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El fin de la paciencia

Jueves.2 de agosto de 2018 133 visitas Sin comentarios
El independiernte. #TITRE

Marta García Allermarta

La llamada no puede ser más inoportuna. Cuando Amparo Lasén descuelga el teléfono para la entrevista concertada con El Independiente, está en casa en medio de una bronca con su hijo adolescente. “Me pillas regular”, contesta educadamente esta profesora de Sociología de la Universidad Complutense, experta en cómo nos está cambiando la era digital.

Lasén lleva estudiando el impacto de los móviles en nuestra vida cotidiana desde los primeros Nokia, y al preguntarle si los smartphones están acabando con la paciencia, ve en la discusión que estaba teniendo con su hijo el mejor ejemplo: “Se enfadó porque porque me dejé el móvil en casa y llevaba dos horas queriendo localizarme… ¡Y cree que le debo una disculpa!”, explica la experta. “Hemos adquirido la costumbre de estar permanentemente accesibles y nos parece insoportable tener que esperar una respuesta de alguien que no está temporalmente localizable”.

Nos parece insoportable tener que esperar una respuesta de alguien que no está temporalmente localizable”

La dependencia al móvil no es el único síntoma de que la capacidad de espera ha ido decreciendo estrepitosamente en la última década, desde que llevamos un smartphone en el bolsillo. No hay más que ver la moda de escuchar los podcast y las series al doble de su velocidad real (entre 1,5x y 2x) para acabarlos más rápido. Buzzfeed bautizaba como podfasters a estos usuarios que usan apps como Rightspeed para deglutir audiolibros a mayor velocidad de la normal.

En realidad, el tiempo como algo aprovechable es un concepto relativamente reciente. Fue la modernidad la que hace un par de siglos nos dio la conciencia del tiempo actual. “Antes de la industrialización, el tiempo no se percibía como algo intercambiable por dinero”, explica Francesc Núñez, director del Máster en Humanidades de la UOC. “Antes del capitalismo, en el tiempo se estaba, pero no era algo que se pudiera perder o acaparar. No era visto como un producto que pudieras malgastar. Por delante tenías la eternidad; en la concepción religiosa de la vida la Tierra era solo un tránsito”.

Desde la llegada de la producción en serie, la llegada del ferrocarril y el telégrafo, el tiempo se hizo crucial medirlo. Y si estas tecnologías tuvieron un papel esencial en nuestra forma de entender cómo aprovechar el tiempo, la vida conectada nos está grabando una nueva forma de entenderlo. “Internet ha explosionado la manera de vivir el tiempo”, afirma Núñez. “Parece que con Google y las redes sociales se pueda trascender la idea del espacio y el tiempo. Cualquier acción la puedes realizar en cualquier momento y se nos olvida que no lo controlamos”. Y añade: “Ingenuamente nos estamos creyendo como los dioses que vivían por encima del espacio y el tiempo. Tratamos de aprovecharlo tanto que tenemos la sensación de no poder con todo. Nos exigimos mucho más de lo razonable vivir para un día en una vida humana”.

Netflix también agobia

Con el móvil conectado a internet podemos hacer más cosas que nunca a la vez. Escuchar música al tiempo que elegir una serie, comentar la foto de unos amigos y reenviar un chiste por Whatsapp. “Se ha multiplicado enormemente nuestra relación con el entorno para hacer cosas, pero tanta inmediatez lleva el riesgo de la insatisfacción constante”, afirma Núñez.

“El subidón que la gente tiene con los likes tiene mucho de neuroquímica”, comenta Jordi Vallverdú, profesor del Departamento de Filosofía de la Universitat Autónoma de Barcelona (UAB). “En las redes sociales somos los ratoncitos que dan vueltas buscando recompensa. Seguimos el impulso de satisfacer una necesidad innata a través del móvil, con cada like nos sube la dopamina y nos crea una dependencia”.

Vallverdú, experto en Filosofía de la Computación y Cognitiva, explica que a medida que nuestra vida digital se ha ido haciendo relevante en nuestras relaciones sociales, con la interconexión va desapareciendo también la percepción del espacio y el tiempo. “Facebook no se acaba nunca, siempre está pasando algo. Y si como yo trabajas con equipos de varios países y husos horarios, ni cuando te vas a dormir se para el tiempo. Mi entorno está siempre conectado porque ni las vacaciones ni las horas de descanso de unos coincide con otros. Siempre hay algo pendiente y cada vez es más difícil desconectar. Eso transforma nuestra percepción del tiempo, porque aunque te vayas a dormir todo sigue”.

Cómo el mundo se obsesionó con el tiempo

Cuando las películas que uno podía ver en casa eran las que echaban para todos a la vez, elegir bien qué ver era una duda a tiro del mando a distancia. Pero los expertos están empezando a alertar de cómo gestionamos el exceso de oferta que proponen las plataformas de streaming. “La gente tiene más ocio que nunca, pero no por eso se descansa más”, advierte Vallverdú. “Lo más fascinante de nuestra época es que en su tiempo libre la gente ya no es libre de hacer lo que quiera”.

La gente tiene más ocio que nunca, pero no por eso descansa más, porque hacer muchas cosas se convierte en una obligación más

Según Vallverdú, sentimos que tenemos que seguir unos patrones de grupo, algo que las redes sociales han multiplicado en el ámbito privado, porque nunca desconectamos del grupo. ¿Qué series tengo que ver? ¿Qué está haciendo la gente de mi Facebook? ¿Qué restaurantes se llevan en Instagram?: “Como todo se comparte, el ámbito privado es diluye y se interconecta nuestro ocio con el de los demás. Todo el mundo es mira en el espejo ajeno para ver qué otras cosas diferentes podría hacer con su fin de semana y hacer muchas cosas se convierte en una obligación más. Y siempre arrastra las ganas de más”.

La trampa de la multitarea

La abundancia de entretenimiento disponible en la era digital ha acuñado lo que los expertos llaman FOMO o el miedo a perderse algo (Fear of missing out). “Se nota sobre todo en los millenials, jóvenes de entre 20 y 35 años, que cada vez tienen menos paciencia y una capacidad de atención más fugaz, de 12 segundos de media”, afirma Paris de l’Etraz, director del Venture Lab de IE. “La generación que va después, los adolescentes, prestan atención durante unos 8 segundos y tienen 5 pantallas abiertas simultáneamente. Viven en permanente multitasking porque buscan gratificación instantánea, necesitan sentir cosas continuamente”.

En solo 10 años ha cambiado mucho la percepción del tiempo. Según Paris, que asesora en el IE Business School a los jóvenes que montan sus propias start ups, hace una década los planes de negocio que se preparaban en sus clases tenían 40 páginas. “Ahora si tienen más de una no se la leen”, añade. El problema de la creciente impaciencia en los negocios, como en la vida misma, es cómo gestionar la frustración cuando los resultados tardan en llegar.

Atender a todos los mensajes que recibimos rápidamente no nos hace avanzar en las tareas pendientes, sino que las retrasa

Proliferan además los artículos y libros prometiendo claves para aumentar nuestra productividad, una palabra más totémica que nunca en la era digital. “Necesitamos hacer muchas cosas a la vez para no sentir que estamos perdiendo el tiempo”, apunta José Beningo Freire, profesor de Psicología de la Personalidad de la Facultad de Educación de la Universidad de Navarra. “Pero hacer varias cosas a la vez no nos hace más productivos, sino más estresados. Estar permanentemente conectados a la instantaneidad nos genera desazón, pero está tan normalizado que no somos conscientes de que nos ocurre”.

En realidad, atender a todos los mensajes que recibimos rápidamente no nos hace avanzar en las tareas pendientes, sino que las retrasa. Cada trabajador emplea al menos un 30% de su jornada en atender llamadas, mensajes y emails, según un estudio de la Universidad Católica de Lovaina. Y como cada vez se exige más inmediatez a la hora de responderlos, el exceso de intercambio de información se multiplica entre empleados, como una maldición contagiosa. La sobrecarga de información genera, además, interrupciones constantes (cada 5 minutos aproximadamente) que impiden la concentración. “Querer responder todos los emails, todos los mensajes, y estar al día en las redes sociales es la receta para la insatisfacción”, dice Freire.

Broncas de pareja

Como con los herreros con cuchillos de palo, Lasén trata de enseñarle a su hijo esa paciencia que sus estudios sociológicos demuestran que estamos perdiendo. “Culpabilizamos al otro por nuestras urgencias”, explica la autora de Mediaciones tecnológicas, un libro en el que estudia cómo el móvil afecta a las relaciones: “Muchas parejas nos decían que las mayores broncas familiares, a veces las únicas, se producen por echar en falta una respuesta. Antes la inmediatez era un valor, ahora una costumbre”.

“Somos más impacientes que nunca y la tolerancia a la frustración cada vez es menor”, afirma Miguel Ángel Vallejo Pareja, catedrático de Psicología Clínica de la UNED, que lleva 20 años ayudando a superar adicciones a través de internet. “La impaciencia significa que si mando un mensaje a alguien y no me responde en cinco minutos estoy frustrado”. Coordina un programa online para ayudar a dejar de fumar, con más de 50.000 personas apuntadas.

La primera prueba es no enviarle al usuario su contraseña hasta las 48 horas de inscribirse para ir trabajando precisamente esa tolerancia a la frustración. “La gente quiere dejar de fumar el mes pasado”, dice Vallejo. “Hay que atemperar esas prisas para que asuman el control de su vida y no dejarse llevar por la urgencia. Muchos se ponen en contacto con nosotros por si está estropeado el sistema, aunque en la información que hay que leerse al rellenar la inscripción se explican estos plazos de 48 horas. Y una de las primeras cosas a resolver es la impulsividad, cada vez más agudizada en nuestros hábitos digitales. Deberíamos tomar un tiempo para hacer las cosas importantes y disminuir ese ritmo a la respuesta inmediata. ¿Realmente todos esos mensajes son más urgentes que lo que estábamos haciendo?”.

La gente quiere dejar de fumar el mes pasado”, explica un psicólogo que trabaja en terapias online

Los psicólogos infantiles estudian cómo los niños aprenden a esperar, que era una cualidad asociada a la madurez pero que está escaseando en el mundo conectado. “Se nos está olvidando esperar”, añade Lasen. “Empezamos a valorar el vínculo que tenemos con la otra persona en función a la inmediatez con la que nos responde. Nos está pasando como a los niños. Lo queremos todo y lo queremos ya. Y nos quedamos con lo primero que aparece, por ejemplo, en las búsquedas de Google. A mis alumnos les animo a que sigan buscando, que comparen. ¿Por qué tanta prisa? ¿Por qué cuando no funcionan bien el wifi o tardan en cargar los datos nos ponemos nerviosos? Estamos perdiendo la paciencia para todo”.

En busca del tiempo perdido

Los expertos recomiendan que, para luchar contra la creciente ansiedad que provoca la impaciencia, hay que actuar contra la sobrecarga de mensajes, notificaciones y likes en la pantalla que nos reclaman la atención por el rabillo del ojo.

“La ilusión de hacer muchas cosas a la vez, de trascender el tiempo, nos hace pensar que este no existe para el resto y le exigimos a los demás que se amolden a nuestras necesidades, pero que a mí me urja algo no tiene que obligar al otro a dejar lo que está haciendo para atenderme”, dice Núñez. “Y a la larga, si no lo solucionamos, esto va a ser uno de los grandes problemas de la era electrónica”.
La venganza de los ’letrasados’

Para solucionarlo, podemos ampliar los plazos de respuesta cuando pidamos algo a través de cualquier mensajería instantánea, o especificar al interlocutor cuándo necesitamos la respuesta. No recibir respuesta en dos o tres minutos no quiere decir que nos estén ignorando. Ni si tarda un día en llegar nos están faltando al respeto. “Se trata de aceptar que porque algo sea urgente para mí no tiene por qué serlo para la otra parte”, explica Freire. Y añade: “Vivir conectados es un gran adelanto y está muy bien, pero es cuestión de saber la utilidad y saber los problemas que tiene. No hay que demonizar el medio, pero hay que aprender a usarlo”.

Algunas universidades nórdicas invitan a café a los estudiantes que desconectan el móvil al entrar en la biblioteca

Para recuperar la paciencia perdida, más que la prohibición, Vallejo recomienda asociar el teléfono apagado a situaciones positivas. “Algunas universidades nórdicas están invitando a café a los estudiantes que desconectan el móvil al entrar en la biblioteca”, sugiere. “Hay que pensar procedimientos para que desconectar no se asocie a castigos, sino a algo positivo. Porque la impaciencia no es buena consejera”. Y añade: “En vez de a vivir acorde con nuestros gustos, nos arriesgamos a vivir con los empujones de las prisas ajenas. Acumular muchas experiencias no es vivirlas”.

Un paso más allá es empezar a convivir con los Whatsapps y demás mensajes sin responder con la misma naturalidad que ya dejamos abandonados centenares de emails en las bandejas de entrada. “Limitar la cantidad de acceso a los datos y reducir la información que recibimos puede ser una solución”, aconseja Vallverdú, que sugiere pasar temporadas desconectados.

Deberíamos dejar de responder todos los mensajes y reducir la cantidad de horas conectadas”

Para no perder el control de nuestro tiempo, según el filósofo, “deberíamos dejar de responderlo todo y reducir la cantidad de horas conectadas. Igual que cuando vas a comer eliges lo que quieres, con la información lo deberíamos hacer y no tragarnos simplemente lo que nos aparece en las redes”, concluye Vallverdú.

El primer paso es decidir previamente cuánto rato queremos invertir navegando, para no pasar las horas en la red sin darnos cuenta. “No tenemos todavía suficiente autocontrol con esta tecnología, porque no estamos acostumbrados a acceder a tanta información”, advierte Vallverdú. “Somos una especie de yonquis neuroquímicos y, cuanto más tenemos, más queremos y con más impaciencia”.

Estar en muchos grupos de Whatsapp tampoco es estar bien acompañado. Núñez recuerda que una cosa son los amigos y otras los contactos. “Tenerlo todo mezclado en el mismo móvil puede hacer que no prestemos atención a las relaciones importantes si tratamos todos los mensajes por igual”, advierte.

Aconseja también el psicólogo Vallejo Pareja “dejar los mensajes sin responder o no hacerlo nunca inmediatamente, sino dedicar unos ratos del día a ello. Que me suene el móvil no quiere decir que uno lo tenga que coger. No descolgar es un primer paso para recuperar el control de tu tiempo; si no, dejas que el aparato marque tus relaciones con el entorno. Y en eso sí que pierdes el tiempo”.

Recuperar la paciencia, claro, llevará su tiempo. Y en la época de la hiperconectividad, corre el riesgo de que muchos contactos se enfaden si no le responde. Siempre puede reenviarles este artículo para que estén sobre aviso. Pero sin prisa.

Fuente: https://www.elindependiente.com/eco...