Extret de la pàgina d’Enfocant.
Castelldefels, la muerte joven
Blog de Margarita Padilla
Desde el accidente que la pasada verbena de San Juan acabó con la vida de 13 personas en la estación de Castelldefels-Playa no hago más que oir a políticos, técnicos, tertulianos y expertos diciendo que todo se hizo bien, y que se trata de un accidente debido a la imprudencia de los chicos que cruzaron las vías en lugar de pasar por el paso subterráneo.
Y no hago más que leer blogs en los que se debate quién tiene la culpa. En definitiva, el debate está en si cada cual es responsable de su seguridad o si deben ser las autoridades competentes las que nos provean de dispositivos de seguridad adecuados al momento.
Y yo me pregunto: ante un acontecimiento de muerte joven, como este, ¿es esa la principal pregunta? Parece que tenemos la cabeza programada para pensar en terminos de amigo/enemigo: cuando pasa una cosa así primero tengo que saber quén tiene la culpa (en qué bando estoy), y luego ya podré encontrar mi posición respecto a lo ocurrido. Si la culpa es de las autoridades, entonces denuncia de su falta de previsión, responsabilidad, etc. Si la culpa es de los chicos, entonces criminalización: el efecto de ir en masa, las prisas por ir a "colocarse", la irresponsabilidad de sus actos...
Pero la cuestión es qué sociedad, qué imagen de vida en común construye esta pregunta. Buscar los culpables y castigarlos (si son los políticos con la denuncia, si son los jóvenes con la criminalización). Sí, pero ¿cómo ese castigo va a transformar el mundo a partir de lo ocurrido? ¿Qué vamos a hacer con el dolor, con la herida social que la muerte joven ha dejado? ¿Qué vamos a hacer con el vacío, con el sinsentido de morir asi? ¿Acaso no son estas preguntas tanto o más pertinentes que la prisa por señalar a los responsables o a los culpables, impidiendo con estas prisas que la fuerza del acontecimiento abra un territorio sensible en el que preguntarse qué ha pasado? ¿Qué daño quedó después de la tragedia y cómo reparalo? Lo político, lo común, ¿no significa también hacerse cargo de la negatividad que una masacre, un atentado o un accidente han depositado en los supervivientes, víctimas y afectados?
Qué ha pasado no es una pregunta forense que se satisfaga con una buena investigación. Es una máquina de vacío capaz de transformar la realidad, capaz de resignificar radicalmente lo político, haciendo un trabajo de reconstrucción de lo común. Y posiblemente, en este caso sea la única máquina capaz de plantar cara a la alianza entre muerte, juventud y precariedad. Por eso, qué ha pasado es una pregunta que tiene que trasladarse a los sobrevivientes, a los amigos, a las madres, a las novias, a los afectados... ¿Qué ha pasado para morir sin haber llegado a tener una vida?
Casteldefels, en este solsticio de verano, no ha sido sino otro de los muchos escenarios de la muerte joven, de la catástrofe contemporánea. Hoy, la catástrofe no es una posibilidad entre otras, sino el mismo medio en el que vivimos. Fluido, disperso, acelerado, imprevisible, atomizado... Al desmantelar todas las piezas que armaban un mundo común, el capitalismo contemporáneo produce al mismo tiempo condiciones catastróficas de precariedad, y supervivientes que compiten sin tregua para no caer en el agujero negro de la exclusión. No solo es lo catastrófico que te llegue la muerte cuando estás persiguiendo la fiesta, sino que después de que eso ocurrió la sociedad no haga por poner un esparadrapo en la boca a los tertulianos, periodistas, políticos y opinólogos de todo tipo, a fin de poder escuchar el susurro, el balbuceo o incluso la mudez de los chicos cuando nos dignemos a preguntarles ¿y vosotros, cómo estáis?
Los chicos pueden explicarnos sus historias, hablarnos de la catástrofe contemporánea y de cómo se sobrevive en ella: ¿cómo son sus jornadas de trabajo? ¿cuáles son sus oficios? ¿qué hay de sus familias? ¿y de sus pandillas? ¿cuál es el sentido de la fiesta? ¿y el de la música? ¿cuáles son sus sueños? ¿cómo se están cuidando? ¿qué sería responsabilizarse cada uno de su propia vida?...
Si se da espacio a la pregunta, un qué ha pasado puede econtrarse con otros. Desde las banlieu de París o el Nueva Orleans arrasado por el Katrina, hasta la valla de Ceuta y Melilla o las muertes en carretera, pasando por el 11-S, el 11-M, los pibes de Cromañón, el incendio en Guadalajara o el de Horta de Sant Joan, la explosión de gas en Gavá... y tantos y tantos otros escenarios de la catástrofe contemporánea, la pregunta por el qué ha pasado puede desarmar el miedo a la inseguridad entendido como demanda individual de seguridad y armar la pregunta por qué es tener una vida. Una nueva articulación sensible entre lo existencial y lo político.

Segundo artículo de la misma autora, escrito al hilo de éste y de sus comentarios:
http://www.unalineasobreelmar.net/2010/06/27/imprudencia-en-castelldefels/
Imprudencia en Castelldefels
Me ofende unanimidad monocorde mediática y bloggera respecto a la imprudencia de las personas que en la noche de San Juan murieron al ser atropelladas mientras cruzaban las vías de tren en la estación de Platja de Casteldefels. Parece que imprudencia sea una palabra de punto y final. Fueron imprudentes, luego no hay más que hablar, dicen los media. Los bloggers, en su estilo informal, son más directos: fueron gilipollas (luego merecían morir). Me ofende la insensibilidad de este enfoque porque, ¿quién no tiene un amigo/a gilipollas a quien sin embargo aprecia de veras y lloraría su muerte si llegara el caso?; y también me ofende su esterilidad.
Parece que imprudencia es la palabra idónea porque hace recaer sobre las víctimas la responsabilidad de sus actos y porque al mismo tiempo tiene un aire de desacalificación. El problema que tengo con esta palabra es que es demasiado cerrada y no transmite la más mínima empatía. ¿No hay nada a amar en la imprudencia de esos chicos? ¿Nada a salvar?
Aunque admiro el alpinismo, considero que una persona que se proponga subir al Everest es, como mínimo, imprudente. Sin embargo, nuestra sociedad admira los valores que animan esa imprudencia (esfuerzo, superación, capacidad de sufrimiento, resistencia a la soledad…), financia esas imprudencias y llora las pérdidas humanas cuando los dispositivos de rescate no pueden evitarlas. Luego eso significa que es posible elaborar un sentido a las imprudencias, aunque también es posible que el sentido solo se vea desde dentro (si eres alpinista, si eres tal, si eres cual).
En Castelldefels, sin embarglo, la moraleja parece ser: el que la hace la paga. Como si fuera la única moraleja posible, la más natural del mundo. Pero digo yo que eso de que el que la hace la paga no debe ser tan natural cuando en muchas ocasiones no se aplica. Véase, sin ir más lejos, la crisis financiera: El que la hace no la paga. La actual cultura empresarial sostiene el discurso de que para ganar hay que arriesgarse. Entre correr riesgos y ser imprudente no hay tanta diferencia ¿no? Bueno, hay una diferencia bastante grande, porque una cosa es correr riesgos con tu propia vida y otra es correr riesgos con el dinero de los demás y encima tener la red de seguridad de todos los sitemas políticoeconómicos que van a venir a rescatarte si arriesgaste demasiado.
No hay nada de natural en el automatismo mental que se ha disparado tras el accidente de Castelldefels (el que es imprudente que se atenga a las consecuencias). Si se dispara este automatismo es porque no se ha elaborado un sentido a lo ocurrido, un sentido colectivo, que nos ataña a todos/as. Y, a falta de ese sentido, la cuestión queda como meras decisiones individuales de consecuencias privadas (cada cual paga por lo suyo).
Por ejemplo, a los chicos y chicas que dentro de una patera pretenden navegar por el atlántico y zafarse de todos los controles fronterizos no les llamamos imprudentes, ni siquiera cuando se ahogan. No son imprudentes, porque de alguna manera entendemos el sentido de esa imprudencia, y entonces, puesto que tiene sentido, tiene valor y ya no es imprudencia sinó otra cosa.
El accidente de Casteldefels ya es suficientemente triste, pero aún me entristece más, si cabe, no encontar ningún intento de preguntarnos, más allá del cruce de las vías, si para los chicos tiene algun tipo de valor su particular manera de vivir su juventud, su precariedad y su no-seguridad. Preguntarnos qué valores se están elaborando desde dentro para poder entender si algo de esto tiene sentido.
El discurso de la seguridad avanza porque se supone que hay muchas amenazas. En mi barrio todas las calles están vigiladas con cámaras, para mi seguridad claro. El miedo se hace cuerpo en los transtornos de ansiedad y en los ataques de pánico. Desde lo más grande a lo más pequeño, el debate sobre la seguridad avanza. Pero la seguridad no es un derecho, nadie puede garantizarla a nadie. La seguridad es un ambiente, una percepción y, en el mejor de los casos, algo que nos damos todos a todos.
La realidad que habitamos presenta una doble cara paradójica. En el suelo, en la base, precariedad generalizada, material y existencial. Y en el aire, en el ambiente, la seguridad es lo más importante. ¿Cómo sobrevive en esta realidad compleja y cínica gente joven como la que cruzó las vías? Quizás haya algo en esas maneras jóvenes de existir, en esas maneras de sobrellevar la precariedad, que tengan mucho que decirnos. Quizás sean las únicas que puedan desarmar la paranoia seguritaria. O quizás no. Quizás solo haya no-futuro y desprecio a la vida propia y ajena. Pero molaría, como mínimo, pararse un momentín a pensarlo ¿no?
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