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La fiesta no es para viejos

Sábado.12 de marzo de 2016 237 visitas Sin comentarios
12ª entrega del libro de Pablo San José: "El opio del pueblo: Crítica al modelo de ocio y fiesta en nuestra sociedad". #TITRE

Ni para niños. Ni para cualquiera que tenga familiares que atender (salvo que pague para que lo hagan otros). Tampoco, en muchos casos, para personas con alguna discapacidad. Y, desde luego, para las que no tengan dinero. El espectro de invitados a la fiesta es muy determinado y, para nada, abarca todo el cuerpo social. Al fin y al cabo vivimos en un sistema que es exclusivo y excluyente. ¿Por qué no habría de trasladarse eso a su parte festiva?

Volviendo al concepto de fiesta tradicional que se explicó más arriba, la utilidad y sentido de la misma era, entre otras, dar cohesión a la colectividad. En cambio, la fiesta industrial capitalista no logra ni pretende ese objetivo, sino que profundiza en lo contrario: la desvertebración, la atomización, y la destrucción, al fin y al cabo, de la comunidad. Decía Alexis de Tocqueville en su obra "La Democracia en América", escrita entre 1835 y 1840: "El despotismo, que por su naturaleza es tímido, ve en el aislamiento de los hombres la garantía más segura de su propia duración y procura aislarlos por cuantos medios estén a su alcance. No hay vicio del corazón humano que le agrade tanto como el egoísmo; un déspota perdona con facilidad a los gobernados que no le quieran, con tal de que ellos no se quieran entre sí." La fiesta "clásica" se celebraba en horarios y formatos asequibles, diversificados y adaptados a niños y mayores, jóvenes y viejos, mujeres y hombres, padres e hijos, casados y solteros (podemos recordar los partidos de fútbol que se hacían hace no mucho con estos equipos). En ella, una sociedad se encontraba, se divertía y se experimentaba como comunidad (1). Hoy podemos decir que ese modelo ha sido prácticamente finiquitado. En su lugar se ha dado paso a un espacio lúdico darwinista con pretensiones diametralmente opuestas, manejado desde el exterior por agentes con intereses espúrios, y vaciado de su contenido democrático y popular. A él solo puede acceder la parte de la sociedad que cumple determinados requisitos de solvencia económica, física y social, y el resto queda excluído. Llama la atención que acontecimientos extraordinarios, como por ejemplo las bodas, sean esperados con ansiedad por todas estas personas que de habitual no tienen acceso a los ritos festivos convencionales. Cómo dichas personas disponen con notable antelación y con enorme interés su vestuario y su arreglo personal, y cómo, una vez en ellas, se esfuerzan por participar e imitar (a veces con lastimosos resultados) las formas de actuar de la gente más joven, la cual y a diferencia de otras épocas, es la que marca en todo el patrón festivo del grupo. Este tipo de celebración social es uno de los pocos resquicios que le quedan a la gente mayor para poder participar en una fiesta junto a miembros de otras generaciones. De ahí su pervivencia. Bueno, de ahí, y del dinero que mueve el tema, faltaría más. Por otra parte, la cara siniestra del asunto puede verse en las restricciones de acceso que imponen algunos lugares de diversión nocturna. Los musculados "porteros" de determinados garitos impedirán la entrada a quien no vaya convenientemente vestido en el mejor de los casos, o a la clientela que hipotéticamente podría hacer disminuir "el nivel" del establecimiento -minorías étnicas y raciales sobre todo-, en el peor.

Resulta curioso que quienes son admitidos jamás caen en la cuenta de que tal cosa funciona así y en que, de alguna forma, son unos privilegiados. Aunque es muy posible que del ser informados de ello solo resultara indiferencia. Hasta que pasan los años y uno de esos últimos mohicanos que se ha resistido con uñas y dientes a renunciar a su fiesta a pesar de tener compromisos familiares (o divorciados y divorciadas que retornan a ver qué hay por ahí), se descubre una noche en un pub y constata con pánico que la persona concurrente de mayor edad después de la suya, no tiene más años que su hija menor. Pavoroso descubrimiento que a menudo hace aflorar otras constataciones que se habían ido alcanzando inconscientemente poco a poco: que las resacas son cada vez más matadoras y duran más días, que la música y las bebidas combinadas que a uno le gustan están pasadas de moda, o que las personas del sexo deseado, cuando uno o una cumple ciertos años, si le miran, se comportan como si su cuerpo fuese invisible.

Otra cosa. Suele ser normal que quien salió de marcha el sábado por la noche, requiera de prácticamente toda la mañana del domingo para dormir y recuperar su maltrecho cuerpo, así como sus desconcertadas neuronas (ay del colectivo integrado por personas jóvenes que pretenda mantener reuniones los sábados o los domingos por la mañana). Mi amigo el profesor de Formación Profesional se queja del gran absentismo que sufren sus clases los viernes, desde que se puso de moda, primero entre estudiantes y después entre todo tipo de gente, salir de fiesta también los jueves por la noche. Por lo general el descanso tras la juerga durará todo la jornada, ya que por la tarde, aunque despierto, se mantendrá en un tono físico y anímico más bien bajo. El malhumor y las escasas ganas de compañía, estarán a la orden del día. Por suerte no somos supermanes y el cuerpo, que a veces es más racional que nosotros mismos, nos impone ciertos frenos. Este hecho tiene importantes implicaciones sociales. Si partimos de que lo habitual en nuestra sociedad industrial-urbana es que, de lunes a viernes, la mayoría emplea la parte principal de la jornada en cuestiones laborales, estudiantiles y productivas en general, y que el sábado suele ser día de compras y organización doméstica, el domingo es el momento que queda realmente como variación. Es el día adecuado para salir al campo y disfrutar de la naturaleza quien vive en la ciudad -cosa bien necesaria por otra parte-, para trabajar el propio desarrollo personal (meditación, lectura, escritura...) y especialmente para compartir, comunicarse y crecer con la familia, los seres queridos y la comunidad. Nada de esto tendrá lugar, y la persona se reincorporará en condiciones deplorables al ciclo laboral de su semana sin haber gozado y participado de estas realidades, si su domingo se consume como peaje de recuperación al sábado noche de excesos. Peor si se empalman noches festivas de viernes y de sábado, y aún peor si hay más días afectados. Si tal comportamiento se perpetúa en el tiempo se producirá una brecha, un divorcio entre la persona y su entorno más inmediato, el cual irá siendo sustituído por sus cómplices de fiesta. Aunque sus acompañantes en la juerga puedan sentirse felices de contar con su amistad, su familia, su verdadera gente, le echará de menos en las mejores horas de la semana, esas en las que suceden y se construyen la mayoría de las cosas importantes de nuestras vidas. Las que son reales y no virtuales. No viene mal ponerse en este interrogante: si sobrevienen dificultades de entidad en la propia vida, ¿cuales son las personas con las que una puede contar de verdad? Pues eso.


Nota

1.- Nada que ver con las fiestas de la burguesía o "alta sociedad", estereotipadas y afectadas, diseñadas para lucirse y distinguirse entre la propia clase, así como para ostentar poder y riqueza. Este tipo de diversión "exclusiva", frívola y vanidosa sigue existiendo hoy, actualizada, alrededor de los centros de poder económico.


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