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Cuatro años después, volvería a obrar de la misma manera

Miércoles.24 de junio de 2015 321 visitas - 1 comentario(s)
Manifiesto personal de Adrián Vaíllo, objetor al sistema electoral #TITRE

Hola. Soy Adrián Vaíllo.

Hace casi cuatro años el estado requirió mi presencia en una mesa electoral. Me negué a cumplir tal orden y lo hice público ante la sociedad y ante la misma administración. Me limité a escuchar a mi conciencia, fiel asesora, comprobé el apoyo de mi entorno y del colectivo del que formo parte, y me declaré objetor.

Ya en su día expliqué en una «Carta de un objetor electoral a la sociedad» los motivos que me aconsejaron tomar esta decisión. También me expresé en un «Manifiesto por la objeción electoral» que redacté junto a Paco Cuevas, quien anduvo este camino antes que yo.

Cuesta volver a escribir sobre este asunto. No puedo evitar tener la impresión de que ya me expliqué, que no sé hacerlo ahora mejor que antes. Aun así, me dispongo a recordar someramente lo que expuse en su día.

Si me declaré objetor de conciencia al sistema electoral, si no formé parte de la mesa y tampoco busqué excusas para escurrir el bulto, fue principalmente por tres motivos:

... la profunda convicción de que no vivimos en un régimen democrático, la vigorosa idea de que el bien no se puede imponer y, por último, lo que me queda de conciencia libre, que me exhorta a actuar según mi ética y a denunciar aquello que considero injusto.

Ahora, sucintamente, desarrollaré tales ideas:

Pienso que en democracia las personas participan directamente en la resolución de los asuntos que les afectan. Este principio nunca se da en el parlamentarismo, pues en él únicamente toma decisiones una minoría: la de los políticos profesionales. Más extraño aún resulta que la democracia conviva con el sistema económico capitalista, en el cual la teórica propiedad privada sobre las cosas acaba siéndolo, ante todo, sobre las personas y los parlamentos.

Por otro lado, siempre que mi debilidad no lo impide, evito sucumbir ante la coacción, pues el bien nunca nace de ésta, sino de la crítica convicción interior de una conciencia libre. Y éste es el principio fundamental de la democracia: el desarrollo de un pensamiento y una ética insumisos a imposiciones externas.

Cuatro años después me reafirmo en lo que dije y en lo que hice. Volvería a obrar de la misma manera. Y ello por una sencilla razón: a diario actuamos según nuestra conciencia, por unos motivos u otros. Lo hacemos cuando cuidamos a nuestros hijos, ayudamos a nuestros amigos o socorremos a un desconocido. Es algo natural.

La conciencia, aunque no a cada momento, nos guía día a día. Lo único que tiene de especial este caso es que un estado opresor pretende, como ya ha hecho con tantas personas, castigarme por obrar de tal modo. Ya está.

Ahora espero con calma un juicio que tendrá lugar dentro de pocos días. Para mí, es simplemente una nueva oportunidad de conversar con la administración (la otra parte parte de este conflicto) y con la sociedad, una nueva oportunidad para recordar que la democracia o es asamblearia y autogestionaria o no es. Poco más.

Sé que durante los próximos días tendré en la mente las palabras de Lorenzo Milani:

La escuela es distinta de la sala del tribunal. Para ustedes, magistrados, sólo vale lo que es ley establecida. La escuela, en cambio, se sitúa entre el pasado y el futuro.

De este modo, Milani —sacerdote y pedagogo—, defendía en 1965 ante el juez su apoyo a los objetores de conciencia al servicio militar en Italia.

Nunca dejamos de ser alumnos, pues nos enriquecemos de experiencias y convivencias, ni profesores, pues atesoramos un bagaje que compartir. La vida, necesariamente, es una escuela. En nuestra mano está situarla entre «el pasado y el futuro»: hacerla mejor.

Sólo lo podremos conseguir amando la libertad y enriqueciendo y respetando las conciencias. Eso hacen tantas personas objetoras al sistema electoral en el estado español; eso hacen e hicieron tantas personas comprometidas; eso hacen, quizá sin advertirlo, tantas personas cada día.

Un abrazo para todas ellas y para ti, que has tenido la cortesía de pararte y escucharme.

Adrián Vaíllo, a los diecisiete días de junio de dos mil quince.

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