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Israel es culpable

Viernes.15 de agosto de 2014 108 visitas Sin comentarios
Rafael Narbona, en Kaosenlared. #TITRE

Creo que en estos días la dignidad del pueblo judío reside en su capacidad de repudiar los crímenes de Israel en la Franja de Gaza. Si no lo hace, adquirirá la misma responsabilidad moral e histórica que la sociedad alemana durante los años del nazismo...

Las Fuerzas de Defensa de Israel (Tzahal) ya han asesinado a 400 niños palestinos. En el colmo del cinismo, el gobierno de Netanyahu intenta responsabilizar a Hamás y los grandes medios de comunicación se hacen eco de esta maniobra. En nuestro país, los mismos que se indignan cuando se intenta explicar –no justificar- la violencia de ETA, no plantean objeciones morales cuando Israel ataca a la población civil palestina con misiles, fósforo blanco y bombas de racimo. Los niños que perdieron la vida en el infame atentado contra el Hipercor de Barcelona el 19 de junio de 1987 son víctimas de primera clase, que pueden explotarse para mantener viva la crispación y boicotear el proceso de paz y reconciliación en Euskal Herria, pero los niños palestinos son víctimas de segunda categoría, daños colaterales que no pueden atribuirse a Israel, pese a que sus carros blindados y sus F-16 bombardean escuelas de Naciones Unidas e infraestructuras necesarias para el suministro de agua y electricidad. Nada entra ni sale de Gaza porque Israel, Egipto y el Mar Mediterráneo actúan como los muros de una gigantesca prisión al aire libre. Desde hace ocho años, Gaza sufre un bloqueo inhumano, que escatima alimentos, medicinas, agua, material escolar, combustible y material de construcción, pues siempre ha existido el propósito de transformar la Franja en un lugar inhabitable y obstaculizar cualquier intento de reconstruir los edificios reducidos a escombros.

GENOCIDIO EN GAZA, LIMPIEZA ÉTNICA EN CISJORDANIA

Israel y Estados Unidos no reconocen la autoridad de la Corte Penal Internacional porque el terrorismo de estado es la esencia de su política exterior. Estados Unidos alienta “primaveras” en Oriente Medio para reorganizar la zona de acuerdo con sus intereses, practica la tortura en Guantánamo y en un verdadero archipiélago de cárceles clandestinas, comete asesinatos extrajudiciales con aviones no tripulados (drones) y desestabiliza países –como Ucrania o Venezuela- para controlar las rutas comerciales del gas y el petróleo. Israel es su estado 51 e imita a su maestro, que se constituyó como nación exterminando a los pueblos nativos y estableciendo una segregación racial que aún no ha desaparecido. En Washington D. C., la esperanza de vida de un hombre blanco supera a la de un hombre negro en 13’8 años. La esperanza de vida de un judío israelí es de 81’7 años. La de un palestino 72’8. Es evidente que la “pax americana” y la “única democracia de Oriente Medio” no garantizan la igualdad de derechos, pues el racismo –basado en razones étnicas, religiosas o económicas- se disfraza de economía libre de mercado, suscribiendo las tesis del darwinismo social, que condenan al más débil a una existencia precaria y una muerte prematura. Israel no procede a ciegas, movido tan solo por el deseo de vengar el secuestro y el asesinato de tres adolescentes judíos en la Cisjordania ocupada. Su objetivo es forzar una segunda Nakba o emigración forzosa, semejante a la que en 1948 le permitió deshacerse de casi un millón de palestinos, obligándoles a abandonar sus hogares. En las aguas territoriales de Gaza, hay importantes yacimientos de gas sin explotar, pero ésa no es la razón principal de las sucesivas incursiones militares. El objetivo es expulsar a sus habitantes a la península del Sinaí u otros países de la zona (Siria, Jordania, Líbano) para construir un Estado judío, sin la presencia de árabes que distorsionen su identidad nacional. En Cisjordania, se aplica el mismo guión, pero de una forma menos cruenta. Las colonias judías se apropian de los recursos hídricos y condenan a los palestinos a vivir en asentamientos de escasa viabilidad económica. Esos enclaves están aislados por muros, carreteras y controles militares, y soportan a diario las humillaciones de los colonos. En este contexto, ¿se puede hablar de genocidio y limpieza étnica?

El Convenio de 1948 sobre la Prevención y Castigo del Crimen de Genocidio describe los actos que caracterizan a las políticas genocidas: “matanza de miembros de un grupo nacional, étnico, racial o religioso; atentado grave contra la integridad física o mental de los miembros del grupo; sometimiento deliberado del grupo a condiciones de existencia que puedan acarrear su destrucción física, total o parcial”. En 1993, el académico polaco Raphael Lemkin propuso una definición más precisa: “El genocidio se desarrolla en dos fases: por un lado, la destrucción del modelo nacional del grupo oprimido; por otro, la imposición del modelo nacional del opresor mediante el desplazamiento forzoso y la colonización del territorio”. Es indiscutible que Israel actúa de este modo y, por tanto, procede hablar de genocidio, limpieza étnica y crímenes de guerra, pues en todas sus operaciones de castigo contra Gaza ha violado el Protocolo I adicional de 1977 de los Convenios de Ginebra, según el cual se considera un crimen “convertir a civiles y localidades no defendidas en objeto o víctimas de ataques indiscriminados”. No simpatizo con Hamás, pero sus cohetes artesanales son simples petardos comparados con la tecnología del Tzahal. La desproporción en el número de bajas demuestra que no se puede hablar de una guerra, sino de actos de resistencia contra la ocupación israelí. Cuando Al Fatah –un partido laico y socialista- era la fuerza política más influyente del pueblo palestino, el Estado de Israel no se mostró menos agresivo. De hecho, invadió el sur del Líbano para destruir las bases de la OLP y el 16 de septiembre de 1982 colaboró con las milicias cristianas libanesas en la masacre de Sabra y Chatila, donde perdieron la vida 3.500 refugiados palestinos. Los falangistas de Gemayel asesinaron a hombres, mujeres y niños durante 48 horas, mientras el Tzahal aseguraba el perímetro y lanzaba bengalas para iluminar los campamentos de noche, facilitando la búsqueda y exterminio de las víctimas.

Al contemplar a los niños palestinos asesinados en la Operación Margen Defensivo, comprendo la indignación de Pilar Manjón, que se dejó llevar por los sentimientos en Twitter. Indudablemente, no escogió las palabras adecuadas, pero fue valiente y sincera. A estas alturas, el Presidente Barack Obama y su insoportable mujer se han ganado el desprecio de todos los que un día les contemplaron como la promesa de un cambio. Estados Unidos no es una democracia, sino un imperio gobernado por grandes grupos empresariales, que impulsan políticas neocoloniales disfrazadas de intervenciones humanitarias. La reacción histérica del actor John Voight increpando a Penélope Cruz y a Javier Bardem por firmar una carta colectiva acusando a Israel de genocidio, muestra claramente la verdadera faz de una potencia mundial que apenas tolera las voces disidentes. El macartismo nunca se marchó. Solo cambió su discurso, reemplazando el anticomunismo por una islamofobia que no le impide colaborar con Arabia Saudí, cuyas leyes se basan en el wahabismo, la versión más intolerante del Islam. El terrorismo de Al Qaeda –si es que existe la fantasmagórica organización- ha ocupado el lugar de la subversión comunista, permitiendo recortar libertades y suprimir (o vulnerar) derechos.

¿ES LA SHOAH UN GENOCIDIO SINGULAR?

Atribuir a Hamás la muerte de civiles palestinos en la Franja de Gaza es un gesto de cinismo que evoca la aberrante pirueta jurídica de los militares españoles sublevados en 1936, cuyas leyes tipificaron la lealtad a la Segunda República como delito de rebelión militar castigado con la pena de muerte. El 87% de los israelíes apoyan laOperación Margen Defensivo y celebran en las calles que los colegios ya no funcionen en Gaza, pues toda la Franja ha quedado devastada, con decenas de cadáveres entre los escombros. En el pasado justifiqué la singularidad de la Shoah, pero ahora pienso que todos los genocidios se parecen. ¿Qué diferencia hay entre morir a machetazos en Ruanda, gaseado en Auschwitz o abrasado en Gaza? En todos los casos, se trata de un crimen horrible, imprescriptible y tal vez imperdonable. En relación a la Operación Margen Defensivo, el polémico Elie Wiesel, superviviente de Auschwitz y Buchenwald, ha escrito: “Lo que estamos sufriendo hoy no es una batalla de judíos contra árabes o israelíes contra palestinos. Es en realidad una batalla entre los que celebran la vida y los que apuestan por la muerte. Es una batalla de la civilización contra la barbarie. ¿No comparten las dos culturas que nos dieron los Salmos de David y las valiosas bibliotecas del Imperio Otomano el amor a la vida y la transmisión de la sabiduría a sus hijos? ¿Puede encontrarse esto en el negro futuro que ofrece Hamás a los niños árabes, ser terroristas suicidas o escudos humanos para sus cohetes? […] Hombres y mujeres de espíritu moderado y fe, sea en Dios o en el hombre, deben abandonar sus críticas a los soldados israelíes –cuya terrible elección consiste en disparar y arriesgarse a dañar a los escudos humanos, o no disparar y arriesgarse a que mueran sus seres queridos–, y volverlas contra los terroristas que han quitado toda posibilidad de elegir a los niños palestinos de Gaza.” Es imposible leer estas líneas sin experimentar repugnancia, pues justifican el asesinato de niños palestinos por el ejército israelí y mienten descaradamente sobre las tácticas de resistencia de Hamás. No hay pruebas sobre la presunta utilización de los niños palestinos como escudos, salvo las proporcionadas por Israel. Hasta ahora, Hamás solo ha causado bajas entre las filas de Tzahal, un ejército de ocupación. Si alguien hubiera escrito algo semejante a lo expresado por Wiesel, invirtiendo los términos –especialmente, si poseyera un Premio Nobel de la Paz-, se habría desatado una avalancha de críticas, acusando a su autor de antisemita. Israel se beneficia de lo que Norman G. Finkelstein, judío norteamericano e hijo de supervivientes de Auschwitz y Majdanek, llama “la industria del Holocausto”. Según Finkelstein, “afirmar la singularidad del Holocausto es como declarar que los judíos son especiales. No es el sufrimiento de los judíos el que concede su condición única al Holocausto, sino el hecho de que los judíossufrieran. Dicho de otro modo: el Holocausto es especial porque los judíos son especiales”. Sin embargo, entre 1891 y 1911 murieron diez millones de africanos por culpa de la explotación europea del marfil y el caucho en la actual República Democrática de Congo. Los africanos trabajaron en horribles condiciones de esclavitud, sufrieron masacres, torturas y mutilaciones. Fueron expulsados de sus hogares y se convirtieron en esclavos de Leopoldo II de Bélgica. Su sufrimiento es un doloroso recuerdo y una elocuente advertencia para la humanidad, pero no un activo político que se pueda explotar por intereses geoestratégicos. Solo hace poco ha comenzado a hablarse de este genocidio.

En cambio, la Shoah ha inspirado más de 10.000 libros. Casi ninguno menciona que la doctrina nazi del espacio vital o Lebensraum se inspiró en el Destino Manifiesto de los Estados Unidos, una doctrina mesiánica expuesta por el periodista John L. O’Sullivan en la revista Democratic Review de New York en el número de julio-agosto de 1845: “El cumplimiento de nuestro Destino Manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el pleno desarrollo de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino”. Lector apasionado de Karl May, Hitler afirmó en varias ocasiones que la expansión de Alemania hacia el Este imitaba la Conquista del Oeste. De hecho, las Leyes de Núremberg de 1935, que prohibían a los judíos el derecho al voto y los matrimonios mixtos, se basaron en las leyes de segregación racial vigentes en Estados Unidos, donde los linchamientos de afroamericanos producían en esa época más víctimas que los pogromos europeos. Se puede decir lo mismo de las campañas de esterilización forzosa, vigentes en la sociedad norteamericana hasta los años 70 o en países tan democráticos como Suecia. Finkelstein señala que Estados Unidos ha utilizado el Holocausto para justificar sus intervenciones militares en Irak o la antigua Yugoslavia, asegurando que su objetivo era proteger a los kurdos o a los kosovares. Por supuesto, no esgrimió ese ejemplo cuando el 17 de julio de 1976 Indonesia se anexionó Timor Oriental. Tanto Estados Unidos como Australia querían conseguir un tratado privilegiado sobre la explotación de las reservas de crudo. Por eso, apoyaron al corrupto y despiadado Suharto, que se había hecho con el poder mediante un golpe de estado y el exterminio de la oposición comunista. De una población que apenas superaba los 600.000 habitantes, al menos 60.000 murieron asesinados en Timor Oriental en las primeras semanas de la agresión indonesia. Al poco de acceder al cargo, Jimmy Carter autorizó la venta de grandes cantidades de armamento para que Suharto pudiera continuar la matanza. Indonesia utilizó napalm para destruir la masa forestal de Timor Oriental que servía de refugio a la guerrilla independentista. La cifra total de asesinatos supera los 250.000 casi el 50% de la población. Oficiales norteamericanos entrenaron a las sanguinarias fuerzas de elite Kopassus, verdaderos escuadrones de la muerte que –entre otros crímenes- asesinaron a cinco periodistas (los británicos Brian Peters y Malcolm Rennie, los australianos Greg Shackleton y Tony Stewart y el neozelandés Gary Cunningham, conocidos como los “Cinco de Balibo”). Los Kopassus fueron tan implacables con la población civil como el Batallón Atlácatl del ejército salvadoreño o los kaibiles del ejército guatemalteco, otras dos unidades de elite formadas también por Estados Unidos con el objetivo de aniquilar a las guerrillas marxistas y diezmar a los campesinos que les apoyaban.

En Guatemala, El Salvador y Timor Oriental se cometió un genocidio tan cruel como la Shoah: violaciones masivas, niños asesinados, pueblos arrasados. Más de 200.000 mayas fueron exterminados en Guatemala, a veces con grandes dosis de sadismo: embarazadas destripadas, recién nacidos descuartizados, mujeres violadas y decapitadas. Cualquiera puede verificar estos datos leyendo el Informe “Guatemala: Nunca más” o Informe de la Recuperación de la Memoria Histórica (REMHI). ¿Por qué esta atrocidad merece menos atención que el Holocausto? O ¿por qué no se publicita que el gobierno de Álvaro Uribe en Colombia utilizó hornos crematorios en la selva para eliminar los cadáveres de sus opositores? Solo en el pequeño pueblo de La Macarena, región del Meta, 200 kilómetros al sur de Bogotá, se halló en 2010 una gigantesca fosa común con más de 2.000 víctimas del ejército colombiano. Escribe Finkelstein: “¿No está repleta la historia normal de la humanidad de espantosos capítulos de inhumanidad? […] La anormalidad del holocausto nazi no deriva del hecho en sí mismo, sino de la industria que se ha montado a su alrededor para explotarlo”.

ISRAEL HACE PEDAGOGÍA DEL ODIO

Israel es culpable de la actual masacre de civiles palestinos. No es menor la responsabilidad de Estados Unidos, que ha construido su imperio con políticas de exterminio en el interior (los pueblos nativos) y el exterior (América Latina, África y Asia, con sus incontables víctimas de guerras y golpes de estado organizados por Washington). En su artículo “En el nombre de Yahvé, ¡exterminad a esos Untermensch!” (4-08-14), la politóloga Nazanín Armanian ha recordado las palabras del profesor universitario israelí Mordechai Kedar, que ha propuesto violar a las madres y hermanas de los militantes palestinos para proteger a Israel del terrorismo islámico. Por supuesto, continúa ejerciendo la docencia, sin que nadie le moleste. Se demoniza a los musulmanes, pero se pasa por alto que el Antiguo Testamento bendice las masacres de los enemigos del pueblo de Israel. En el Pentateuco (cinco primeros libros), Yahvé convoca a su pueblo para liberarse de la esclavitud en Egipto y recuperar la tierra de sus antepasados, exterminando a las tribus cananeas que vivían esa región. En el Deuteronomio, ordena que la matanza incluya indistintamente a hombres, mujeres y niños. En elLibro de Josué, se narra que se ha cumplido el mandato divino, aniquilando sistemáticamente a todos los habitantes de Canaán, ciudad por ciudad, pueblo por pueblo. Escribe Armanian: “Hoy ningún “contertuliano” se atreverá a preguntar, ni mucho menos afirmar, la relación entre la religión judía con la masacre de los palestinos, organizada por el Gobierno israelí, al menos que quiera ser acusado de antisemitismo, con todas sus consecuencias. El objetivo de este truco-chantaje es impedir cualquier crítica, incluso constructiva, hacia sus políticas de extrema derecha. […] Menachem Begin llegó a llamar a los palestinos “bestias que caminan sobre dos piernas” e Isaac Shamir dijo que la cabeza de los palestinos sería aplastada como saltamontes contra las rocas y paredes. Este tipo de afirmaciones ideológicas de expresión de superioridad y la voluntad de ejercer un poder devastador sobre otros seres humanos, que estremecían a judíos como Albert Einstein y Hannah Arendt, abundan en el Antiguo Testamento, al igual que en otros libros de antiguas religiones”. No sé si han muerto más niños palestinos mientras escribo estas líneas, pero el genocidio que se está perpetrando ante nuestras narices debería sacudir nuestras conciencias y obligarnos a buscar la verdad, reconociendo que ésta no se encuentra en los grandes medios de comunicación, sino dispersa en libros, artículos y blogs. Es arduo contrastar fuentes y esbozar hipótesis, pero hay muchas personas –a veces poco conocidas- trabajando para construir un relato alternativo. Pueden equivocarse, pues sus recursos son limitados, pero dedican su tiempo a saber qué sucede realmente y desmontar las mentiras mediáticas. Israel y Estados Unidos despliegan una pedagogía del odio, con el pretexto de combatir el terrorismo. Nuestra responsabilidad es elaborar una pedagogía del conocimiento que al menos incomode a los asesinos, especialmente si poseen un Premio Nobel de la Paz o se escudan en las víctimas de la Shoah para bombardear Gaza. El filósofo judío Günther Anders escribió una carta abierta dirigida a Klaus Eichmann, hijo de Adolf Eichmann, uno de los arquitectos del Holocausto. Le pedía que repudiara a su padre y le recordaba que “la deslealtad puede ser una virtud”. Creo que en estos días la dignidad del pueblo judío reside en su capacidad de repudiar los crímenes de Israel en la Franja de Gaza. Si no lo hace, adquirirá la misma responsabilidad moral e histórica que la sociedad alemana durante los años del nazismo. Es decir, se convertirá en cómplice de una abominación. Solo un miserable puede interpretar esta demanda como una expresión de antisemitismo.

RAFAEL NARBONA

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