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El poder impide saber y querer

Martes.21 de marzo de 2017 140 visitas Sin comentarios
Texto de Cornelius Castoriadis. #TITRE

Si los obreros de una fábrica quisiesen poner en cuestión el orden existente, toparían con la policía y, si el movimiento se generalizase, con el ejército. Se sabe, por experiencia histórica, que ni la policía ni el ejército son impermeables a los movimientos generalizados; y, ¿pueden aguantar contra lo esencial de la población? Rosa Luxemburg decía: «Si toda la población supiese, el régimen capitalista no aguantaría ni 24 horas». Poco importa la resonancia «intelectualista» de la frase: demos a saber toda su profundidad, vinculémoslo al querer. ¿No es cierta, y con cegadora verdad? Sí y no. El «sí» es evidente. El «no» se desprende de este otro hecho, igualmente evidente, de que el régimen social impide
precisamente a la población saber y querer.

A menos de postular una
coincidencia milagrosa de espontaneidades positivas de un extremo al
otro de un país, todo germen, todo embrión de este saber y de este
querer, que puede manifestarse en un lugar de la sociedad, es
constantemente trabado, combatido, incluso, a veces, aplastado por las
instituciones existentes. Par eso es por lo que la visión simplemente
«psicológica» de la alienación, la que busca las condiciones de la
alienación exclusivamente en la estructura de los individuos, su
«masoquismo», `etcétera, y que en el límite diría: si la gente es explotada,
es porque quiere estarlo, es unilateral, abstracta y finalmente falsa. La
gente es esto y otra cosa, pero, en su vida individual, el combate es
monstruosamente desigual, pues el otro factor (la tendencia hacia la
autonomía) debe hacer frente a todo el peso de la sociedad
instituida. Si es esencial recordar que la heteronomía debe cada vez
encontrar también sus condiciones en cada explotado, debe encontrarlas
en la misma medida en las estructuras sociales, que hacen prácticamente
desdeñables las «posibilidades» (en el sentido de Max Weber) de los
individuos de saber y de querer.

El saber y el querer no son puro asunto
de saber y de querer, no tratamos con unos sujetos que no serían más
que voluntad pura de autonomía y responsabilidad de parte a parte; de
ser así no habría problema alguno en ningún terreno. No se trata tan sólo
de que la estructura social sea «estudiada para» instalar, desde antes del
nacimiento, pasividad, respeto a la autoridad, etc. Se trata de que las
instituciones están ahí, en la larga lucha que representa cada vida, para
poner a todo instante topes y obstáculos, canalizar las aguas en una única
dirección, obrando a fin de cuentas con severidad contra lo que podría
manifestarse como autonomía. Por eso es por lo que el que dice querer la autonomía y rechaza la evolución de las instituciones no sabe ni lo que
dice ni lo que quiere. Lo imaginario individual, como se verá más adelante,
encuentra su correspondencia en un imaginario social encarnado en las
instituciones, pero esta encarnación existe como tal y es también, como
tal, por lo que debe ser atacada.


Texto tomado del libro de Cornelius Castoriadis "La Institución imaginaria de la sociedad". Tusquets, Barcelona 2013.

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