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La cárcel gramatical

Viernes.3 de agosto de 2018 105 visitas Sin comentarios
#TITRE

Si bien se piensa, este tipo de cosas suceden todo el tiempo, e incluso en contextos que no tienen nada que ver con autoridad personal arbitraria. El ejemplo más evidente es el lenguaje. Llámelo el efecto libro de la gramática. Las personas no inventan lenguajes escribiendo gramáticas; escriben gramáticas (al menos, las primeras que se escriben en cualquier idioma) tras observar las normas tácitas, en gran medida inconscientes, que la gente parece aplicar cuando habla. Pero en cuanto existe un libro de gramática, y especialmente si se emplea en clases, la gente siente que las reglas no so sólo descripciones de cómo hablan las personas, sin prescripciones sobre cómo “deberían” hablar.

Es fácil observar este fenómeno en lugares en los que se acaban de escribir las primeras gramáticas. En muchos lugares del mundo, fueron los misioneros cristianos los primeros en escribir gramáticas y diccionarios, en los siglos XIX y XX, en su intento de traducir la Biblia y otros textos sagrados a lenguas hasta entonces meramente orales. Por ejemplo, la primera gramática del malgache, la lengua que se habla en Madagascar, se escribió en ls décadas de 1810 y 1820. Evidentemente, el idioma está cambiando permanentemente, de modo que el malgache oral (incluso su gramática) es muy diferente a como era hace doscientos años. Sin embargo, como todo el mundo aprende la gramática en la escuela, si señalas el hecho todo el mundo te responderá que hoy en día los hablantes cometen muchos errores, que sencillamente no siguen bien las reglas. A nadie parece ocurrírsele (hasta que se lo señalas) que si los misioneros hubieran llegado y escrito sus libros doscientos años después, los usos actuales se considerarían los correctos, y todo el que hablara como hace doscientos años se consideraría que comete errores.

En realidad, me di cuenta de que esta actitud dificultaba enormemente aprender malgache coloquial. Incluso cuando contrataba a hablantes nativos, por ejemplo, me enseñaban a hablar malgache del siglo XIX, como se enseñaba en la escuela. Conforme yo iba aprendiendo más, me daba cuenta de que la manera en que hablaban entre ellos no tenía nada que ver con la manera en que me estaban enseñando a hablar. Pero cuando les preguntaba sobre formas gramaticales que empleaban y que no estaban en los libros, las despreciaban y respondían: “Oh, eso sólo es argot, no lo digas”. Al final me di cuenta de que la única manera en que podía aprender a hablar malgache contemporáneo era grabar conversaciones en una cinta, intentar transcribirlas y pedir a amigos que me aclararan cosas cada vez que me encontraba con una expresión no conocida. Ninguna otra cosa funcionaba; una vez que habían decidido que esas formas gramaticales eran errores, sencillamente no podían describírmelas en términos gramaticales.

David Graeber

La utopía de las normas. De la tecnología, la estupidez y los secretos placeres de la burocracia.
Ariel, Barcelona 20015