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El movimiento pacifista en el siglo XXI: nuevos principios y estrategias

Jueves.5 de agosto de 2010 3221 visitas - 1 comentario(s)
José Ángel Ruiz Jiménez | Polis - Revista académica Universidad Bolivariana #TITRE

Tomado de Kaosenlared

Este artículo describe la evolución del movimiento pacifista desde las campañas antinucleares de los años 60 y 80 del siglo XX, hasta sus manifestaciones a comienzos del siglo XXI. Pese a que, generalmente, la historiografía ha considerado mayoritariamente al movimiento pacifista como agotado durante los últimos 15 años, la tesis de este trabajo es que aquél se ha reforzado, si bien transformándose y adaptándose a los nuevos desafíos y exigencias del mundo actual. Éstos se centran en la consolidación de la conciencia ciudadana a favor de la paz fruto de la revolución silenciosa del último medio siglo, en el pacifismo humanitario, en el voluntariado, en la diplomacia civil noviolenta, y en los nuevos modelos organizativos de las ONGs, caracterizados por la mesomovilización.

Introducción: ¿Qué es el movimiento pacifista?

En sentido general, es frecuente entre historiadores, politólogos y científicos sociales el uso del término movimiento pacifista como equivalente a pacifismo antinuclear, considerándolo una experiencia aislada que conoció su auge en los años sesenta y ochenta del siglo veinte, analizándose su existencia como parte del pasado, y siendo mayoritariamente juzgada como una iniciativa agotada y fracasada incluso antes del final de la Guerra Fría. La mencionada identificación entre movimiento pacifista y pacifismo antinuclear es muy común en la bibliografía y prensa anglosajonas, incluso entre autores que conocen el objeto de estudio tan profundamente como Sydney Tarrow o Paul Byrne.

Sin embargo, puede y debe definirse el pacifismo de forma más amplia. En primer lugar, en sentido negativo, como una respuesta social y cultural a la guerra, de múltiples repercusiones económicas y políticas. En sentido positivo, podemos entender el pacifismo como aquella doctrina que busca favorecer y estimular todas las condiciones para que la paz sea un estado y condición permanente de las relaciones humanas, tanto entre personas como entre naciones, Estados y pueblos (López 2004: 829-843).

En concordancia con la definición anterior, propongo en este texto el uso del término movimiento pacifista más allá de las campañas antinucleares de la segunda mitad del siglo XX u otros similares, restringidos a las coordenadas espacio-temporales de la Guerra Fría y en muchos casos extinguidos a comienzos del siglo XXI. Por tanto, mi propuesta de definición de movimiento pacifista englobaría todas aquellas formas organizadas de la sociedad civil, en cualquier momento histórico, espacio y sociedad, orientadas a conseguir un mundo más pacífico, justo y solidario.

De este modo, el movimiento pacifista trascendería determinadas movilizaciones de más o menos larga vida para ser una constante en el tiempo, capaz de transformarse de acuerdo a las exigencias éticas y estratégicas que exigen los distintos momentos históricos. Así, el movimiento pacifista no empezaría después de la Segunda Guerra Mundial y terminaría con el declive de sus abanderados durante la Guerra Fría, tal y como interpretan numerosos autores, sino que aquellas actividades serían tan sólo una de las expresiones del movimiento pacifista, que respondía así tanto a sus circunstancias contemporáneas como a los precedentes que las inspiraron: pacifismo liberal decimonónico, pacifismo obrero internacionalista, pacifismo del período de entreguerras y pacifismo de la noviolencia, principalmente. Al mismo tiempo, lo que se considera su ocaso podría más bien interpretarse como un proceso de transformación y regeneración del movimiento que en la actualidad se expresaría, además de en la continuidad de formas anteriores, en otras más novedosas como el intervencionismo humanitario -sobre todo mediante ONGs-, el voluntariado por los derechos humanos, la diplomacia civil, o labores especializadas de peacemaking o peacebuilding en regulación de conflictos (López 2000: 291-357).

En las siguientes páginas, describiremos las características y evolución del movimiento pacifista contemporáneo, desde el punto de inflexión que supuso el pacifismo antinuclear en la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días.

El movimiento pacifista, clave de la "revolución silenciosa"

El estado actual de desarrollo de la sociedad civil internacional es el resultado de una larga trayectoria cuya comprensión requiere ponerla en perspectiva. Procederemos, a continuación, a dar algunas claves que nos permitan rastrear los cambios de mentalidad que se expresan en la sociedad civil occidental contemporánea en la que, progresivamente, los valores del pacifismo y, en general, los reivindicados por los nuevos movimientos sociales han ido cobrando una mayor importancia. El período de la Guerra Fría implicó un destacadísimo avance en el gradual avance de la concienciación ciudadana sobre la paz. El post-materialista Ronald Inglehart, ya en 1971, analizaba una serie de tendencias políticas que consideraba que expresaban una revolución silenciosa en las sociedades industrializadas occidentales (Inglehart 1977 y 1999). El paso del tiempo ha ido confirmando lo acertado de su estudio, en el cual afirmaba que bajo el activismo de los años sesenta y la aparente aquiescencia de los setenta se estaba experimentando un cambio gradual, pero esencial, en la mentalidad política de los países del Norte desarrollado. Desde aquellos años, una proporción sin precedentes de la población occidental ha crecido bajo unas excepcionales condiciones de seguridad económica. No obstante, si bien la seguridad económica y física ha continuado siendo muy valorada, su prioridad relativa ha venido siendo mucho más baja que en el pasado, implicando una evolución en los valores. Al mismo tiempo, desde entonces se ha producido un cambio significativo en la evolución de las habilidades y capacidades políticas de la población, pues una proporción cada vez mayor de la ciudadanía ha ido demostrando un interés genuino en comprender lo que sucede en la política nacional e internacional, y en participar en las decisiones que se toman en esos ámbitos.

El desarrollo económico y tecnológico experimentado en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial significó que las necesidades de las poblaciones occidentales quedasen, en general, más que satisfechas. La experiencia de vida de las generaciones que crecieron en esas décadas fue muy distinta a la de sus antecesores, debido a la ausencia de guerras en sus territorios; los niveles de educación aumentaron considerablemente, conjuntamente con un desarrollo de la estructura ocupacional a favor del sector terciario; y los medios de comunicación de masas, junto al desarrollo de los transportes, acrecentaron el conocimiento de otros países. Todo ello tuvo un impacto directo en los valores, creencias y conductas de los ciudadanos, que ampliaron sus necesidades de pertenencia, estima y realización personal. Asimismo, se potenciaron tanto sus habilidades políticas como el porcentaje de la población implicada en el desarrollo de los valores y necesidades mencionados.

De este modo, la oposición, característica del siglo anterior, entre el control del Estado y la riqueza por parte de unas elites, y la "guerra de clases" auspiciada por la clase obrera y fundamentada en las necesidades económicas, fue siendo desplazada por exigencias ciudadanas de protección del medio ambiente, la calidad de vida, el papel de las mujeres, la redefinición de la moralidad, el deseo ciudadano vivir en paz rechazando guerras y violencias, y una mayor participación ciudadana en la toma de decisiones del Estado. En realidad, pocas de estas demandas eran novedosas, pero sí lo era su importancia cuantitativa y cualitativa: es difícil encontrar en el pasado éxitos ciudadanos contra los intereses del Estado y de los económicamente más poderosos como los vividos desde la década de los sesenta, los que se manifestaron en legislaciones favorables a la protección del medio ambiente, la objeción de conciencia, la igualdad de género, la desaparición de las minas anti-personales, etc.

Desde luego que la participación masiva de los ciudadanos ya había jugado un importante papel desde hace mucho más tiempo, principalmente mediante los procesos electorales. No obstante, puede observarse una evolución desde la década de los sesenta en la que los ciudadanos comunes han demostrado una creciente capacidad para influir en política de un modo que Inglehart denomina de desafío a las elites, en oposición a las tradicionales actividades ciudadanas dirigidas por las elites, como las movilizaciones masivas de apoyo a través de organizaciones establecidas como partidos políticos, sindicatos o instituciones religiosas. La mencionada variable de desafío a las elites y la aparición de los denominados nuevos movimientos sociales implicó acciones encaminadas a presionar a los gobiernos hacia la toma de determinadas decisiones, yendo mucho más allá de la tradicional elección entre unos partidos políticos u otros.

En este sentido, la consolidación del movimiento pacifista desde los años sesenta fue parte de un proceso donde la música, la moda en el vestir, las nuevas estéticas artísticas, etc., tendieron a conformar una cultura alternativa. Especialmente las campañas pacifistas antinucleares fueron el catalizador de otras posteriores sobre varias cuestiones políticas y sociales. Según fue aumentando el nivel educativo de la población, el número de jóvenes que han tomado parte en distintas formas de pacifismo no ha dejado de aumentar desde la década de los sesenta.

La espectacularidad de los eventos de 1968, especialmente plasmadas en las movilizaciones estudiantiles, sacudieron la conciencia occidental y pusieron en boga discursos como el de Herbert Marcuse o Charles Reich, cuyo mensaje, muy crítico con los valores materialistas del Norte desarrollado y con el papel adoctrinador de los medios de comunicación, sugería que Occidente estaba a las puertas de su propia Revolución Cultural. No obstante, en 1973, aquella revolución ya parecía más que superada, y los suplementos dominicales de prensa proclamaban no sólo que la contracultura estaba muerta, sino que había sido poco más que una moda en los campus, como engullir peces de colores o amontonar la mayor cantidad posible de gente en cabinas telefónicas. Sin embargo, la prensa y los medios de comunicación en general estaban equivocados, y lo estaban por las mismas razones por las que habían sobredimensionado la revolución anteriormente: tienden a centrarse en eventos llamativos y multitudinarios, pero con escasas o nulas referencias a análisis de procesos de fondo a largo plazo. Lo cierto es que los análisis cuantitativos y cualitativos de los valores y actitudes, más allá de crisis políticas o espectaculares movilizaciones, son los que facilitan la comprensión de los procesos sociales. Para ello, es necesario descubrir las formas de interacción ciudadana, cómo los movimientos sociales se ven influidos por tradiciones de acción colectiva anteriores, y cómo las instituciones, redes e identidades presentes facilitan o dificultan las formas de protesta. En este sentido, el movimiento pacifista, denostado tanto en la década de los setenta como en la década de los noventa, más que una crisis puede afirmarse que experimentó períodos de fermentación y evolución dentro del contexto de la revolución silenciosa, pero con un carácter constante, anticipado por Ronald Inglehart.

El pacifismo durante la guerra fría: semillero para el siglo XXI

Dentro de la mencionada evolución y crecimiento de los grupos vinculados al movimiento pacifista, sin duda el pacifismo antinuclear de las décadas de los 60 y 80 contribuyó decisivamente a su progreso y ampliación. De hecho, el multitudinario activismo de aquellos años -aún cuando muchas de sus organizaciones más destacadas hayan desaparecido, como el END1 , o hayan visto sensiblemente disminuida su importancia, como el caso del CND-, fue un vivero del que se nutrieron, tanto en su membresía como ideológicamente, muchas de las organizaciones posteriores que han venido configurando el movimiento pacifista, aunque con características distintas, después de la Guerra Fría. Dedicaremos las siguientes páginas a exponer la continuidad y evolución del legado del pacifismo antinuclear.

Los años sesenta y setenta significaron para el movimiento pacifista un gran salto adelante. Además de las campañas antinucleares o contra la guerra en Vietnam, en aquellos años se consolidó la investigación para la paz como disciplina académica, iniciada formalmente con la apertura de los prestigiosos Peace Research Institute de Oslo (PRIO) por Johan Galtung en 1959 y por el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) en 1960. En esos años, en los que el trabajo del irenólogo noruego cobró gran protagonismo, se inició la interacción entre las nociones de paz y desarrollo, y se empezó a popularizar el término paz positiva, relacionado con la justicia social, entonces identificada con la satisfacción de las necesidades básicas más allá de la simple ausencia de violencia directa. La paz positiva se relacionó, a su vez, con el desarrollo de las potencialidades humanas encaminadas a la satisfacción de esas necesidades básicas. También se introdujo en aquellos años la violencia estructural como categoría de análisis contra las desigualdades, lo que implicaba reflexionar sobre las nuevas formas de imperialismo y neocolonialismo. Asimismo, empezó a analizarse críticamente el desarrollo entendido como incremento de la dependencia de los países empobrecidos respecto a los del Norte capitalista.

Las organizaciones, en aquellos años, comenzaron a ampliar sus análisis y posibilidades de intervención más allá del alivio de los desastres y catástrofes inmediatas para vincular la acción humanitaria con la cooperación al desarrollo más a largo plazo. Esto ayuda a explicar la creación de las ONGs "sin fronteras", que además de su actividad de ayuda quieren dar testimonio de denuncia de situaciones injustas para no prolongarlas. Así, por ejemplo, Médicos sin Fronteras nace en Biafra en 1971, fundada por los médicos franceses que estuvieron, en esa región, atendiendo a quienes morían de hambre rodeados por el ejército de Nigeria.

Los sesenta y setenta fueron también una época en la que se produce una gran expansión de los estudios del desarrollo armamentístico, siendo el SIPRI, por la calidad, rigor y alcance de sus trabajos, uno de los pioneros y gran referente de esta línea de investigación. Los años ochenta fueron una etapa igualmente decisiva en la consolidación del movimiento pacifista en sus múltiples variantes. Menos académica y más ligada a los movimientos sociales, sería el surgimiento, aparte de las asociaciones y campañas que ya hemos descrito en este trabajo, de espacios de investigación, activismo y concienciación como, por ejemplo: Physicians for Social Responsibility, International Physicians for the Prevention of Nuclear War, Artists for Social Responsibility, Educators for Social Responsibility, United Campuses Against Nuclear War, Center for Teaching of International Relations de la Universidad de Denver. En aquellos años también se amplió el estudio de la amenaza de la guerra nuclear al problema de la intervención militar y otras formas de violencia directa, represión e injusticia; así como la búsqueda de alternativas para influir en la transformación de sistemas políticos, como sanciones no-violentas, defensa no-ofensiva o métodos de resolución de conflictos. Autores como Gene Sharp, desde la noviolencia; Betty Reardon y Birgit Brock-Utne, desde el feminismo; y los esposos Boulding desde los estudios del poder ayudaron a consolidar las bases teóricas del conocimiento de la paz en esta etapa.

La década de los ochenta también contempló la aparición o consolidación de ONGs como Acción Internacional contra el Hambre, Ayuda Médica Internacional, Intermón y Manos Unidas, entre otras. Algunas de ellas, de procedencia católica, habían surgido ya en los años cincuenta y sesenta inspiradas en la Encíclica Populorum Progressio de Pablo VI y en el giro que Juan XXIII y el Congreso Vaticano II confirieron a la Iglesia Católica (Baiges 1996). Respecto al movimiento pacifista en su manifestación de campañas, organizaciones y movilizaciones antinucleares, los ochenta sembraron importantes semillas de gran influencia para el pacifismo posterior. Así, una vez consolidadas las revoluciones de 1989, muchos de aquellos que habían tomado parte en el diálogo ciudadano abierto por el END decidieron formar una organización permanente que tuviese el objetivo de promover un movimiento de toda la sociedad civil europea por la paz, la democracia y los derechos humanos. Como resultado de lo anterior, se fundó en Praga la Asamblea de Ciudadanos de Helsinki (ACH) en Octubre de 1990, en un encuentro en el que más de mil representantes de países de toda Europa pudieron reunirse por primera vez en cincuenta años sin restricciones de ningún tipo. Desde entonces, la organización ha ido creciendo hasta contar con presencia permanente en más de cuarenta países, mostrándose especialmente activa en áreas de conflicto como Turquía, la antigua URSS y la ex Yugoslavia.

En las distintas etapas de la crisis de los Balcanes, resulta muy interesante constatar que los únicos que mantuvieron su credibilidad intacta fueron el conjunto de individuos y organizaciones que -siendo en casi todos los casos herederos del pacifismo de la década anterior, y guardando cierto paralelismo con los movimientos pacifistas independientes de ambos bloques durante la Guerra Fría-, rechazaron cualquier compromiso con los nacionalistas violentos, trataron en todo momento de promover la convivencia interétnica, y mostraron una intachable actitud frente a la desastrosa gestión de la comunidad internacional. Claros ejemplos en este sentido fueron su labor en las ciudades de Tuzla y Sarajevo, donde los distintos grupos nacionales supieron mantenerse unidos; la presión a la ONU para el establecimiento de zonas seguras y corredores humanitarios; o la presión para que se aprobase un Tribunal Penal ad hoc y un Comisionado Especial sobre la situación de los Derechos humanos en el antiguo territorio de Yugoslavia, labor que realizaron, en distintos momentos, Jiri Dienstbier y Tadeus Mazowiecki, personalidades muy cercanas al pacifismo y al END en la década de los ochenta. Todo ello contó con el apoyo y constante presencia de la ACH (ACH 1992 y Nowak 2000). Su actuación destacó por su activa, comprometida e independiente labor por los derechos humanos, lo que les originó no pocos problemas (incluyendo la dimisión de Mazowiecki como Comisionado) debido al contraste y tensiones de su trabajo respecto a la permisividad frente al comercio de armas; los acuerdos con grupos nacionalistas violentos, y la lentitud y torpeza en los tardíos planes Vance-Owen o el finalmente aprobado en Dayton, que caracterizaron la tarea de la comunidad internacional oficial.

La ACH, que estableció su sede en Praga, se mantuvo fiel a su nuevo rol de promotor de la paz, los derechos humanos y la solidaridad dentro de otros escenarios de guerra como Chechenia, Azerbaiyán, Kurdistán, Palestina-Israel, Pakistán-India y Argelia, y colaborando con minorías marginadas como los gitanos centroeuropeos. En todos aquellos casos, la comunidad internacional, había dejado indefensos a miles de civiles víctimas de los conflictos, al igual que frente a los ultranacionalistas serbios y croatas, con su inicial política de no intervención, (Mendiluce 1999 y Art 1997). En las áreas donde trabaja, la ACH ha apoyado a organizaciones locales ayudando en procesos de reconstrucción post-bélicas (creando y dotando bibliotecas, fomentando donaciones de materiales a zonas necesitadas, etc.), llevando a cabo misiones de protección de civiles y organizando congresos y cursos para el fomento de los derechos humanos. La ACH fundamenta sus esfuerzos de educación en derechos humanos en la promoción de diálogos y debates, de la escucha al otro, de la teoría y práctica de la noviolencia, de talleres creativos, del desarrollo de proyectos por la paz y convivencia en la tolerancia, y de la lucha contra los prejuicios y los estereotipos. En todos los casos, se orientan estas actividades de formación con el objetivo de que sus beneficiarios puedan realizar un efecto multiplicador de sus experiencias y conocimientos.

Así, tras pasar la "prueba de fuego" en la década de los ochenta, y perfeccionando los métodos de acción y conciliación desarrollados entonces, la ACH optaría por un nuevo pacifismo geopolítico frente a la indeferencia de la comunidad internacional frente a situaciones de gran violencia, siendo sus grandes desafíos los nacionalismos, las guerras por motivos económicos alimentadas por el neoliberalismo, y el imperialismo estadounidense, más agresivo tras los atentados contra el World Trade Centre el 11 de Septiembre de 2001 (Belge 2000).

Por su parte, el CND nunca dejó de trabajar muy activamente en Gran Bretaña, aún después de la caída del Muro de Berlín. Desde 1990 ha continuado organizando la marcha anual desde Londres a la base militar de Aldermaston, y ha perseverado en sus campañas contra los misiles Trident, la pertenencia británica a la OTAN, el comercio de plutonio y los planes estadounidenses de recuperar la Iniciativa de Defensa Estratégica, popularmente conocida como Guerra de las Galaxias2 . Su éxito más destacado, desde el final de la Guerra Fría, fue su capacidad de convocatoria en oposición a la intervención militar en Irak en 2003, que contaba con el apoyo incondicional del primer ministro Tony Blair. El CND volvió con fuerza a la actualidad informativa no sólo por reunir en las calles (otra vez) a cientos de miles de ciudadanos contra la guerra sino porque, además, con gran imaginación, cursó una demanda en los tribunales británicos contra el gobierno por forzar una guerra ilegal en Irak3 . El CND alegaba que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas debía aprobar específicamente una intervención bélica contra el régimen de Saddam Hussein antes de que Gran Bretaña participase en aquella campaña militar. La denuncia fue cursada contra el Primer Ministro Tony Blair, el Ministro de Asuntos Exteriores Jack Straw y el Ministro de Defensa, Geoff Hoon. El CND afirmó no dudar de la buena fe del gobierno, pero, a la vez, que era de gran interés público el que existiera la certeza de la legalidad de la guerra bajo garantías jurídicas según el derecho internacional, antes de embarcar al país en las hostilidades.

El caso haría historia en los tribunales cuando no sólo se aceptó la demanda, sino que los jueces establecieron un límite de 25.000 libras a los costes legales que el proceso podía originar al CND si perdía, debido a la excepcional naturaleza del caso, algo nunca visto antes4 . Finalmente, los tres jueces designados se declararon no competentes para interpretar el significado exacto de la resolución 1.441 de la ONU, que nunca había sido incorporada a la legislación nacional, y a la que se aferraban el gobierno y, especialmente, sus aliados estadounidenses5 . La decisión de los jueces no admitía ningún tipo de recurso o apelación6 .

Los hechos, como hizo notar el CND mediante su presidenta Carol Naughton, eran que Irak no había atacado al Reino Unido ni a ninguno de sus aliados; nada hacía pensar que ello fuera a producirse inminentemente y que la única forma de evitarlo fuese una acción militar inmediata; y el Consejo de Seguridad de la OTAN no había autorizado explícitamente el uso de la fuerza, por lo que la legalidad de la invasión a Irak parecía injustificable desde el prisma del derecho internacional. El juez Lord Simon Brown, que junto a sus colegas los magistrados Kay y Richards examinaron el caso, afirmó que se trataba de una demanda "novedosa y ambiciosa", siendo la primera vez que un gobierno británico se enfrentaba a un desafío legal sobre su capacidad para declarar la guerra. El proceso profundizó aún más el debate público y político -el ministro de exteriores Robin Cook dimitió y 44 parlamentarios laboristas votaron contra la intervención militar- que cuestionaba la guerra y la legitimidad de ésta como medio de solucionar conflictos, controversia muy viva en aquellos días tanto en Gran Bretaña como en general en la comunidad internacional.

Así, contra la opinión de la mayoría de los medios de comunicación y de sus líderes políticos, el debate suscitado por el movimiento pacifista haría que una creciente proporción de la opinión pública británica fuese percibiendo en los meses sucesivos que aquella guerra, de dudosa legitimidad, no gozaba de respaldo legal alguno. En el resto de países de la OTAN la evolución de la percepción ciudadana de aquella guerra seguiría un camino paralelo.

Aparte de estas formas de pervivencia directa de los grupos pacifistas antinucleares de la década de los ochenta, simbolizados por el CND y el END a través de la ACH, ellos fueron el principal vivero de otras organizaciones y campañas que continúan trabajando y extendiendo el movimiento pacifista. Entre ellas cabe destacar: (a) "http://www.j-n-v.org/" Active Resistance to the Roots of War (Resistencia Activa contra las Raíces de la Guerra), grupo de acción directa noviolenta fundado en 19907 ; (b) Campaing Against Arms Trade (Campaña contra el Comercio de Armas), que trabaja por la disminución y eliminación del comercio de armas como negocio como paso hacia la desmilitarización internacional8 ; (c) Campaing for the Accountability of the American Bases (Campaña por el control de las Bases estadounidenses), que aboga por el control de las bases militares estadounidenses en el Reino Unido, en las cuales existen armas de destrucción masiva pero no hay información ni control público conocidos, siendo su estatus legal muy difuso, ya que el secretismo que las rodea permite violar fácilmente las leyes británicas sin posibilidad de conocer los hechos-;9 y (d) Labour Against the War (Laborismo contra la Guerra), que reúne a miembros del Partido Laborista y a sindicalistas que se oponen a las diversas campañas militares efectuadas tras el 11 de Septiembre de 2001 en una "guerra contra el terrorismo" que, considera, oculta otros intereses.10

Puede agregarse a estas organizaciones otras más antiguas como OXFAM (1942); la cuáquera Peace and Change11 , de la Sociedad de Amigos (que trabaja desde el siglo XVII); Peace Pledge Union (1934)12 ; Network for Peace13 , heredera de la centenaria National Peace Council (1908)14 ; y War on Want (1952)15 , desde donde se sostiene que la única guerra que debe librarse es contra la pobreza. Todas ellas, a quienes ya nos referimos en el capítulo segundo de este trabajo, también nutrieron sus bases de miembros, colaboradores y simpatizantes procedentes del pacifismo antinuclear durante la Guerra Fría (Welling Hall 1984: 12-31).

Asimismo, ONGs como Amnistía Internacional (fundada en 1961) y Human Rights Watch (fundada en 1988) -las más destacadas organizaciones del mundo por los derechos humanos, y las cuales en sus inicios trabajaban a favor de unos derechos humanos muy concretos contenidos en el derecho internacional-, han estrechado progresivamente sus vínculos con el movimiento pacifista, extendiendo sus labores a favor de la paz. Así, en consonancia con el movimiento pacifista, han ido más allá de la violencia directa para reivindicar una paz positiva integral, Amnistía Internacional ha ampliado expresamente su mandato no sólo contra la tortura y la existencia de presos de conciencia, sino contra la discriminación, los niños soldado, el tráfico de armas, la falta de acceso a educación, etc. 16 . Por otra parte, Human Rights Watch también ha extendido su mandato a combatir el tráfico de armas y, desde las guerras en Kosovo y Chechenia (ambas en 1999) a denunciar las causas de las guerras y las respuestas por parte de la comunidad internacional17 .

Lo anterior se enmarca en un proceso de evolución en el que las alternativas del movimiento pacifista van más allá de las simples transformaciones puntuales, debido a la convicción de que es necesario construir nuevas maneras de cultivar las relaciones humanas. Para ello, se plantea la construcción de nuevas culturas para la paz que promuevan diálogos culturales y permitan analizar las raíces de las relaciones humanas basadas en la violencia, la guerra, la marginación y la exclusión como si fueran naturales e inevitables.

De la aparente crisis del pacifismo a la superpotencia de la paz

El movimiento pacifista se mostró activo, pero dubitativo y muy limitado en muchas de sus iniciativas tras la caída del muro de Berlín, la Guerra del Golfo de 1991 y la de Kosovo en 1999. Por ejemplo, su apoyo mostrado a las funciones diplomáticas de la ONU fue siempre muy restringido y, en todo caso, aunque la opinión pública se mostró descontenta con unas acciones militares escandalosamente manipuladas por los medios de comunicación mayoritarios y de dudosa racionalidad y objetivos, el movimiento pacifista nunca consiguió movilizar las masas ciudadanas de la década de los sesenta y especialmente de los ochenta. Todo ello hizo que se cuestionara si una conciencia pacifista realmente había calado y pervivido entre la población occidental, cuya herencia muchos parecieron dar por muerta18 .

Sin embargo, aquellos análisis tan pesimistas respecto al impacto del pacifismo en la ciudadanía internacional fueron desmentidos en 2003. Ese año, a propósito de la invasión estadounidense de Irak, tuvieron lugar unas 600 manifestaciones en el mundo el domingo 16 de febrero, en las que participaron unos 30 millones de personas, destacando las 400.000 de Nueva York, quienes desafiaron una orden judicial que prohibía la marcha; las 500.000 de Londres, recordando los años dorados del CND19 ; las 250.000 de Sydney, en la mayor concentración de la historia de Australia; las 500.000 de Berlín, donde se contó con la participación de tres ministros que desafiaron los deseos expresos del Canciller Schöeder; Italia, donde hubo un fuerte debate sobre el número de participantes de la manifestación pacifista de Roma: de los tres millones que afirmaban los participantes hasta los 650.000 reconocidos por las fuerzas policiales que admitieron su incapacidad para realizar estimaciones válidas; y España, que fue uno de los países donde más destacaron las protestas contra la guerra, estimándose un millón de participantes tanto en Madrid como en Barcelona para aproximadamente 3 millones y medio de manifestantes en todo el país, donde el "No a la guerra" se convirtió en uno de los lemas más populares y visibles en multitud de espacios durante un año (Chrisafis A., Fickling. D. y Henley, J. et alli 2003).

Respecto de dichas manifestaciones contra la guerra en 2003, resulta fundamental observar la evolución y madurez de la conciencia ciudadana por la paz respecto a los precedentes de la segunda mitad del siglo XX. A diferencia de las multitudinarias marchas antinucleares de los sesenta y los ochenta, no existía ningún tipo de amenaza directa para los manifestantes, a diferencia de décadas anteriores donde temían ser víctimas directas de una guerra nuclear total que veían posible. Mientras en las protestas contra la guerra en Vietnam que despertó una gran corriente pacifista entre la ciudadanía, la principal motivación de los manifestantes era el temor a perder la vida de jóvenes compatriotas en una guerra incierta, en 2003 primaba la solidaridad con las previsibles víctimas iraquíes, el rechazo a lo que percibían como política unilateral y neoimperialista estadounidense y, por último, expresar el deseo de que se abordara por medios pacíficos el publicitado choque de civilizaciones, reavivado tras el 11 de septiembre de 2001.

Más allá del hecho de que nunca antes en la historia un número tan elevado de personas se hubiera manifestado simultáneamente por la paz como aquel 16 de febrero, cabe destacar que tanto en las pancartas presentes en las manifestaciones como en la publicidad y comunicados distribuidos por los cientos de organizaciones que participaron en aquella campaña de protesta, no se trató sólo de una denuncia de gran parte de la sociedad contra dicha guerra, sino contra la propia idea de la guerra como mecanismo válido para resolver conflictos, contra la falta de democracia que significó la manipulación informativa que trataba de justificar el conflicto armado -las encuestas de España y Reino Unido, países que apoyaron incondicionalmente la invasión, mostraron un rechazo ciudadano a la invasión de Irak abrumador-, y contra el dominio de las fuentes petrolíferas iraquíes por parte de potencias extranjeras.

En definitiva, sería de ilusos sostener que aquella firme toma de postura de millones de ciudadanos en todo el mundo, desafiando a gobiernos y medios de comunicación de masas, tuvo lugar en el vacío y fue espontánea. Es el movimiento pacifista, como parte protagonista de esa revolución silenciosa que Inglehart afirma está teniendo lugar, el que ha contribuido lenta pero notablemente en la formación de una mucho mayor conciencia social de denuncia y crítica de las lacras y causas que motivan los conflictos y la violencia –más allá de las simples guerras-, que implican cuestiones de violencia estructural: subdesarrollo, hambre, pandemias, armamentismo, imperialismo, miseria, dependencia, manipulación informativa, etc. Uno de los grandes logros del pacifismo de las décadas de los sesenta y ochenta, ha sido la influencia alcanzada en la cultura y mentalidad ciudadanas contemporáneas, pues como podemos observar en perspectiva, representaron un importante avance en una tendencia de larga y compleja trayectoria de concienciación y acción ciudadanas por la paz. De este vasto fermento han resurgido viejos valores históricos europeos fundamentados en la tolerancia, la justicia y las libertades, y han prosperado nuevos valores internacionalistas enmarcados en la cultura de los derechos humanos, la paz y la ciudadanía universal (López 2003: 289-309). Para valorarlo en su justa medida, resulta fundamental tener en cuenta que el movimiento pacifista no es una herramienta política orientada a forzar acontecimientos a corto plazo, aunque no se renuncie, obviamente, a esa posibilidad. Más bien, es un método de acción a largo plazo fundamentado en principios éticos. Desde la caída del muro de Berlín, los esfuerzos de la sociedad civil por la paz en Europa y en el mundo presentan resultados ambivalentes, pero sin duda han enriquecido el contenido político de la idea de paz no sólo como ausencia de violencia directa, sino como justicia social, igualdad de género, democracia, derecho a un medio ambiente sano, etc.; y han demostrado que la sociedad civil puede convertirse en un actor de relevancia en el devenir de la historia.

Por tanto, contrariamente a la percepción de numerosos analistas, periodistas e intelectuales que consideraron que el movimiento pacifista había entrado en una crisis casi terminal después de 1989, lo cierto es que encontramos un hecho incontestable: nunca antes ha habido un número tan elevado de ciudadanos que, de una u otra forma, dediquen parte de su tiempo y recursos al movimiento pacifista en cualquiera de sus múltiples variables como a comienzos del siglo XXI. Esto ha contribuido notablemente a la gradual conformación de una urdiembre que, beneficiada por el acceso a las modernas tecnologías de información y comunicación, facilita nuevas dimensiones y posibilidades para los actores sociales que apuestan por formas más racionales y éticas de acción mediante el fomento de la cultura de paz; las actividades de consulta y vigilancia de escenarios de reconstrucción de paz en antiguas zonas de conflicto armado; la militancia en organizaciones por la paz; la prestación de servicios de voluntariado; la ayuda a la financiación de ONGs solidarias; etc. En este sentido prospectivo, lejos de las opiniones más agoreras respecto al presente y futuro del pacifismo, los autores más optimistas llegan a hablar de la existencia de una superpotencia de la paz (Wasserman 2003 y Cortright 2004).

Organizaciones como Cruz Roja Internacional, Voluntarios de Naciones Unidas, Amnistía Internacional, Human Rights Watch, la Asociación de Organizaciones de Servicio Voluntario (AVSO), Acción Sin Fronteras, Balkan Sunflowers, Global Volunteers, International Medical Volunteers Association, International Conference Volunteers, Volunteers for Peace (VFP), Volontariat International, y NIG ("Nordeutsche Jugend im internationalen Gemeinschaftsdienst"), entre otros, han incorporado a millones de ciudadanos en sus programas en todo el mundo. Esta realidad nace del compromiso de una parte muy importante de la sociedad civil que siente la necesidad de implicarse activamente apoyando programas concretos, con frecuencia en acciones "micro", pero colaborando desde sus posibilidades y ámbito de acción en la construcción de una sociedad más pacífica y solidaria.

De este modo, podemos observar dos hechos. Por una parte, que los derechos humanos cada vez se identifican más con la justicia social, equivalente a la paz positiva por la que ha ido abogando, progresivamente, el movimiento pacifista a través de la historia. Por otra parte, la concepción del ser humano como agente histórico con libertad y competencia suficientes para ejercer un impacto significativo en la evolución de la política, la sociedad y el pensamiento mediante su acción consciente. Ello revela la transformación del pensamiento de una gran parte de la sociedad en una dirección en la que cada vez más ciudadanos trabajan activamente por la paz y los derechos humanos con unos objetivos mejor definidos.

La nueva cara del movimiento pacifista

Sin renunciar a las movilizaciones masivas que caracterizaron al pacifismo antinuclear de los sesenta y los ochenta -como se comprobó en 2003 a propósito de la invasión de Irak-, puede apreciarse cómo el movimiento pacifista actual, con la amplia agenda de sensibilidades e ideas que implica, ha evolucionado y ha potenciado su eficacia después de la caída del muro de Berlín.

Una cuestión muy importante respecto al movimiento pacifista posterior a la Guerra Fría ha sido la disminución de la membresía en las organizaciones más destacadas del pacifismo antinuclear, a menudo identificado erróneamente, como ya hemos comentado, con el movimiento pacifista. Así, casos como la desaparición del END y la fortísima disminución de la importancia del CND evidenció, a ojos de muchos analistas -algunos de ellos incluso simpatizantes del movimiento pacifista-, una evidente decadencia del mismo. Sin embargo, un análisis y seguimiento más profundos de su evolución demuestra que el declive de la militancia masiva en organizaciones característica desde finales de la década de los ochenta no implica necesariamente la existencia una crisis del movimiento social pacifista. Más bien, el hecho refleja una crisis de las formas de organización tradicionales. Y es que, a la vez que ha ido descendiendo el número de miembros oficiales de las agrupaciones estrictamente pacifistas, han proliferado los grupos de ayuda mutua, las organizaciones humanitarias, los proyectos solidarios, etc., especialmente mediante ONGs. Si bien los ciclos de protesta reviven en gran medida a las organizaciones de masas (éste es el caso del CND en 2003 contra la guerra en Irak), éstas pronto demuestran su inestabilidad, fraccionándose de nuevo su membresía en múltiples direcciones, aunque sin abandonar su vocación solidaria y pacifista. De hecho, se ha hecho frecuente el alejamiento del impulso pacifista de la acción política en beneficio de formas de acción social de mayor participación directa buscando, además, el desarrollo individual de los activistas.

Estos grupos y actividades, si bien no están directamente orientados a la movilización social (de hecho, se perciben frecuentemente como alternativa a ella), sí que mantienen un sólido consenso acerca de los valores característicos del movimiento pacifista, a la vez que facilitan servicios y oportunidades para el desarrollo de los menos favorecidos y para combatir la violencia en todas sus formas. Por todo ello, quienes buscaban modos organizativos pacifistas tradicionales "puros" han observado una crisis terminal en el movimiento pacifista (Tarrow 1997: 205-206). Aquéllos, pese a su menor importancia relativa, se mantienen como fuente de experiencia y conocimiento, medio de difundir y centralizar información, y foro de diálogo y comunicación para simpatizantes y para grupos militantes menores incapaces de un alto desarrollo organizativo propio, siendo el CND un claro ejemplo en este sentido. Sobre todo en las etapas intermedias entre ciclos de protesta, ayudan a mantener vivos los objetivos y temas sobre los que trabajan y aportan sus saberes y recursos a sus amigos.

En un creciente número de países, organizaciones similares por su modesto tamaño y bajo coste de mantenimiento, pero altamente profesionalizadas, caracterizan a los componentes de las redes transnacionales de los movimientos sociales de comienzos del siglo XXI. Los trabajos de Margaret Keck y Kathryn Sikknik muestran el perfil característico de estas organizaciones: centran su labor en alguna cuestión concreta, sean los derechos humanos, la protección del medio ambiente, la oposición al tráfico de armas, los derechos de las mujeres o los de los pueblos indígenas. Su nivel organizativo es endeble, pero sus acciones y capacidad de convocatoria pueden resultar tremendamente efectivas en campañas específicas debido a sus vínculos con donantes, fundaciones y otros grupos activistas que puedan prestarles su apoyo (Keck y Sikknik 1998).

De este modo, parece estar surgiendo un modelo organizativo común a los movimientos sociales a nivel internacional, resultante de la combinación entre pequeños líderes profesionales, amplias redes de simpatizantes no permanentemente activos y redes transnacionales solidarias. Los miembros de estas organizaciones pueden comunicarse a bajo coste por correo, fax o e-mail; participan de acciones masivas aunque poco habituales; difunden información sobre algunas actividades de los demás grupos; y realizan puntualmente actividades de solidaridad con la lucha paralela de organizaciones ajenas como charlas, minutos de silencio, mesas redondas, etc. El prototipo de este modelo es Greenpeace, que afirma incluir a millones de miembros, pero en realidad la mayoría se limita a realizar una aportación económica y la ONG depende de un limitado número de militantes profesionales, con la ayuda de voluntarios, en algunas ocasiones, para desarrollar sus llamativas acciones.

Para subsanar los problemas originados por la lógica dificultad de contar con amplias redes de apoyo ciudadano sin construir una gran organización, varios movimientos sociales han desarrollado franquicias en forma de organizaciones locales a menudo preexistentes. Éstas continúan siendo independientes, pero utilizan el nombre de la organización nacional o internacional, recibiendo además su publicidad y algunos materiales a cambio de contribuciones económicas y cooperación en campañas conjuntas (McCarthy y Wolfson 1991: 273-297). El sistema de franquicias permite a pequeñas organizaciones nodriza coordinar las actividades de una base muy amplia sin agotar sus a menudo escasos recursos en mantener las estructuras formales características de grandes organizaciones de masas al modo de los partidos políticos. Precisamente un ejemplo de éxito espectacular de las franquicias fue el modelo auspiciado por el CND en Gran Bretaña en la década de los ochenta (Maguire 1990).

Aparte de las franquicias, los movimientos sociales actuales en general, y el movimiento pacifista en particular, se apoyan en los recursos de organizaciones y asociaciones aliadas no orientadas, en principio, hacia la acción colectiva. Esto les permite tanto usar sus más estables infraestructuras y movilizar, por períodos breves, a ciudadanos no interesados en un activismo permanente. El papel de las iglesias en las campañas pacifistas antinucleares holandesas de la década de los ochenta, o en el Sur de los EEUU en la década de los sesenta durante las campañas por los derechos civiles son un claro ejemplo de cómo un movimiento puede acceder a los recursos de grandes instituciones no activistas, tendencia que ha continuado su desarrollo de forma constante hasta la actualidad (Klandermans 1997).

En fin, puede observase una evolución en el movimiento pacifista hacia formas de trabajo más democráticas, flexibles, conocedoras y experimentadas, así como generadoras de redes de conexión informativa, solidaria, etc., por lo que pueden divulgar más y mejor información, llegar con mayor prontitud a zonas necesitadas, y actuar con cada vez más eficacia.

La gran debilidad de este tipo de movimientos sociales es su falta de una base social permanentemente activa. Ello contribuye a explicar su acercamiento a grupos y organizaciones simpatizantes que ayuden a movilizar a gran cantidad de personas en momentos concretos para apoyar alguna causa determinada. El movimiento pacifista antinuclear desarrolló y perfeccionó esta técnica de campañas en coalición con gran éxito, empezando a ensayarla antes de la década de los sesenta debido a su debilidad numérica (Kleidman 1992). En la década de los setenta, tanto en Europa como en los Estados Unidos, la mayoría de las campañas eran federaciones de organizaciones preexistentes más pequeñas, unidas para beneficiarse con este modo de nuevas posibilidades de movilización, algo que alcanzaría su máxima expresión a finales de la década de los ochenta en el movimiento Freeze estadounidense (Rochon y Meyer 1997). En todos los casos se organizaban actividades conjuntas en las que, no obstante, cada grupo podía expresar sus intereses particulares, no sintiéndose perdido entre una multitud ni limitado por directrices severas. Al finalizar la campaña o la actividad, no quedaba ninguna organización sólida con carácter permanente. Lo informal de las alianzas y lo esporádico de sus grandes actividades de protesta conjuntas explica que, por una parte, el movimiento parezca invisible por períodos de tiempo más o menos largos, a la espera de que la estructura de oportunidad política sea propicia y, por otra parte, que las redes sociales estén permanentemente abiertas y con posibilidad de ensanchar sus bases de apoyo entre cada vez más grupos sin una exigencia inmediata de activismo (Diani, 1995). Esta práctica se hizo tan común que Jürgen Gerhards y Dieter Rucht acuñaron el término mesomovilización para describirla (Gerhards y Rucht 1992: 555-595).

Puede afirmarse, por tanto, que el movimiento pacifista ha adaptado sus formas a los cambios experimentados por el conjunto de la sociedad mediante el desarrollo de redes activistas más descentralizadas, capaces, no obstante, de organizar coaliciones en campañas concretas y exigir determinadas actuaciones por parte de las autoridades. Curiosamente, pese a abogar por una ideología favorable a la espontaneidad en sus movilizaciones y por una política más centrada en el trabajo de campo, el núcleo de estas organizaciones suele estar altamente profesionalizado. No son partidos de masas ni estructuras burocráticas de movilización social, pero forman una tupida red de grupos capaces de unirse en campañas concretas movilizando a un número de ciudadanos esporádicamente activos aún mayor. Además, respecto a sus predecesores más convencionales en el terreno de los movimientos sociales, estas organizaciones cuentan con muchos más recursos, disfrutan de un acceso más fácil a medios de comunicación (no en vano, internet es una de sus principales herramientas), una capacidad de movilidad geográfica más rápida y económica, mayor interacción cultural, y más capacidad de convocatoria y trabajo en equipo entre organizaciones afines. De este modo, desde la sociedad civil global se ha roto en gran medida el trinomio Estado-nación-seguridad-soberanía y se plantea incluso una nueva relación con la Tierra.

Considerando la nueva orientación del pacifismo como movimiento social, el declive de las organizaciones y movilizaciones de masas tradicionales más centralizadas ha supuesto un beneficio, más que un coste, para el movimiento pacifista en su conjunto. Es, por tanto, comprensible que tras la aparente quietud de la década de los noventa, el movimiento pacifista resurgiera de forma tan llamativa en 2003 contra la invasión de Irak: la inactividad era sólo aparente, y la tupida red de organizaciones pacifistas, que nunca había dejado de trabajar, encontró un punto de confluencia que las hizo muy visibles al gran público, alcanzando cifras desconocidas de participación y apoyo ciudadanos.

En su evolución desde 1989, pues, el movimiento pacifista ha venido derivando hacia nuevas expresiones y formas organizativas, trascendiendo, además, el ámbito de la oposición a la violencia directa que en su momento protagonizó y simbolizó el pacifismo antinuclear, y reforzándose otras manifestaciones del movimiento ya existentes y surgiendo otras nuevas, de carácter preventivo y humanitario, que las hizo cualitativamente más evolucionadas. Esto ayuda a explicar el aumento de activistas y colaboradores en el movimiento pacifista a lo largo de los noventa y en los primeros años del siglo XXI.

En este sentido, cabe mencionar la expansión del voluntariado, en el que ciudadanos corrientes dedican parte de su tiempo y recursos a realizar labores solidarias. El trabajo voluntario permite colaborar a muchos niveles y no exige ningún tipo de adhesión ideológica. Muchos de los programas de ayuda contra el hambre, de vacunaciones masivas, de ayuda al desarrollo, de políticas para la igualdad de las mujeres, de apoyo a refugiados y desplazados, etc., serían imposibles de realizar sin el respaldo humano y material de los voluntarios que trabajan para ONGs. Otro tanto sucede con los activistas y voluntarios que trabajan en el terreno de la enseñanza y la cultura de paz, para su difusión y cimentación (UNESCO 1996). Este nuevo y numeroso voluntariado, extendido por todo el mundo, y las organizaciones alrededor de las que se agrupan, como Peace Corps, Protección Civil, voluntarios de Naciones Unidas, etc. van en general mejorando sensiblemente la calidad de su trabajo mediante acciones de formación, capacitación, y especialización de personal para adecuarlo a necesidades concretas en una labor constante y comprometida.

Otra destacada manifestación del movimiento pacifista que ha conocido un gran desarrollo tras la Guerra Fría es el intervencionismo humanitario, una forma muy efectiva de acción directa en los lugares donde se producen conflictos armados. La acción humanitaria tiene sus precedentes en la caridad cristiana de las órdenes monásticas medievales; en la mezcla de monjes y soldados (la espada y la cruz) de las órdenes hospitalarias; en la secularización de esas labores en el humanitarismo ilustrado; y en la misión "civilizadora" de la colonización y el desarrollo de la medicina colonial (Ferré 1997). Más tarde, en el siglo XIX destacaron Florence Nightingale y, finalmente, Henry Dunant (fundador de Cruz Roja en 1863) y la convención de Ginebra de 1864. Las dos Guerras Mundiales y los totalitarismos nazi y soviético darían pie al apogeo de la Cruz Roja y la Media Luna Roja. Entre 1934 y 1945 surgieron en Estados Unidoos las primeras organizaciones humanitarias privadas que más tarde se denominarán Organizaciones No Gubernamentales (ONGs), para distinguirlas de las gubernamentales y de las intergubernamentales de ONU. En 1942 se creó en Europa el Oxford Famine Relief Committee o Comité para el Alivio de la Hambruna (OXFAM) para socorrer a la población griega de la hambruna que sufría. El tipo de intervencionismo humanitario que llevaban a cabo expresaba la manera occidental, moderna, blanca y masculina de entender la ciencia y la sociedad, siendo heredera de la noción de "objetividad," defendiendo la neutralidad e independencia en sus actuaciones, respetando la soberanía de los Estados-nación y no comprometidos más allá de sus labores paliativas (Almansa 1999 y Médicos sin fronteras 1999).

Organizaciones como Cruz Roja, Médicos sin Fronteras y OXFAM, con su labor de ayuda en situaciones de emergencia humanitaria, han venido ejerciendo un papel de enorme utilidad social en escenarios donde los Estados y la comunidad internacional oficial han sido incapaces de auxiliar a civiles víctimas de desplazamientos, epidemias, hambrunas, etc. ....

http://www.revistapolis.cl/14/ruiz.htm

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  • Un encuentro entre pacifistas y no violentos

    6 de agosto de 2010 18:53, por Neo

    Aprovechando este muy buen trabajo sobre el movimiento pacifista, querría dar a conocer que hace pocos años, la ONU declaró el 2 de octubre (dia del nacimiento de Mahatma Gandhi) como Dia internacional de la No-violencia.

    La Comunidad para el desarrollo humano, anima e invita en ese dia 2 de octubre, a todas las organizaciones y personas interesadas, a un encuentro amplio y vigoroso, un foro festivo y diverso, con la fuerza de la diversidad y de la moral que nos anima a rechazar la violencia de la guerra y a cambiar esta realidad violenta que nos imponen.

    Con ese interes, con el recuerdo de los antepasados que nos precedieron en la lucha, con el deseo de expandir y fortalecer nuestros movimientos, me permito invitar a ese encuentro del 2 de octubre.

    Interesados en ello, contactar con

    Angel Pascual
    telf: 606096682

    apascual2001@hotmail.com

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