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“La ayuda internacional es contraproducente para los países pobres”

Domingo.10 de abril de 2016 471 visitas Sin comentarios
Entrevista al economista William Easterly que presenta su libro del fracaso de la ayuda al desarrollo. #TITRE

Por Antonio Garcia Maldonado.

“El plan adecuado consiste en no tener plan”, afirma el economista William Easterly (EEUU, 1957) en su libro La carga del hombre blanco. El fracaso de la ayuda al desarrollo (Debate). Confirma algo que cualquier trasnochador sabe: los planes no suelen cumplirse, y el destino de cualquier expectativa suele ser la decepción y la resaca, física, amorosa o intelectual. Otro sintagma polisémico, como el de un político en tarde electoral que intuye que la jornada no le será propicia y dice ante los medios que “aún queda mucha noche”. Académico prestigioso y economista experto en desarrollo, Easterly ha trabajado para el Banco Mundial y es codirector del Instituto de Investigaciones sobre Desarrollo de la Universidad de Nueva York.

Su libro no es una enmienda a la totalidad de la ayuda al desarrollo, aunque por momentos se acerque: no niega tanto que sea necesaria la ayuda externa hacia países pobres como el enfoque predominante hasta hace bien poco. Frente a los “planificadores” y filántropos que buscan objetivos totales, él reivindica a los “buscadores”, diseñadores de políticas menos ambiciosas pero más efectivas, pegadas al terreno y gestionadas por los propios receptores. Le mueve, utilizando los versos del poema de Rudyard Kipling que da título al libro, “evitar que toda esa ayuda vaya hacia la nada”. Pese a que lo niega, el libro busca la polémica en un sector poco acostumbrado a debatir públicamente sus dudas existenciales. Su buena voluntad la ha salvado, en opinión de Easterly, de rendir cuentas. “Occidente cuenta ya con un abultado historial de objetivos hermosos pero incumplidos”, afirma.

Aunque fue publicado en 2006, en España ha llegado recientemente, en un estado anímico nacional social deprimido y con unos datos macroeconómicos pendientes de trasladarse al ciudadano medio. Los años de la crisis han hecho mella, y aunque España se precia de tener la AECID (Agencia Española para la Cooperación Internacional y el Desarrollo), ésta ha visto rebajado su presupuesto en más de un 70% en esta legislatura y España ha dejado de percibirse a sí misma como país rico. La crisis, el cambio de modelo económico, la creciente desigualdad en las sociedades ricas –las desigualdades ya no se darían tanto entre países sino dentro de los mismos– y la revolución tecnológica han puesto en jaque la cooperación internacional, como si, de alguna forma, ya nadie sintiera en Occidente que al salir de misa le sobra nada para dar al necesitado que se sienta en la puerta de la iglesia. Así las cosas, ¿por qué seguir aportando en ayuda al desarrollo, aunque sea un magro 0,17% frente a algo más del 1% que dona la más generosa Suecia?

Su libro fue publicado en 2006, en años de bonanza. ¿Cree que su análisis sigue siendo válido tras estos años de crisis económica?

La crisis económica ha reducido el crecimiento económico mucho más en las naciones ricas que en las pobres. África tuvo buen desempeño económico, por ejemplo, mientras Europa y Estados Unidos han tenido cifras pésimas. Esto pone en duda la arrogancia de los países ricos que se presentan como salvadores de naciones pobres y abandonadas. Ahora es aún más visible que los países pobres están haciéndolo muy bien gracias a su crecimiento interno, mientras que los países que se dicen superiores ya no parecen tan desarrollados según las cifras de estos años, incluidos los errores clamorosos que llevaron al crash de 2008. Además, el debate sobre la ayuda al desarrollo ha cambiado desde dentro y ya no defiende los grandes planes de ayuda. Ni siquiera Jeffrey Sachs defiende ya lo que defendía en su libro El fin de la pobreza, de 2005, eso de que la ayuda sería un “empujón” fundamental para sacar sociedades enteras de la pobreza y las llevaría en volandas hasta la prosperidad.

Su tesis es que no existe eso que se ha dado en llamar “la trampa de la pobreza” que mantiene a los países en un bucle del que sólo pueden salir con ayuda exterior.

En el libro doy cuenta de multitud de datos que niegan esa idea tan simplista de la “trampa de la pobreza”. La idea de la trampa de la pobreza dice que las sociedades pobres no pueden ahorrar e invertir, y por tanto tampoco crecer, de tal forma que permanecen atrapados en la pobreza. Lo que demuestro en el libro es que los países más pobres han tenido un crecimiento medio similar al de los países ricos. Otros estudios académicos han confirmado esta conclusión que rechaza la idea de la trampa de la pobreza.

Fuente: http://ctxt.es

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