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El poder impide saber y querer

Martes.21 de marzo de 2017 118 visitas Sin comentarios
Texto de Cornelius Castoriadis. #TITRE

Si los obreros de una fábrica quisiesen poner en cuestión el orden existente, toparían con la policía y, si el movimiento se generalizase, con el ejército. Se sabe, por experiencia histórica, que ni la policía ni el ejército son impermeables a los movimientos generalizados; y, ¿pueden aguantar contra lo esencial de la población? Rosa Luxemburg decía: «Si toda la población supiese, el régimen capitalista no aguantaría ni 24 horas». Poco importa la resonancia «intelectualista» de la frase: demos a saber toda su profundidad, vinculémoslo al querer. ¿No es cierta, y con cegadora verdad? Sí y no. El «sí» es evidente. El «no» se desprende de este otro hecho, igualmente evidente, de que el régimen social impide precisamente a la población saber y querer.

A menos de postular una coincidencia milagrosa de espontaneidades positivas de un extremo al otro de un país, todo germen, todo embrión de este saber y de este querer, que puede manifestarse en un lugar de la sociedad, es constantemente trabado, combatido, incluso, a veces, aplastado por las instituciones existentes. Par eso es por lo que la visión simplemente «psicológica» de la alienación, la que busca las condiciones de la alienación exclusivamente en la estructura de los individuos, su «masoquismo», `etcétera, y que en el límite diría: si la gente es explotada, es porque quiere estarlo, es unilateral, abstracta y finalmente falsa. La gente es esto y otra cosa, pero, en su vida individual, el combate es monstruosamente desigual, pues el otro factor (la tendencia hacia la autonomía) debe hacer frente a todo el peso de la sociedad instituida. Si es esencial recordar que la heteronomía debe cada vez encontrar también sus condiciones en cada explotado, debe encontrarlas en la misma medida en las estructuras sociales, que hacen prácticamente desdeñables las «posibilidades» (en el sentido de Max Weber) de los individuos de saber y de querer.

El saber y el querer no son puro asunto de saber y de querer, no tratamos con unos sujetos que no serían más que voluntad pura de autonomía y responsabilidad de parte a parte; de ser así no habría problema alguno en ningún terreno. No se trata tan sólo de que la estructura social sea «estudiada para» instalar, desde antes del nacimiento, pasividad, respeto a la autoridad, etc. Se trata de que las instituciones están ahí, en la larga lucha que representa cada vida, para poner a todo instante topes y obstáculos, canalizar las aguas en una única dirección, obrando a fin de cuentas con severidad contra lo que podría manifestarse como autonomía. Por eso es por lo que el que dice querer la autonomía y rechaza la evolución de las instituciones no sabe ni lo que dice ni lo que quiere. Lo imaginario individual, como se verá más adelante, encuentra su correspondencia en un imaginario social encarnado en las instituciones, pero esta encarnación existe como tal y es también, como tal, por lo que debe ser atacada.


Texto tomado del libro de Cornelius Castoriadis "La Institución imaginaria de la sociedad". Tusquets, Barcelona 2013.

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