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Idólatras contra iconoclastas

Domingo.18 de noviembre de 2018 66 visitas Sin comentarios
Antonio Altarriba, en su blog. #TITRE

Siempre hemos vivido fascinados, a menudo arrebatados, por la imagen. Ilusión de realidad, simulacro, trampantojo, pero también invención, fantasía, estilización, puede recrear con fidelidad las formas del mundo o inventar mundos nuevos. Unas veces surge de la imitación y otras de la imaginación, cumple funciones de verificación documental o invita a la maravilla, retrata o crea monstruos, da testimonio fiel o sume en el asombro. Y, entre ambas funciones, la imagen también puede acogerse a un registro intermedio de “distorsiones” que subliman o degradan la interpretación de nuestras referencias más conocidas, sobre todo aquellas que regulan las relaciones sociales. Esta dimensión de la imagen, en la medida que influye en la construcción de jerarquías, es la que resulta más conflictiva. Figuras de autoridad, dotadas de atributos tan magníficos como terribles, han generado una amplísima galería de representaciones desde el comienzo de la historia. Por el contrario, las imágenes de la desmitificación aparecen más tardíamente, se difunden en soportes menos nobles, en consecuencia, menos duraderos, y casi siempre están elaboradas a partir de unas competencias técnicas menos sofisticadas. Por si fuera poco, las posiciones de poder permiten, en último término, la censura. En el duelo histórico entre la apoteosis y la caricatura, esta última siempre ha llevado las de perder.

Algo tiene la imagen que la hace tan irresistiblemente atractiva o tan obcecadamente inaceptable. Nuestro cerebro la procesa por circuitos más emocionales que la comunicación verbal. Se presenta como evidencia, no como resultado de un proceso de descodificación y comprensión. Por eso, en lugar de la razón, moviliza la pasión, pasión tanto en la adhesión como en el rechazo. Desde siempre, en todas las culturas e independientemente del dispositivo tecnológico del que se sirva, la capacidad conmovedora de la imagen ha sido indiscutible. Es muy probable que nuestros antepasados, viendo los animales pintados en la roca danzar a la luz vacilante de la hoguera, estimulados por las acciones de una ceremonia ritual, experimentaran un efecto de implicación similar al de la realidad virtual. Esta estrecha conexión con lo representado nos ha llevado a adoptar posiciones extremas, pudiendo concluir que, en cuestión de imagen, hemos oscilado entre la idolatría y la iconoclasia.

Así que las adoramos o las destrozamos. Tanta visceralidad con las imágenes revela el componente político de los intereses en juego. De hecho, podríamos decir que la imagen sólo se hace artística cuando logra transcender esta finalidad política que, implícita o explícitamente, se halla presente en ella. En el siglo XIX las imágenes de la burla y la desmitificación conquistaron una buena posición gracias a los primeros reconocimientos de la libertad de expresión y a la aparición de rotativas que permitían reproducirlas con calidad y a muchos ejemplares. Por primera vez la caricatura podía competir con la imaginería apoteósica difundida desde el poder. Proliferaron las revistas satíricas ilustradas y las reacciones fueron muy virulentas desde el principio. Hubo multas y secuestros, hubo juicios y hasta hubo peleas. Le Charivari, una de las publicaciones francesas más combativas en aquellos años, contaba con sala de entrenamiento para que redactores y dibujantes pudieran afrontar con mínima pericia los frecuentes duelos a espada o a pistola.

Esta guerra icónica prosigue con sostenida agresividad. De hecho, la lista de bajas en los últimos años sigue siendo significativa. El asesinato en 1987 del dibujante Naji Al-Ali fue una pérdida importante y muy simbólica del enfrentamiento palestino-israelí. La masacre de Charlie Hebdo supuso un auténtico hito. Y, más recientemente, el encarcelamiento del guineano Ramón Esono, el secuestro de El Jueves o la multa contra Orgullo y satisfacción dan una idea de la intensidad del fuego cruzado. Las viñetas siguen ahí, siempre en la vanguardia de este frente gráfico. Pero ahora ya no son sólo las viñetas. Blogs, redes sociales, manifestaciones callejeras se llenan de imágenes desmitificadoras. Ante el posible desbordamiento, las medidas censoras se endurecen. La ley española impuso hace años la idolatría como única forma de relación con la monarquía. El Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo vino a restituir la posibilidad de una reacción iconoclasta. De momento, todavía podemos quemar fotos de nuestros reyes.

La actual batalla en torno al destino del Valle de los Caídos también es, si bien se mira, secuela de esta guerra. Al fin y al cabo, se trata de un enfrentamiento entre idólatras del monumento al caudillo e iconoclastas que proponen su desacralización o su voladura controlada. Y las inmatriculaciones inmobiliarias de la Iglesia tampoco escapan a este eterno conflicto. Aunque la operación no se limita a los lugares de culto, básicamente busca incorporar a la nueva legalidad el monopolio idolátrico del que la Iglesia viene disfrutando. Así que, aunque no lo parezca, apenas disfrazada bajo las nuevas formas de adoración, la guerra entre idólatras e iconoclastas continúa.

Fuente: http://www.antonioaltarriba.com/ido...

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