Administración Enlaces Contacto Sobre Tortuga

Enamorados de la insania

Sábado.27 de febrero de 2016 262 visitas Sin comentarios
11ª entrega del libro de Pablo San José: "El opio del pueblo: Crítica al modelo de ocio y fiesta en nuestra sociedad". #TITRE

Como de la moda juvenil, que cantaba Radio Futura en plena movida madrileña, mientras resonaba la voz del alcalde Tierno Galván diciendo aquello de "quien no esté colocado que se coloque". Nuestro modelo de diversión es físicamente exigente. Es una fiesta basada netamente en el exceso. Exceso de droga, exceso de comida, exceso de sexo, exceso de ruido, exceso de electricidad, exceso de vigilia, exceso de palabras, exceso de banalidad, exceso de consumo y gasto, exceso de esfuerzo.

A nadie escapa, si atiende a cómo se comportan la mayoría de los mamíferos en el reino animal, que pasar la noche en vela mientras se duerme la mayor parte del día no tiene demasiada lógica. De hecho, los trabajos asalariados con nocturnidad, salvo en empresas más explotadoras de lo normal, se suelen compensar económicamente atendiendo al daño que producen al organismo y a las circunstancias de la vida. Para que ese intercambio entre día y noche no fuese problema nos habría de haber dotado Dios, o la selección natural, entre otras cosas, de otro tipo de órganos visuales y auditivos. Menos lógica todavía tiene hacer el intercambio de forma discontínua, sumando periódicamente al día vivido despierto una noche en la que no se duerme. Si os fijáis en las películas italianas situadas en la primera mitad del siglo XX (Novecento, Amarcord...), las fiestas populares con baile se hacían al aire libre, siempre con luz solar. Aunque los enfebrecidos festeros lo desconozcan o prefieran ignorarlo, hay algo llamado biorritmo, del cual depende, en gran parte, nuestro estado de salud corporal y mental. Además, una cosa conduce a otras. Romper el biorritmo obliga casi siempre a tomarse algo para aguantar. Algo que, en todos los casos, contendrá gran cantidad de elementos tóxicos. Ese compuesto químico, junto con el resto de las sustancias ingeridas a lo largo de la noche, habrá de ser depurado después por el cuerpo, dando lugar a bajones físicos y psicológicos, resacas etc. Éstas (las resacas), a su vez, necesitarán largos periodos de recuperación, más o menos perdidos y sacrificados en el debe de la farra de la noche anterior, la cual así nos sale doblemente cara.

Para que la fiesta sea nocturna, que suele ser lo habitual, se precisan unos cuantos elementos. Por ejemplo, un buen aporte de electricidad, lo cual es cuestionable desde el punto de vista medioambiental. Otra cosa que suele hacer falta es un lugar cerrado, para evitarnos la lluvia y el frío si lo hace, y no molestar en exceso a la gente sensata y bastante más racional que nosotros que a esas horas duerme, o lo intenta. Es común que esos lugares cerrados se peten a ciertas horas, lo cual no es especialmente sano y natural (el aire se vicia, la mente se embota...). Y menos mal que ahora no se fuma en ellos. Por cierto, que resulta lamentable que haya tenido que ser una prohibición legal la que evidencie realidades tan obvias como que es atentar contra la salud y la libertad de los demás el fumarles en las narices en espacios cerrados. Y una falta máxima de respeto. Lo mismo ocurre con el exceso de alcohol u otras drogas al volante. Ello dice bien poco del nivel ético de esta sociedad y pone de manifiesto la absoluta dependencia, de tipo infantil, con respecto a las autoridades. Hay toda una pulsión gregaria que empuja a concentrarse en lugares donde no cabe un alfiler. En vez de buscar y preferir espacios tranquilos y desahogados, la gente se vuelve loca por amogollonarse, por ir donde van todos y ser cuanta más gente mejor (1).
También pasa que, en esos sitios atestados, la iluminación es oscura-destelleante (no muy bueno ni para la vista ni para el estrés), y el volumen de la música está a toda pastilla: magnífico para los órganos auditivos y para la armonía personal. Nótese la ironía. Resulta curioso y llamativo cómo ha llegado a imponerse el gusto por el sonido musical ensordecedor. Parece lógico que en un gran evento al aire libre se puedan instalar aparatos amplificadores para que el público congregado no pierda detalle de las interpretaciones. Sin embargo, la lógica se esfuma del todo cuando en locales pequeños y cerrados el volumen de amplificación de la música es tal que, no solo resulta peligroso para el oído, sino que dificulta, cuando no impide, toda comunicación entre las personas asistentes, las cuales deben optar por hablarse a gritos o renunciar a la palabra. Esto no solo ocurre en pubs y discotecas. Cualquier tipo de concierto de música industrial-eléctrica, por pequeño y alternativo que sea, reclamará el mayor volumen posible, muy superior por lo general a lo que sería necesario para escuchar perfectamente la actuación sin perder ninguno de sus matices. Sorprende la unanimidad de este deseo por el sonido ensordecedor y la falta de alternativas y críticas al fenómeno.

De la mano de esta cultura festiva capitalista, importada de Norteamérica, ha penetrado el gusto por la comida basura, el fast food. Las generaciones más jóvenes y, en general, las que participan de la noche, han dejado que sus paladares se adapten a la comida fuerte y artificialmente saborizada, en ocasiones con sustancias adictivas como el glutamato, que venden las cadenas multinacionales de pizzas y hamburguesas. Es sabido que los ingredientes cárnicos y vegetales empleados en dichos productos tienen orígenes poco éticos (desforestación, monocultivos, contaminación, desplazamiento de comunidades...) y también poco sanos (transgénicos, grasas saturadas, químicos, antibióticos...) Aún así, y a pesar de su clamorosa falta de calidad alimenticia, están desplazando a la dieta tradicional. ¿Qué nos pasa?

El más que extendido consumo de drogas es física y mentalmente nocivo en sí mismo, como quedó expuesto. Además del deterioro al que se somete al propio organismo en el momento de la ingesta, merced a los elementos tóxicos que contiene cada sustancia, hay que añadir los efectos acumulados. El cuerpo habrá de echar mano, a veces durante días, de recursos propios para neutralizar y eliminar las toxinas, así como para recuperar células y conexiones destruídas (en el caso del tejido nervioso, que es el que más afectan las sustancias drogantes, dicha recuperación no está asegurada). Si la fiesta y el consumo es habitual, hay que tener en cuenta el daño progresivo que se va causando a determinados órganos del cuerpo, algunos vitales (el cerebro también es uno de ellos; recordemos a esa gente que se queda "pallá" a base de tripis), y el incremento exponencial de las posibilidades de contraer cáncer.

No es todo. Las estadísticas muestran una escalofriante comparativa que relaciona la fiesta y el consumo de alcohol y otras drogas con percances, sobredosis, agresiones diversas (la mayoría de las machistas), homicidios y accidentes de tráfico. Los servicios de urgencia de los hospitales suelen tener harto trabajo a esas horas. Así la fiesta, la cual viene a consistir en un medio de buscar la felicidad, paradojicamente acaba convirtiéndose en una forma de poner en peligro la salud y la misma vida, propia y ajena.

La fiesta capitalista, que es nocturna, eléctrica y se basa en la música industrial, genera indeseables desplazamientos motorizados y produce también por sí misma, entre otras cosas, contaminación acústica y lumínica. Si no os lo creéis podéis preguntar al vecindario en las zonas de pubs, de botellón o de las raves. Por si fuera poco, hay no pocos capullos que arman escándalo en el exterior de los garitos, o mientras van de uno a otro a altas horas de la madrugada, andando o en coche con la música a tope, que se mean en los portales, se pelean, vomitan, abandonan botellas vacías, restos de comida basura, vasos de vidrio rotos y cosas por el estilo. Civilización occidental lo llaman.


Nota

1.- Buen botón de muestra es lo sucedido en la fiesta de Halloween 2012 en el recinto municipal Madrid Arena, en la cual murieron cinco adolescentes aplastadas por una avalancha. Pocos minutos antes, un conocido discjockey, protagonista de la actuación principal, se vanagloriaba desde el escenario de la impresionante asistencia, superior en vaios miles al aforo de la sala. Este absurdo dato era celebrado con júbilo por los humano-ovinos presentes y apretados. Tal fenómeno consistente en desear la masificación no se circunscribe a los locales nocturnos, y podemos verlo también, por ejemplo, en las playas y principales destinos turísticos, o en los estadios de fútbol.


Ir al Índice

Nota: los comentarios podrán ser eliminados según nuestros criterios de moderación.