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La Utopía Insumisa de Pepe Beunza I

Domingo.15 de julio de 2007 4166 visitas Sin comentarios
Perico Oliver Olmo #TITRE

Como regalo de verano a los y las fieles lectoras de Tortuga iniciamos la publicación de este fenomenal libro del historiador antimilitarista Perico Oliver Olmo. “La Utopía Insumisa de Pepe Beunza” (ver reseña y entrevista a Pepe en Escrache) es una breve e intensa semblanza de una persona que jugó un papel fundamental en la historia de antimilitarismo y la noviolencia en el Estado Español. Lo vamos a publicar desmenuzado en cuatro partes, a razón de una cada domingo. Esperamos que les guste.

Agradecemos a Perico Oliver la gentileza que ha tenido de mandarnos la obra a petición nuestra, y a la Editorial Virus, que una vez más nos ha facilitado la publicación en internet de uno de sus libros.

Parte I
Parte II
Parte III
Parte IV


Pedro Oliver

La utopía insumisa de Pepe Beunza

Una objeción subversiva durante el franquismo

Hemos sufrido más de dos siglos de mili obligatoria. El camino de la desmilitarización ha de seguir siendo recorrido, pero el fin del servicio militar debería ser motivo de alivio y de fiesta. Sirva este libro para reconocer la labor de todas las personas que hicieron frente a su imposición, como homenaje a la memoria de sus muchas víctimas, y para dar aliento a quienes vamos a seguir trabajando por un mundo sin ejércitos.

Índice

- 0. Introducción a una crónica sentimental
- 1. El hilo frágil de una memoria histórica. Del ¡no matarás! al antimilitarismo
- 2. Hijo y nieto de carlistas navarros
- 3. En el territorio de sus sueños originales
- 4. Una oposición dividida
- 5. Valencia 1967-1971: los primeros pasos de una objeción subversiva
- 6. La lucha estudiantil y el adiestramiento del desobediente
- 7. El primer desobediente civil en los cuarteles militares de Franco
- 8. Enero del 71: el vértigo de la desobediencia
- 9. El lugar de un hombre justo estaba en las cárceles de Franco
- 10. Una marcha internacional
- 11. El primer consejo de guerra
- 12. Si todos los hombres son mis hermanos, los rebeldes son mis compañeros
- 13. Una cárcel con tres comunas
- 14. El amor en los entornos represivos: una memoria inexplorada
- 15. Antes cine que misa. Adiós al catolicismo
- 16. Un crisol de ideologías
- 17. Los objetores y los ultras. El caso Beunza en las Cortes franquistas
- 18. Dulce y breve libertad. Un servicio civil autogestionado
- 19. Otra vez la cárcel. Otra vez un consejo de guerra
- 20. A Galeras, en un castillo a la orilla del mar
- 21. Auge y crisis de la objeción de conciencia
- 22. Un corrigendo en un desierto disciplinario
- 23. La humillación
- 24. Gaudium et Spes (Beunza)
- 25. Epílogo: Prisión Militar de Alcalá, año 2000, escriben algunos de los últimos insumisos presos

0. Introducción a una crónica sentimental

Ésta es la historia que protagonizó José Luis Beunza, más conocido como Pepe Beunza. Ocurrió a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta. Habla de la experiencia de un joven extraordinario que para muchos sólo era un extravagante. Trata de un comportamiento cuya memoria ha perdurado y ha recorrido de sueño en sueño las cabezas de miles de desobedientes. Lógicamente, la fama de este hombre no es millonaria. No está ni estará en las esquelas del «famoseo». Es más que suficiente comprobar que su relativa popularidad resulta entrañable, que forma parte de la intrahistoria de bastantes personas. Acaso a un público más amplio le podría interesar no ésta sino otras experiencias vividas por algunas de las celebridades que se relacionaron con Pepe Beunza: de Javier Solana o de Joaquín Ruiz Jiménez, de Emma Bonino o de Marco Panella, de Juan Mari Bandrés o de Ciprià Ciscar, o quizás de Marcelino Oreja, Gabriel Cisneros, Gabriel Urralburu, Gregorio Peces Barba, Antonio Fraguas (Forjes), Cristóbal Halffter, Eduardo Chillida, Adolfo Pérez Esquivel o Gabriel Celaya. Desde luego que de esa guisa tendríamos historias de gente famosa. Famas diversas y controvertidas, todas relativas; tanto las buenas como las echadas a perder, seguramente, todas bien merecidas. Juzguen ustedes.

A Pepe Beunza lo conoció otra mucha gente, hoy anónima, en la Valencia de los años grises y de un antifranquismo de mil colores. Fue renombrado. Llegó a ser un destacado miembro del Sindicato Democrático de Estudiantes. Algunas personas acudieron a saludarlo cuando lo llevaban esposado hasta las puertas de los consejos de guerra. Pero la verdad es que no demasiados lucharon con él en lo que acabó siendo su auténtico vértigo vital y su experiencia política más genuina: la de ser el primero de la reciente historia de la desobediencia civil al ejército. Fue el primer objetor de conciencia antimilitarista en los cuarteles militares de Franco y por eso mismo ha sido invocado infinidad de veces por otros muchos que siguieron su camino. Tal es su auténtica fama.

Pepe Beunza nunca quiso ser el último. Quería ser uno más de un nuevo movimiento social en perspectiva, aunque seguramente, por aquel entonces, sólo soñaba con ello. Hoy sabemos que aquélla era su utopía insumisa y que imaginaba algo que en parte se ha realizado. Su acción desobediente le acarreó satisfacciones, pero también miedos y humillaciones. Su disidencia se fue edificando desde cero, allá por 1967, porque no era fruto de un barrunto pasajero, porque buscaba comprensión y complicidad. Lo explicó muchas veces. Lo dejó bien claro en un discurso que pronunció en 1996, durante el acto de designación del «Memorial Juan XXIII», veinticinco años después de haberlo recibido él.

Recordaba al público y a los organizadores del Institut Víctor Séix de Polemología que en 1971 estaba preso por declararse objetor de conciencia no violento, cuando recibió a través de su familia una sorprendente y agradable noticia, precisamente en el momento que más vulnerable, solo e incomunicado se sentía:

¡Me habían concedido el Memorial Juan XXIII! No es podéis imaginar lo que significa en la soledad de la celda de una prisión recibir una distinción de ese tipo. En la incomunicación de una cárcel, en la oscuridad de un calabozo, cualquier cobarde de los que allí abusan de su poder podría sentir la tentación de poner a prueba la debilidad de un preso indefenso. Más de uno me dijo que con un par de tiros resolvía el tema de los objetores. Y lo decían en serio. Os estaré siempre agradecido por vuestro apoyo y por vuestra valentía al asumir el riesgo, en aquella época tan tenebrosa, de apoyar a un objetor preso.

Imagínese el lector aquella situación y aquel año, 1971. La difusión pública de lo que se hace forma parte de la razón de ser de toda desobediencia civil; pero, además, para él era vital que dentro de la cárcel se le considerara un preso conocido, con cierta relevancia pública, porque de esa manera las autoridades tenían que informar constantemente sobre su situación y no era tan alto el riesgo de recibir malos tratos. Por eso se alegró sobremanera al conocer que le habían concedido el Memorial. Y por más cosas. Porque así también ayudaron a que desde entonces y hasta hoy, ya en el año 2000, cientos de miles de jóvenes se hayan declarado objetores de conciencia. En torno a un millón. Pocas veces un apoyo testimonial ha nacido tan cargado de futuro.

Os debo una parte de mi vida, la que protegisteis al concederme el Memorial. Pero no sólo me ayudasteis a mí. Contribuisteis a difundir la objeción de conciencia, tan desconocida entonces. Ahora el crecimiento de la objeción es espectacular y somos el país de Europa con más objetores de conciencia. La Ley de Objeción, promulgada en 1984 y por la que tanto habíamos luchado, no supo resolver el conflicto, defraudó las esperanzas que pusimos en ella. Muchos jóvenes aceptaron esta ley como mal menor, evitando así el conflicto entre mili o cárcel; pero otros, recogiendo la antorcha que habíamos encendido y con una gran dosis de generosidad y coraje, rechazaron el servicio militar con todas sus consecuencias. ¿Por qué hay que justificar que alguien no quiera aprender a matar? Así surgió la insumisión... y pagaron un duro precio, y lo siguen pagando. INSUMISO ¡Qué palabra más hermosa!... el que no se somete. Todos deberíamos ser insumisos.

Conocí a Pepe Beunza casi veinte años después de haber oído hablar de él, casi veinte años después de haber estado hablando de él. No sé muy bien qué día del año 1994, los insumisos presos en la cárcel de Pamplona supimos que «el primer objetor» estaba muy cerca de nosotros. Vino a transmitirnos su solidaridad y a decir que él seguía erre que erre, que estaba entusiasmado con su ya veterano compromiso. No voy a hablar aquí de ese episodio, pero sí diré que era un momento delicado para el movimiento de insumisión y, claro está, para los insumisos presos. Cualquier ayuda, la más tímida de las comprensiones, nos sentaba bien. Se nos notaba en la cara. ¡Tantos insumisos en la cárcel y con tantas sensaciones contradictorias! ¿Nos habíamos lanzado al vacío y casi sin red? No sé si todos los que estábamos allí dentro sentimos lo mismo, pero yo era de los más viejos y me había pasado casi la mitad de mi vida diciendo en charlas y conferencias que la objeción de conciencia en el Estado español en realidad comenzó su historia en 1971, cuando Pepe Beunza fue encarcelado por ser el primer objetor con planteamientos políticos pacifistas. Reconfortaba ver que el primero venía a saludar a los últimos.

Algo más tarde pude conocerlo personalmente y muy pronto supe que aquella coherencia, la suya, nos pertenecía. Algunas cosas habían cambiado. Los discursos de ahora eran más radicales y antimilitaristas, pero salvando las distancias y entendiendo que los mensajes de Pepe Beunza a finales de los años sesenta sonarían muy mal, sobre todo a los franquistas, me pregunto: ¿cómo los juzgarían entonces los de las soluciones siempre posibilistas? Sé que la historia de este hombre también podrían reivindicarla otros muchos objetores que no optaron por la insumisión y apoyaron la legalización de un servicio sustitutorio del militar. Pero eso ahora da lo mismo, esto no es una disputa, aunque sí una reivindicación; en todo caso, no es materia a desarrollar en este libro; y, además, están los sentimientos del protagonista. Veo que a Pepe Beunza nunca se le cerrará del todo lo que ha vivido en parte como un desgarro. Él prefiere valorar sentimentalmente un hecho sociológico bien constatable: que la insumisión alentó la objeción legal y que ésta a su vez ayudaba a amplificar la difusión de aquélla. Que se retroalimentaban.

Frente a la insumisión el Gobierno respondió con dureza y sobre todo con ignorancia. En los dos primeros consejos de guerra a insumisos, en Barcelona, hicieron un ridículo tan espantoso que enseguida pasaron la patata caliente de la insumisión a la jurisdicción civil. Los insumisos fueron a la cárcel pero salieron más fuertes y decididos. Siguieron las condenas y siguió la lucha coordinada por el MOC, el Movimiento de Objeción de Conciencia, el cual define la insumisión como una lucha no violenta, de acción directa, basada en la no-cooperación y la desobediencia civil antimilitarista. Otros grupos de jóvenes radicales que siempre habían visto nuestra lucha con desconfianza se incorporaron de lleno.

Es comprensible que Pepe Beunza sienta que fue de su propio tronco vital de donde nacieron las dos posturas más importantes de la objeción de conciencia: la que seguía luchando dentro del campo de los derechos y demandando un mejor y más positivo estatuto de la objeción de conciencia; y la que prefería hacer una desobediencia civil integral a ordenamientos y legitimaciones militares, desde la insumisión, negándose a aceptar cualquier servicio sustitutorio del militar para no ayudar a mantener socialmente aquello a lo que en realidad se objeta.

Sin duda, la esperanza en una desobediencia colectiva alimentó las disidencias individuales de Pepe Beunza (organizador desde 1967 de la primera campaña de objeción y objetor desde enero de 1971), Jordi Agulló (el militante de la Juventud Obrera Católica que tras organizar un grupo de apoyo a la objeción de conciencia objetó el 10 de mayo de 1971), Juan Guzmán Salvador (el joven pescador cuya objeción sobrevenida se materializó en septiembre de 1971), Víctor Boj (objetor desde la primavera de ese mismo año, solitario, sin referentes directos, con un discurso autodidacta, ajeno a cualquier grupo de apoyo y por eso mismo desconocido hasta varios meses después), y algunos otros que aparecieron en 1972 y en años posteriores. Se entiende perfectamente que esos objetores históricos vieran con alegría y preocupación el desarrollo y el crecimiento a veces acelerado y caótico de lo que, en tiempos de la Dictadura, sin duda fue una bella utopía insumisa, el sueño de los primeros objetores no violentos y antimilitaristas.
Ahora bien, cuando el sueño empezó a ser realidad, preocupaciones y hasta desacuerdos aparte, lo que ninguno aceptó jamás (lo que llevó al también objetor histórico Miguel Ramos a dimitir como vocal del Consejo Nacional de la Objeción de Conciencia en 1990, tras conocer que la Audiencia de Albacete señalaba fecha de juicio con petición de duras condenas de cárcel contra seis objetores de conciencia insumisos a la prestación sustitutoria), lo que todos rechazaban y rechazan es algo de sentido común: que por el desarrollo normativo de una legislación de objeción de conciencia, precisamente, los objetores, sus supuestos beneficiarios, puedan ser juzgados y encarcelados. Sería de locos considerarlo aceptable y acto seguido hablar de paz y no-violencia.

Han sido cientos los insumisos encarcelados, mientras que otros miles esperaban coger ese relevo. Algunos han hecho últimamente desobediencia dentro de los cuarteles, insumisión en los cuarteles. La lucha contra las causas de las guerras no acaba, pero la mili ya no hay quien la sostenga. El PSOE quería mantener el servicio militar obligatorio y un ejército mixto por lo menos hasta el año 2015; pero un Gobierno de derechas apoyado por CiU y los nacionalistas vascos, y ya en común acuerdo con todos los partidos políticos parlamentarios, ante tantos miles y miles y decenas de miles de objetores y tanta presión de los insumisos y de la mucha gente que los apoyamos, han acabado convencidos y han anunciado el fin de la mili para el año 2001 o 2002. Sin embargo, además de que los jueces dictan ahora la muerte civil para muchos insumisos, estamos en el año 2000 y todavía tenemos que ir a visitar a insumisos a la prisión militar de Alcalá de Henares.

La historia es la que fue, la que sigue siendo; afortunadamente, se presta a muy variadas percepciones. Puedo asegurar que el camino seguido ha sido racional pero fundamentalmente vivencial. Hemos aprendido a dar cada paso porque, aunque en el ámbito internacional hubiera mucha experiencia desde la Primera Guerra Mundial, lo cierto es que todo absolutamente todo había que crearlo echando mano del atrevimiento y de la inteligencia. Y así fuimos creciendo. Sin manuales ni comités directivos dimos vida a nuestros discursos. También a nuestros errores. Se puede observar fácilmente la evolución, pero sólo diré que el MOC -por ejemplo, en la cuestión de la reivindicación de unos servicios civiles autogestionarios-, por lo menos hasta 1983, se parecía más al Pepe Beunza de 1971 que al propio MOC de la campaña de insumisión iniciada en 1989. ¿Quién no evoluciona?

Dicho lo dicho, que a nadie le extrañe que yo asocie las experiencias, que haga nuestras las historias y que escriba una crónica desde los sentimientos. Más allá de la nueva racionalidad insumisa, Pepe Beunza entendió y apoyó la insumisión porque, en otras coordenadas históricas y sin ninguna tradición en esta tierra -el antimilitarismo tradicional nunca experimentó la objeción de conciencia-, bebió de los mismos valores que han inspirado después las actuaciones de la mayoría de los objetores insumisos; y porque a fin de cuentas sintió el mismo vértigo que nosotros: el de la desobediencia. Él empezó a tejer la red.

No creo que a nadie se le ocurra ya decir que los insumisos son insolidarios y otras estupideces. Dicen que algunos políticos destacados, como José Bono, han pedido públicamente perdón a los insumisos porque no los entendieron y porque hicieron leyes que los encarcelaban. No veo que ellos estén pidiendo nada, ni homenajes ni castigos ni prebendas ni nada. Sólo deberíamos reconocer el valor de su lucha. Nos quejamos de los jóvenes, y aquí tenemos un magnífico ejemplo de valor que sirve a todos los antimilitaristas de Europa.

Esta historia, la que empiezo a narrar y comentar desde ahora, acaba en el año 1974. A Franco todavía le quedaban largos y agónicos meses de vida y ganas de seguir amargando vidas. Unos años más tarde la izquierda antifranquista mayoritaria (y buena parte de la que otrora dijo ser revolucionaria) dejó de ser pasional para seguir mostrándose solamente huraña, acaso más vieja, más normalizada, más integrada y rutinaria. Más democrática. Por su parte, los objetores crecieron y se multiplicaron. Empezaron a ser mínimamente entendidos mucho tiempo después y cuando, lamentablemente, su postura quedó situada dentro del abstruso terreno del Derecho y no en el de las posibilidades políticas y culturales que ofrecía la práctica de la desobediencia civil. Así fue más fácil crecer, eso es cierto. Doy fe de que, poco a poco, más y más personas, más y más medios de información e incluso intoxicación, más y más políticos, nos iban queriendo; pero continuó siendo harto complicado transgredir la ley militar con coherencia.

Nunca fue fácil explicar una postura comprometida y desordenada en el país de la conformidad, ahora lleno de conversos e incluso de ridículos apologistas de los más férreos parámetros del orden democrático; leviatánicos que defienden un modelo de democracia temeroso hacia los cambios y cerrado a la innovación en las formas de expresión política. Y, sin embargo, sólo a golpes de desobediencia creció la red para que sobre ella se fueran arrojando más y más desobedientes. Después, la insumisión iría consiguiendo hacer cultura, y quién sabe si no ha abierto una nueva era en la participación política (a veces la citan, la recuerdan y la invocan quienes pretenden desobedecer alguna normativa injusta). Pero ésa es otra parte de una historia que felizmente acabó siendo colectiva. Este libro habla de una historia todavía individual, de la primera historia.


1. El hilo frágil de una memoria histórica. Del «¡no matarás!» al antimilitarismo

Más adelante hablaré de lo que fue una odisea personal que duró más de tres años. Y explicaré también por qué el eco difuso y a veces ensordecido de la fama de Pepe Beunza principió en Valencia, durante 1971, cuando tras declararse objetor de conciencia rápidamente fue encerrado en los calabozos de un cuartel militar. Queda claro que enfrente tenía a la Dictadura, pero además de eso también tuvo que luchar contra los tristes resultados de un largo olvido. Debía luchar contra el olvido, porque si en buena media la Guerra Civil trastocó los viejos referentes populares de la cultura de la izquierda; después, el largo período franquista acabó por sepultar muchas de aquellas ideas que otrora fueron tan queridas y tan sentidas. Los liberales demócratas, los republicanos socialistas e incluso los anarquistas ya no recordaban que tradicionalmente se habían opuesto a las quintas; que si España arrastraba una larga tradición militarista y había exportado a todos los idiomas de todos los países la palabra «pronunciamiento», también había sido tierra de un importante antimilitarismo popular.

En 1971 Pepe Beunza aportaba un mundo nuevo de posibilidades al antimilitarismo, pero también estaba conectando con una vieja historia reivindicativa que había sido la de casi todos: «¡Abajo las quintas!». Aquél fue un grito popular y mayoritario durante el siglo XIX. Se escuchó con fuerza creciente, de pueblo en pueblo, por Cataluña y por Navarra, en Andalucía, en Asturias y en muchos otros lugares. Conviene recordar que, en 1871, algunas fuerzas políticas republicanas y con idearios de corte democrático-liberal más el incipiente movimiento socialista y libertario consiguieron congregar a más de 40.000 personas en Madrid para exigir el fin de las quintas, la abolición total de la que desde antiguo se había llamado «contribución de sangre». Es importante recuperar esa imagen olvidada porque contra la mili obligatoria nunca pudo ser otra vez reunida tanta gente; porque a lo máximo que se ha llegado, más de cien años después, es a concentrar a casi 15.000 personas en alguna de las manifestaciones celebradas en Pamplona durante los años 1994 y 1995, cuando a mucha gente le estalló la vieja y la nueva sensibilidad antimilitarista y salió a la calle a gritar contra la mili, contra los ejércitos y a favor de los insumisos presos.

En otros capítulos intentaré explicar por qué la actitud de Pepe Beunza en el tardofranquismo sonaba casi fuera de lugar pese a que tenía más raíces que muchas otras. Por ahora basta con afirmar que estaba en su lugar. Desde luego que para preparar su objeción de conciencia se inspiró intelectualmente en una larga tradición de referentes variopintos tanto para él como para lo que, pasado un tiempo, se convertiría en un nuevo movimiento social, el de objeción e insumisión. Personalmente, desde siempre y hasta hoy, Pepe Beunza ha ido dando un cierto contenido mundano y contemporáneo a un muy difundido y también incumplido mandamiento evangélico: «no matarás». Con esas dos palabras empezó a tejer la urdimbre de su pensamiento no violento.

«¡No matarás!» Recientemente, en una tertulia de televisión presentada por Javier Sardá se lo repetí muchas veces a los tertulianos, no porque no tuviera argumentos, sino porque decir «¡no matarás!» es mucho decir; es un argumento tan breve como contundente, y hace pensar. Era chocante pero necesario repetir «¡no matarás! ¡no matarás!...», porque la situación en los Balcanes parecía animar a mucha gente a defender argumentos justificadores de la guerra y de los bombardeos de la OTAN. Era uno de eso momentos en los que mucha gente pide guerra y es casi imposible discutir razonablemente. Por eso quise defender un principio ético, sólo uno, el más importante: matar es matar y nada lo debe justificar. Así lo explicaba ya en 1971. Hablaba de la no-violencia apoyándome en el «¡no matarás!», no sólo porque creo en su superioridad ética sino porque en el seno de una civilización guerrera que ha llegado a fabricar la bomba atómica no cabe otra posibilidad: para resolver conflictos y para rebelarse contra las injusticias, para luchar por la paz y la justicia, la no-violencia es la opción moralmente más sana y también la más inteligente.

En torno a 1967, cuando Pepe Beunza iba a cumplir veinte años, su actitud antimilitarista empezaba a cobrar sentido a la luz de una visión personal -una visión socialmente comprometida- de la Ley del Amor de Jesús de Nazaret (eso mismo ha ocurrido muchas otras veces, la sensibilidad pacifista ha nacido en el corazón y en las conciencias de no pocos disidentes partiendo de fundamentos evangélicos). No se olvide tampoco que ese pacifismo cristiano y no violento está en deuda con el de los cuáqueros y el de otros movimientos heréticos; pero, ciertamente, en los años sesenta y setenta las estrategias que fueron adoptando los objetores de conciencia también recibían con fuerza el influjo de distintas filosofías y creencias orientales. Además, las técnicas de desobediencia civil que estaba aprendiendo Pepe Beunza se hacían reales a través del conocimiento de ciertos planteamientos utopistas -desde El discurso sobre la servidumbre voluntaria, que escribiera a mediados del siglo XVI Etienne de La Boétie, hasta las más bellas expresiones idealistas de Mayo del 68, pasando por una lectura renovada de viejos escritos del anarquismo histórico-.

Con todo, en la búsqueda de una racionalidad y una pedagogía que hicieran viables las propuestas de desobediencia civil antimilitarista y no violenta, lo que más ayudó fue ese rosario de textos y testimonios disidentes compuesto por Thoreau, Tolstoi, Bertrand Rusell y algunos otros, sobre todo Gandhi y uno de sus discípulos, Lanza del Vasto (además del eco de las experiencias y los discursos de Martin Luther King, el italiano Danilo Dolci, el líder campesino chicano César Chávez, el obispo brasileño Hélder Câmara y un largo etcétera).

Pero idearios aparte, históricamente, el compromiso de Pepe Beunza conectaba con las proclamas de ese primer republicanismo español que, en 1873 (aunque efímeramente), consiguió abolir las impopulares quintas, y hasta con el discurso del malogrado internacionalismo pacifista de la Segunda Internacional. Rememoraba la denuncia radicalmente antimilitarista del anarquista andaluz Fermín Salvochea y se sentía heredero de la actitud de los jóvenes y las mujeres que en 1909, al inicio de lo que luego se llamaría la «Semana Trágica de Barcelona», protestaron con rabia contra el servicio militar y se tumbaron en las vías del tren para impedir que los reservistas fueran trasladados a la guerra de Marruecos. Muchos no se acordaban y muchísimos no lo sabían; pero en 1971 se recuperaba la memoria histórica más inmediata, la que había quedado legalmente plasmada en el Estatut de Núria aprobado en 1931, cuando las flamantes Cortes catalanas exigieron la abolición de la que todavía preferían denominar «contribución de sangre». Ésas eran las muchas fuentes que formaron el caudal ideológico de nuestro joven desobediente.

Se podrían traer a colación otros testimonios que darían buena cuenta del desarrollo histórico de un cierto antimilitarismo tradicional en la España moderna y contemporánea. Ejemplos de hace mucho tiempo y otros más cercanos que fueron fatalmente truncados por la Guerra Civil y el franquismo. Pero los que he referido son elocuentes y suficientes como para entender que Pepe Beunza sembraba semillas nuevas sobre un suelo de protestas antiguas. Podríamos decir que incorporaba al repertorio clásico del antimilitarismo técnicas de desobediencia civil, o sea, nuevas formas de compromiso individual y colectivo que hagan factible la desmilitarización de las mentalidades y de las sociedades, sobre todo la objeción de conciencia (en el sentido que había ido cobrando en varios países desde la Gran Guerra de 1914).

Luchaba contra el servicio militar obligatorio a través de estrategias novedosas, pero en su espíritu reverberaba una muy olvidada memoria histórica antimilitarista. Seguía el rastro de una estela difuminada y perdida. Sus propuestas desobedientes y no violentas eran sobre todo innovadoras y, sin embargo, también evocaban ciertos mensajes antiguos, sentimientos populares que venían de antes de los tiempos de su abuelo. Y todo pese a que su memoria familiar era más bien de signo contrario.


2. Hijo y nieto de carlistas navarros

Jamás hubiera podido imaginar el abogado y dirigente carlista navarro Don Joaquín Beunza que algún día un nieto suyo (de su sangre y de la savia de la tradición) iba a convertirse en el «primer católico español» que rechazaría el servicio militar obligatorio y que, por semejante indisciplina, sufriría penas ignominiosas. Pero el abuelo Joaquín desapareció de la escena mucho tiempo antes de que naciera Pepe Beunza. Era un hombre de su época que murió por ella. Tuvo la desgracia de estar enfermo y descansando en el balneario de Cestona nada más iniciarse el movimiento golpista del 18 de Julio de 1936 (la insurrección militar que, evidentemente, era algo más que un pronunciamiento a la vieja usanza decimonónica española).

Los milicianos apresaron fácilmente al político tradicionalista, lo encarcelaron y finalmente lo fusilaron el cuatro de septiembre de 1936, poco antes de que las tropas sublevadas llegaran victoriosas hasta esos enclaves guipuzcoanos, cuando ni él (ni nadie) podía imaginar que en realidad su vieja época vencería militarmente y se prolongaría durante décadas, rompiendo en mil pedazos la posibilidad de ese otro tiempo de libertad que parecía en ciernes.

Todavía hoy una calle de Pamplona lleva el nombre de Don Joaquín Beunza. En verdad, su importancia histórica es indiscutible. Poco después de sobrevenir la Segunda República, auspició la llamada coalición católico-fuerista que obtuvo seis escaños en los comicios legislativos de junio de 1931. Junto a compañeros carlistas como Rodezno (quien acabaría sentado en un gabinete ministerial de Franco), católicos como Aizpún (después ministro de un Gobierno republicano derechista) y peneuvistas como José Antonio Aguirre (alcalde de Getxo y futuro lehendakari), Beunza fue un destacado representante de la minoría vasco-navarra en las Cortes españolas. Entre 1931 y 1932 estuvo entre los negociadores del Estatuto de Estella, antes de que el PNV prefiriera pactar con socialistas y republicanos reformistas una autonomía que asumiera los nuevos valores democráticos y estuviera menos inspirada en aquel rancio vasconavarrismo etnicista que mezclaba nacionalismo aranista y tradicionalismo carlista.

Joaquín Beunza era vasquista y también españolista (como tantos otros seguidores de Don Jaime, el pretendiente carlista). Su figura es un buen indicador de la complejidad de aquella época. Con el tiempo quedaría muy claro que los jaimistas coincidieron con los nacionalistas vascos y pertenecieron al Bloque de Derechas antirrepublicano de las Cortes, sobre todo, porque todos ellos se oponían a la política religiosa socioliberal del nuevo régimen democrático (entre otras cosas, los coaligados vasco-navarros pretendían que las cuatro provincias quedaran al margen del laicismo de la República española y que su Gobierno autonómico tuviera relación directa con el Vaticano). Beunza fue para las izquierdas, en el vocabulario agresivo de aquellos años, un «enemigo de la constitución republicana», un «cavernícola», un «troglodita», un «carca» o un «vascorromano». Se usaban otros palabros y cosas peores. No obstante, durante el proceso pro estatutario de 1931 y 1932, Beunza también chocó políticamente con la derecha navarrista y con algunos de sus propios correligionarios.

Ya en 1932, se sintió desencantado con la postura de la Asamblea de Municipios Navarros que, en medio de la polémica, acabó rechazando el proyecto autonómico de inspiración vasquista. Tras un intento no aceptado de dimisión, dejó de ser diputado y pasó a un segundo plano de la vida política, entre otras razones porque él, miembro de Eusko Ikaskuntza (la Sociedad de Estudios Vascos que redactó el proyecto de estatuto), seguía siendo partidario de la unificación política y territorial de Navarra y las tres provincias vascongadas. Todo indica que, a la altura de 1936, Don Joaquín no estaba al tanto de los planes golpistas inmediatos que precisamente dirigía el general Mola desde Pamplona. Quizás por eso decidió estar tranquilo en Cestona y allí lo apresaron. Pero, aunque discrepante, lo cierto es que perteneció al bando político dominante en Navarra y al morir fue admirado y venerado como un héroe injustamente ajusticiado. Un mártir. Lo ha sido para muchos y durante mucho tiempo. Dice su nieto que la memoria familiar, aunque fuera cambiando, siempre conservó la imagen de respetabilidad del abuelo, sin duda, acrecentada por el hecho de haber sido fusilado.

Mi familia siempre guardó en la memoria la imagen y el recuerdo del abuelo como un hombre de ideas, hecho a sí mismo, íntegro e inteligente y buen parlamentario, hacia el que más que cualquier cosa siempre se profesó un profundo respeto.

En principio, ideológicamente, en términos parecidos se debería hablar de Don Daniel Beunza, el padre de Pepe. Si nos remontamos a aquellas mismas fechas de belicosos militarismos, y aún después, se comprende que el hijo de Don Joaquín, también carlista y participante entusiasta en el movimiento insurreccional de los requetés navarros, convencido de haber actuado bien al hacerse soldado de una cruzada contra las fuerzas que amenazaban a la civilización cristiana, tampoco hubiera podido temer que un hijo suyo desarrollara ideas y vivencias tan diferentes, tan contrarias a aquellos siniestros y turbios espíritus redentoristas.

En 1936 Daniel Beunza era todavía joven. Entonces compartía con muchos tradicionalistas y derechistas el mismo sentimiento de hostilidad hacia los cambios y las reformas. Estaba en el bando de quienes a toda costa buscaban que la República española garantizase un Estado católico, sin divorcio y con los valores femeninos más conservadores, sin libertad de enseñanza y con los crucifijos en las escuelas, sin reforma agraria y, sobre todo -al final eso era lo que más contaba-, sin que existiera el más mínimo temor a una revolución social de corte moderno y extranjero, liberal, libertaria, socialista o a lo peor bolchevique.

Muchos años después, a la altura de 1971, Daniel Beunza comentaba a unos periodistas que le preguntaban sobre la objeción de conciencia de su hijo que él nunca participó «en tiroteos que provocaran muerto alguno». No renunciaba a los lugares comunes del franquismo primigenio pero sobre todo recordaba con tristeza la muerte de su padre: «en la Cruzada perdí a mi padre... fue asesinado por un pelotón de comunistas en el Fuerte de Guadalupe (Fuenterrabía), donde estaba preso». No obstante, al igual que otros muchos carlistas, el padre de Pepe Beunza muy pronto comenzó a desarrollar sentimientos de distancia y después de frialdad y hasta enemistad con el régimen nacido del 18 de Julio. En realidad, para ellos todo empezó a estar más que revuelto desde el Decreto de Unificación dictado por Franco en 1937, con el que creaba el partido único (Falange Española Tradicionalista y de las JONS), lo que supuso la desaparición de la Comunión Tradicionalista, la organización genuinamente carlista.

Pero los problemas se acrecentaron cuando, conseguida la victoria, el carlismo se sintió desplazado en relación a la Falange. De hecho, el malestar se trocó en conflictividad y unos años más tarde llegó a mayores: recuérdese que precisamente en Pamplona, el 3 de diciembre de 1945, los carlistas navarros se manifestaron ilegalmente gritando consignas contra Franco, la Falange y algunos de sus antiguos jefes que eran considerados traidores y arribistas, como el Conde de Rodezno. Hubo enfrentamientos y hasta tiros entre la Policía Armada y los manifestantes. Más de ochenta carlistas acabaron en la cárcel y su sede social fue clausurada por orden gubernativa.

En 1945, Daniel Beunza ya estaba lejos de esos ambientes, pero había ejercido como notario en Guipúzcoa hasta el año 1940. Hubo de vivir, pues, el ambiente de las primeras querellas internas entre vencedores. Es más, se sentiría personalmente muy implicado porque existía una ocasión recurrente para que el carlismo mostrara su antipatía hacia Franco: el homenaje anual a Don Joaquín Beunza. En esa atmósfera el ex combatiente Daniel se hizo antifranquista. Pero muy pronto se marcharía del País Vasco.

Creo que fue mi madre la que procuró apartar a mi padre del ambiente político enrarecido que había en el País Vasco y Navarra durante la posguerra. Hubo jaleos, todos los años se hacia una especie de peregrinación al Fuerte de Guadalupe a homenajear a mi abuelo... Seguro que no era por discrepar de todo aquello pero creo que mi madre desarrolló el instinto de nido. Con un marido que era notario se preguntó: ¿dónde podemos vivir tranquilamente?, ¿dónde podría estar nuestra familia en paz y nuestros hijos bien alimentados? La respuesta iba hacia el sur, y por eso creo que acabaron en Beas del Segura, donde nací yo en 1948. Después marchamos durante unos años a Tolosa y a Reus, y finalmente, desde 1956, nos afincamos en Valencia.

Daniel Beunza desarrolló su propia aversión hacia Franco. Lógicamente, su carlismo y su antifranquismo evolucionaron. Le costaría olvidar que había participado en una «guerra de religión»; pero tampoco la Iglesia, la que había dado a la Guerra Civil esa etiqueta, comulgaba unánimemente con el franquismo, al menos desde 1966. Todo indica que Daniel fue abrazando ideales democráticos. En las cartas que escribía a su hijo también dejó constancia de un cristianismo pacifista que fue haciéndose cada vez más crítico con la jerarquía católica. Su hijo recuerda que encontró tolerancia, respeto y finalmente incluso apoyo, muy de agradecer cuando llegaron los tiempos de la verdad y Pepe llevó a la práctica sus anuncios de desobediencia civil.

En fin, a mí me tocó crecer en una familia de clase media que políticamente era carlista antifranquista. Cuando tenía 10 años vivíamos ya en Valencia. Mi padre fue presidente de la Peña Vasco-Navarra de Valencia y me llevaba a Montejurra cuando yo tenía 12, 14 ó 15 años. En Estella y por todos aquellos lugares se podía ver un ambiente lleno de folclorismo y a la vez de reivindicaciones, contrario al régimen pero también a los nacionalistas vascos. Pero mi padre fue cambiando. Era un hombre culto. Leía mucho. Hablaba euskera, inglés y francés. En cierto sentido, por ejemplo en su actitud crítica hacia el franquismo, fue para mí un referente.

Con el correr de los años, el padre también hubo de tener al hijo como referente y motivo de contradicciones morales y dialécticas que, no obstante, le abrieron la mente hacia nuevas ideas. Por lo que he leído que Daniel dejó escrito sobre su hijo cuando éste más apurado podía estar, en una entrevista que le hicieron dos redactores de Sábado Gráfico y que nunca pasó la censura, aunque no renegaba de haber participado «en la Cruzada de 1936», quiso dejar claro que para él la objeción de conciencia de su hijo era «un modelo de sinceridad, de valentía y de espíritu de sacrificio frente a tanta juventud cuya única aspiración en la vida es labrarse con poco esfuerzo un porvenir cómodo». Pepe Beunza era para su progenitor un ejemplo de «perfección evangélica... contra la carrera de armamentos». Aquel ex requeté, sin duda porque tenía unos principios morales fuertemente asentados en su conciencia, a su manera asimiló y mezcló e hizo suyos los valores que le había enseñado su padre y los que después aprendió de su hijo.

Daniel contestaba a los entrevistadores que él «evolucionó hacia el pacifismo» conversando con su hijo, y que eso sucedió cuando éste decidió anunciar públicamente que se iba a declarar objetor de conciencia no violento para luchar a favor de la paz y el desarme: «yo argüía lo utópico de su idea, pero el resultado fue que en lugar de convencerle yo a él, me convenció él a mí de la altura moral de sus convicciones y de su anunciada conducta futura». Y sentenciaba con expresiones que a los censores hubieron de parecer irreverentes: «¡Ay del Ejército cuya moral dependa de que se admita o no la objeción de conciencia!... Lejos de mirarla como un peligro, habría lógicamente que fomentarla, siempre que el deseo de paz fuese sincero y no puramente verbalista».

La entrevista, realizada en Valencia el 18 de noviembre de 1971, no pudo ser publicada hasta que en 1977 Ediciones Don Bosco dio a la luz un libro titulado Objeción de conciencia. Otro servicio. Después de la aparición, en 1973, de la ya clásica monografía de Jesús Jiménez La objeción de conciencia en España (edición de Cuadernos para el Diálogo); este libro de 1977, además de ser miscelánea de textos interesantes para la época, ofrecía un primer balance del fenómeno de la objeción de conciencia que a buen seguro alentaba a su desarrollo: cartas de Pepe Beunza y de su padre, la breve crónica de la breve experiencia de la objeción de conciencia en España, las primeras propuestas de legislar en tal sentido, las tímidas opiniones favorables de los partidos políticos democráticos...

En definitiva, una colección de documentos valiosos, fuentes preciosas para el comentario. También ese año apareció un librito de Juan Roca con fotos muy significativas sobre el pasado más inmediato y la actualidad de la objeción: aunque breve, aquel Qué son los objetores de conciencia (editado por La Gaya Ciencia) era un trabajo mucho más analítico y difundía la cuestión contextualizándola en el amplio abanico de las luchas populares y democráticas. Eran tiempos de reforma política y el momento de publicar lo que hasta entonces no se ha había podido difundir en libertad. Pero también eran tiempos para la innovación, para recorrer caminos más largos, para adecuar los discursos antimilitaristas a las nuevas posibilidades de acción. Ese año, 1977, se constituyó el MOC.

3. En el territorio de sus sueños originales

¿Cómo se juzga hoy el devenir del compromiso de Pepe Beunza? ¿Cómo se valora su evolución hasta el año 2000, cuando es un hombre maduro, casado y con una hija, que trabaja en la protección de espacios naturales de Cataluña y siempre que puede continúa apoyando causas justas y visitando a insumisos encarcelados? Él recuerda que siendo muy joven, durante su bachillerato en Valencia, perteneció a los Boy Scouts. Se sentía cristiano. En 1965, antes de estudiar para hacerse ingeniero técnico agrícola, con 17 años y como voluntario, trabajó en la leprosería de Fontilles durante tres semanas.

No cabe hacer muchas interpretaciones, lo de la leprosería es sumamente elocuente y parece obvia la explicación que Pepe nos da: «estaba muy preocupado por acercarme al sufrimiento humano». Al final siguió la preocupación y salió aleccionado por la propia experiencia. Dice que lo peor, peor que la enfermedad incluso, era la estigmatización social del leproso: «el rechazo a la readaptación de esos enfermos cuando ya estaban curados». En la leprosería dejó muchos amigos. Después aportó su grano de arena a las campañas de alfabetización del barrio del Cristo y trabajando con colectivos de gitanos en Valencia.

No es menester añadir más cosas que se sabe que hizo. Todo indica que, en efecto, aquel joven iría abriendo más y más su conciencia. Cualquiera diría que se trataba de un buen chico con el corazón enorme, que el chaval prometía; pero también es cierto que con esas señales (su cristianismo dedicado a servir a gente doliente o a marginados) podría haber desarrollado otras formas de compromiso social y religioso. Quedaba mucho por hacer dentro de su propia persona. Digamos que estaba ampliando su mirada crítica y que todavía la iba a hacer crecer más cuando en 1965 viajó por primera vez a Francia haciendo autostop.

Pude disfrutar... lejos de la dictadura franquista, sin ese agobio, en la libertad de los albergues de juventud, trabajando con gente distinta en una fábrica de abonos, conociendo y discutiendo, y aprendiendo con los beatnicks que conocí... En la carretera, con la mochila, me sentía libre como un pájaro.

Otras luces entraban en su vida. Poco después, durante otro viaje por Francia, comenzaría a aprender de las experiencias de los objetores de conciencia. Está claro que los mensajes que luego iba a difundir Pepe Beunza en materia de objeción de conciencia a los ejércitos debían desarrollarse, en principio, sobre la propia base religiosa que tenía su pensamiento de adolescente. Es lo que había. Lo que tenía era ese catolicismo social que estaba influyendo en un adolescente con ganas de hacer visible su filantropía. Pero también está claro que esos discursos de desobediencia civil no podían nacer del espíritu todavía rancio y militarista de la Iglesia española. Por eso, parece ser que algunas de las experiencias tempranas de aquel su primer viaje hicieron que hasta su cristianismo se fuera haciendo más abierto y protestatario.

Como me picaba la curiosidad, un día fui a Andorra y al día siguiente pasé por Lourdes. Era alucinante lo que estaba comprobando: que apenas había diferencias esenciales entre ambos lugares. Me parecieron centros comerciales. ¡Qué manera de contrabandear con la religiosidad! Desde entonces mi fe se hizo todavía más crítica.

En 1966 se atrevió a aceptar su primer compromiso político. Lo eligieron consejero de curso del Sindicato Democrático de Estudiantes. Después del famoso congreso de ese sindicato celebrado en Valencia entre enero y febrero de 1967, bajo la presidencia de Ciprià Ciscar, Pepe Beunza formó parte de la Junta Permanente de Distrito Universitario junto a Vicent Garcés, Carles Dolç, José María Rotge y algunos más. Vueltas da la vida.

Curiosamente, Ciprià Ciscar se convertiría tiempo después en un importantísimo dirigente del PSOE, el partido político que gobernó España entre 1982 y 1996, el que legisló la objeción de conciencia y acabó reprimiendo con años de cárcel la desobediencia civil al servicio militar obligatorio y al servicio sustitutorio. Se podrían dar más ejemplos de amigos y compañeros de Pepe Beunza en los años de las luchas antifranquistas que luego, ya con responsabilidades políticas, defendieron las posturas que más contrariaban al primer objetor, al viejo colega de correrías y sueños revolucionarios, al que tuvo la valentía, acaso la locura, de enfrentarse a los militares franquistas en su mismo terreno, en sus cuarteles.

Podríamos poner aquí muchos nombres de estudiantes que realmente se la jugaron. Pero, seguramente, casi todo el mundo reconocería sólo a algunas de las personas que destacaron entonces y después han sido importantes personajes de la vida política española. Sirva de ejemplo una breve lectura de dos trayectorias, las de dos mujeres que lucharon contra el franquismo y que con el tiempo adoptaron actitudes contrarias por lo que se refiere a la insumisión: la primera, una de las mujeres más críticas del colectivo de jueces progresistas, Manuela Carmena; la segunda, Carmen Alborch, la que fuera ministra de Cultura de uno de los Gobiernos de Felipe González. Ambas, en Madrid y en Valencia, fueron dirigentes estudiantiles cuando eran todavía pocos los que se atrevían a dinamizar semejantes disidencias, sobre todo en los años 1965 y 1966, antes del apogeo de 1967, cuando se empezaba a construir el Sindicato Democrático y el peligro (siempre lo hubo) podía venir tanto de la policía como de los delatores y de los Guerrilleros de Cristo Rey u otros grupos de matones y fascistas.

Pues bien, décadas después, Manuela Carmena se puso del lado de los insumisos y siempre estuvo en contra de que fueran encarcelados; por el contrario, Carmen Alborch jamás dijo nada que chocara con la política represiva que en esa materia defendía su partido. Ahora, que ponga el lector otros ejemplos similares. ¿No será que la «memoria insumisa de la dictadura de Franco» (tal y como ha sido recientemente denominada por Nicolás Sartorius) también necesita algún que otro repaso autocrítico sobre su desarrollo incoherente durante la época democrática? Volveré sobre este asunto en más ocasiones.

El Sindicato Democrático de Estudiantes estaba muy extendido, proliferaba en Madrid, Barcelona y otros importantes distritos universitarios. Hay bastante aunque no suficiente bibliografía sobre el movimiento estudiantil durante el franquismo, el anterior y el contemporáneo al sindicato. Si casi todos los nombres que hemos apuntado son valencianos es porque estamos situados en los ambientes que conoció nuestro protagonista, aunque también porque ya entonces se valoró que en Valencia se había edificado el verdadero «fortín» de ese tipo de oposición al régimen. De hecho, en 1967, fue en Valencia donde se rompió definitivamente con el sindicalismo estudiantil oficial y de inspiración fascista.

No voy a extenderme más. Para conocer mejor a los que fueron jóvenes activistas de esa importante experiencia opositora en el Sindicat Democràtic d`Estudiants de València, convendría acudir a la obra colectiva que ha dirigido Benito Sanz; ese libro, titulado L’oposició universitaria al franquisme. València 1939-1975, deja buena constancia del papel desempeñado por Pepe Beunza y del reconocimiento que se otorga a la peculiar y decisiva aportación del primer objetor de conciencia no violento.
Pepe Beunza, en principio, se encargó de editar apuntes con una multicopista para que se pudieran vender a precios populares. Recuerda que aquella actividad tan docente, aunque hoy pudiera parecer poco política, tuvo entre el estudiantado un éxito enorme y dio un gran prestigio al sindicato. De esa guisa, empezó un camino que como a muchos otros le supuso participar en encerronas, asambleas, manifestaciones y detenciones policiales. En el curso 1967-1968 lo eligieron delegado de curso y subdelegado de escuela. Tenía 21 años. Otra vez en autostop, viajó a Holanda durante las Navidades y de nuevo a Francia en Semana Santa: allí conoció a «un grupo de anarquistas no violentos», cuyas ideas y métodos le influyeron de forma decisiva y le ayudaron a amar y aprehender los sueños utópicos que inspiraron Mayo del 68.

Era joven y parecía estar muy animado. Pero no se nos escapa que en buena medida estaba solo y aislado. No tenía a su alrededor muchos incentivos que le ayudaran a impulsar la objeción de conciencia. Imaginamos que todo aquello se sobrellevaría a veces con grandes dificultades y con tentaciones de dejarlo (lo sabrá muy bien cualquiera que entonces hiciera alguna actividad contra el régimen). Imaginamos la lucha interior del joven Pepe Beunza y enseguida vemos cuán quebradizo podía llegar a ser el genio interno que le animaba a protagonizar esta historia. Ninguna cosa estaba determinada. Todo debía nacer y cualquier adversidad sobrevenida podía haber cambiado el curso del proceso que hoy estoy relatando. Afortunadamente nada fue insuperable. Ni lo más desolador. En 1967 Pepe Beunza tuvo que superar la muerte de su madre, con la que estaba muy unido. Para cualquier joven un episodio tan doloroso, una pérdida como ésa, puede ser un grave motivo de aflicción que aliente miedos y confusiones.

Pero lo cierto es que en aquella Valencia de finales de los años sesenta -la que fuera última ciudad de la República española-, en sus ambientes de lucha antifranquista obrera y estudiantil, aquel estudiante comprometido con las aspiraciones de libertad y de cambio comenzó a plantearse y a plantear lo que sin duda sonaba entonces más a quijotada manifiesta que a provocadora llamada a la subversión. Recuérdese que el ambiente era adverso. Si bien las movilizaciones se hicieron más grandes desde 1967, también el régimen aumentó su capacidad represiva. La policía y el Tribunal de Orden Público eran una amenaza omnipresente; su sola existencia y esa presencia espectral, que se encargaba de difundir y de materializar con gestos y zarpazos, obligaban a desarrollar culturas y subculturas de clandestinidad.

4. Una oposición dividida

En relación a la historia de la oposición al franquismo tengo mis preferencias, pero debo reconocer que, al observar las trayectorias personales de hombres y mujeres que vivieron grandes o pequeñas y efímeras experiencias colectivas, encuentro meritorios ejemplos para una historia general de la disidencia: gentes de las Comisiones Obreras, la Unión Sindical Obrera (USO), el PCE, el Frente de Liberación Popular (FLP, conocido también como «Felipe»), la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), la Juventud Obrera Católica (JOC), el PSOE, la UGT, la CNT y otros grupos bien de reaparecidos bien de sobrevenidos en el movimiento libertario, además de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) y otros partidos troskistas, el Movimiento Comunista (MC), el Partido del Trabajo (PT), la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), el PCE (m-l), marxista-leninista, y un larguísimo etcétera de partidos políticos revolucionarios de distintos signos izquierdistas, la mayoría de distintos signos comunistas. Lo que no siempre resulta tan interesante es comprobar que a su vez estuvieron muy divididos, subdivididos, capitidisminuidos y enfrentados en demasía.

En buena medida, no es cierto que la hostilidad hacia Franco uniera a las fuerzas opositoras. Mucha gente vivió experiencias unitarias, pero, objetivamente, si la oposición luchaba contra el régimen también lo hacía entre sí. Yo era un niño entonces y quizás esté exagerando. Admitiría de buen gusto cualquier matiz y hasta una refutación global y demostrable de lo que siento y escribo. Tal vez soy víctima del «pacto de olvido» (ese consenso no asumido, inconfesable como consenso) que se ha ido imponiendo desde 1977. Estoy de acuerdo en que hay algo todavía más prioritario: porque es de justicia y serviría de aprendizaje, lo correcto es arreglar cuentas con la dictadura y señalar claramente su historia criminal. Pero no estaría de más que la memoria histórica de quienes lucharon contra ella también saldara alguna que otra deuda consigo misma. Se entendería mejor lo que sucedió y lo que no pudo ser. Asimilaríamos mejor lo que se ha ido edificando. Quizás se disiparan las sensaciones de derrota.
Desde la distancia no nos extraña que la discrepancia fuera insoslayable. Está claro que el centralismo democrático de los leninistas no debía parecer nada democrático a los demócratas, que el elitismo vanguardista de unos sublevaba a los más asamblearios, y que las minorías de activistas enrolados en la lucha armada o en la «agitación armada» se reclamaban de unas ideologías que no tenían nada en común (el nacionalismo vasco de ETA, el comunismo libertario del MIL, el marxismo estalinista del FRAP, etcétera). Nada que ver. Pura coexistencia.

Todos parecían coincidir y en realidad no pocos coincidieron en la demanda de ciertas libertades formales, las que tanto se echan en falta cuando no se tienen y cuando te las arrebatan a tiros o con otras más incruentas coacciones. Pero había una oposición que pretendía un nuevo orden político homologable a las democracias europeas; y, sin embargo, en las calles, en los centros de trabajo y en las facultades, quienes mayormente actuaban y retaban al régimen demostraban ser una suerte de auténtico «sujeto revolucionario», con idearios emancipadores enfrentados entre sí (como el marxismo y el anarquismo), con proclamas amenazantes para las distintas ideologías demoliberales o con referentes geopolíticos contrarios al modelo de sociedad capitalista (la Cuba de Castro, la China de Mao, la propia URSS e incluso la Albania de los estalinistas). No nos debería sorprender que hoy, cuando leemos sus escritos de entonces, veamos por doquier a grupos tan recelosos como impenetrables y casi siempre enemistados entre sí.

De todo aquello, apenas queda una estela engañosa. Hubo mucho discurso abigarrado y falsario. No pocos panfletos ofrecían la imagen de un proyecto ceñudo e intratable, expresión de ciertas indeseables antiutopías. Pero ya me gustaría ver a la izquierda de hoy dedicando tantos esfuerzos como entonces al pensamiento crítico y a la denuncia de las injusticias del capitalismo. No puede ser. No está en las agendas de las nuevas clientelas electorales. En aquellos años algunas versiones españolas de las grandes ideologías decimonónicas eran poco simpáticas, quizás porque el aislamiento que la clandestinidad imponía hizo que se enquistaran las intolerancias. Sucedió incluso cuando la represión arreciaba y cuando -como ocurrió con el agarrotamiento de Puig Antich ya en 1974- la amenaza de la pena de muerte se hacía real y movilizaba energías dentro y fuera de España. Crecía la intolerancia aunque fuera de sentido común que al menos en esos momentos sobraban las broncas atávicas y resultaban patéticas las invectivas.

Esas malditas cosas eran tan viejas que parecían normalizadas. Continuaron ocurriendo incluso cuando Franco vegetaba y se moría de puro éxito biográfico, de tan viejo que era. Entonces parecía aún más claro que tanto las luces como las sombras de la historia de la oposición antifranquista eran poco relevantes como para iluminar u oscurecer una realidad sociológicamente mayoritaria: la de la conformidad. No parece que el indicador social de la actitud contraria pueda seguir siendo el mito de la venta masiva de champán el 20 de noviembre de 1975, el día de la muerte biológica del Caudillo. Quedaban atrás un tiempo de exterminio y varias décadas de producción de obediencia y silencio. Aún resuenan sus ecos.

Esta reflexión me ayuda a entender y explicar muchas cosas. A veces me duele, y por eso en la memoria de Pepe Beunza busco lo bueno. Quizás lo mejor sea recordar que hubo momentos de unidad, que fueron muchas las situaciones de obligada convivencia, porque ahí es donde encontramos las más bellas historias personales. Hay emoción y hasta ternura en las memorias de los presos y los detenidos, cuando hablan de sus gestos de solidaridad dentro de las comisarías, en los cuarteles y en las cárceles. Siempre que lo pienso, me quedo perplejo ante la evidencia de la capacidad que tuvo aquel régimen nacionalista, españolista, fascista y, sobre todo, militarista y autoritario para crecer y transformarse, para ir refinando la dosificación de la crueldad. No obstante, me reconcilio con la naturaleza humana al escuchar las experiencias de apoyo mutuo de los presos políticos frente a sus carceleros franquistas.

Leo documentos de aquellas épocas que me obligan a decir que yo no podría comulgar con ciertas formas de pensar y proyectar la revolución social; pero acto seguido me hace sentir bien conocer no sólo los hechos desgraciados sino la entereza, la dignidad, la gran calidad humana de muchas personas que se la jugaron en pueblos y ciudades, que fueron rebeldes y buenas personas luchando contra aquel liberticidio, desde la transgresión y en la clandestinidad o a veces abiertamente, con prudencia y valentía, dentro de los reducidos límites que encontraban; lanzando retos inteligentes y pacíficos a un régimen tan embrutecido como experimentado en la represión. Muchas veces a uno le parece que, además de contribuir a la debilidad del régimen y de ir dejando clara su falta de legitimidad, lo más bello de la historia de la oposición al franquismo es comprobar que siempre hubo gente luchadora, cuyo talante abierto y afable no se correspondía con la desabrida letra de los idearios de sus partidos políticos.


5. Valencia 1967-1971: los primeros pasos de una objeción subversiva

A finales de los años sesenta las iniciativas abiertas, participativas y pacíficas (como las muchas de las Comisiones Obreras y del movimiento estudiantil) se enfrentaban a un futuro muy complicado. Parecía que después de décadas de dictadura, de tanto pelear con tanta imaginación como necesidad, renacía el tiempo de los duros. Que quizás sólo la fuerza podría ser la respuesta a la fortaleza del franquismo. Lo cierto es que no se pensaba en clave de no violencia. A muchos hubo de parecerles que no se vivía el mejor ambiente para las políticas «blandas», porque blandengues y ñoñas serían para los revolucionarios izquierdistas las estrategias basadas en las técnicas no violentas. Lo han sido hasta hace poco y podemos imaginar que, a finales de los sesenta, no estarían las cabezas ni los ánimos como para pensar por qué décadas antes y también en situaciones muy complicadas el famoso Gandhi había dicho que la no violencia es el arma de los auténticamente fuertes. No era ésa la cultura de la izquierda.

Dice Pepe Beunza que «era la época del Che Guevara, y la izquierda no estaba por el tema. Pero como también era el momento de Martin L. King, las propuestas y las técnicas de la no violencia no eran ideas mal vistas». Su objeción de conciencia podía, eso sí, granjearse cierta respetabilidad; pero, aunque se buscara desde el principio la mejor y más pedagógica de las relaciones con la izquierda española, tenía que nacer y crecer por sí misma y al margen de ella.

Cuando estaba en la cárcel me acordaba muchas veces de que fue en el año 1967 cuando me empecé a meter en aquel lío tan gordo. Con un grupo de amigos de la Universidad de Valencia formamos un grupo de apoyo a la objeción de conciencia y nos dedicábamos a dar charlas, a dar información. Era un tema tabú, completamente desconocido. Enviamos unas cartas firmadas de manera personal al Estado Mayor pidiendo el reconocimiento del derecho a la objeción de conciencia. No parece que aquello fuera todavía peligroso porque recibimos contestación dándonos esperanzas.

Aquel grupo participó en reuniones con objetores franceses, suizos y belgas. Era la única manera de estar al día y de empezar a hacer algo en España. Pepe Beunza comprometió muy pronto su palabra con esa opción desobediente. Se marchó a la vendimia de Francia y trabajó con objetores que le informaron, aconsejaron y alentaron a no hacer el servicio militar. El mentor de muchos partidarios de la desobediencia civil, el que acabaría siendo gran amigo de Pepe Beunza, era Lanza del Vasto (a quien Gandhi llamaba Shantidas). Había fundado en Francia la Comunidad del Arca. En sus campamentos de no violencia se formaron Pepe Beunza y los escasísimos promotores de la objeción de conciencia en el franquismo.

El Arca fue cantera de disidencias perdurables.
Verbigracia, también ahí y después en las luchas contra el campo de tiro de Larzac empezó su andadura disidente José Bové, objetor de conciencia francés a finales de los años sesenta y hoy famoso campesino que dinamiza el movimiento internacionalista contra los efectos de la globalización (Bové hubo de conocer el llamado caso Beunza porque en una entrevista que publicó El País Semanal, el 8 de octubre de 2000, decía que a principios de los setenta ayudó «a organizar el movimiento antimilitarista en España», de hecho afirma que estuvo «en alguna manifestación en las Ramblas de Barcelona para denunciar el encarcelamiento de jóvenes españoles que se negaban a hacer el servicio militar»).

Pero antes de que Bové y otros muchos jóvenes europeos acudieran a varias ciudades españolas a pedir la libertad de Beunza se tuvo que andar bastante camino, un trecho importante en la biografía de un joven. Se vivieron altibajos que podían haber truncado el proceso. Pepe, como suele ocurrir cuando se depende de organizaciones políticas que en realidad son experiencias juveniles, muy pronto se encontró solo. El grupo de Valencia prácticamente había desaparecido en 1969. No se lo pensó dos veces y, sin embargo, sopesó bien qué tácticas había que seguir. Hoy, porque es nuestra historia, agradecemos la feliz concurrencia de aquellos dos factores improvisados: acierto y singularidad. Con lo que escuchó en sus correrías europeas y con la experiencia que ya arrastraba ideó la forma de salir adelante y superar el bache.

Lo que hice fue organizar un nuevo envío de cartas al Estado Mayor. Esta vez no contestaron, pero aquel texto me sirvió para poder empezar una nueva campaña de charlas. Iba a colegios mayores, a parroquias, iba a cualquier sitio de reunión donde la gente me quisiera escuchar, planteándoles la objeción pero también una pequeña campaña de colaboración. Este panfleto iba firmado con mi nombre y dirección por dos motivos, porque nos parece (a los objetores y no violentos) que siempre que se pueda los panfletos han de ir firmados para dar seriedad a quien lo escribe y a quien lo lee; pero también era porque si un panfleto tiene vida propia y puede llegar muy lejos de mano en mano, con la dirección cualquier persona interesada tendría un sitio al que acudir para conectar conmigo y poder trabajar juntos. Y efectivamente, a partir de esta campaña tan sencilla surgió un grupo de unas diez personas en Valencia, dispuestas a trabajar por la objeción de conciencia y a ser el grupo de apoyo con el que podía ir preparando mi negativa a hacer el servicio militar.

Con todas las limitaciones que se puedan imaginar e incluso algunas más (las que resultaban del hecho de ser una temática rara e incluso ajena a la cultura opositora), lo cierto es que se comenzó a oír por Valencia que un aspirante a perito agrícola iba a hacer público un mensaje pacifista y de crítica al ejército y al servicio militar, demandando, además, el derecho a la objeción de conciencia y la organización de servicios civiles que promovieran la educación por la paz y la solidaridad. Lógicamente, también lo supo la policía.

Si hubiera dicho tales cosas amparándose en credos religiosos que, aunque castigados, nunca buscaron enfrentarse a autoridad ni Gobierno alguno; o si para difundir esas ideas hubiera usado las formas camufladas y clandestinas del momento, aunque era seguro que los ojos y oídos de un Estado policial con su tupida red de delatores y de buenos ciudadanos colaboradores hubieran cargado contra él, aquella proyectada disidencia habría sonado algo más «normal» y podría haber sido mejor encajada por parte de todos, tanto por el Gobierno como por las distintas culturas de oposición al franquismo. Claro que, en ese caso, seguramente tampoco hubiera tenido eco alguno. Hoy la recuperarían algunos historiadores cual si de algo excepcional y fuera de sitio se tratara. Pero no era nada de eso, y por eso mismo se escucharon sus ruidos hasta en las mismas Cortes franquistas, desatando un odio tremebundo y obstinado entre las filas de Blas Piñar y los ultras. Pero por lo que no se merece ser tratado como algo extraño dentro de las respuestas de oposición al franquismo es porque su continuidad y trascendencia son palmarias. Y su valentía innegable. Para entenderlo se hace necesario valorar históricamente la desobediencia de Pepe Beunza en relación a los comportamientos mayoritarios.

Miramos la atmósfera vital de la España de finales de los años sesenta y se nos presenta con demasiada relevancia la mancha de la conformidad. El hueso de las costumbres ya era tan grande que, después de tantos años de dictadura, el régimen y sus oportunistas y aprovechados lo roían creyendo que aquél sería un hueso siempre suculento e inacabable. Ya he dicho que también se puede ver, para nuestra satisfacción y con un algo de tristeza, con cierta decepción, a mucha gente luchando -varios miles de opositores es mucha gente porque su relevancia quedará para siempre iluminada al destacar sobre el tono gris de la docilidad mayoritaria-. Era una oposición sin frentes de lucha y las más de las veces emboscada, oculta del poder e igualmente de las mentalidades aquiescentes, de las mayorías de una España obediente.

Quisiera adjetivar la obediencia. No basta con decir que por aquel entonces en España hubo muchos partidarios de Franco más o menos entusiastas. En líneas generales, desde los tiempos de la guerra y de las grandes represiones exterministas, llevadas a cabo por los golpistas durante los años treinta y cuarenta contra las clases populares y los movimientos sociales y políticos republicanos y revolucionarios, se fueron implementando las distintas magnitudes de la conformidad; pero todas juntas, dándose alimento unas a otras: la apocada, aterrorizada y resignada caminó junto al conformismo interiorizado y al lado de ese otro que en realidad fue oportunista y colaboracionista.
Ahora bien, si hurgamos en los paisajes concretos de la obediencia, en concreto en el que nos muestra la normalidad del cumplimiento del servicio militar obligatorio en el ejército (claro está, en el ejército franquista), entonces vemos cuán aislada y qué increíble suena la objeción de conciencia de Pepe Beunza en 1971, el año de la primera piedra del luego próspero movimiento de objeción de conciencia, el año en el que no pocos, entre perplejos los unos y airados los otros, supieron del mensaje y de la actitud del primer desobediente; no de un raro caso de objeción a las armas por imperativo divino (como los Testigos de Jehová), sino un caso (también raro, acaso más raro que ningún otro) protagonizado por un joven objetor al que con justeza han de atribuirse otros adjetivos que califiquen mejor su compromiso consciente, de esos que por aquellos años, aunque con fuertes cacofonías, sonaban en todos los mentideros de oposición al dictador: Pepe Beunza era el primer objetor de conciencia que abiertamente desobedecía el llamamiento a filas apelando para ello a valores colectivos.

Cierto es que en principio y por diferenciarse de los Testigos de Jehová se dio a conocer como el «primer objetor de conciencia católico», pero las explicaciones que fue dando a quienes en aquella situación lo pudieron o quisieron escuchar, y las reflexiones que sus vivencias le hicieron tejer poco a poco, rápidamente convirtieron a Pepe Beunza en «el primer objetor político» de España -más aún con el correr de los años, porque su acción quedó por siempre adherida a la pequeña historia de una acción colectiva, la de la desobediencia civil-. Desde entonces quedó firmemente esbozado el perfil de una nueva figura política y de un nuevo sujeto cultural en el universo de referentes de la vieja cultura de las disidencias. El primer objetor católico se convertía desde el principio en un desobediente político, «no-violento», pacifista, antimilitarista, demócrata, libertario, izquierdista y también cristiano.

Fue un empeño utópico y asimismo una osadía, un soplo de aire fresco para algunos pero para casi todos un despropósito, incluso para las buenas y bienintencionadas gentes que luchaban; porque no pocos creyeron que aquella actitud era un vano martirologio con un mensaje ingenuo o confusamente utópico, sobre todo en una situación que requería más concreción antidictatorial, social y democrática. Muerto Franco e iniciada la transición democrática, durante años se escuchó a la izquierda revolucionaria decir que había que aprovechar la oportunidad de la mili con el fin de aprender el manejo de unas armas que luego sería inevitable utilizar para hacer la resistencia y la revolución; y que en todo caso lo más apropiado era aceptar que la mili fuera obligatoria para que así el ejército (con su larga tradición española de pronunciamientos y militarismos atroces) pudiera tener en su seno una suerte de contrapeso popular.

De su sueño dogmático e ingenuo despertaron muchos, pero lamentablemente los más (y los más poderosos, los que acabaron encarcelando a otros objetores, a los insumisos) siguieron creyendo en la bondad niveladora del servicio militar: un falso mito, ajeno a la tradición popular e incluso a la tradición de la izquierda hasta que, ya en el siglo XX, la izquierda no sabía ni lo que era. Y cuando otros, como los comunistas, tras el cruel fracaso de la campaña anti-OTAN en 1986, quisieron abrirse a nuevas formas de pacifismo, lamentablemente sólo llegaron a convertirse en partidarios de un ejército profesional. No era ni es ésa la base de la crítica antimilitarista que alimentaba la desobediencia de Pepe Beunza y la de miles de objetores e insumisos. Parece más que evidente que con la mili se llenaban los pesebres, las cuadras y las pocilgas del dictador; lo evidente sigue siendo que la mili educa en la resignación, la conformidad y el orden.

Entonces estaban en ebullición los planteamientos revolucionarios. Ya explicaré que Pepe Beunza escuchó muchos proyectos de revolución cuando estuvo en las cárceles, mientras debatía con sus compañeros presos. Ninguno de aquellos idearios rupturistas y futuristas tomaba en consideración el estudio y la preparación de técnicas de no-cooperación con un sistema dictatorial y, más ampliamente, con los instrumentos de la injusticia social. Casi todos hablaban de una inevitable revolución armada contra el sistema capitalista. Esto no es un reproche, pero sí una justa precisión.

La oposición entera estaba en otras coordenadas y la cultura resistente de la izquierda revolucionaria española, más aún con una situación de dura represión, estaba congelada, no se planteaba ampliar sus referentes (los insurreccionales de generaciones anteriores y otros más recientes). Tampoco era tan complejo comprender que la lucha armada parecía harto difícil de ser efectivamente apoyada y rentabilizada socialmente; sin embargo, nunca se otorgó naturaleza revolucionaria a la desobediencia civil. Lástima. Algo se hubiera podido conseguir, pero, desgraciadamente, imaginar lo que no pudo ser es sólo un ejercicio impertinente de historia virtual.


6. La lucha estudiantil y el adiestramiento del desobediente

La pertenencia de Beunza al movimiento estudiantil le aseguraba un plus de credibilidad entre mucha gente. Las luchas de aquellos años fueron un laboratorio para él, un campo de entrenamiento. Fue aprendiendo destrezas para luego ejercer una desobediencia responsable. Al igual que tantos otros, antes de que comenzara su odisea carcelaria como preso de conciencia, fue varias veces detenido y llevado a comisaría. Era un estudiante crítico y algo bregado en la oposición al franquismo. Su padre sabía que eso podía acarrearle problemas serios. Semejante temor hubo de sentir Daniel Beunza cuando, a la una de la madrugada de un día de enero de 1969, la policía se llevó detenido a su hijo Javier al confundirlo con Pepe. El respetable notario no se amilanó. El que otrora fuera joven combatiente carlista, aunque ahora estuviera muy cambiado, aunque fuera un hombre viudo que se sentía algo cansado y ya un poco viejo, protagonizó un fuerte encontronazo con los dos policías que irrumpieron en su casa. Entre otras cosas dicen que les dijo: «ni son horas de venir a detener a la gente ni se enteran de nada, porque seguramente no es a por Javier -que no ha hecho nada ni está en líos- a por el que les han mandado venir». Efectivamente, iban a por el de la barba, el que tenía pinta de pro-chino, a por Pepe Beunza.
Aunque dolido y con la sensación de estar molestando a su familia, aquella breve y errática detención de su hermano le enseñó algo: que había bastantes posibilidades de seguir preparando su propia campaña de objeción. No parece que la policía tuviera por muy peligrosa la actividad de Pepe Beunza. De momento, sólo querían tenerlo controlado y comprobar que nada peligroso se llevaba entre manos.
En enero de 1969 se había promulgado el estado excepción.

Pepe Beunza, tras el episodio de la detención de su hermano, se reunía en un bar valenciano al menos con otras quince personas, casi todas ellas pertenecientes al grupo de apoyo a la objeción, para preparar una «panfletada» que denunciara las muchas detenciones que se estaban practicando, lo que para él era «el descabezamiento del movimiento revolucionario en la universidad». Por un chivatazo, aquello acabó en desbandada, con palos y detenciones, y con Pepe Beunza en comisaría. Allí crecieron las pesadillas del miedo a la tortura. Una posibilidad que afortunadamente no se hizo real.

Ahora bien, al igual que ocurriría alguna que otra vez, aquel miedo, el chocante contacto con la imagen misma de los espacios del castigo, el olor de aquellas celdas obscenas, las amenazas, la marrullería, la necedad y la chulería de algunos policías o la perplejidad de otros servirían de preparación y entrenamiento a quien preveía que iba a conocer espacios punitivos mucho peores. Otra de las veces fue detenido junto a una chica, a la que dieron un susto de muerte. El joven Beunza, con su aspecto de rojo y sus raras costumbres, que por aquellos días aprendía técnicas que le ayudaran a controlar personalmente las situaciones de aislamiento y represión, pudo comprobar que una cierta estolidez acompañaba permanentemente a la brutalidad estructural de aquel Estado policial. Al mismo tiempo supo que sobre su lucha de objeción reinaba tanto desconocimiento y confusión que no era de temer respuestas que conllevaran una fuerte represión, al menos hasta que fuera encarcelado por los militares.

Me preparé bien para soportar la cárcel que se me venía encima. Aprendí a relajarme. Aprendí yoga, a tocar la flauta... y también me aficioné a hacer algunas cosillas de artesanía. Un día que me detuvieron a causa de una redada antiestudiantil, yo llevaba un macutillo y había comprado cobre para hacer anillos y pulseras. Nada más entrar en el coche de la policía me empezaron a registrar y... venga a salir hilos de cobre. ¡Pensaron que ya habían pillado al terrorista!... ¿Cómo que eso era para hacer anillos?, ¿anillos? Al rato, los policías estaban alucinados porque vieron que de verdad era para eso, puesto que ya había hecho una ristra de treinta o cuarenta que también llevaba encima. Pero vieron los panfletos que yo mismo había firmado y eso podía ser peligroso. Preguntaban: bueno, ¿y esto qué es? Estaba inspirado y contesté: pues esto es una campaña que hemos organizado, porque ya sabéis que yo no pienso hacer el servicio militar y que estamos luchando por defender el derecho a la objeción de conciencia, eso sí, dentro de una campaña legal, ya podéis ver que el panfleto va firmado, o sea que... si va firmado no es ilegal. Claro, los tíos se quedaron un poco desconcertados. También les chocaba el medallón que llevaba. En el medallón se veía un fusil partido con dos manos y una paloma de la paz.

Sus especulaciones sobre la legalidad del panfleto y la anécdota entera retrata de cuerpo entero a Pepe Beunza. Para explicar el significado de un conocido icono antimilitarista se soltó la lengua ante los policías y les comentó, como buenamente pudo, aspectos de una filosofía extraña y, a poco que la hubieran entendido, resquemante para ellos. Era como decirles en la cara que su oficio es propio de malas personas: rompamos los fusiles, desarmemos nuestras conciencias, hagamos innecesarias las armas, empecemos a desarmarnos por nosotros mismos... y acabarán la violencia y la injusticia, nadie será más que nadie. Quizás no percibieron con nitidez que, además de raro, el ideario pacifista del detenido estaba absolutamente en contra de lo que ellos estaban defendiendo profesionalmente, en contra de su «profesionalizada» obediencia al dictador militar, de sus porras, de sus pistolas, de sus calabozos, de sus instrumentos de tortura y de su terrorismo de Estado.

Por aquel entonces, noviembre de 1969, ya se sentía Pepe Beunza algo experimentado en cuestión de detenciones y estancias en comisaría. Ya no le hacían fotografías. Ya tenían su cara y sus huellas en una ficha. Se podía comportar con algo más de decisión. Incluso supo animar el rostro compungido de un compañero de Comisiones Obreras que también estaba detenido y solo. De todas formas, el miedo no se le iba y, si bien lo notaba amortiguado por la experiencia, siempre sobrevenía algún motivo para el temor; por ejemplo, cuando en un calabozo se encontró con otro detenido que le recordó y demostró que la posibilidad de la tortura o al menos de los malos tratos era más que cierta.

Aquel chaval estaba dolorido, me dijo que le habían dado cuatro patadas en los cojones que lo habían dejado seco.

Temía que le pudieran acusar por los panfletos. De hecho, cuando lo dejaron libre los reclamó y no se los dieron. Estaba claro que les interesaba el asunto, que iban a seguir sus pasos. Pero al final, en la comisaría, según recuerda Pepe Beunza, lo que parecía preocupar a los policías era que el joven detenido fuera con una larga bufanda y sin embargo no llevara calcetines, con el frío que hacía.

Les digo: «no los llevo porque pienso que los calcetines reblandecen los pies y esto hace que nos constipemos mucho más, porque los constipados más bien entran por los pies». Estoy comprobando este año si puedo aguantar sin calcetines, sólo con las sandalias, porque se me endurecen mucho los pies y se curte el cuerpo. ¡Qué caras! ¡Qué miradas! Dijeron que estaba loco. Bien, pero cuando llegué a casa habían registrado mi habitación. Todo eran molestias para mi familia. Menos mal que mi padre me habló claro y me dijo que si no quería llevar una vida tranquila y sin follones, cuando en casa no me faltaba de nada, que escogiera; y que si ya lo había hecho, que me atuviera a las consecuencias. Respetó y soportó mi elección.

Recuerda Pepe Beunza que incluso por aquel entonces se notaba la gran fuerza que tiene la no violencia. La suya era consciente y estratégica, pero la realidad es que la mayor parte de las luchas sindicales y estudiantiles y políticas adoptaron formas no violentas, incluso de desobediencia colectiva. Estas sensaciones, entre agradables e inquietantes, las sintió con mucha fuerza cuando en otra ocasión parecía que iban a detenerlo y en realidad pretendían interrogarlo. Ocurrió en las Navidades de 1970, en las fechas inmediatamente anteriores a su llamamiento a filas.

Los policías me preguntaron qué pensaba hacer con la mili. Les dije que me habían llamado para dentro de unos días y que acudiría pero para decir que me negaba a hacerla. ¡Qué caras de sorpresa y de despiste! No sabían qué hacer. Es maravillosa la fuerza de la no violencia y la desobediencia civil: les estaba diciendo que iba a cometer un delito y ellos no podían hacer nada para evitarlo. Sólo me podían obligar a hacer una declaración. Dije que era miembro de la Internacional de Resistentes a la Guerra y que mi declaración era la de esa organización: que me había comprometido a no cooperar con ninguna guerra y a luchar de forma no violenta contra cualquiera de las causas de las guerras; y que la mili era una de esas causas, porque suponía un aprendizaje para la guerra. Declaré que no iba a cumplir la obligación de realizar el servicio militar, pero no podían impedírmelo.

Su crítica pretendía ser sobre todo una llamada a la no colaboración de las personas y de los pueblos con las causas de las guerras y con la preparación de las mismas. Esa objeción -no lo olvidemos- apuntaba directamente hacia lo militar en tiempos de dictadura militar. Su refutación de la mili y sus propuestas de amable desobediencia, aunque con tintes que hoy creeríamos moderados y con unas reflexiones impecablemente, relacionadas con el Evangelio y hasta con algunas conclusiones del Concilio Vaticano II, sonaban entonces estridentes, a subversión, a antimilitarismo (y así resonarían durante mucho tiempo).

Pero no era eso lo peor: para que aquellos tímidos mensajes rupturistas se escucharan de verdad y con alguna fuerza, el estudiante valenciano (el muy loco, el muy valiente) anunciaba que desobedecería la orden de cumplir el servicio militar sin eludir la acción de las autoridades, pese a que con toda seguridad iban a encarcelarlo. Lo suyo era novedoso y chocante en España, no sólo por lo contraproducente que podía ser cuando además arreciaba la represión, sino porque estaba introduciendo lo más genuino de la desobediencia civil: la objeción de conciencia que implica consciente e individualmente a quienes ya son o pretenden ser partes de un colectivo y a la postre de un movimiento social transformador.

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