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Catástrofes virtuales

Miércoles.10 de octubre de 2018 509 visitas - 1 comentario(s)
Pablo San José Alonso. #TITRE

Cuando ocurre una catástrofe en el ámbito del estado -léase un descarrilamiento de tren, un terremoto, una inundación, un gran incendio forestal...- más allá de los efectos de la devastación y del perjuicio de las víctimas, nunca falta quien -no hay mal que por bien no venga- aprovecha para obtener algún tipo de beneficio personal.

En primer lugar los principales políticos del gobierno y de la oposición, así como los líderes autonómicos, quienes se encuentran siempre prestos a no desaprovechar la ocasión para ubicarse -mejor in situ- ante las cámaras para poder mostrar a los espectadores lo mucho que les preocupa y conmociona lo sucedido, dado su natural solidario y bueno en general. En dicho grupo de seres carroñeros, podríamos decir metafóricamente, si la ocasión lo merece por su truculencia, es raro ver faltar a algún que otro prominente miembro de la familia real.

También se aprestan a chupar cámara los gobernantes locales. Aprovechando, tal vez, su minuto de gloria para demostrar lo fantásticos gestores que son exigiendo con presteza, antes de que se apaguen los focos, la declaración de zona catastrófica. Que ninguno de mis gobernados piense que si se escapó un duro al que tuviéramos derecho, fue por culpa mía.

Por otra parte, en los telediarios que informan sobre estas cosas, siempre es figura estelar la Unidad Militar de Emergencias (UME). Que si la van a enviar, que si ya ha llegado, que si se despliega, que si nosecuantos efectivos… Al resto de servicios de emergencia, que igual son más, llevan más tiempo, socorren más y se encargan de lo más duro y difícil, que los zurzan. Ahí no hay utilidad, glamour, ni necesidad de prestigiar nada.

En ¿cuarto? lugar (uf, cuanta gente saca réditos de todo esto), tenemos al elenco de famosos en general y deportistas -mejor si son paisanos de los afectados- que aprovechan la ocasión, también, para ser centro de atracción de los focos y las cámaras mostrando su solidaridad. Enviando donativos -que no dejan de ser ínfimas migajas de sus obscenas fortunas- o recibiendo o yendo a visitar al hospital a algún niño damnificado. Si, por poner un ejemplo, un deportista en cuestión, en el colmo del desprendimiento y la generosidad, permite que quienes quedaron sin hogar pernocten alguna noche en una instalación de su propiedad, los periódicos e informativos de deportes abren con dicha noticia. No hace falta decir lo mucho que estas cosas hacen por la imagen y la capacidad recaudatoria mediante contratos publicitarios de estos personajes.

No sé si en último lugar, porque la lista, a lo mejor, podría ser más extensa, pero cabe imaginar también a no pocas empresas, bancos, políticos e intermediarios en general frotándose las manos ante las oportunidades de negocio, especulación y comisión al bolsillo que se abren repentinamente.

Las víctimas de la tragedia serán tenidas en cuenta unos pocos días, mientras se obtienen dichos beneficios, para ser olvidadas más pronto que tarde. Véanse anteriores catástrofes. Y a seguir con la rueda.


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