hay quien esgrime el argumento, no falto de verdad, de que hay evidencias arqueológicas que documentan su uso en tiempos bien remotos. Porque es una realidad que hoy está casi generalizada, y sobre la que se podría decir: "quien esté libre de pecado que tire la primera piedra". Porque aún arrastramos, quizá echándole un poco de cuento, el complejo de una antigua represión de signo puritano. Porque su consumo sigue estando envuelto en una mística particular y se convierte en una especie de supuesta razón para la libertad y para el acceso a, no menos supuestos, estados trascendentes de conciencia. Incluso porque algunas drogas podrían contener beneficios alimentarios, saludables, terapéuticos, ecológicos, que nos serían arrebatados por el Sistema, mediante prohibición, en pro de los intereses de la alimentación química y la industria farmacéutica. Un dato menor, pero importante en determinados ambientes, es que la venta de una droga -el alcohol- es clave en la financiación de buena parte de los colectivos "alternativos". Y de muchos no tan alternativos: asociaciones, comisiones de fiestas, oenegés...

El profesor universitario Antonio Escohotado, aprovechando una estancia en prisión por supuesta posesión de cocaína (su versión es que fue una trampa orquestada por la misma policía), inició la redacción de una magna obra (Alianza Editorial la publicó en tres tomos), en la que realizó un interesante y ambicioso estudio histórico y antropológico: "Historia General de las Drogas". Vió la luz en 1983. En un país recién salido de una dictadura militar, en el que la investigación de este tipo de temas nunca había gozado de los favores del establishment académico, el tuerto reinó, y su descripción histórica, bien provista de datos pero francamente parcial en su interpretación y netamente tendenciosa en favor del uso liberal de las sustancias psicoactivas, se dio por buena entre la progresía, los árbitros de la moda cultural, y la llamada "posmodernidad". Éste es el típico ejemplo de estudio histórico realizado desde una tesis previa, la cual se desea avalar con los datos obtenidos. Las diferentes ciencias van a encontrar pocos objetos de estudio que posean un carácter tan extenso, ignoto y ambiguo como la Historia. Es por ello que ésta se presta con gran facilidad a todo tipo de usos interesados (no hay más que ver qué tipo de cosas pueden llegar a decir conocidos historiadores que se sientan en cátedras universitarias), y a que sucedan con facilidad errores en la investigación. En mi opinión, la ciencia histórica solo puede ser acometida desde una actitud de objetividad y desapasionamiento. De no hacerse así, cualquier resultado o conclusión que se obtiene va a ser siempre sospechoso de contaminación ideológica o simplemente subjetiva. Aquí no vale el método doble ciego. Sería interesante valorar la figura de Escohotado y el contenido de su encíclica, así como el terreno abonado en que su prédica cayó, pero eso rebasa los límites de espacio que me he propuesto en este escrito.

Volvamos al presente. Teniendo en cuenta que, como dijo alguien, si hay una verdad absoluta ésta es que las verdades absolutas no existen, me atrevería a aventurar que la aceptación, e incluso entusiasta propaganda, de la bondad de los estupefacientes -alcohol incluído- que hoy se da en los ambientes "radicales", tiene mucho que ver con el hacer de la necesidad virtud. Como nos gustan, nos dan placer, y ni por asomo estamos dispuestos a renunciar a ellas (quizá ni somos capaces), vamos a crear el argumentario que, no solo las justifique, sino que nos haga aparecer a nosotros, ya no como borrachos y toxicómanos compulsivos, sino como adalides de la liberación.

Cierto es que el consumo de drogas se dio en las sociedades tradicionales. Incluso en las muy antiguas. Pero poco tiene que ver tal realidad con lo que que nos propone Escohotado en su libro, ni con lo que hoy se practica pretendiendo el aval de aquello. Por poner un ejemplo: el alcohol, en forma de vino mayormente, en muchas de nuestras sociedades tradicionales más cercanas era alimento y complemento calórico, incluso para niños, y no vehículo de embriaguez. Cuando ésta se daba, si se daba, sucedía en circunstancias puntuales, con carácter extraordinario y solo por parte de personas determinadas. De hecho, el consumo de alcohol como sustancia embriagante no fue visto con buenos ojos por nuestras sociedades hasta hace bien poco. Precisamente cuando el adoctrinamiento de la sociedad de consumo empezó a hacer añicos las cosmovisiones previas. En sociedades rurales basadas en el trabajo manual, el cual es físicamente exigente, la borrachera se demuestra como poco o nada compatible con la labor a realizar en el día posterior a la juerga. Si se podía disculpar, y no del todo, una embriaguez coyuntural en un día de fiesta mayor, en una boda... lo que era inadmisible era la borrachera frecuente. Las tabernas, como ya se dijo, eran señaladas como lugares de extravío y mala vida, fuente inagotable de pendencias y de ruina. Los escasos adictos al alcohol, casi en la totalidad pertenecientes al sexo masculino, el o los borrachos que podía haber en cada pueblo, eran compadecidos por no ser capaces de responder a las necesidades del laboreo y por ende, de sostener con dignidad a sus propias familias. Algo catastrófico en este tipo de sociedad.

No faltan opiniones, a menudo fundamentadas en análisis y estudios sobre la realidad social y política, que defienden la teoría de que nuestras sociedades industrial-capitalistas han sido deliberadamente animadas, empujadas, especialmente sus sectores menos pudientes, hacia el consumo masivo de estupefacientes. Tal comportamiento sería un mecanismo privilegiado para el control social por parte de las minorías dominantes. Transformar mentes críticas, voluntades firmes de lucha y resistencia, personas capaces de darlo todo por una causa política, en seres principalmente preocupados por el disfrute de su placer cotidiano, se revela como un gran éxito del propio Sistema. La amplia disponibilidad y aceptación social de diferentes drogas sería uno de los circenses (como la televisión) que acompañan al panem (estado de bienestar). Se le puede dar el espacio que se quiera a la controversia pero opino que, viendo cómo afecta el grueso de las drogas a la actual juventud, y dándonos cuenta de la escasa entidad y calidad del actual sujeto revolucionario, quien desee desmentir la teoría expuesta lo tiene francamente muy dífícil.

Por si fuera poco, se dan numerosos indicios de que podría ser el propio poder, especialmente por medio de sus instituciones policiales, quien mantiene el monopolio del contrabando de los psicofármacos que aún no son legales. Hay quienes dicen que la mano negra del Sistema se encuentra detrás de la penetración forzada de la droga en determinados momentos, lugares y ambientes. Ello podría darse por razones políticas. Hay algunos ejemplos paradigmáticos. Por ejemplo, la distribución masiva de opio en la China decimonónica por parte de la Inglaterra colonial, con el objetivo de hacerse con el control comercial y político del país (dando lugar a dos guerras con millones de muertos). También la destrucción sistemática, a base de distribución alcohol, de las culturas nativas en todo el continente americano, en distintas épocas que llegan a la actualidad. O el desaforado aumento de consumo de vodka que se produjo en la depauperada Rusia a la caída de la URSS, con el fin de mitigar las resistencias sociales al cambio de modelo. Más próximo a nuesto ámbito geográfico y temporal, tenemos el caso de la fuerte irrupción del consumo de heroína entre la combativa juventud vasca de los años 80. Aunque más allá de estos hechos históricos puntuales, hemos de advertir que hay una tónica, una política permanente en tal sentido, que es común a todo tiempo y lugar en nuestras sociedades occidentales. Esta inducción al consumo de drogas, creada por el poder, como decimos, es muy antigua. Pero en nuestra edad contemporánea tiene dos hitos fundamentales. El primer impulso en este sentido se da cuando amplias masas proletarias se concentran en las instalaciones fabriles, dando lugar a peligrosas multitudes de trabajadores capaces de autoorganizarse en defensa de sus intereses. Ya hemos hablado de este hecho y de cómo el alcohol tabernario es utilizado como recurso por parte de las clases dominantes. El segundo empujón se da en la segunda mital del siglo XX, de la mano de fenómenos como la "revolución sexual" (1), "la contracultura" y la implantación universal de la sociedad de consumo. A partir de este momento, el uso de las drogas desborda todos los límites anteriores, y se convierte en una más de las realidades omnipresentes de la nueva cotidianeidad. Es difícil no establecer una relación con el hecho de que, en estas décadas, acontece el fenómeno de la conversión de la mayoría de fuerzas políticas occidentales de izquierda, las cuales pierden su carácter revolucionario socialista, y anti-estado según los casos, y se transforman en movimientos sociales mayoritariamente preocupados por la reforma no estructural de lo existente.

La fiesta nocturna de fin de semana en nuestra sociedad no tendría el menor sentido ni podría entenderse sin las drogas. Pocos en su sano juicio interrumpirían drásticamente sus biorritmos, intercambiando día por vigilia, sumando horas y más horas a la semana laboral sin mediar descanso, si no fuera por el concurso de las drogas. Las que estimulan, las que relajan, las que euforizan y desinhiben o todas ellas. Nuestra fiesta nocturna es, pues, de base nétamente química (2). No en todos los casos, que de todo hay en la viña del señor, pero sí en la mayoría, y desde luego en los que determinan.

Valorando el fenómeno del consumo de sustancias psicoactivas en su conjunto, ¿el asunto se puede ver como positivo o negativo, como destructivo o constructivo, como un poco de cada? Pues yo, que no dejo de ser un adicto más, soy de opinión francamente crítica. Creo que quedó claro en los párrafos precedentes. Así que fíjate qué parecer podría tener alguien que se aproxime al tema desde fuera, tratando de ser objetivo. De hecho, una aplastante mayoría de defensores de las supuestas virtudes de algunas drogas, son adictos a una o a varias de ellas, empezando por el profesor Escohotado, lo cual no creo que pueda interpretarse como casual.

Que las drogas tengan sus caballeros paladines no deja de ser también lógico por su parte. Es verdad que los efectos sensoriales placenteros que proporcionan son muchos y variados. Y no solo sensoriales. Cual si fueran la mágica farmacia de los deseos: hay químicos para aguantar, para relajarnos, para pretender ser nosotros mismos o quien nos gustaría ser, para intercambiar tristeza por alegría, para que nos hagan gracia las gracias, incluso para la risa, para que no nos enfaden los malos rollos, para que los problemas se escondan momentáneamente en el olvido, para envalentonarnos antes de ligar, para que nos podamos creer que se nos valora y se nos quiere, que el acontecimiento en el que estamos de cuerpo presente es de verdad una fiesta... No hay mujeres feas sino copas de menos, dice el refrán soez. Pues por la misma regla de tres: la vida es una mierda; convirtámosla en un sueño.

En el interior de la persona consumidora, la droga genera una realidad inauténtica que cada cual percibe en cada momento dependiendo de lo que ha tomado y en qué cantidad. La sensación provocada se asemeja a la ensoñación y la virtualidad. Lo real, para lo bueno y para lo malo, se difumina en tales momentos. Dicho en pocas palabras, cuando nos drogamos ya no somos nosotros mismos. Y cuando nos drogamos juntos, la realidad colectiva que se da es eminentemente mentirosa. Aunque haya quien pretenda decir lo contrario: que en esos estados es cuando aflora nuestro yo más verdadero, el cual emerge libre de las autorrepresiones cotidianas e inconscientes que la vida en esta sociedad ha sembrado en nuestro interior. Sin ánimo de tener razón a toda cosa, y desde mi propia experiencia como parte activa y como espectador de los comportamientos ajenos, yo no me lo creo. Y le diría a algún defensor de la tesis anterior que quizá sea mejor verlo así; porque esos estados supuestamente más auténticos que los normales que tanto se loan, con frecuencia se traducen en comportamientos incontinentes, depresivos, empalagosos, violentos o sexualmente babosos.

En el estado de embriaguez, o de coloque, a la persona que lo padece se le va escapando la perspectiva de la realidad. Por exceso o por defecto, cuando no por fuga total en el caso de algunas sustancias. El futuro, en ese momento, queda relativizado o simplemente deja de existir (en función de droga y dosis). Solo se reconoce el presente, y éste filtrado por el crisol de la percepción alterada. El individuo en este estado es el perfecto resumen de lo descrito en epígrafes anteriores. Es el perfecto adolescente, el hedonista total. A menudo también el consumista perfecto. Sin duda, es el modelo de ciudadano que desea y conviene al Sistema.

De tanto frecuentar estados y situaciones de irrealidad, no es extraño que a algunos consumidores de drogas se les deconstruya el valor Verdad. Sin apenas ser conscientes de ello, irán concediendo cada vez menos importancia a la veracidad o al mantener la propia palabra, y los disimulos, engaños y mentiras, primero pequeñas, cada vez de mayor envergadura, irán conviritiéndose en algo cotidiano. En mayor medida cuando mayor sea la adicción, y especialmente si la sustancia en cuestión no está socialmente aceptada en el ámbito del adicto. En general, los consumidores habituales de drogas, incluídos quienes beben alcohol, tienden a disimular su adicción, a que parezca menor de lo que en realidad es. Ante sí mismos en primer lugar, pero también ante el resto. En muchos casos, a ocultarla por completo. Un adicto a cualquier sustancia se morderá nervioso las uñas sin soltar prenda en un ámbito festivo en el que su droga no esté presente, mientras maquina el modo de conseguirla o la excusa que va a poner para esfumarse. La felicidad será máxima si encuentra una persona en su misma situación con la que aliarse en la resolución del problema común. La ansiedad que provoca la falta de la sustancia en caso de adicciones muy pronunciadas, vuelve al individuo sumamente egoísta y capaz, no solo de mentir, sino de prescindir de la mayoría de valores éticos en la relación con los demás, hasta que no logra saciar su necesidad. Incluso más allá de haber logrado ese objetivo, pues es sabido que los actos repetidos crean hábito. El caso paradigmático extremo que todos conocemos es el de las personas adictas a la heroína en vena. Pero opino que el patrón, aplicando las correspondientes escalas, afecta a toda adicción y a todo tipo de sustancias.

Bailamos y bebemos entre camellos conocidos, los cuales tienen suerte de tener montado su chiringuito en un ambiente en el que "el buen rollo" es religión. Si un compi se excede de puro borracho o pasado de vueltas, se le disculpa; actos que serían imperdonables en otros contextos. Todo es apología en el emborracharse, fumarse, meterse tiros o pastillas. No hay, ni se permiten, críticas ni apelaciones a la responsabilidad. Todo eso se considera "chungo", "cortarrollos", y se ve como una especie de atentado a la libertad de la persona que ha decidido libremente drogarse.

Nuestra fiesta actual, semanal e incluso de más días, entre otras cosas, es una buena ocasión para colocarse en compañía y -a diferencia de otras épocas- quedar bien. Qué tío, o qué tía tan maja y divertida. La droga, en sus diferentes formatos, no es que esté admitida en la noche, es que es casi obligada. Un efecto colateral de este hecho, el cual no conviene perder de vista, es que hay bastante gente que acaba por no conformarse con el uso de finde, y las extiende al resto de su vida. Es de perogrullo y lo veníamos sugiriendo, pero es otra circunstancia destacable y que no hay que olvidar, que una de las características de todas y cada una de las sustancias nombradas como droga es que provocan una adicción, tanto química como psicológica, en la persona. Y en nuestra sociedad este peligro es de mayor magnitud que en otras previas, dado el deterioro personal al que el Sistema ha sometido al individuo. Éste carece a menudo de la necesaria madurez y autoestima, así como de los elementos necesarios para tomar decisiones que se puedan entender como plenamente libres y en conciencia.

Sí es verdad que, aunque todas lo poseen en grado mayor o menor, las diferentes drogas tienen distintos factores y niveles de adicción. Además, como decimos, la dependencia está también en relación con las características específicas de cada individuo y cultura. Conocer que existen esas diferencias no resulta muy beneficioso que digamos, ya que suele ser la base argumentativa más recurrente para que una gran mayoría de consumidores de drogas subestimen el poder adictivo de la sustancia que toman, y sobredimensionen su propia capacidad personal de resistir la posible adicción. Es el típico "tranquilo, yo controlo". Nadie más ciego que el propio adicto de la droga que sea con respecto a las efectos y grado de adicción que le produce el consumo de su sustancia.

Algunas drogas tienen su propio cuerpo doctrinal justificatorio. Esgrimido en prácticamente todos los casos por quienes las consumen. Más cuanto más las consumen. Ya hemos dicho algunas cosas sobre el alcohol, pero, sin ser la droga más consumida, en nuestro contexo el más claro ejemplo de esfuerzo legitimador es el que se hace con la marihuana. Ésta, entre otras cosas, es reclamada como legalizable (dudoso honor). Hay, de hecho, toda una teodicea victimista relativa a su prohibición legal y a los supuestos intereses del Sistema que estarían detrás de ella. En todo caso esta droga se propone y reclama como sustancia "diferente" a las demás. La diferencia se arguye en primer lugar, en clave de alternativa política. Al parecer, como decimos, el Sistema no quiere que la gente cultive y fume marihuana. Sin embargo, tal afirmación resulta contradictoria con el dato del número elevado de miembros de la Guardia Civil que se dedican a contrabandear con todos sus derivados. No creo que sea necesario recordar hasta qué punto la Benemérita forma parte de la gobernación del régimen.
No solo miembros de la Guardia Civil. También de las policías locales, de la Policía Nacional, de miembros del Ejército o de integrantes de la clase política y empresarial (3). El resultado de este tráfico ilegal, promovido en grado muy importante por quienes teóricamente debían impedirlo, es el de un buen abastecimiento del mercado, y a precios no mucho mayores que los de la droga legal. Sería curioso comprobar y contrastar con el actual, el precio que podrían alcanzar las dosis de marihuana y del resto de derivados del cáñamo si se vendieran legalmente, sometidas a un control y una tributación similar a la del tabaco. Quien desea comprar derivados del cánnabis lo tiene fácil, vamos. Cuanto menos, la cuestión resulta sospechosa.

Quienes consumen cannabis, con cotas de adicción iguales o superiores a los enganchados a otras sustancias, defienden las virtudes políticas tanto como medicinales y naturales de su droga. Aunque a ellos, desde luego, les interesen más "las otras", según cualquiera puede constatar. Sin duda el cannabis posee elementos químicos que pueden resultar beneficiosos para la salud; en ciertos casos, en ciertas dosis y en determinados modos. Pero los apologetas del uso de la planta que invocan estas razones -normalmente para tratar de avalar y justificar su uso recreativo, y no tanto el medicinal- omiten deliberadamente que la marihuana también contiene sustancias tóxicas, nocivas para el organismo. Más si se absorben aspirando el humo resultante de su combustión. Es de cajón que los pulmones no están diseñados para respirar humo. De la misma forma que el hígado y los riñones no están preparados para eliminar -mucho menos de forma habitual- la sobrecarga de toxinas que supone la ingesta de drogas (de hecho, el efecto embriagante de las drogas viene dado por una sobresaturación de estos órganos, que se ven incapaces de eliminar los elementos tóxicos a la velocidad con la que se incorporan al organismo, y, así, éstos llegan, sin filtrar, al sistema nervioso). Del mismo modo, el sistema neuronal tampoco está preparado para el funcionamiento extraordinario que le supone la citada invasión de químicos agresivos. Resulta más que inquietante leer una relación de los efectos a corto y largo plazo que la ingesta continuada del cáñamo genera en el individuo, en lo corporal y en lo psicológico. Forzar los límites del propio cuerpo es jugar con fuego, y están bastante bien descritos los efectos a largo plazo que el abuso de las diferentes drogas causa en estos órganos vitales. Otra cosa será que el consumidor de edad joven prefiera centrarse en el presente y no quiera pensar en consecuencias acumuladas en el tiempo. Aunque quizá, si le fuesen presentados algunos consumidores de amplia dosis diaria de las respectivas drogas con décadas de adicción a las espaldas, la opinión pudiera modificarse drásticamente. Podría venir a cuento aplicar una metáfora en relación al tema tratado, que -también- se puede extraer de la canción que cantaban grandes expertos en las drogas y sus estragos, como eran Los Chichos:

"Porque tú te ves bonita,
tú te pones orgullosa,
ni más ni menos, ni más ni menos,
más bonitas son las rosas,
viene el tiempo y las marchita."

La amplia adicción al cáñamo ha creado toda una subcultura formal (y de consumo) en su derredor. ¡Hasta un partido político! Para mucha gente, igual que sucede con el alcohol, y con la anuencia de amplios sectores sociales, la marihuana no es una droga, sino un elemento más de la vida cotidiana: una forma como cualquier otra de relajarse un poco. Como sentarse a ver una puesta de sol. Un argumento utilizado por consumidores en alto grado de cannabis, es el de que en esta sociedad hay un exceso de uso de ansiolíticos, recetados por el propio estamento médico institucional, los cuales juzgan como muchísimo peores a todos los efectos que el cáñamo. Así, su propuesta para las personas en tratamiento médico o simplemente adictas a estos productos farmacológicos, suele ser que sustituyan su medicación por los porros. Independientemente de que el cambio pudiera producir pérdida o ganancia -que habría de valorarse en cada caso- opino que la solución no constituye alternativa. En ambas situaciones se pretende resolver el problema con un químico, escondiéndolo bajo la alfombra de la anestesia (o efecto euforizante, en otros casos) que proporciona la sustancia. Aunque los químicos puedan ser útiles en determinadas circunstancias, especialmente ante graves enfermedades mentales o cuadros psicológicos agudos, lo suyo es actuar principalmente sobre las causas, y no tanto sobre los síntomas del problema. Y en caso de necesitarse un paliativo o un reductor para tales síntomas, mucho mejor, si ello es posible, una alternativa no química, no invasiva del propio organismo. Que la propia vida tenga razón de ser y sentido suele ayudar, y no en pequeña medida.

Está estudiado que el cannabis es una droga depresora del sistema nervioso central. Como tal, proporciona relajación a sus personas consumidoras, las cuales, en general, tienden a disminuir su tono corporal, al tiempo que introducen buenas dosis de relativismo en sus procesos racionales. En el caso de adictos de largo recorrido y alta dosis, debido a la tolerancia alcanzada por el propio organismo, a menudo el uso de la droga solo aportará pequeños efectos, siendo su ausencia la que genere procesos de alteración nerviosa, e incluso síndromes de abstinencia de cierta entidad. Todos ellos cesarán con una nueva ingesta de la droga. Así, el cese de tal malestar y la vuelta a un estado "normal" será, en esos casos, casi el único efecto "beneficioso" constatable de su consumo.

Entre otros efectos descritos, la marihuana es la droga del buen rollito y del ritmo caribeño por excelencia. Sus adictos de importancia loan aquí y allá las bondades del cáñamo, al tiempo que, por lo común de forma poco o nada consciente, van sumergiéndose en ese ritmo vital indolente, dejado y descomprometido que tanto les caracteriza.

Además, esta buena prensa que hoy tienen los porros, está abriendo las puertas de par en par a su consumo entre los sectores más jovenes. Gente que, como quedó explicado, es hoy menos madura, responsable y libre que nunca. El amigo docente del que ya hablé, me cuenta que algunos de sus alumnos de entre 16 y 20 años tienen graves problemas de adicción con la marihuana, la cual dificulta seriamente su rendimiento en las clases, y más de una vez es causa directa de que se suspendan sus prácticas en empresas.

Por su parte, el alcohol también tiene sus apologetas. Desde quienes arguyen que una borrachera de vez en cuando es costumbre de toda la vida, y que viene fenomenal para oxigenar mente y espíritu, hasta quienes defienden su uso moderado y ocasional, como placer y no como droga: la copita del sibarita. Que sea la droga con mayor recorrido tradicional en estos pagos y que su consumo sea el que socialmente se encuentra más admitido y socializado (no hay celebración en la que no esté presente), contribuye notablemente a consolidar todo tipo de mitos justificatorios. Que beber es "de hombres", que quita el frío y cosas así. Especialmente peligrosa me parece la leyenda que invoca factores estadísticos (cuánta gente hay que bebe, y sin embargo qué pocos son los alcohólicos reconocidos), con la intención de presentar el consumo etílico como un comportamiento prácticamente inocuo que no precisa de mayores precauciones.

"Hay mucha gente adicta a infinidad de cosas", suele ser argumento de los defensores del consumo irrestricto de cannabis, alcohol y otros estupefacientes. Y se enumeran diferentes enganches como la televisión, internet, la ludopatía, el sexo, la comida... Pretendiendo confundirlo todo, eliminando la acotación que define droga como aquella sustancia que se ingiere para afectar deliberadamente el sistema nervioso, y por tanto la forma de percibir la realidad. Creo que conviene aclarar bien el significado de la palabra "droga" para que podamos entender de qué se habla. Dejando atrás la acepción antigua que identifica droga con medicamento, la más clara hoy es la que nombra a una sustancia que altera el sistema nervioso central. Cabría añadir un segundo requisito para que tal sustancia sea droga: que cree adicción. Así tendríamos sustancias químicas que modifican la función del sistema nervioso sin crear adicción (un calmante cualquiera), otras que crean adicción sin afectar al sistema nervioso (algunos alimentos), y lo que podríamos llamar cabalmente "drogas", que reune ambas cosas. Una segunda clasificación sería separar la "droga" (sustancia química) de la "adicción", la cual es un tipo de comportamiento. Por ello, aunque todas las drogas crean adicción, no todas las adicciones son fruto de drogas. Ver la televisión o frecuentar la prostitución pueden ser comportamientos tanto o más adictivos que los provocados por una droga, pero la televisión o la prostitución no pueden ser denominados "droga" salvo en sentido metafórico. En mi opinión, aunque todas las adicciones son primas hermanas, merecen juicios similares, y evidencian por igual la desarmonía del individuo en esta sociedad desnortada, a la hora de analizar lo que pasa y lo que deja de pasar, no conviene considerar que todo es exactamente lo mismo y no se gana nada mezclando los términos. Especialmente si el objetivo no es la búsqueda honesta de la verdad sino el echar balones fuera. Además, bien claro lo deja el dicho: "mal de muchos, consuelo de tontos".

El drogarse habitualmente, sometiéndose a los riesgos antes descritos, puede ser expresado, incluso a pesar de ellos, como un acto de libertad. Mi cuerpo es mío y con él hago lo que quiero. Vive y deja morir, decía alguien. Resulta cuanto menos curioso que sea precisamete el valor libertad el que se invoque a la hora de defender el consumo de estupefacientes. Y puede ser verdad que el acto de una persona que jamás, o apenas, prueba el alcohol y un día decide tomarse una cerveza, constituya una decisión tan libre como la de no tomársela, o la de ponerse a hacer un crucigrama. Pero si hablamos de alguien que bebe habitualmente, tenemos que considerar unos mecanismos psicológicos adquiridos de necesidad, y unos condicionantes físicos de tipo químico: el cuerpo reclama su dosis de alcohol para vencer la sensación de ansiedad y simplemente reequilibrarse. Lo mismo ocurre con el resto de sustancias. Los adictos a las drogas no son peleles, pero su libertad de elección está evidentemente menoscabada. Una idea fuerza es que nadie es responsable de haberse hecho toxicómano, puesto que la adicción nunca sobreviene por decisión voluntaria sino por circunstancias ambientales. Pero sí se es responsable de mantenerse en dicha adicción, ya que abandonar el hábito depende de la decisión y voluntad de cada cual. Con esto no se quiere decir que sea siempre fácil hacerlo -nada más lejos de la realidad- pero sí que es posible, y que si tal cosa no se acomete, la adicción y todas sus consecuencias se convierten principalmente en responsabilidad de la persona enganchada.

La visión libertaria del uso de las drogas se acompaña a menudo con un temerario: la de gente que conozco que los fines de semana bebe, fuma... y no le pasa nada. Carrillo murió casi a los cien años fumando como un carretero. Esta argumentación suele llevar de la mano la de las dosis: con moderación nada causa mal, con abuso todo daña, incluso los más sanos alimentos. La de la responsabilidad: es cosa de cada cual saber dónde tiene que poner un límite. Y también la comparativa: a ver si no me voy a poder tomar mi cerveza porque haya gente que no se sabe controlar. Como puede verse, son argumentos que, entre otras cosas, deliberadamente se desentienden de la dimensión social y de las implicaciones políticas del asunto, y centralizan el debate en el individuo y sus derechos. En la teoría burguesa de la libertad; la de, por ejemplo, John Stuart Mill. En mi opinión, sin renunciar a ésta, la cual también es legítima y defendible, hay que priorizar la obtención de otro tipo de libertad, fundamentada en el esfuerzo y en la superación: la que consiste en dejar atrás todo aquello que nos esclaviza como personas y como sociedad, sean adicciones, o sean estructuras injustas. Por ello me resulta reduccionista considerar la cuestión del consumo de psicofármacos como una mera relación entre el individuo y la sustancia. Puesto que no estamos junto a nuestra droga en una isla desierta o en una campana de vacío, hemos de incluir un tercer elemento: la sociedad. La relación así es triangular, y se da entre persona y sustancia, entre persona y sociedad, y entre sustancia y sociedad. Dicho de otro modo: cualquiera de nuestros actos tiene una implicación social y participa de dinámicas que se dan en sentido amplio, reforzándolas o contribuyendo a su aminoración. Un pequeño ejemplo: hay una mayor probabilidad de engancharse al tabaco cuando se ha sido educado en una familia de fumadores. Y es de creer que la inmensa mayoría de padres fumadores no desean que sus hijos se conviertan en adictos, y por lo tanto evitan hacer apología consciente de su uso de la sustancia en presencia de los menores. A pesar de ello, el patrón se transmite.

Dice la canción de Café Quijano:

"Y siendo tan listo quien te ve y quien te ha visto
sin arte ni oficio, matándote a vicios.
Cerrando bares, qué más te da,
pagando amores, no das para más.
Y ahora tienes los huesos
con alcohol y sin besos
para pocos excesos. "

Y sobre eso, para terminar, algo diré. Es idea que tomo prestada y reproduzco porque coincido con ella. Sin negar el derecho de autodestruirse que, en mi opinión, no debería impedirse a nadie, puesto que la libertad debe ser tan generosa que incluso permita a algún gilipollas renunciar a ella misma, haríamos bien en no consentirnos el engaño, ni el autoengaño. Ese adicto a drogas semanal que "lo lleva" aparentemente bien, sin problemas apreciables, puede llevarlo muy bien hoy, mañana y pasado, pero puede que al otro, con cuarenta y dos, o con cincuenta y tres años, o con sesenta, un día se despierte y descubra que su vida se ha ido a la mierda. Y no solo la suya, sino también la de su familia. Porque eso pasa, y pasa mucho, conviene tenerlo presente y no perderlo nunca de vista a la hora de formular teorías románticas sobre los derechos personales y la libertad de "experimentar" con, y consumir drogas.

Jo tío, como te pasas, -dirá alguien- vaya un sermón moralista que estás echando. Y la verdad es que aunque no sea lo que hoy se lleva creo que es importante que hagamos, también, valoraciones éticas y morales de las actuaciones propias y ajenas. Desde el respeto, por supuesto. En este caso, aunque mi visión acerca del fenómeno sea crítica, me parece respetable y en modo alguno reprimible el hecho de que si alguien se quiere drogar, pueda hacerlo a su arbitrio. Pero de ahí a tener que guardar silencio ante la apología del consumo va un trecho. Dicho de otro modo, drógate si quieres, pero no me vendas la moto de que es algo beneficioso.


Notas

1.- Alguien decía que el mayor logro de la misma fue el de "convertir el amor en orgasmo".

2.- Se entiende química externa que es introducida en el propio cuerpo, ya que éste es todo él, a su vez, una suma y combinación de elementos químicos.

3.- Es recurrente la desaparición de alijos decomisados, almacenados y custodiados en dependencias policiales. De la misma forma que las detenciones y procesos judiciales, por temas de narcotráfico, de militares y miembros de los cuerpos armados del estado destinados en zonas fronterizas, son noticia habitual en los medios de comunicación. El gran número de agentes de la Guardia Civil destinados a la vigilancia costera y aduanera que caen en este tipo de operaciones, hace pensar que la entrada de cannabis a gran escala a través de las fronteras meridionales de la península está controlada por una o varias mafias, cuyos integrantes acostumbran a vestir de color verde.


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  • La narcosis colectiva

    30 de enero de 2016 22:54

    Estoy de acuerdo contigo.De hecho,al ser humano le deberían sobrar esas cosas,pues si necesita algo para "divertirse"es que no tiene la capacidad suficiente para divertirse por él mismo.Vemos como un defecto que alguien necesite una muleta para andar o una silla de ruedas,pero no se ve como un defecto que alguien necesite apoyarse en la muleta del alcohol y de las drogas,como si no fuera un acto humano.El primero es una accion,andar,el segundo,divertirse es un acto espiritual,abstracto o como se le quiera llamar.

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