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La eterna juventud ya no es un mito

Sábado.21 de noviembre de 2015 370 visitas Sin comentarios
4ª entrega del libro de Pablo San José: "El opio del pueblo: Crítica al modelo de ocio y fiesta en nuestra sociedad". #TITRE

Como es sabido, las empresas multinacionales no se conforman con vendernos sus productos, los cuales, al parecer, lo solucionan todo. También se empeñan en "vendernos" un estilo de vida. No hace demasiados años que una multinacional que fabrica yogurt nos convenció de que unas horas de gimnasio y una dieta esforzada y conveniente (con su yogurt, claro) podían retrasar nuestro reloj vital. Mantenerse jovenes de forma perpetua y disponer de un físico envidiable se conviritió en la primera preocupación de no pocas personas. El "cuerpo danone". ¿Recuerdan? El mito de la eterna juventud por fin a nuestro alcance.

Y si, por lo que sea, no se dispone de un cuerpo joven y esbelto que atraiga miradas y deseos ajenos, tampoco es problema. La siempre floreciente industria textil transnacional ha puesto a nuestra disposición un inacabable fondo de armario, repleto de telas diseñadas y cosidas -no pocas por mano de obra semiesclava en el tercer mundo- para que disimulen o escondan nuestras formas corporales visualmente indeseables.

En el momento presente, por si fuera poco, el avance de la ciencia química permite a cuerpos de cierta edad, castigados por una semana de trabajo intenso, por una vida eminentemente sedentaria y poco sana, o por los estragos sicosomáticos de la infelicidad, aguantar toda una noche "a tope". Al contrario que en otras épocas, la juventud es obligatoria y la madurez algo a evitar, especialmente en lo estético y en la forma de comportarse socialmente. De la vejez ya ni hablamos.

Retrotrayéndonos en el tiempo, jóvenes de épocas y lugares no tan lejanos, a partir de los catorce años eran adultos casi por derecho. No en balde trabajaban la tierra, el ganado, la tienda, el hogar, el taller y la fábrica como el mayor que más, y eran pieza insustituíble en la economía doméstica. Y no lo menciono, desde luego, por querer reivindicar la explotación laboral de la adolescencia, o la maternidad precoz, que también se daban en tales contextos. Sí, en cambio, por señalar las diferencias de madurez y de perspectiva vital que aprecio entre aquel joven implicado en la supervivencia propia y familiar, y el actual. En aquella sociedad la pauta a seguir era adquirir las condiciones de la madurez y, en ningún caso, quedarse detenidos en una suerte de juventud dilatada y prorrogable. La mirada sobre el hecho de ser persona joven o madura era muy distinta. La convivencia temprana con el trabajo responsable, a menudo en condiciones de escasez, favorecía una evolución rápida hacia la conciencia adulta y dotaba al individuo de una serie de aptitudes y actitudes que le capacitaban para la vida autónoma. Ésta, a diferencia del contexto actual, era siempre deseable y un objetivo a alcanzar mejor pronto que tarde.

Hoy la Constitución Española declara la mayoría de edad a los dieciocho años. Y sin embargo pocas personas hay con esa edad en nuestra sociedad capaces de desenvoloverse de forma autónoma. A diferencia de aquellos púberes que sabían cultivar patatas, ordeñar cabras, levantar muros o hacer sellos de caucho, los actuales jóvenes constitucionalmente mayores de edad, con no muchas excepciones, viven con y de sus progenitores. Sin preocupaciones económicas acuciantes, en una fase vital de dependencia material comparable a la de la infancia, y sin haber sentido en general sobre sus hombros el peso de lo que es una responsabilidad digna de tal nombre. Son adolescentes de dieciocho años, pronto de veintidos, veinticinco, de treinta y más. Su vida, en no pocos casos, viene a ser una especie de compás de espera. Algunos van encadenando todos los estudios posibles: asignaturas pendientes, becas, doctorados, idiomas, cursos... Otros, combinan estudios con pequeños trabajos eventuales o, simplemente, si ya completaron (o abandonaron) su ciclo estudiantil, trabajan aquí y allá sin lograr un empleo estable que les abra la puerta de una vida independiente. El momento actual, en lo sociológico y en lo laboral (1), favorece más que nunca que también haya jóvenes con aún menos opciones, con menos espíritu y autoestima, o de todo un poco, que mayormente se dedican al mero "estar" en casa en la esperanza de "a ver si sale algún trabajo", sin gran cosa que hacer más que ayudar en alguna tarea doméstica -quien lo hace- y aguardar el fin de semana.

En toda esta juventud suele ser normal encontrar comportamientos sostenidos en el tiempo desde la primera adolescencia. Pautas de autoafirmación personal: vivir experiencias, sublimar lo artístico, viajar... Y colectiva: pertenencia a pandilla, identificación con estilos musicales, estética grupal, formas de diversión similares... Estos roles de adolescente hoy se manifiestan de forma muy amplia en personas de mayor edad, favorecidos por la aprobación y refuerzo del conjunto de la sociedad. Aprobación que, como iremos descubriendo, no es fruto de una casualidad. El fenómeno es amplio, como digo, y crece. Cada vez es más frecuente encontrar seres con cuerpo adulto y alma infantil. Personas con serias dificultades para comprometerse a algo, desempeñar responsabilidades, o mantener decisiones propias de forma estable. Complejo de Peter Pan, es la denominación de uno de sus más conocidos patrones de conducta. Otras manifestaciones conocidas que proliferan son las depresiones, los comportamientos ciclotímicos y las personalidades afectadas por lo que podríamos llamar neurosis narcisista.

Un buen amigo, que trabaja como profesor de formación profesional, conversando sobre esta cuestión, me habla de los problemas que tiene para que no pocos de sus pupilos de 18 y 19 años puedan completar con éxito las prácticas obligatorias en empresas a la terminación de sus estudios. Si bien hace unos pocos años, dichas empresas, trataban de escoger alumnos y alumnas con una buena preparación académica, hoy se conforman simplemente con que se presenten a trabajar a la hora de inicio de la actividad, que no abusen del absentismo y con poco más. Por encima de los conocimientos profesionales, priorizan el que sean personas que actuen con unos mínimos de responsabilidad que, hace no demasiado, eran lo común y hoy, al parecer, son cada vez más difíciles de encontrar. Copio sus palabras textuales:

"Te hablo de mi experiencia. Como sabes, todos los años tengo que llevar a alumnos a que hagan sus prácticas en tiendas, y cada vez hay más quejas por parte de los encargados y encargadas de las mismas. Por la actitud de algunos alumnos; actitud que se puede explicar en base al ambiente general festivo que este sistema ha potenciado. Cada vez más, mis alumnos entienden que, al igual que en la fiesta, en sus prácticas no tiene porqué haber demasiadas responsabilidades. Que, de alguna forma, todo tiene que ser diversión, buen rollito y que casi cualquier comportamiento debe ser entendido y permitido. Es por eso que suelen concebir el trabajo como un ámbito en el que, en su opinión, jefes y encargados deberían entender que alguna vez se llegue tarde, o que directamente no se llegue. Y si no ocurre así, "¡vaya cortada de rollo!" Dichos responsables también deberían ser comprensivos con el hecho de que las tiendas se conviertan en un lugar de reunión con colegas, donde poder charlar con ellos. Tal cosa la encargada debe entenderla pues, "son mis amigos, y además de vez en cuando compran algo". Y por supuesto, el venir colocado de marihuana al trabajo no debería ser un asunto tan grave, pues "yo controlo y no se me nota"... Como te he comentado, cada vez se aprecia más una actitud en la que no se hacen responsables de casi nada, y lo justifican todo con expresiones del tipo: "la encargada es una amargada". Por si la situación no fuese ya lo suficientemente complicada, se le echa más leña al fuego pues, como sabrás, la mayoría de tiendas juveniles de centros comerciales tienen un ambiente lúdico-festivo, favorecido, sobre todo, por el tipo de música y las luces que ponen. Esto no ayuda precisamente a que puedan desconectar de la eterna fiesta en la que viven."

Y cómo no va a ser así cuando hay toda una apuesta institucional por el retraso evolutivo, por el freno a la maduración. Los poderes, tanto en su vertiente política como en la económica, parecen coincidir en su deseo de infantilizar a la adolescencia y mantener en grado adolescente a la juventud hasta edades elevadas. Por ejemplo: el propio sistema educativo obligatorio, que es cada vez más y más normativo, o determinadas legislaciones y normas no escritas sobre lo laboral, sobre el consentimiento sexual, los derechos sobre el propio cuerpo etc. Todo eso en absoluto favorece que la edad comprendida entre los trece y los dieciocho años pueda ser ese banco de pruebas para la vida adulta que siempre fue. En esta etapa, el adolescente debería aprender a forjar su criterio propio para la vida en libertad, al tiempo que se experimenta en la responsabilidad, y se forma ética, conceptual, laboral y emocionalmente para la autonomía adulta. Nada de eso podrá darse si su vida está exenta de responsabilidades, normatizada, sometida a prohibiciones y restricciones, y protegida a ultranza como si la de un niño se tratase.

Pareciera que el propio Sistema arroja piedras a su tejado deperdiciando a raudales gran parte del potencial de profesionalidad y productividad de los individuos a los que así trata. Sin embargo los hechos son elocuentes, y demuestran que hay mayor cuota de negocio en una sociedad no conflictiva, a pesar de la menor calidad -también profesional- de sus individuos, que en otra compuesta por personas formadas y solventes, pero al mismo tiempo políticamente conscientes.

Impedir que el adolescente abandone la niñez es solo uno de los dos hechos que analizamos. También, como venimos diciendo, se han dado una serie de condiciones para mantener largo tiempo a la juventud en etapa adolescente. El diseño social que padecemos está basado fundamentalmente en la vida urbana, y en un tipo de trabajo casi siempre asalariado, que es además cada vez más inestable y difícil de conseguir. Tal circunstancia tiene como consecuencia indeseable que no sean los ritmos biológicos, ni la costumbre de lo que se hacía en cada colectividad, quienes marquen el jalón de un importante dato de vida adulta: la incorporación al trabajo. Trabajar, ganarse el sustento, incluyendo la actividad en el ámbito doméstico, es fundamental para sentirse persona plena y madura. En otro tipo de sociedades eso lo daba, y lo da, la simple y llana edad a partir de la cual el propio cuerpo y la propia mente están progresivamente capacitadas para el desempeño laboral. Dicho de otra forma, los adolescentes se iban iniciando, e incorporando poco a poco, a las actividades laborales de las cuales dependía la supervivencia familiar. Esa solía ser la forma habitual de transmitir los oficios de padres a hijos, y de madres a hijas. Por desgracia, la transmisión cruzada de los respectivos oficios -de madres a hijos y de padres a hijas- era muy infrecuente. Que no todo lo antiguo es necesariamente mejor. Cuando se pasaba de la adolescencia a la etapa de juventud, entre los 16 y los 19 años, la gran mayoría estaban ya formados en su profesión y la podían ejercer de forma autónoma, teniendo además los medios para ello: utensilios, tierras, animales, aperos, taller..., que solían estar en la propia familia (2). En nuestra sociedad, que tal cosa (trabajar) pueda llegar a suceder, depende de un ente semiabstracto llamado "mercado laboral" y de las tasas de desempleo que, en cada lugar, produce la dinámica avariciosa del capitalismo. Simples cifras en las estadísticas del telediario, pero ¡qué trascendencia tienen! No es motivo de este estudio y sería tema largo de abordar, pero mi convencimiento es que quien se las ha arreglado, a lo largo de décadas e incluso siglos, para que la situación evolucione y llegue a ser la que tenemos hoy, es el propio núcleo dirigente de la sociedad liberal-capitalista. ¿Por qué? Pues porque de alguna forma, el disponer de esa enorme bolsa de trabajadores jóvenes en paro, técnicamente capacitados, y educados para ser lo menos críticos posible, favorece sus intereses lucrativos. No creo que haga falta explicarlo mucho más.

La actual industria del ocio nocturno en absoluto es ajena a los parámetros imperantes de hacer negocio a cualquier costa. Aunque su clientela está integrada por jóvenes y adolescentes reales, tiene entre los virtuales, es decir los cuerpos adultos atrapados en una personalidad juvenil y adolescente, sus preferidos. Por su mayor poder adquisitivo, claro está. Tales consumidores acudirán a los centros de ocio reproduciendo roles que no se corresponden con su edad, en la esperanza de poder sentirse integrados, socializados, valorados... y sobre todo con el objetivo de romper con algún tipo de soledad y, en no pocos casos, sobreponerse un rato a la vacuidad que preside sus vidas.


Notas

1.-El trabajo asalariado como hecho sociológico merece un análisis mucho más profundo. La pregunta a hacerse es cómo ingentes y mayoritarias masas poblacionales en todo occidente han llegado a renunciar a formas de vida autosostenibles y no asalaridas, para terminar hacinadas en ciudades, económicamente dependientes de las élites para su simple supervivencia, atadas de pies y manos, vulnerables en todo ante las decisiones de quienes controlan la economía. "El trabajador", expresión que elude acríticamente el factor de sometimiento inherente a este tipo de relación laboral, en el contexto de la sociedad capitalista, no viene a ser más que un despersonalizado objeto sometido a las leyes de la oferta y la demanda y a la voluntad de su empleador.

2.-Muchas personas nacidas en la ciudad, quienes se sienten justamente víctimas de la situación de trabajo asalariado, la cual, como decíamos, les vuelve vulnerables a los vaivenes de la economía y las decisiones del poder, desearían trasladar sus vidas a un entorno rural. En éste, además de recuperar dimensiones ecológicas perdidas, imaginan poder acceder también a una independencia o autogestión en el medio de vida. Tal deseo y objetivo a menudo se estrella con la falta de propiedad (vivienda, campo de labor, ganado, utensilios...), pero sobre todo con la falta de conocimientos heredados. Cualquier adolescente rural tradicional, como los que la sociedad tecnológica urbana compadece considerandolos pobres y subdesarrollados, disponía abundantemente de todas estas cosas.


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