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Bertrand Russell durante la Primera Guerra Mundial

Miércoles.8 de mayo de 2013 888 visitas Sin comentarios
Por el honor de la naturaleza humana #TITRE

El día que Inglaterra entró en la Primera Guerra Mundial, pasé la tarde recorriendo las calles, viendo grupos de gente vociferar y dejándome envolver por las emociones de los viandantes. Durante ese día y los subsiguientes, descubrí para mi gran sorpresa que el común de los hombres y mujeres estaban encantados con la perspectiva de una guerra. Ingenuamente, yo creía lo que afirmaban la mayoría de los pacifistas: que las guerras eran impuestas a la fuerza por gobiernos despóticos y maquiavélicos a una población reticente. Con toda inocencia, yo pensaba que cuando el pueblo descubriese cómo le habían mentido, se enfadaría; en lugar de eso, se mostró agradecido, ya que le habían librado de la responsabilidad moral.

Si bien no imaginaba algo parecido al desastre total que fue la guerra, sí había barruntado mucho más que la mayoría de la gente. La perspectiva me horrorizaba, pero lo que me horrorizaba aún más era comprobar cómo la expectativa de una matanza deleitaba al noventa por ciento de la población. Tuve que reconsiderar mi opinión sobre la naturaleza humana.

Aunque por aquel entonces desconocía el psicoanálisis, llegué por mi cuenta a tener una idea de las pasiones humanas que no difería en mucho de la opinión de los psicoanalistas. Llegué a estas conclusiones en mi afán de comprender el sentimiento popular respecto a la guerra. Hasta ese momento siempre había creído que era algo normal que los padres amasen a los hijos, pero la guerra me persuadió de que ese sentimiento era una rara excepción. Había creído que a la mayoría de la gente le gustaba el dinero por encima de casi todo, pero descubrí que la destrucción les gustaba todavía más. Había creído que con frecuencia los intelectuales amaban la verdad, pero también aquí comprobé que ni el diez por ciento de ellos prefieren la verdad a la popularidad.

Me invadió una ternura desesperada hacia los jóvenes que iban a ser sacrificado, y un odio hacia todos los gobernantes de Europa. Durante algunas semanas sentí que si me llegaba a encontrar con Asquith o con Grey no sería capaz de evitar asesinarlos. Sin embargo, poco a poco estos sentimientos personales fueron desapareciendo, barridos por la magnitud de la tragedia y por la constatación de una fuerza popular que los gobernantes no hacen más que desatar.

El amor a Inglaterra es probablemente el sentimiento más fuerte que poseo, y el intentar dejarlo a un lado en semejante situación me suponía una muy difícil renuncia. Sin embargo, no dudé un instante respecto a cuál era mi deber. En algunas ocasiones me he quedado paralizado por el escepticismo, en otras me he mostrado cínico y a veces indiferente, pero con la guerra sentí algo así como la llamada de Dios. Supe que me correspondía protestar, por más fútil que la protesta pudiese parecer. Estaba en juego toda mi persona. Como amante de la verdad, la propaganda nacionalista de todos los países beligerantes me asqueaba. Como amante de la civilización, el retorno a la barbarie me anonadaba. Como hombre de frustrados sentimientos paternales, la masacre de la juventud me destrozó el corazón. No es que creyese que se podía lograr mucho oponiéndose a la guerra, pero sentía que, por el honor de la naturaleza humana, aquellos que no eran arrastrados por la corriente debían demostrar que permanecían firmes.

Algunos parlamentarios pacifistas, junto a dos o tres simpatizantes, empezaron a reunirse en casa de los Morrell en Bedford Square. Yo solía asistir a esas reuniones, que dieron origen a la Union of Democratic Control. Fue interesante observar como a muchos de estos políticos pacifistas les preocupaba más el problema de quién de ellos estaría al frente del movimiento antibélico que el trabajo cotidiano en contra de la guerra. No obstante, eran los únicos con los que se podía trabajar, por lo que puse la mejor voluntad en entenderlos. Traté de organizar una rama de la Union entre profesores; al principio, un número considerable se mostró favorable, pero, tras el hundimiento del ‘Lusitania’, empezó a prevalecer un clima de violencia. Parecía como si se creyera que de algún modo yo era responsable del desastre, y los catedráticos más viejos se tornaron cada vez más histéricos y comenzaron a esquivarme en las reuniones del claustro.

Al implantarse el alistamiento, dediqué prácticamente todo mi tiempo y energías a la cuestión de los objetores de conciencia. Clifford Allen –más tarde, lord Allen de Hurtwood-, presidente de la No-Conscription Fellowship, era un hombre joven de gran habilidad y astucia. Era no creyente y socialista. Siempre existían grandes dificultades para mantener armoniosas las relaciones entre los pacifistas cristianos y los socialistas, y al respecto él demostró una admirable imparcialidad. Sin embargo, en el verano de 1916 fue sometido a un consejo de guerra y condenado a prisión. Después de aquello, y durante toda la guerra, sólo lo vi ocasionalmente en los días que mediaban entre sus sentencias. Fue puesto en libertad por motivos de salud a principios de 1918 –de hecho estuvo al borde de la muerte-, pero muy poco tiempo después fui yo el que pasó a prisión.

En junio de 1915 escribí en una carta: "Creo que me llevaré bien con la gente de la No Conscription Fellowship. La Union of Democratic Control es demasiado débil y está afectada por problemas no relacionados con la cuestión. Estará bien después de la guerra pero no ahora. Me gustaría que la buena gente no fuese tan tímida. Los contrarios a la violencia que conozco aquí tienen un aire tan parroquial; se diría que no conocen el lado volcánico de la naturaleza humana, tienen escaso sentido del humor, ninguna fuerza de voluntad, nada de lo que hace eficaz a un hombre. Jamás hubiesen denunciado a los fariseos o expulsado a los mercaderes. Con qué pasión deseo poder romper los muros que aprisionan nuestra propia naturaleza. Hoy día siento intensamente como si tuviese en mi interior una gran fuerza para el bien, apresada por mi escepticismo, mi cinismo y mi falta de fe. Pero aquellos que no sufren estas limitaciones parecen siempre ignorantes y un poco necios. Todo esto hace que uno se sienta muy solo".

En la primera citación para el juicio de Clifford Allen fue donde conocí a Colette O’Niel. Aunque casi no nos conocíamos, en ese momento comenzó para ambos una relación profundamente seria e importante, unas veces feliz, otras dolorosa, pero nunca trivial ni indigna de ser comparada con las grandes emociones públicas derivadas de la guera. La primera vez que estuve en la cama con ella –no nos metimos en la cama la primera vez que fuimos amantes porque teníamos mucho que decirnos-, escuchamos de pronto un bestial aullido de triunfo procedente de la calle. Salté de la cama y vi caer un zepelín en llamas. La idea de que unos hombres valientes morían con gran sufrimiento era causa de júbilo.

Durante el verano de 1915 escribí Principios de reconstrucción social. Aunque no había tenido la intención de escribir algo así, totalmente distinto a cuanto había escrito anteriormente, el libro me surgió de forma espontánea. Dividí los impulsos en dos grandes grupos, posesivos y creativos, concluyendo que la mejor vida es aquella que se construye principalmente sobre impulsos creativos. La liberación de la creatividad, estaba yo convencido, debe ser el principio básico de la reforma social. Primero di a conocer el libro en conferencias y más tarde lo publiqué. Con gran sorpresa mía, tuvo un éxito inmediato. Lo había escrito sin ninguna esperanza de ser leído, simplemente como una profesión de fe, pero me hizo ganar una gran cantidad de dinero y sentó las bases de todos mis futuros ingresos.

Si no hubiese sido por los diversos cumplidos que recibía del gobierno, en forma de procesos y prohibiciones, habría abandonado la lucha pacifista, ya que estaba convencido de que era totalmente inútil. Sin embargo, al constatar que el gobierno pensaba lo contrario, supuse que tal vez yo estuviese equivocado y continué. Más allá de si yo estaba o no haciendo algo positivo, no podía dejarlo en ese momento, cuando el temor a las consecuencias podría interpretarse como motivo de mi abandono.

Salí de la cárcel en septiembre de 1918, cuando ya era evidente que la guerra finalizaba. El final de la guerra fue tan rápido y dramático que nadie tuvo tiempo de adaptar sus sentimientos a la nueva situación. Cuando el armisticio, se lo dije a la mujer que me servía en el estanco: “Me alegra oírlo –dijo-, ahora podremos librarnos de los alemanes internados”. Al declararse oficialmente el fin de la guerra, todo el mundo que estaba en las tiendas y oficinas salió a la calle. Requisaron los autobuses y los obligaron a ir donde querían. Vi como un hombre y una mujer que se cruzaban en medio de la calle, totalmente extraños, se besaban al pasar. La multitud seguía siendo frívola, no había aprendido nada de este período de horror excepto aferrar un poco de placer con mayor desenfreno que antes.

La guerra cambió todo para mí. Dejé mi lado académico y empecé a escribir un nuevo tipo de libros. Cambié totalmente mi concepción de la naturaleza humana. Por primera vez me convencí profundamente de que el puritanismo no hace la felicidad humana. A través del espectáculo de la muerte adquirí un nuevo amor por lo vivo. Me convencí profundamente de que la mayoría de los seres humanos están poseídos por una honda infelicidad que se desahoga en odios destructivos, y que sólo mediante la difusión de la alegría instintiva se pude llegar a construir un mundo bueno. Comprendí que en el mundo actual reformistas y reaccionarios por igual han sido distorsionados por la crueldad. Me volví suspicaz respecto a todos los propósitos que requieren una disciplina estricta. Al oponerme al objetivo general de la comunidad y descubrir que se aprovechan las virtudes comunes para masacrar alemanes, me fue muy difícil no caer en la antinomia absoluta. Me salvé de esto gracias a la profunda compasión que me producían los sufrimientos de este mundo, pero durante muchos años el mar, las estrellas, el viento nocturno en pasajes desolados, han significado para mí mucho más que los seres humanos que más quiero, siendo consciente de que el afecto humano es un intento de escapar de la vana búsqueda de Dios.

Extractos de Autobiografía (volumen 2) / Bertrand Russell. - Traducción de Pedro García Puente, editorial Edhasa.

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