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Guerra 3.0

Domingo.19 de marzo de 2017 334 visitas - 1 comentario(s)
Las guerras del siglo XXI son híbridas y también convencionales, de alta y baja intensidad, con divisiones acorazadas y virus informáticos. Vivimos el momento de mayor incertidumbre de la historia reciente #TITRE

Jesús Rodríguez

La guerra del siglo XXI es gris. Y sin tregua. No se declara, no se inicia con una acción hostil, con un Pearl Harbor, ni concluye con un Tratado de Versalles. Sus victorias y derrotas son ambiguas. Los nuevos conflictos carecen de frente de batalla y reglas de enfrentamiento. Hoy la guerra no se desarrolla en un espacio preciso, no sabe de fronteras y apenas de banderas. Incluso es difícil culpar a alguien por haberla provocado: puede ser un pirata informático, un oscuro equipo de operaciones especiales o un dron sin nacionalidad. El mundo libre, con sus ejércitos, rígidos y estancos, no está preparado para plantarle cara. La Convención de Ginebra ha saltado por los aires. En noviembre de 2016, el director del servicio de inteligencia español, el CNI, el poderoso general de cuatro estrellas Félix Sanz Roldán, alertó de esa nueva generación de agresiones al Consejo de Seguridad de la ONU, en Nueva York. Se reafirma durante una entrevista en su cuartel general a las afueras de Madrid: “Los ciberataques deberían estar recogidos en la Carta de las Naciones Unidas, en su capítulo VII, que define las amenazas y quebrantamientos de la paz y los actos de agresión. Sería un logro para la humanidad”.

No se equivoca. A las tres dimensiones clásicas del enfrentamiento militar (tierra, mar y aire) se han sumado en la última década otras dos igual de letales: el espacio y el ciberespacio, surcados por armas de alta tecnología capaces de acabar con los satélites de comunicación, vigilancia y orientación de una nación, o poner en jaque sus infraestructuras estratégicas o su sistema financiero. De atemorizar a la población, confundirla, engañarla y desmoralizarla; sembrar dudas sobre el resultado de unas elecciones o provocar el terror ante la posibilidad de un corte del suministro energético. Un enjambre de analistas del mundo libre intenta desentrañar la naturaleza de esa contienda sin nombre, pero muta como un virus. Es una hidra con infinitos rostros. Puede adoptar la forma de una cabeza nuclear, de un militante radical a bordo de un camión (en Niza o Berlín), un ejército fantasma (como el que provocó la anexión de Crimea por parte de Rusia) o una escalada armamentista de bajo coste basada en la tecnología de impresión 3D. En un mundo interconectado, el contagio es inmediato. “Se puede montar una buena en cualquier momento”, sentencia un estratega de la Armada.

Ya no se puede descartar nada. La guerra del siglo XXI es híbrida y también convencional. Militar y civil. De alta y baja intensidad. Con divisiones acorazadas y microcomandos de asesinos. Ambigua y sutil. Se mueve con facilidad en los suburbios de las grandes capitales y también en los territorios sin ley de los Estados fallidos, desde Siria, Irak y Nigeria hasta Afganistán, Libia, Malí, Sudán o Yemen. Las redes sociales son su vehículo de propaganda. Sus promotores son los Estados sin escrúpulos a los que se ha sumado un elenco de actores que van desde los grupos terroristas y el extremismo religioso hasta el crimen organizado, los traficantes de armas y personas o los señores de la droga. Y, en un segundo escalón, una compleja combinación de todos esos elementos. De lo antiguo, lo nuevo y lo novísimo.

La definición del estado de la cuestión por parte de los militares, diplomáticos y agentes de inteligencia consultados se reduce a una sola palabra: “Incertidumbre”. Que es el enemigo más implacable de la seguridad. Un general con tres estrellas y un destino estratégico va más lejos: “Vivimos el momento de mayor incertidumbre para la seguridad de la historia. La amenaza actual es incierta e indefinible. La incertidumbre se traduce en inseguridad. Y la inseguridad, en un sentimiento de malestar, nacionalismo y populismo. Un peligroso círculo vicioso”. Una afirmación que avala el general de cuatro estrellas Julio Rodríguez, jefe del Estado Mayor de la Defensa entre 2008 y 2011: “El esfuerzo en seguridad en las sociedades avanzadas es más elevado que nunca y, paradójicamente, la percepción de riesgo que tienen los ciudadanos es más alta que nunca. Hay que romper esa dinámica. La respuesta debe ser de toda la sociedad. A los nuevos conflictos hay que enfrentarse con capacidades militares, pero también con política, diplomacia y cooperación. Y con transparencia para que el ciudadano se sienta involucrado en la defensa. Y esté dispuesto a pagarla”.

El embajador español en el COPS, el Comité Político y de Seguridad del Consejo de la Unión Europea, Nicolás Pascual de la Parte, describe el actual orden internacional con tres términos poco tranquilizadores: “Imprevisible, frágil e inestable. Estamos en el centro de una tormenta perfecta”. No exagera el diplomático. En este momento, al catálogo de amenazas híbridas, se suma el retorno de una carrera armamentística sin precedentes, protagonizada por Rusia (que ha doblado su presupuesto e incluido en su arsenal submarinos indetectables, torpedos de altísima velocidad y drones navales capaces de portar armas nucleares), China (que entre 2014 y 2015 incrementó su gasto militar en un 167%, ha puesto en servicio su primer portaviones y tiene otros tres en grada y proyecto), Irán y Corea del Norte (con continuos ejercicios con misiles balísticos), India (eterno rival militar y nuclear de su vecino Pakistán) o Arabia Saudí (que ha duplicado su gasto, diversificado sus proveedores y casi se ha convertido en el mayor comprador de armas del planeta).

Al mismo tiempo, el gasto en defensa de los 28 socios de la UE se derrumbó casi un 10% entre 2014 y 2015, y el de Estados Unidos descendió ligeramente. Desde el comienzo de la crisis económica de 2008, los recortes han sido recurrentes en Occidente en materia de defensa. Tras la caída del muro de Berlín, en 1989, algunos pronosticaron el fin de las guerras convencionales. Y apostaron por acabar con los conflictos mediante operaciones quirúrgicas. Eran más baratas. Y menos impopulares. La realidad ha sido tozuda. La experiencia del último lustro ha dejado patente que en el marco de la OTAN son necesarios los drones y los bombardeos de alta precisión, pero también las unidades acorazadas, en Polonia y los países bálticos, o los aviones de transporte para alcanzar las fronteras avanzadas del conflicto. En su día, la frontera militar de Occidente fue Afganistán; hoy, la región del Sahel y sus ramificaciones hacia el Magreb.

Esa política de recortes en Europa ha llegado a la OTAN (21 de los países de la UE son socios de la OTAN, sin contar ya a Reino Unido), donde apenas Polonia y Estonia, además de Reino Unido, alcanzan el horizonte del 2% de su PIB en inversión militar, al que sus socios se comprometieron en la cumbre de Newport (EE UU), en 2014, en plena resaca de la anexión de Crimea por parte de Rusia. España solo gasta un 0,9% de su PIB en defensa, aunque esa cifra se eleva tres o cuatro décimas más por los créditos extraordinarios para programas de armamento y el gasto de las operaciones militares en el exterior.

Dentro de ese descenso continuo del gasto en defensa, en los cuarteles generales de los tres ejércitos españoles se repite este análisis: “En cada barómetro del CIS somos de los mejor valorados por los ciudadanos, pero luego ninguno está dispuesto a que se gaste ni un euro más en nada que suene a militar. Algo se está haciendo mal. Hay que explicar a la gente que la seguridad no es gratis. Y eso es cuestión de transparencia, planeamiento y comunicación estratégica”. En sus primeros pasos como ministra, María Dolores de Cospedal ha apostado por “un compromiso presupuestario a largo plazo”, que garantice una estabilidad de las inversiones en defensa por encima de los cambios políticos y económicos. “Solo de esa forma nos podemos enfrentar hoy a los retos de 2035”, asegura el capitán de navío Ignacio García Sánchez, subdirector del Instituto Español de Estudios Estratégicos.

Seis analistas de los tres ejércitos reunidos en un vetusto salón del madrileño palacete del Ceseden (Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional), bajo la dirección del general Juan Díaz, concluyen que, para Occidente, la única forma de conjurar ese torrente de amenazas es ir en coalición con sus aliados. Y lograr la integración de los esfuerzos tecnológicos y de inteligencia de todos los socios de la OTAN y la UE. Hay que trabajar juntos. En defensa es clave la economía de escala. Sin embargo, el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se ha encargado de añadir su dosis de incertidumbre al inseguro escenario al calificar a la OTAN (que ha sido el paraguas de seguridad de Europa desde 1949) de “obsoleta”, y declarar que, si sus aliados no pagan sus facturas de defensa (no hay que olvidar que el 72% del presupuesto de la Alianza corre a cargo de EE UU), dejará de protegerlos. Incluidos los sitiados Estados bálticos. Trump concluía su análisis con esta afirmación: “Vamos a cuidar de este país antes de preocuparnos por todos los demás”.

También es posible visualizar las desavenencias de Occidente en materia de defensa con la salida de Reino Unido de la UE, uno de los Estados con mayor músculo militar (y el único con arma nuclear junto a Francia) de Europa; con las llamadas al nacionalismo de la derecha populista francesa (dispuesta a seguir el camino del Brexit); con los pactos bilaterales de algunos de sus socios frente al proyecto europeo y con la indecisión de Alemania a la hora de convertir su poderío económico en liderazgo de seguridad en el Viejo Continente. El antídoto frente a ese divorcio, según el embajador Pascual de la Parte, es apostar por más Europa. “Hemos estado adormecidos durante décadas bajo la protección de la OTAN y, en este momento de incertidumbre, hay que acelerar el paso y cumplir con nuestras obligaciones políticas y presupuestarias. Estamos de acuerdo en la teoría y ahora debemos pasar a la práctica. La Unión Europea debe definir cuáles son las amenazas comunes a las que se enfrenta, sus prioridades y las capacidades militares que necesita incorporar (que básicamente se trata de sistemas avanzados de telecomunicaciones, transporte de tropas, mando y control, y armas sofisticadas). Y crear una base industrial propia a través de la Agencia Europea de Defensa (AED). El problema es que la defensa es el último reducto de soberanía de los países. Tras adoptar la moneda única, es la última porción de soberanía que le queda a los grandes de la UE, y es difícil que se desprendan de esa prerrogativa. Pero hoy, ante la crisis de identidad europea, el progreso de la integración solo puede llegar de la mano de la seguridad común. Y en ese núcleo duro debe estar España junto a Alemania, Francia e Italia”.

Todo cambió el 11-S

El nuevo terrorismo ha cambiado la guerra. La transformación de la defensa de Occidente comenzó el 11-S. Antes lo acometió Rusia, tras cosechar 15.000 muertos en Afganistán. En 2003, la OTAN creó en Norfolk (EE UU) el Comando Aliado de Transformación (ACT), con 2.000 analistas. En España, el cambio se inició en 2005 de mano del general Sanz Roldán, “lo cual no ha sido una tarea sencilla, porque las Fuerzas Armadas son la organización más compleja que existe”. Se trataba de pasar de un planeamiento militar basado en un supuesto donde se conocía la identidad, posición y la fuerza del enemigo (un concepto de la Guerra Fría) a otro denominado “por capacidades”, donde el enemigo es asimétrico, disperso, híbrido y escurridizo, “y debemos contar con una caja de herramientas lo más variada posible para hacer frente a cada amenaza”, explica el general Juan Díaz, “ya sea en materia de proyección de las tropas, vigilancia, ciberdefensa o sistemas de armas”. La clave hoy no es contra quién ni dónde se va a luchar, sino cómo se le va a vencer.

Dicho todo esto, ninguna de las fuentes consultadas, civil y militar, confía en la viabilidad de un ejército de la UE, “aunque sí en un auténtico pilar europeo de la OTAN, con objetivos, fuerza y capacidad de proyección propios”, explica un general español. “Y la prueba más evidente de esa voluntad de seguridad compartida de Europa es la cláusula de defensa mutua descrita en el artícu­lo 42 del Tratado de la Unión: ‘Si un Estado miembro es objeto de una agresión armada en su territorio, los demás Estados miembros le deberán ayuda y asistencia con todos los medios a su alcance’. Que es similar al artículo Quinto de la OTAN. Es un primer gran paso”, concluye.

Si el inventario de los nuevos actores y amenazas para la seguridad de Occidente es interminable, el diseño de los ejércitos que les tienen que hacer frente abarrota toneladas de papel en los institutos estratégicos de medio mundo. El quid de la cuestión “es pensar en largo y actuar en corto”. Hablan de unas fuerzas armadas más pequeñas, modulares, en las que estén perfectamente integrados los ejércitos de tierra, mar y aire y con una absoluta complementariedad con los ejércitos aliados para evitar duplicidades. Donde se comparta la inteligencia y la tecnología. Se colabore con las fuerzas de seguridad, la sociedad civil y la empresa privada en asuntos como el terrorismo y la defensa cibernética. Unas Fuerzas Armadas flexibles, ágiles, en continua innovación y adaptación a la realidad, y con capacidad de reaccionar y proyectarse en horas, antes de que el conflicto se difumine y entre en la peligrosa zona gris. En las que prime la tecnología no tripulada y las operaciones especiales, pero sin dejar de lado las misiones convencionales, como el control de las aguas territoriales y el espacio aéreo, o las labores de emergencia en las catástrofes naturales.

Los oficiales del Estado Mayor reu­nidos en el Ceseden resumen esta avalancha de información en tres conceptos previos al empleo de la fuerza militar: “Disuadir, vigilar y prevenir”. En las nuevas guerras, la disuasión vuelve a ser clave. Y dentro de ella, como un ingrediente fundamental, la determinación de un Estado de actuar con todo su poder militar cuando sea necesario. “Y eso lo debe entender el malo. Esté donde esté y sea quien sea”, concluye un general.

El País

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  • Guerra 3.0

    20 de marzo 18:57, por SINCERAMENTE.

    No esperaba menos de una hoja parroquial como El País, del sermoneador o difusor de palabrería sin sentido, confusa y generalmente falsa.

    Me parece que las guerras son habitualmente las consecuencias de la imbecilidad humana, de la estupidez humana, de las ansias de someter, dominar, expoliar, etc. que tienen seres humanos que nunca sufren los efectos de las armas de la guerra.

    Como de costumbre, se trata a los lectores como a pobres imbéciles profundos de baba, explicándole cosas que ya sabe de carrerilla hasta el propio Perogrullo.

    En fin.

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