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Consume, joven, consume

Sábado.16 de enero de 2016 199 visitas Sin comentarios
8ª entrega del libro de Pablo San José: "El opio del pueblo: Crítica al modelo de ocio y fiesta en nuestra sociedad". #TITRE

En otros tiempos las fiestas no suponían gran dispendio, puesto que su frecuencia no era mucha y la mayoría de sus consumibles -comida, bebida, música, ornamentación...- eran proporcionados en especie, y de forma comunitaria, por quienes iban a disfrutar de la celebración. Los distintos momentos de bonanza o crisis hacían que lo compartido fuera más o menos abundante y variado, e incluso que pudiera haber algún remanente (no necesariamente en forma dineraria) para contratar a algún artista o compañía ambulante. Con el paso del tiempo y el cambio de modelo, el dinero, el gastar dinero, fue convirtiéndose en requisito sine qua non para poder participar. Como dijimos arriba, la fiesta en la actual sociedad occidental está fuertemente mercantilizada, como no puede ser menos en un sistema económico capitalista. Todo en ella está diseñado y dispuesto para la circulación monetaria.

Para empezar, el lugar más común de la fiesta es un local privado habilitado como negocio. El bar, el pub, la discoteca. En él, cuando no se paga por entrar, se paga por consumir bebidas a un precio significativamente incrementado con respecto a su valor habitual en el mercado. De este movimiento comercial, como si de Vito Corleone se tratara, chupará con alegría el estado, el cual, no solo cobra su mordisco por permitir trabajar y comerciar a los traficantes nocturnos de alcohol autorizados (seguridad social, porcentaje de beneficios y tasas varias), sino que grava con un fuerte impuesto especial, además de con el IVA, cada gota de alcohol que se bebe y cada cigarrillo que se fuma, incluso aunque esté liado a mano.

Hay quienes organizan fiestas en locales y residencias propias (los menos), o quienes se lo montan en algún espacio abierto: el famoso botellón. El objetivo principal en ambos casos es el de abaratar el precio y poder financiar la borrachera cuando no se tiene solvencia para hacerlo de la forma oficial. Por supuesto el Sistema persigue estas fórmulas "privadas" de fiesta. Y no lo hace por razones de salud pública (aunque sí de control social), sino más bien para evitar la disminución de gasto y la fuga de beneficios de una industria que le es tan lucrativa. En todos estos casos particulares, de todas formas, la fiesta sigue teniendo como epicentro la ingesta de bebidas alcohólicas, las cuales han de ser compradas y puntualmente abonadas en sus lugares de venta respectivos.

No solo de alcohol vive el homo convivalis (1). Según gustos y poder adquisitivo: desde el humilde botellón con bebidas de marca blanca entre los coches de un parking, hasta la fiesta privada con cata de gin-tonics de autor en un club de socios, hay fiestas de muchos pelajes. En todas ellas se gastará dinero.

Hablemos de tabaco y otras drogas. El primero es fuente de un importante comercio multinacional que mueve dinerales ingentes. Gravado, entre otros, con un potente impuesto especial, permite a la administración hacerse con un preciado botín. A pesar de su creciente reglamentación, esta vez sí, por razones sanitarias, y de su precio estratosférico siempre en auge, las tasas de consumo de tabaco siguen siendo elevadas. Con respecto a las otras drogas, en general mejor ni mirar de qué tejemanejes proceden ni a quien enriquecen.

Quien llegue a la fiesta cansado habrá de pagar por estimulantes, legales o ilegales. Quien puede, -que, a pesar de la crisis, no es poca gente, visto lo visto cómo se ponen las calles a esas horas-, antes de ir al pub, tapea o cena, o ambas cosas, en el bar o restaurante. Más gastos y más impuestos.

En la noche se consume luz y sonido. En torno a la música industrial, elemento fundamental de la fiesta e icono del consumismo, hay montado un negocio nada desdeñable. La creación y disfrute de este tipo de música exige siempre gasto eléctrico. No creo que sea necesario recordar que la actual factura eléctrica es una auténtica estafa perpetrada por las compañías comercializadoras, con el inestimable apoyo de la clase política, muchos de cuyos miembros, cuando finalizan sus mandatos respectivos, pasan a formar parte de los consejos de administración de dichas empresas. El precio pagado por la electricidad multiplica con creces los gastos de producción, distribución y comercialización, por mucho que el lobby eléctrico y los sucesivos gobiernos se esfuercen en difundir lo contrario. No conviene olvidar, además, que la tarifa eléctrica también incluye impuestos. Por otra parte, la reproducción de música, pública y privada, precisa de aparatos de tecnología cada vez más sofisticada (la exigencia de los consumidores en este sentido, como en el de la telefonía móvil, parece no tener límite) y el poder acceder a ella, a la música, está protegido mediante derechos legales de autor, los cuales posibilitan que los interpretes más solicitados sean millonarios. Ni que decir tiene que el producto musical paga tasas en todos sus procesos: grabación, comercio y reproducción.

En relación a la música como objeto de consumo, algunos lectores de mayor edad podrán recordar cómo hace unas décadas había un acceso limitado al uso privado de la misma. ¿Quien no se recuerda a si mismo ahorrando para comprar un LP? ¿O grabando pacientemente con un radiocassete las emisiones de la radio (procurando evitar la voz de los locutores)? Cada cual oía sus canciones, y solo esas, una y otra vez, y terminaba por saberlas de memoria. Si vamos a una generación aún anterior, el hecho de cantar -solos, en compañía, en celebraciones religiosas...- era muy frecuente. Todo el mundo conocía y sabía entonar las melodías de cada zona, y solía ser costumbre que a los postres de cualquier comida celebrativa familiar o social, o en fiestas como la Navidad o los Mayos, se cantase en grupo con o sin ayuda de algún instrumento. Si comparamos con la actualidad, parece cierto que el acceso ilimitado al producto musical que hoy proporcionan diversos programas informáticos y la capacidad de almacenamiento de algunos reproductores, ha creado una gran inflación en la música (también en el cine). Es claro que la relación entre persona y música ya no es la misma, puesto que la saturación dispersa, y hace disminuir el interés y la intensidad de la emoción. Éste, el de despojarnos de nuestra propia lucha individual, del esfuerzo para conseguir las cosas y de la satisfacción que de ello resulta, es un típico e indeseable efecto de la realidad a la que llamamos "consumismo".

Mención especial merece el fenómeno del culto a la personalidad de los intérpretes musicales y artistas diversos. Incluso deportistas. La mitomanía, el rol de "fan", fenómenos directamente alentados por el mercado industrial, muestran el alto grado de alienación y lo fácilmente manejables que resultan las masas juveniles, las convencionales como las alternativas. Una consecuencia indeseable es la proliferación y amplia aceptación de la más tonta de las vanidades, y de una convenida forma de comportarse ante el público, más bien fatua, que acompañan al patrón de "artista". Incluso cuando éste sólo es reconocido como tal por sus amigos y familiares. Me decía alguien, y me parece muy cierto, que solo una delgada línea separa el arte de la imbecilidad.

Para la fiesta, además, es preceptivo vestirse de forma especial, arreglarse (ropa exterior e interior, calzado, complementos, maquillajes, peluquería, cremas, perfumes...). Ese atuendo habrá de ser "personal" y a la vez ajustado a los parámetros estéticos que rigen para cada sector. Algunas de esas modas requieren prendas verdaderamente caras. Otras, no se alejan tanto del vestir cotidiano y por ello no suponen tanto dispendio. Pero todas ellas exigen gastos, por mínimos que éstos puedan ser en los pocos casos en que son mínimos. Y no nos olvidemos de los objetos de adorno que forman parte del pack de la tendencia estética respectiva. Por ejemplo, hay quienes se pasan la tira de tiempo ahorrando para hacerse tatuajes, peinados "étnicos" o enganchar metales en sus pieles y mucosas. Por no hablar de quienes se ponen silicona en labios o tetas, se rectifican la nariz, se estiran o infliltran la piel y cosas así. Podríamos añadir también gastos similares para la mejora estética que, si bien no están orientados de forma unidireccional hacia la fiesta nocturna, sí guardan gran relación con ella: Cabinas de bronceado, productos-dieta de adelgazamiento, asistencia a gimnasios... Hay quienes trasladan más allá de las fronteras de su propio cuerpo su necesidad de gustar y presumir y, así, llegan a invertir cantidades económicas nada despreciables en adquirir y/o "embellecer" sus vehículos.

Más cosas. Si la fiesta es de cumpleaños, habrá que rascarse el bolsilllo para hacer algún tipo de regalo. La persona homenajeada, por su parte, estará obligada a corresponder "invitando" a algo a sus amigos. Si se va a un concierto, habrá que pagar la entrada (más impuestos). Si el concierto es en otra ciudad, ¿cómo vamos a perdérnoslo? Usaremos un coche (gasolina, desgaste, impuestos especiales...), pagaremos por alimentarnos fuera de casa mientras dure el viaje, e incluso compraremos artículos de camping para poder permanecer más de un día en uno de esos eventos, derrochadores de energía eléctrica y causantes de contaminación acústica y lumínica, llamados macroconciertos. Si en el macroconcierto nos ponen un zoco de artesanía y merchandising, nos compraremos alguna camiseta, algún cd, algún abalorio, algún mechero, alguna tela serigrafiada... Si estamos en una gran ciudad, nos desplazaremos en transportes públicos, taxis etc.

El llamado ocio nocturno, como puede verse, es una gran caja registradora diseñada de principio a fin para desplumarnos aprovechando nuestros estados emocionales de euforia y despreocupación.

En tal contexto se llega a la situación de que una persona sin recursos económicos no puede participar en este tipo de fiestas, a no ser que lo haga de gorra, invitado a alguna que otra cerveza y a algún que otro pitillo por sus amigos -es decir mendigando-, o sufragando el gasto con la "propina" familiar -es decir, parasitando a sus padres-. Por contra, este modelo festivo será un paraíso para gente solvente, cuya economía les permitirá poder pagar todas estas cosas, incluidos los gin-tonics y la farlopa, cada semana, y a veces un par de noches por semana. Bueno, un paraíso para esa gente y para el estado, es decir el Sistema, hacia cuyas arcas acabará confluyendo una parte más que significativa de la recaudación.


Nota

1.-Convivalis, del latín convivium, banquete. Dado que en la antigüedad la fiesta era otra cosa, esta es la expresión que quizá más se acerca a nuestro moderno concepto de "ir de juerga en juerga".


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