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Asimov y la invención de la psicohistoria

Martes.26 de julio de 2016 118 visitas Sin comentarios
Xataka. #TITRE

Javier Jiménez @dronte

"Lewis Pirenne se hallaba muy ocupado frente a su mesa del despacho, en la única esquina bien iluminada de la habitación. Tenía que coordinar el trabajo. Tenía que organizar el esfuerzo. Tenía que atar todos los cabos".

Ese es el primer párrafo que se pudo leer de una de las obras de ciencia ficción que más impactó en la ciencia social, la política y la economía de la segunda mitad del siglo XX. Porque la historia del desarrollo real de la ’psicohistoria’ es mucho más que un episodio de la historia de la literatura, es la historia de un viaje científico, una derrota intelectual y un proyecto social que ha aportado su granito de arena para construir el mundo en el que hoy estamos.

El origen

Si tenemos que hacer caso a los retazos de la historia que nos han llegado, Isaac cerró su ejemplar de la ’Historia de la decadencia y caída del Imperio romano’ y fue a coger el coche para acudir a una reunión con su editor.

Recién había acabado su posgrado en química y, quizá por eso mismo, trabajaba en la Estación Meteorológica del Philadelphia Navy Yard. Había tenido suerte, en aquella Segunda Guerra Mundial muchos acabarían perdidos en territorio enemigo o enterrados en un cementerio de Normandía. De hecho, unos años más tarde (y fruto de un fallo administrativo con la fecha de su cumpleaños), lo llamaron a filas y pasó nueve meses de servicio.

En el coche tuvo una idea. La idea. ¿Qué tal contar la historia de la caída de un Imperio Galáctico? Cuando se la contó a John Campbell, su editor, la idea le encantó. Tanto que no quería malgastarla en una sola historia. Campbell quería una serie de historias, a ser posible: una serie que no se acabara. Isaac arrancó a contar esa caída que no era más que una forma de contar la Historia de la humanidad. Ahí fue cuando se le ocurrió la idea de una ciencia que pudiera predecir el futuro sobre una base estadística que le sirviera como forma de unificar todas las entregas de la serie.

Así fue como un jovencísimo Asimov de veintipocos años escribió las primeras historias de la Fundación y, de paso, creó la psicohistoria, la ciencia que hablando del futuro hablaba de nosotros.

¿Qué es la psicohistoria?

Hari Seldon solo sale, en persona, en el primer capítulo del primer libro de La Fundación. Había nacido en Helicón, un planeta secundario del Imperio Galáctico, y desde joven mostró un enorme talento para las matemáticas. Pero si es recordado por algo, ser el creador de la ciencia psicohistórica, un framework que combinaba historia, psicología y estadística para predecir el comportamiento de grandes masas de personas.

La idea general reconoce que no se pueden predecir las elecciones de un individuo en particular, pero que si aplicamos el modelo adecuado a grandes grupos humanos, se podría predecir el flujo general de los acontecimientos futuros.

Asimov, que como hemos comentado era químico, se inspiró en el comportamiento de los gases. Como observadores, nos es virtualmente imposible saber cómo va a moverse una molécula concreta de un gas, pero sí podemos saber cómo se comportará un masa concreta del gas con un alto nivel de precisión.

Cuando Hari Seldon consiguió que sus modelos psicohistóricos funcionaran descubrió algo terrible: el gran Imperio Galáctico se dirigía a su desaparición y, tras ella, habría 30.000 de caos, dolor y destrucción hasta encontrar otra época de paz y prosperidad.

Los axiomas de la psicohistoria exigían que (a) se aplicasen sobre gigantescas cantidades de seres humanos y (b) que esos humanos ignoraran los resultados. Eso quiere decir que Seldon no podía comunicar el inminente fin del Imperio porque, de hacerlo, las consecuencias podían ser aún peores de las previstas. Y tras mucho estudio, estableció un plan secreto (la creación de las fundaciones) para poder reducir los 30.000 años en solo mil.

Más allá de la Trilogía de la Fundación

No se dan muchos más detalles técnicos sobre la psicohistoria, pero no hizo falta. Rápidamente la idea de una ciencia predictiva superó los límites de la obra de Asimov. Él mismo se quejaba, medio en serio medio en broma, de que la gente tendía a hacerse una idea propia de lo que era la psicohistoria y se dedicaba a refutarla o defenderla. No es extraño, la idea de la psicohistoria era a la vez sencilla y muy potente:

En 1942, cuando Asimov ideó la psicohistoria, estas ideas eran populares. En cierta forma, eran una versión actualizada (y abstracta) del historicismo clásico: la idea de que existen leyes históricas identificables en el desarrollo de la sociedad. Aunque el debate sobre el ’problema del cálculo económico’ había tenido lugar unos años antes, esas críticas no parecían afectar a los axiomas psicohistóricos (al menos, no aparentemente). Aún faltaban 20 años para que Popper escribiera su ’Miseria del Historicismo’; un opúsculo dedicado a la "memoria de los incontables hombres y mujeres de todos los credos, naciones o razas que cayeron víctimas de la creencia en las Leyes Inexorables del Destino Histórico" y escrito para impugnar esas ideas.

Todo esto es verdad pero no podemos decir que la psicohistoria fuera un pecado de juventud. En 1987, Asimov concedió una entrevista a Terry Gross en la radio pública americana donde explicó que él ’era optimista’ sobre la psicohistoria. Al menos, en términos generales. Y esta declaración coincide con lo que sabemos sobre el escrito. Durante toda su vida defendió el control poblacional y se mostró cercano a las posiciones de autores como Thomas Malthus o Paul Ehrlich. Precisamente, autores que, de una u otra forma, encarnan el historicismo demográfico en sus distintas versiones históricas.

¿Es posible la psicohistoria?

Decir que no es aventurado, la verdad. Pero lo cierto es que no podemos decir otra cosa: no solo no sabemos cómo hacer viable la psicohistoria, sino que por lo que sabemos hasta ahora, no es ni siquiera posible. Y no porque no se haya intentado.

La posibilidad de predicción, de ver tendencias e identificar futuros escenarios existe. Pero esa capacidad de predecir depende de la estabilidad del entorno, del ’equilibrio socio-tecnológico’. Si, de repente, aparece una nueva tecnología, las predicciones pierden su validez. Sin ir más lejos, la ’revolución verde’ (la aparición de versiones mejoradas de maíz, trigo y otros granos) convirtió las predicciones demográficas de Paul Ehrlich en papel mojado.

En la medida en que no podemos predecir cuando aparecerán innovaciones realmente disruptivas, la predicción a largo-medio plazo se vuelve muy compleja. A 30.000 años como se plantea en los libros de la Fundación es directamente eso, ciencia ficción.

Sin embargo, como hemos visto, Asimov se adscribía a cierta forma de historicismo. Algo llamativo porque el optimismo asimoviano debería haber encajado bien con la fuerza de la creatividad humana para cambiar el mundo. Y si volvemos a las novelas, descubrimos que la disrupción está en ahí: las crisis Seldon, los momentos críticos de la historia del proyecto fundacional, son la estructura narrativa de la saga y, además, son claros ejemplos de disrupción tecnológica, social y económica. En cierta forma, toda la Saga de la Fundación puede leerse como una novelización de la famosa frase de Engels, "si el subteniente Bonaparte hubiera muerto en Tolón otro subteniente hubiera llegado a ser primer cónsul". Las circunstancias, como explica el holograma de Seldon tras la primera crisis, marcan el siguiente paso; o, dicho de otra forma, las dirupciones tienen que llegar. Da igual que tarden un poco más o un poco menos, da igual quien son los que las protagonicen, al final el resultado es el mismo.

Un proyecto ético

La pregunta es, llegados a este punto, por qué Asimov se adscribió a una visión historicista de la psicohistoria, cómo podía ser que una mente tan brillante se declarara optimista en cuanto al desarrollo de una ciencia tan incierta como esta.

En parte porque todos tenemos ideas que nos marcan y nos forman. En buena medida, en la psicohistoria hay algunas de las ideas y deseos más importantes de Asimov. Pero por otro lado, porque desde su punto de vista la ciencia era parte indisociable de un proyecto humanista mucho más amplio que surgió con la Ilustración y se resume en el famoso ’sapere aude’, ’atrévete a pensar’.

La psicohistoria nunca fue una propuesta académica o científica; la psicohistoria para Asimov era la promesa de como la ciencia y la tecnología podían usarse para hacer frente a los problemas más importantes de la humanidad. Porque "rendirse a la ignorancia siempre es prematuro y hoy más que nunca".

Fuente: http://www.xataka.com/ciencia-ficci...

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