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Intersexuales, bisexuales, transexuales, pansexuales, sapiosexuales

Domingo.5 de marzo de 2017 188 visitas - 1 comentario(s)
Lucía Etxebarria. #TITRE

Cuando llegó a la adolescencia a Virginia no le venía el período. No le salía pecho. Le atiborraron de hormonas. Pasó un auténtico calvario. Un análisis citogenético reveló que Virginia presentaba el síndrome de Morris: es genéticamente hombre, pero su cuerpo no asimila testosterona. Quienes presentan este síndrome crecen como niñas, no tienen vello, tienen la piel muy suave, el cabello fino y abundante y desarrollan mamas. Poseen vagina, pero hueca, sin útero detrás. Se dice que muchas modelos son ’Morris’, pues las personas con síndrome de Morris suelen superar el 1,80.

Hoy ha decidido llamarse Erin. Porque no es Virginia ni es Virgilio. Es intersexual. Aunque en el DNI le obliguen a elegir entre hombre y mujer.

Nos enseñaron en el colegio que el sexo de un individuo está determinado por un par de gonosomas. Que las mujeres tienen dos de la misma clase, XX, homogaméticos. Y los hombres dos distintos, XY, heterogaméticos.

Se les olvidó enseñarnos que los humanos pueden presentar una disposición cromosómica (XX o XY) contraria a su sexo fenotípico (en cristiano: si presentan vagina o pene). Por ejemplo, las personas con síndrome de insensibilidad a los andrógenos. O con síndrome de Turner, en el que un solo cromosoma X está presente. O quienes presentan el síndrome de Klinefelter (dos cromosomas X y un cromosoma Y). O los del síndrome de 5-alfa reductasa que son niños, pero a los que se confunde con niñas porque lo que se ha interpretado como un clítoris es en realidad un micropene.

Resumiendo: más del 1% de los humanos presentan alguna variación respecto a lo considerado como masculino o femenino. Son intersexuales. Hay más intersexuales que albinos o que pelirrojos de ojos azules.

A eso podemos añadirle que también existen transexuales (personas que nacen con un sexo, pero deciden cambiar a otro mediante cirugía y hormonas), y personas ’genderqueer’ (un término paraguas que incluye a todas las personas que nacen con un sexo biológico definido pero deciden no definir socialmente su género).
"He perdido la cabeza por otra cabeza, no por una polla ni por un par de tetas"

Así las cosas, resulta que yo no me puedo ya considerar bisexual. Eso querría decir que me siento atraída por hombres y mujeres. Pero podría sentirme atraída también por un transexual, por un intersexual, por una persona ágenero (o sea, que no se identificase ante mí ni como hombre ni como mujer) o con una persona de género fluido (que quedase un día conmigo vistiendo, hablando y andando como la sociedad cree que debe hacerlo una mujer y al día siguiente, decidiese impersonar a un hombre muy viril, siempre según el cánon de lo que la sociedad entiende como viril).

Así que como yo me he sentido atraída por mucha gente distinta, entre ellos Erin, tendría que definirme como pansexual, no como bisexual.

Pero la verdad es que yo creo que debería definirme como sapiosexual. Porque si yo miro hacia atrás, resulta que físicamente me he sentido atraída por todo tipo de personas: hombres, mujeres, intersexuales, agéneros, travestis (me encanta La Prohibida), muy altas (Charlize Theron es mi mito erótico), muy bajitos (Gael García Bernal), gordos (Jose Luis Algar), escuálidas (Cara Delevigne), blancos, negros (Denzel Washington) y orientales (Hiroshi Abe, sin ir más lejos).

Y cuando me he enamorado, todos tenían una característica en común: había un chispazo intelectual eléctrico, una conexión inmediata. He perdido la cabeza por otra cabeza, no por una polla ni por un par de tetas. Y lo cierto es que no la he perdido muchas veces.

En un mundo tan obsesionado por el físico, es difícil para mucha gente entender que existimos personas a las que el físico no nos condiciona en absoluto, que nos follamos mentes, como decía aquel personaje de la película ’Martin Hache’. Y sé de lo que hablo. He sido muy famosa y muy guapa. He tenido ofertas de gente guapísima y he dicho que no tranquilamente. Y también me he ido a la cama con gente a la que todo el mundo veía horrible menos yo.

En otros tiempos, el cuerpo era un servidor del alma. Hoy es más bien un amo. Por lo tanto, en esta era de tiranía de la belleza mi postura es revolucionaria. Pero también es muy cómoda. En una sociedad tan obsesionada con el culto al cuerpo, gente como yo tenemos el sexo y el amor garantizados: siempre tendremos donde pillar.

Y siempre tendremos almas que nos lo agradezcan.

El Periódico.

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