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Federico García Lorca: "La casa de Bernarda Alba"

Miércoles.18 de julio de 2018 204 visitas Sin comentarios
Un libro al día. #TITRE

Idioma original: castellano
Año de publicación: 1945
Valoración: Imprescindible

El 5 de junio se cumplieron 120 años del nacimiento de uno de nuestros grandes dramaturgos y poetas: Federico García Lorca. Y como en ULAD teníamos previstas las reseñas de algunas de sus obras más relevantes, hemos decidido publicarlas correlativamente a modo de mini-monográfico. Así que abróchense los cinturones que tanto hoy como mañana nos adentramos en la visión lorquiana del fenómeno andaluz (*).

La casa de Bernarda Alba es la última obra que nos dejó este maravilloso autor y también la que hubiera podido iniciar una nueva etapa de madurez y depuración lírica de no haber sido fusilado —por sus ideas— durante la Guerra Civil Española. La obra, cuyo subtítulo es «Drama de mujeres en los pueblos de España», es todo un ejercicio de estilo sobre el retrato certero de la sociedad rural del sur.

Resumen resumido: Bernarda Alba y sus cinco hijas regresan del funeral del padre tras el que la matriarca impone un encierro de luto riguroso de ocho años. La petición de la mano de la hija mayor —la ya ajada Angustias— por parte del joven y atractivo Pepe el Romano actuará como un revulsivo en los anhelos y emociones reprimidas de las cinco jóvenes mujeres.

Basándome en mi experiencia como lectora, puedo asegurar que pocas veces ochenta míseras páginas alcanzan tantísima intensidad. Un estilo sin ornamentos y un conflicto universal perfectamente definido hacen que la tensión vaya in crescendo sin dar apenas tregua. Lorca tiene el control absoluto de la narración sin dejar nada al azar; todos los elementos, absolutamente todos, contribuyen a esa tensión:

La atmósfera; el encierro físico y todos los elementos que lo acompañan simbolizan y enfatizan la cerrazón emocional y psicológica.

La simbología a partir de metáforas, detalles, contrastes, recordatorios… como la presencia continua de los colores blanco y el negro sugiriendo una pugna invisible y subyacente (paredes blancas, mantillas negras, caballo blanco, abanico negro o el vestido verde de la joven Adela —¿brote verde?— que deberá ser teñido de negro para el luto).

Los diálogos y comentarios, lacónicos, secos… no hay disertaciones ni monólogos, solo acción pura y dura.

El papel que desempeña Pepe el Romano, que —en lo que me parece un grandísimo acierto— no aparece físicamente en escena. El hecho de su sola existencia actúa como el revulsivo inevitable.

Lorca era un hombre sensible, cultivado y de mente abierta, por lo que esa mirada cruda y despiadada sobre una realidad que conoce bien no es gratuita sino que es una mirada de denuncia hacia una sociedad machista —en la que, irónicamente, las primeras machistas son las propias mujeres—, así como hacia la cerrazón mental y la hipocresía generalizada. En relación a esto último, Lorca encuadra muy bien y desde el principio el conflicto de la obra: el individuo contra la sociedad; y utiliza ese conflicto para evidenciar cómo las comunidades pequeñas, cerradas y endogámicas aprisionan la libertad de los individuos bajo la feroz mirada de una colectividad que juzga sin compasión a falta de otros esparcimientos. Todos son víctimas del sistema viciado y enfermizo al que contribuyen y ello se refleja continuamente en la obra. Uno de tantos ejemplos es la conversación fortuita, que tiene Bernarda con una criada cuando esta le dice que su madre (la senil María Josefa) se ha escapado de su habitación y está rondando por el patio:

Bernarda: Ve con ella y ten cuidado que no se acerque al pozo.

Criada: No tengas miedo que se tire.

Bernarda: No es por eso… pero desde aquel sitio las vecinas pueden verla desde su ventana.

En esta obra coral los personajes pivotan en un sistema solar regido por Bernarda Alba. Ella está en todas partes incluso cuando no está en escena, personifica la casa y el ahogo que sienten todos los que viven en ella (el título, que bien podría haber sido Bernarda Alba o Las hijas de Bernarda Alba, sin embargo incluye la casa como elemento imprescindible de la acción, como si fuera un reino). Bernarda ejerce un control absoluto sobre sus hijas y lo justifica como el modo de protegerlas de lo que hay ahí afuera pero en realidad es la excusa para que su nombre no resulte manchado. Sin embargo, Bernarda no tiene reparos en mal hablar de cualquiera porque se considera superior a los demás y esa soberbia será su perdición. Por más minuciosa y astuta que sea, la ceguera de su arrogancia no le permitirá darse cuenta de que la sola existencia de un Pepe el Romano puede convertir su casa en una olla a presión a punto de estallar.

Con qué pocos elementos Lorca pone ante nuestros ojos a esta madre-bestia que no muestra ninguna debilidad ni se pierde en matices (blanco o negro):

Mediante la relación con sus hijas, basada en la dominación y el miedo: «Magdalena, no llores; si quieres llorar te metes debajo de la cama. ¿Me has oído?»

Mediante la relación con su madre, María Josefa. Una mujer con un temperamento muy distinto y que no queda claro si ha enloquecido por la edad o por las privaciones a las que ha sido sometida. De los reproches de María Josefa deducimos que Bernarda ha tenido ese temperamento desde la cuna, por lo que no es consecuencia de ninguna vivencia traumática que sirva para establecer un mínimo vínculo de empatía con el lector. Bernarda nunca ha sido joven.

La relación con la Poncia, el ama de llaves, tal vez la más compleja y que más margen de interpretación ha dado. La Poncia aporta la visión sensata que el lector necesita escuchar aunque su lealtad hacia Bernarda no esté demasiado clara. Ella es la única que puede decirle según qué cosas a la matriarca aunque tenga que pagarlo escuchando sus agrias réplicas.

Los gestos y expresiones de Bernarda no hacen más que redundar en su dureza y en sus valores: (Refiriéndose a una de sus hijas) «Esa sale a sus tías; blandas y untuosas y que ponían ojos de carnero al piropo de cualquier barberillo (…)»

Pero si el conflicto general es el individuo contra la sociedad, el conflicto particular al que se enfrenta Bernarda es el encarnado por Pepe el Romano, que simboliza la liberación física y sexual. Este conflicto adquiere una dimensión casi abstracta, la pugna entre dos fuerzas opuestas (blanco y negro) entre las que se encuentran las cinco hijas que pasan a convertirse en simples daños colaterales.

Ya para acabar, y con el permiso de los clásicos, si Shakespeare ha sido un magnífico constructor de arquetipos contemporáneos: los amantes (Romeo y Julieta), el loco (Hamlet), el celoso (Othelo)… para el caso de la matriarca, en el sentido más universal y extremo, Bernarda Alba no hay más que una.

(*) Algunos consideran Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba como una «trilogía trágica» y otros defienden que la trilogía no llegó a completarse y que La casa de Bernarda Alba forma parte de un ejercicio independiente al que Lorca ya insistió en calificar de drama. Los defensores de esta última postura añaden que las tres obras ilustran lo que se denomina el fenómeno andaluz, una sensibilidad autóctona que no se da con la misma intensidad en otra parte del mundo occidental.

Fuente: https://unlibroaldia.blogspot.com/2...