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¿Cómo está hoy la lucha contra la OTAN y las bases en el estado español?

Sábado.14 de noviembre de 2015 254 visitas - 2 comentario(s)
Pablo San José Alonso. #TITRE

Aportación de Pablo San José (Grup Antimilitarista Tortuga) a la mesa redonda convocada por el MRG Alacant “Lucha hoy contra la OTAN y las bases”, celebrada el pasado 30 de octubre de 2015 en el salón de conferencias de la Intercomarcal de CCOO de Alacant.
El texto no es una trasnscripción literal de la charla, sino una reelaboración hecha por el autor. Ésta trata de mejorar la expresión de lo transmitido oralmente incluyendo algún que otro apunte que estaba previsto en el guión previo.



Agradezco mucho que nos hayáis invitado. Pero no es una buena elección que sea yo la persona del Grup Antimilitarista Tortuga que viene a aportar sobre este tema. Porque quien acude a actos como este, o como la manifestación contra la OTAN de mañana, desea salir confortado, animado. Y yo voy a ser más bien pesimista, quizá polémico en algún extremo ya que los puntos de vista de mi colectivo no son del todo coincidentes con los de quienes promueven esta mesa redonda. Espero que mi visión -que creo que es- realista no desemboque en derrotismo. En todo caso si así fuera, confío en que en el coloquio podáis convencerme de lo contrario.

¿Cómo está la lucha hoy contra la OTAN y las bases norteamericanas? Pues depende. ¿Y de qué depende? Pues, como dice la canción, del color con que se mire. Del enfoque. Si nos ponemos las gafas de ver el vaso medio lleno, las que corresponderían a la mirada de una persona, llamémosle progresista, socialdemócrata, ciudadanista... lo que sería un activista medio de movimientos sociales, obtendremos una visión positiva: Menos que antes, pero cosas se hacen. Y como tota pedra fa paret o como cuando una mariposa mueve aquí sus alas en las antípodas hay un huracán, pues nos podremos felicitar por esas sinergias y energías que se generan; por esos actos que, aunque sean simbólicos, movilizan conciencias. O eso creemos.

Sin el volumen de otras épocas pero se siguen realizando marchas históricas anti base de orientación predominantemente antiimperialista. La más veterana y concurrida es la de la base de Rota, en Cádiz. De forma más discontínua, igualmente han llegado a nuestros días movilizaciones de ese signo en Madrid en relación a la base de Torrejón de Ardoz o el cuartel de Retamares. También concurrida, sin llegar a las cifras de Rota, cada año se celebra en Navarra la marcha contra el polígono de tiro de las Bardenas. Ésta incorpora, entre varias (ecologista, antiimperialista...) una orientación en clave nacionalista. Por su parte el movimiento antimilitarista heredero de la insumisión ha venido convocando marchas y acciones contra instalaciones militares, algunas de las cuales se celebran cada año (Mungia en Bizkaia o Aitana en Alacant) y otras que se han celebrado más puntualmente o se han dejado de hacer: el cuartel de la OTAN de Bétera en València, contra el cual se realizó una importante campaña de varios años de duración, el campo de tiro de San Gregorio en Zaragoza o la fábrica de armas químicas y nucleares La Marañosa, en Madrid. Se realizan actividades puntuales contra instalaciones militares en otros lugares como Gran Canaria, Rota (una marcha anual en silencio), Tarragona etc. El otro día unos compañeros de València paralizaron un transporte de tanques de la OTAN en el puerto de Sagunto. Además, en la última década el movimiento antimilitarista ha establecido vínculos con grupos homólogos del continente europeo dando lugar a la participación de activistas del estado español en contracumbres OTAN o acciones de denuncia contra instalaciones bélicas y nucleares en distintos puntos de Europa. El Grup Tortuga ha estado presente en algunos de estos eventos.

Sin embargo, si nos ponemos las gafas de quien aspira a una transformación revolucionaria de la sociedad -incluyendo el cambio que supere el militarismo- y no se conforma con activismos simbólicos autorreferenciales, nos daremos cuenta de dos cosas: la insignificancia cuantitativa de ese movimiento anti instalaciones militares y el hecho de que está a verdaderos años luz de lograr el menor de sus objetivos materiales. Como muestra un botón. Cuando nos propusimos una actuación antimilitarista contra la presencia del ejército del aire en la Serra d’Aitana, hace ya más de una década, nuestra intención era que lo que se hiciera no quedara en una simple protesta y que, de alguna manera, se fueran dando pasos que condujeran a la obtención de logros concretos. Además de convocar una marcha ciudadana que expresase rechazo social y llevar a cabo algunas acciones directas llamativas tratando de atraer la atención de la opinión pública, realizamos infinidad de gestiones tratando de involucrar a agentes sociales de toda la provincia y de entablar diálogo con las instituciones. Todo fue en vano. A día de hoy apenas unas pocas decenas de personas participan en la marcha anual (la cual es en todo caso recomendable, porque pasamos un excelente día de montaña). Otro ejemplo claro sería el de la Objeción Fiscal al Gasto Militar. Cada año, desde hace muchos, nos dejamos la piel invitando a numerosos colectivos a participar en dicha campaña. Ya no solo por la convicción ideológica de actuar materialmente en contra del militarismo, sino por el interés concreto de poder financiar nuestras entidades alternativas con las nada desdeñables cantidades económicas que se recuperan del gasto militar. Lo mismo; solo unas pocas decenas de personas objetan cada año en la provincia. Hay colectivos a los que les hemos llegado a dar dos y tres talleres sobre Objeción Fiscal, a demanda de ellos, sin que luego ninguno de sus miembros haga objeción. Así están las cosas.

Hay que darse cuenta de que ha habido un cambio de paradigma. En los años del referéndum OTAN había una cultura, un pensamiento revolucionario robusto. Conformado por colectivos comunistas, libertarios, y los que entonces se daban en llamar “nuevos movimientos sociales”, encargados éstos últimos de ensayar y adelantar aspectos concretos de la revolución que debería venir detrás. Esta constelación nunca fue mayoritaria, ya que en las sociedades occidentales, en general, el capitalismo es victorioso desde los años cuarenta-cincuenta del pasado siglo. Pero sí era aglutinador de una importante masa crítica.

Hoy no queda apenas nada de aquéllo. Lo que pudiéramos querer ver como “contestación” no es más que progresismo, izquierdismo o ciudadanismo, que es el término de más aceptación. En realidad esas posiciones ideológicas y de activismo, cuando lo hay, son las mismas que siempre se definieron con la palabra “socialdemocracia”. Hoy emplear el vocablo “revolución” resulta obsoleto y “la gente”, la gran masa de la sociedad, incluidos los supuestos contestatarios, da por válido el status quo solo deseando reformas menores a obtener mediante luchas parciales, casi siempre con objetivos materiales. Se trata, en definitiva, de intentar mejorar la jaula de dorados barrotes y alpiste abundante.

Que tal cosa es así, por ejemplo y volviendo a nuestro tema, lo refleja el hecho de que las fuerzas armadas, ese ejército que salía del periodo franquista fuertemente identificado con la dictadura y que no tenía donde esconderse del resto de la sociedad, ahora sea la institución más valorada en las encuestas. Por desgracia creo que en eso no nos engañan. O que el nuevo producto electoral “Podemos”, una vez sus dirigentes deciden deshacerse de su primitivo halo de radicalidad en busca del voto progresista-moderado (el del PSOE de toda la vida, vamos), lo primero que hacen es dedicarse a loar al ejército y a la policía al tiempo que abjuran de anteriores posturas antimilitaristas. Si en la sala hay seguidores de Podemos han de disculparme, pero ahí están las hemerotecas.

En la época del referéndum de la OTAN, como decía, las cosas eran sociológicamente distintas, y así el gobierno de Felipe González se la cogió con papel de fumar a la hora de formular las famosas condiciones que matizaban el “sí” de la consulta. Los más veteranos las recordaréis:

“El Gobierno considera conveniente, para los intereses nacionales, que España permanezca en la Alianza Atlántica, y acuerda que dicha permanencia se establezca en los siguientes términos: 1.º La participación de España en la Alianza Atlántica no incluirá su incorporación a la estructura militar integrada. 2.º Se mantendrá la prohibición de instalar, almacenar o introducir armas nucleares en territorio español. 3.º Se procederá a la reducción progresiva de la presencia militar de los Estados Unidos en España.”

Como bien sabéis, al tiempo esas condiciones han quedado en agua de borrajas. La presencia militar de los Estados Unidos en el estado español -que es tangible; ahí están sus bases e instalaciones- es ahora cualitativamente más significativa que antes. Véase, por ejemplo, el escudo antimisiles. El armamento nuclear campea a sus anchas en las bases que Estados Unidos tiene en Andalucía, y España no está integrada, sino integradísima en la estructura militar de la alianza y participa entusiastamente en sus guerras neocoloniales. Cada una de estas cosas en el contexto de entonces hubiera despertado una fuerte contestación. Que ahora pase sin pena ni gloria retrata a la perfección el cambio de paradigma del que hablaba anteriormente. En realidad este tipo de temas despiertan escaso interés. El ejército, lo militar, está muy lejos de la vida de la gente. La OTAN viene a ser un ente semidesconocido del que ni siquiera se habla mucho en el telediario.

En Tortuga hemos reflexionado mucho los últimos años sobre qué es el militarismo. Porque el militarismo -entendemos- es más que lo castrense. De hecho, según nuestras conclusiones, así, militarismo, denominaríamos a cualquier recurso coactivo, violento, que un poder centralizado, sea político o económico, emplea para mantener su situación de privilegio. Un ejército, efectivamente, sería un ejemplo paradigmático de ello. No hay más que ver como en la actualidad los estados que practican imperialismo económico utilizan el brazo militar para obtener sus objetivos por la fuerza en aquellos países que han decidido vampirizar. La OTAN no es más que el garrote de un club de estados cuyas corporaciones económicas se dedican a expoliar al tercer mundo (si bien, hay imperialismo también fuera de los países de la OTAN). Esta dinámica crea acumulaciones de riqueza en occidente. Y de rebote crea colchones amortiguadores entre la minoría acaparadora y la mayoría excluída. Es lo que conocemos como “el estado de bienestar”. No me voy a detener mucho en esto, que es complejo. Decir que la gente no percibe la relación que hay entre la pertenencia del estado español a la OTAN y la participación del ejército en guerras de rapiña, y que luego se pueda disfrutar -generalizando, que aquí también hay pobreza- de un determinado nivel de vida. Esas circunstancias o, por ejemplo, que la Guardia Civil lance balas de goma sobre inmigrantes que tratan de ganar a nado nuestras costas, están posibilitando en gran medida cosas como el poder disfrutar de varios coches en una misma familia, el poder irse de puente al extranjero o disponer a discreción de aparatos de última generación. Cuando una sociedad asume el recurso militarista que emplea el poder es porque de alguna manera participa de ese propio poder, como se desprende de los ejemplos que acabo de poner. De hecho, la forma de militarismo que más afecta a nuestras propias vidas es la policial y carcelaria. Asistimos a contínuos endurecimientos penales y a la extensión de las atribuciones de las diferentes policías. Tampoco esto despierta crítica apenas. Es más, a la mayoría de la sociedad le parece bien y no hay hijo de vecino -incluidos los izquierdistas más conspicuos- que no reclamen leyes más duras y cárcel contra aquellos individuos y sectores que despiertan su animadversión.

¿En estas condiciones cómo conectar con un sentimiento antimilitarista, antiimperialista, antipolicial...? Es imposible. El militarismo, como vengo diciendo, es inherente al sistema, no existe ni puede existir capitalismo sin militarismo. Y éste, el sistema estatal-capitalista domina ampliamente las mentalidades de las sociedades occidentales actuales. También la nuestra.

Yo pienso que si hay algo que podamos hacer, que no tengo claro que se pueda, todo pasa por despertar conciencias dormidas y volver a generar una masa crítica, no solo con el militarismo, sino autocrítica con respecto a su propio modelo social. Con su propia manera de vivir consumiendo. Salvo que sobrevenga una gran crisis, mayor que la actual -las famosas condiciones objetivas- e incluso en ese caso, tal cambio de mentalidad no ha de basarse en el egoísmo individual, en despertar los deseos materiales de mejorar la situación de cada cual, sino en la ética. Yo pienso que ya desde los albores de las luchas proletarias, hace un par de siglos, el movimiento obrero cayó en la trampa del liberalismo burgués, el cual predicaba entonces y sigue predicando -exitosamente- ahora, la primacía de los valores materiales frente a los morales. La teoría, tanto burguesa como obrerista, es que la suma de los egoísmos materiales personales genera un bien material común. Este pensamiento es triunfante y ya vemos a dónde nos ha llevado. ¿Cuanto tiempo hace que no resuena la palabra “solidaridad”, por ejemplo? Por ahí debería ir nuestro discurso. Si hay una apuesta de mucha gente por lo comunitario frente a lo individualista, por una revolución en todos los órdenes, surgirán de forma natural formas organizativas de confrontación contra todas las nocividades de este sistema; sea el militarismo, sean las bases, sea la OTAN, sea el resto de cosas. Si no hay un número suficiente de personas que desean, que sienten auténticos anhelos de justicia -no solo para ellas sino para toda la humanidad- y de libertad (no la individualista sino la que nos hace ser pueblo), solo podremos perseguir mejoras de la jaula. Nuestras luchas seguirán en planos testimoniales, autorreferenciales, inocuos, compatibles con vidas tan convencionales y acomodadas como las del resto, en inercias de militantismo sin capacidad de incidencia real en la Historia.


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