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La libertad de votar y de ser elegido solo se mantendrá si no molesta al Sistema

Miércoles.4 de mayo de 2011 1714 visitas - 1 comentario(s)
Como el resto de libertades. #TITRE

A propósito de la ilegalización de las formaciones políticas Sortu y Bildu por los políticos de los principales partidos del estado español con la complicidad de los jueces del Tribunal Supremo, se nos ocurre la oportunidad del texto que sigue. El título y subtítulo son nuestros (nota de Tortuga).


Libertades formales y reales. Libertades afirmadas y negadas.

Las libertades del individuo, en la concepción liberal actual, son la libertad personal, como seguridad física y jurídica, la libertad religiosa (…), la libertad de asociación, de expresión, de reunión, de huelga, de información y algunas otras, junto con el derecho a la justicia, el derecho al sufragio y varios más de inferior significación. Tales son proclamadas con descomunal pompa y barroquismo, así como con incansable brío y pertinacia, día tras día por la propaganda institucional, pues se tiene por verdad indudable que expresan el régimen de completa libertad en el que vive cada ciudadano bajo el imperio de la Constitución de 1978, y en el marco del régimen de “democracia representativa”.

Ahora bien, la misma Constitución incluye, en su art. 55, las condiciones y el procedimiento legal a seguir para realizar la suspensión de los derechos y libertades, que ha sido desarrollado luego por diversas leyes orgánicas y otras (véase por ejemplo la Ley de Partidos, n. de Tortuga). Además, el art 116 regula los estados de excepción y de sitio, que incluyen una reducción, si no una revocación total, de las garantías jurídicas y procesales de la persona, así como de los demás derechos y libertades.

Pero eso no es todo. El Código Penal militar atropella varias de las libertades fundamentales del individuo común en determinados supuestos, lo mismo que el Código Penal. Es factible promulgar futuras leyes derogando o disminuyendo tales o cuales de aquellas libertades, como se hace cada cierto tiempo. (…)

Lo que todo esto viene a significar es que las libertades legalmente reconocidas se mantienen mientras sean muy poco utilizadas por las gentes, pues en cuanto éstas progresan en la toma de conciencia política se activan los mecanismos legales, e incluso alegales, para su nadificación conforme al principio de la razón de Estado. En ello consiste la irremediable precariedad de tales pomposidades liberatorias, que se evaporan cuando son utilizadas por encima de un límite mínimo, dado que son libertades para ser contempladas y comentadas, para integrar a la gente en las prácticas políticas institucionales y para proporcionar argumentos a la propaganda política oficialista, pero no para ser vividas de manera autodeterminada. Si se realizan, desparecen, dejando paso a formas explíticas y desembozadas de represión, de violencia estatal, de dictadura.

Eso por un lado Por el otro, es parte de la experiencia cotidiana que tales libertades retóricas no pueden realizarse nunca, salvo de manera insignificante, pues todo el orden constituido lo impide. El gran logro del liberalismo maduro es la sustitución del prohibir por el impedir como procedimiento principal de una dictadura política eficaz. En su fase preliberal el Estado se afirmaba contra el pueblo de manera principal a través del acto de prohibir, lo que era engorroso de realizar, desprestigiaba a las autoridades y lograba resultados solo medianos. Por ello, los modos de sojuzgar se fueron refinando hasta alcanzar el grado de perfección que hoy tienen, en el que el tosco prohibir de antaño deja paso al mucho más complejo y sutil impedir, para lo cual se ha reordenado la totalidad del cuerpo social y del aparato estatal de tal modo que la libertad-libertades sean imposibles incluso si no están prohibidas y si han sido convertidas en uno de los pilares del orden jurídico. Eso no quiere decir que no existan el prohibir y la simple represión, cuya robusta persistencia se ha mostrado más arriba, sino que han sido relegados a un lugar secundario para los tiempos de calma o de baja actividad contestataria. En ellos, lo que prevalece es que se impide hacer uso de la libertad.

Bajo el régimen constitucional es axiomático que el Estado otorgue y garantice las libertades al pueblo, aserción que manifiesta lo mendaz de la actual doctrina política, pues las libertades no pueden regalarse ni otorgarse ni garantizarse, dado que sólo las tiene quien las conquista y mantiene. En la realidad las cosas suceden de otra manera: el Estado expolia al pueblo las libertades reales y le entrega a cambio otras ilusorias e irrealizables, poco más que chatarra verbal para engaño de los necios, contento de los flojos y autoengaño de los pusilánimes. Algunos tratadistas exponen que las garantías y libertades nos protegen, sobre todo, contra las arbitrariedades de las instituciones y autoridades pero esto es un sinsentido, pues equivale a decir que el Estado nos protege contra el Estado.

Tras estos paralogismos se delinea la única verdad de este asunto, que las libertades políticas coinciden en lo esencial con la soberanía (que Bodino define como la capacidad de mandar sin ser mandado), hasta el punto de que es libre quien ejerce la potestad de la toma y ejecución de las decisiones, mientras que quien no lo hace es porque está dominado, y en ese caso no resulta sujeto de libertades. Dado que el poder lo tienen el Estado y sus formaciones generadas, él es la entidad libre en lo político, quedando para el pueblo la condición de no-libre.

Félix Rodrigo Mora
“La Democracia y el Triunfo del Estado”

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  • Texto magistral. Con qué economía de palabras se dicen tantas cosas ciertas y de forma tan exacta.

    Añado esta otra frase que tiene mucho que ver:

    En otras épocas al pensamiento alternativo se le encasillaba como disidente y se le prohibía y amordazaba, pero esa censura hacía resplandecer la épica de la libertad de opinión. Hoy, lo que incomoda no se rebate ni se prohíbe; sencillamente se le ignora. Y para eso inventaron la saturación informativa, como cuando hay mucho griterío y cada voz particular queda ahogada, así la censura se ha vuelto superflua.

    Enrique Martínez Reguera

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