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El camino del Bien

Viernes.23 de noviembre de 2018 154 visitas Sin comentarios
Selección de textos de Heleno Saña. #TITRE

David Riesman ponía el dedo en la llaga al constatar en su obra “The lonely crowd” que el hombre de nuestro tiempo está regido más por instancias externas (other directed) que por su propia motivación personal (inner directed). Éste es sin duda uno de los motivos principales de que el hombre tenga cada vez más dificultades para encontrar la paz interior que ha buscado siempre. ¿Cómo alcanzar esta meta en un mundo en el que la pleamar de la dinámica externa invade las concavidades más recónditas de nuestro ser?

No es ciertamente casual que la creciente conflictividad del hombre consigo mismo y con el mundo externo aboquen al surgimiento de dos nuevas disciplinas científicas: la sociología y la psicología. La primera resulta inevitable para ofrecer una respuesta a los problemas específicos creados por la sociedad de masas, la segunda asume la misión de asesorar espiritualmente a criaturas incapaces de afrontar por sí solas los desafíos psíquicos y psicosomáticos generados por la vida moderna, una situación histórica en la que el hombre ha dejado de encontrar consuelo y protección en la fe religiosa. El papel que antes había desempeñado el confesor y guía espiritual, pasa ahora a manos del psicólogo y el psiquiatra.
El yo que Adorno daba por liquidado sigue naturalmente existiendo, pero su interioridad ha pasado a ser una interioridad precaria y llena de heridas y traumas. He ahí el desenlace final de la civilización de la máquina, la velocidad y el hacinamiento humano.


La diferencia fundamental entre lo que ocurría en la fase pre-capitalista de la historia y el capitalismo es que éste ha impersonalizado, racionalizado y objetivizado su proceso de expropiación, de manera que lo que antes dependía de la voluntad personal del esclavista o del señor feudal está determinado ahora por factores objetivos como las leyes de la economía libre de mercado, la competitividad entre las empresas y el mercado de trabajo. La consecuencia implícita de esta lógica es la de que permite deslindar la dinámica económica y la responsabilidad moral del empresario. Por muchas que sean las contradicciones, aporías, injusticias y tragedias generadas por la dinámica económica, nadie a fin de cuentas es culpable: he ahí la conclusión final del discurso de la clase dominante. Y dado que nadie tiene la culpa, no hay tampoco razón para que las cosas no dejen de seguir como hasta ahora.


La indigencia teórica de nuestro tiempo explica que la misma civilización que se define a si misma como altamente pragmática y dotada de un gran sentido de lo útil, no sea capaz de resolver los problemas más elementales de la humanidad, empezando por el problema del hambre y de la penuria material en sentido lato. Es el precio que el hombre tiene que pagar por haberse dejado deslumbrar durante siglos por la filosofía antimetafísica de corto alcance puesta en su día en marcha por el empirismo inglés, responsable de no pocas de las deformaciones y contradicciones del pensamiento moderno.


También en los ciclos históricos considerados como altamente liberales y democráticos, el hombre ha vivido más con la espalda doblada que en actitud erguida, como ocurre hoy con el ufano homo occidentalis. ¿Cómo puede considerarse libre un individuo que, empezando por su puesto de trabajo, depende para todo lo importante de su vida, de instancias y fuerzas infinitamente superiores a su voluntad? Heteronomía y no autonomía es la condición existencial del individuo contemporáneo. De ahí que no pueda dar un solo paso sin pedir permiso al Estado y sin rellenar un alud siempre renovado de papeles, formularios y documentos de la más diversa índole.


La permisividad reinante hoy en el ámbito del ocio y el tiempo libre no debe hacernos olvidar que el mismo individuo que se imagina ser más libre que en cualquier época o civilización precedente, está sometido al proceso constante de regimentación, control, disciplina y subordinación que los engranajes e intereses del Sistema le imponen. Si en sus horas de leisure time goza de un relativo margen de autodeterminación, en todos los demás aspectos vive encadenado a formas de trabajo y de vida altamente impositivas, de manera que en conjunto no es más que el “esclavo sublimado” que Herbert Marcuse describió en su obra “El hombre unidimensional”. Esclavo de los horarios y condiciones de trabajo, del hacinamiento urbano, del tráfico rodado particular y público, de la burocracia estatal, del acoso fiscal, de la invasión publicitaria, del poder de la banca, del salario casi siempre insuficiente y del miedo a que una crisis financiera o económica le convierta en un paria sin empleo. Quien hable de permisividad y de libertad sin tener en cuenta los factores que acabamos de mencionar no merece otro calificativo que el de charlatán.


Las ciencias positivas y la técnica detentan hoy un poder físico y material sin precedentes en la historia, han pasado a ser, en estrecha vecindad con el big bussines, el verdadero hegemón del mundo actual, un fenómeno que confirma el veredicto de Francis Bacon de que “el saber es poder”.


Confinado en su propia egolatría, el individuo solo sale de sí mismo para utilizar a los demás como botín.


El signo original de la ideología liberal-buguesa ha consistido quizá en haber creado un modelo de expropiación que permite apropiarse de los bienes del otro sin tener que renunciar por ello a la conciencia satisfecha.


En el sentido profundo de la palabra no ha existido nunca una civilización tan bárbara como la occidental.


De la misma manera que la opción de la particularidad encierra el riesgo de degenerar en autocentrismo y egoísmo, la opción de la totalidad lleva en sus entrañas, como un cáncer oculto, el desenlace final del totalitarismo.


Hay aplausos y gritos en los estadios deportivos y en otros espectáculos y concentraciones de masas, pero no diálogo con el prójimo, fuente de toda sociabilidad.


Sólo quien sea capaz de renunciar al calor del rebaño, al éxito mundano y a los caminos trillados estará en condiciones de caminar por la senda generalmente poco frecuentada del Bien.

Extraído de: Heleno Saña. “El camino del bien. Respuesta a un mundo deshumanizado”. Fundación Salvador Seguí Ediciones (CGT), Madrid 2013.


Ver, también de Saña:

El individuo de la sociedad de consumo

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